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Mitos y Leyendas: Teseo
La vida plagada de aventuras de uno de los más grandes héroes de la Grecia clásica.
Por Manuel Burón

Mitos y Leyendas - Teseo Se creía que Egeo, el anciano rey de Atenas, no tenía hijos, así que los hijos de su hermano, conocidos como los palántidas, esperaban subir al trono a su muerte. Pero hacía algunos años que Egeo se había casado en secreto con Etra, hija de Piteo, rey de Trecén, ya que un oráculo la prometió que de esa unión nacería un hijo. Pronto abandonó a Etra, dejándola en una enorme roca en la orilla del mar, y bajo esa roca escondió su espada y sus sandalias.

“Si los dioses nos dieran un hijo” dijo a Etra, “no le dejes conocer a su padre hasta que no sea lo suficientemente fuerte como para mover esta piedra; luego le dejará que me busque en Atenas llevando las sandalias y la espada como prueba”

De Etra nació un hijo llamado Teseo, al que mantuvo ignorante de su origen, y entre su propio pueblo se le creía hijo de Poseidón, al que se le ofrecía una adoración especial en este puerto de la Argólida. Realmente el niño creció tan vigoroso que se podía sospechar un nacimiento divino. Siendo niño, Hércules visitó Trecén, ya que era su pariente por parte de madre, y viendo a tan famoso campeón y los relatos de sus hazañas, el joven quiso imitar sus aventuras. Mientras que otros niños se asustaban de la piel de león que llevaba, él cogía su pequeña espada, pensando que era un león de verdad. Desde su juventud se pensó que Teseo sería un héroe, y durante su vida fue un honor para él tener a Hércules por amigo y compañero.

Abandonada por su marido, el consuelo de su madre era ver a su hijo como el chico más robusto y fuerte de la Tierra, también prudente y honrado para su edad. Por todo eso, Teseo era amado por Etra, que no olvidaba que un día tendría que partir. Cuando fue lo suficientemente mayor, le llevó a la roca y le pidió que la moviera, así lo hizo, con facilidad, para encontrar debajo la espada y las sandalias escondidas por Egeo. Primero le dio el nombre de su verdadero padre y luego que debía buscarle en Atenas, llevando las sandalias y la espada.

Completamente orgulloso de saberse hijo de ese rey, e impaciente por conocer mundo, Teseo pidió consejo a su anciano abuelo, que le recomendó ir por mar. Grecia en esos días tenía serios problemas con tiranos, ladrones y monstruos salvajes, y el corazón del joven eligió la ruta terrestre para ir.

A su madre no le gustó tal decisión, pero le dejó seguir su camino. Ni siquiera elegiría el camino más fácil, sino que subió a la montaña de Epidauro en la costa este de la Argólida. No había llegado muy lejos cuando del bosque salió Perifetes, el ladrón, blandiendo una gran maza y retándolo. Teseo, firme con la espada en la mano, se enzarzó en una acalorada lucha y el ladrón, por una vez, se encontró con la horma de su zapato. El joven con agilidad evitó todo golpe y hundió su espada en el corazón de Perifetes, y se llevó su maza y su piel de oso como trofeos.

Mitos y Leyendas - Teseo Con este manto se sintió como su modelo a imitar: Hércules. Pronot le sirvió para lklegar al istmo de Corinto conquistad por un bandido llamado Sinis, del que los hombres hablaban con miedo y le llamaban “el doblador de pinos”, por su costumbre de matar a los desafortunados que caían en sus manos de una forma cruel: doblaba dos pinos entre los que ataba al hombre y luego los soltaba desgarrando los miembros del infeliz. Pero cuando lo intentó con Teseo, el héroe lo tiró al suelo, doblándolo sobre su propia espina dorsal y dejó que sus huesos se disparasen al aire para alimentar a los milanos reales.

Antes de dejar el istmo, Teseo se desvió para cazar a una fiera salvaje que había destruido los campos y había dado muerte a todos los cazadores. La gente del país, contenta con deshacerse de esta bestia, le avisó de otro enemigo en su camino. Yendo de Corinto a Megara en un camino que bordeaba la costa se encontraba el gigante Escirón, que obligaba a los viajeros a lavarle los pies y luego los tiraba al mar mientras le obedecían. Oír estas maldades fue suficiente para que Teseo eligiese ese camino. Fue a encontrarse con este poco amable gigante y, cuando le pidió que le lavara los pies, lo arrojó al mar, convirtiéndole en una roca a la que constantemente lavaba el mar.

Después fue a Eleusis, donde la gente miraba con lástima a tan galante joven, a quien su tirano Cerción mataría. Cerción confiaba en sus robustos huesos y fuertes tendones, obligando a todo extranjero a luchar contra él, y todavía ninguno había salido vivo. Teseo no fue el único que se cruzó en el camino del adversario. Subió a palacio, comió y bebió con el rey y se desnudó para luchar contra el insolente Cerción, que no volvió a levantarse jamás; así los ciudadanos se liberaron de ese opresor, queriendo que Teseo se quedase con ellos como rey.

Pero Teseo no se quedó; yendo hacia Atenas, pasó por la guarida de otro horrible monstruo. Era Procusto, o “el ensanchador”, que se tumbaba esperando a los viajeros y con buenas palabras les atraía hacia su morada como invitados., y allí se divertía con ellos con un mecanismo cruel. Tenía dos camas, una muy larga y otra demasiado corta para el cuerpo de un hombre normal. Si el extranjero era de estatura corta el gigante lo colocaba en la cama larga y le estiraba para alargarlo, pero si era alto, le tendía en la corta y cortaba sus piernas hasta la largura de la cama.

“Eres el que llegarás a tu final con tus propios trucos”, se dijo a sí mismo Teseo, cuando Procuso salió a ofrecer su hospitalidad a este viajero.

El joven, fingiéndose engañado, alegremente fue con él; como si realmente estuviera cansado, se dejó conducir a la cámara de tortura.

“Amigo”, dijo el gigante sonriendo, “como tú ves, esta cama es muy corta para un joven de tus medidas; así que pronto será justa parta ti.”

Mitos y Leyendas - Teseo Pero cuando tumbó a Teseo en la cama corta, de repente él mismo se vio cogido por un garfio de hierro, tirado al suelo y doblado por el extranjero para cortarle y tajarle con su propia hacha, y así le llegó al miserable la muerte que había labrado a otros muchos.

Ésta fue la última hazaña del héroe antes de llagar a Atenas. En las orillas de Cefiso se encontró con hombres amigables que le refrescaron después de sus fatigas, le lavaron limpiándole la sangre y el polvo y le despidieron con buenos deseos no antes de purificarle con ritos y sacrificios piadosos por si hubiere cometido algún error en su viaje.

Todavía un peligro mayor le esperaba cuando llegó a ver a su padre. Egeo, casi en la vejes ya no era el amo de Atenas. La ciudad estaba llena de traición y rebelión, donde sus sobrinos, los palántidas, se saltaban todas las reglas con insolente orgullo, mientras que en su palacio el anciano rey había caído bajo el poder de Medea, la malvada mujer que llegó allí después de viajar con Jasón a Corinto. Con artes mágicas había predicho la venida de Teseo y supo en seguida quién era el noble joven que se presentaba ahora en la sala del trono. Fue fácil para ella hacer creer al anciano que era algún enemigo que quería hacerle daño. Entonces la bruja mezcló veneno en una copa de vino que ofreció al extranjero para darle la bienvenida, susurrando a Egeo que con esto se desharían de él.

Pero antes de que Teseo bebiera, desenvainó su espada a la vista de su padre, no tan débil como para no reconocerla como la suya propia, y sus ojos brillaron cuando averiguó que este buen mozo era su hijo mucho tiempo olvidado. Yendo hacia él, tiró la bebida envenenada al suelo y en ese momento padre e hijo se abrazaron.

La taimada reina-bruja bien podía dar por terminado su feliz encuentro. Supo que su poder sobre el rey había desaparecido y en su carro de dragón se fue de Grecia para siempre. Teseo, proclamado por su padre como heredero, pronto supo acabar con los desordenes en el reino. Sacó de Atenas a los insolentes palántidas, que se habían coronado a sí mismos como reyes, y joven como era, deseaba que todos los ciudadanos estuvieran contentos de obedecer a un buen gobernante. El primer servicio que hizo en su país fue deshacerse del fiero toro de Maratón, el terror de muchos hombres que cultivaban la tierra. Para muchos cazadores ese toro había significado la muerte; Teseo permaneció solo ante él, atrajo el toro vivo desde su guarida, le llevó como un espectáculo entre las calles y lo ofreció como sacrificio a los dioses que le habían dado tanta fuerza y valor.

En poco tiempo el heredero de Egeo tuvo la oportunidad de hacer otra gran hazaña para Atenas, una hazaña que no se olvidaría ni en las canciones ni en la historia. Años antes, en le suelo ateniense había sido asesinado traicioneramente Andrógeno, hijo de Minos, rey de Creta. Algunos dicen que este crimen nació por los celos, desde que el príncipe cretense había batido a los atletas del país en sus propios juegos. El padre, como venganza, hizo la guerra a Atenas, a la garantizó paz por medio de un alto tributo. Cada nueve años siete de sus más bellos jóvenes debían ser llevados a Creta, para ser entregados al Minotauro, una criatura horrible, mitad bestia mitad hombre, por el que salvajemente serían devorados. Ahora por tercera vez, ese tributo tenía que pagarse; las victimas eran elegidas entre las familias más nobles de la ciudad. Y cuando llegó la hora, Teseo se ofreció libremente.

Mitos y Leyendas - Teseo “¡Qué la suerte recaiga en mí primero, como hijo de vuestro rey!” declaró. “Encabezaré al grupo y dejaré que el Minotauro pruebe primero mi espada, que a monstruos más fieros he matado.”

Su generosa lealtad llenó de gratitud a los ciudadanos, pero el viejo rey temía arriesgar a su único hijo en tan peligrosa misión. En vano rogó a Teseo que no fuera; el espíritu del joven era entusiasta y firme como su espada. Así pues, en el citado día embarcó hacia Creta con un grupo de jóvenes y doncellas desgraciados, seguidos por las plegarias de sus apenados padres. Su propio padre, que difícilmente esperaba verlo otra vez, le hizo prometer una cosa: el barco que llevaba este grupo de condenados estaba engalanado con banderas negras en señal de duelo; pero si regresaban a salvo debían izar la bandera blanca que en seguida mostrarían las buenas nuevas para los que esperaban su regreso.

Con viento justo para tan desesperada misión, el barco llegó a salvo a la ciudad de Minos. Allí tenía al Minotauro en su laberinto, un laberinto de pasadizos sinuosos construido en una roca, hecho para él por Dédalo, el taimado estratega del anciano que, cuando hubo servido al rey cretense mucho y bien, le ofendió de tal modo que con si hijo Ícaro tuvo que escapar a Sicilia. El astuto Dédalo sabía como pegar las alas a sus hombros, unidas con cera, y así traspasaron el mar; el padre llegó a salvo a tierra, pero cuando Ícaro descuidado voló cerca del Sol, la cera se derritió y, perdiendo sus alas cayó al mar. Su cuerpo fue mecido por las olas hasta llegar a la orilla, y Hércules le recogió y le enterró en una isla llamada Icaria. Dédalo, agradecido por este servicio, hizo en Pisa una estatua del héroe de tamaño natural, así que cuando Hércules la vio a lo lejos, pensó que era un enemigo y la destruyó en pieza con una sola pedrada.

Minos se sintió orgulloso de ver al joven príncipe de Atenas ofrecerse para saciar su sed de venganza; incluso su duro corazón se apenó por este joven noble, al reclamar con valentía ser el primero por derecho para enfrentarse al hambriento monstruo.

“Prénsatelo, luego será demasiado tarde”, aconsejó a Teseo. “Sin armas y solo debes buscar al Minotauro, que ha destrozado a todas las victimas que han entrado en su guarida. Ni siquiera tú puedes escapar de ese enemigo, ningún extranjero que se ha aventurado en el laberinto ha podido encontrar el camino de sus oscuros secretos.”

Mitos y Leyendas - Teseo “¡Así será si debe ser!”, contestó Teseo, y esa noche entró para vivir esa terrible experiencia.

Pero no en vano el héroe había invocado a un oráculo para esta empresa, obteniendo la protección de la diosa del amor: Afrodita. Una amiga tenía en Creta, incluso antes de que intercambiasen una palabra. Ariadna, la hoja del rey Minos, que veía con buenos ojos a este galante extranjero y deseaba salvarle de tan miserable muerte. Buscándole sigilosamente, le susurró un buen consejo al oído, dándole un ovillo de lana que debía desenrollar cuando anduviera por los pasadizos del laberinto; entonces, hecha la tarea, podría seguir el hilo hasta que le devolviese de nuevo al aire libre. Además le puso en la mano una espada mágica, con la que, y con ninguna otra, el Minotauro podría morir. Y si todo salía bien, le hizo prometer que le llevaría lejos de la ira de su padre, a lo que Teseo accedió, ya que esos ojos brillantes parecían un hechizo que le salvaría de todos los peligros.

Así equipado y animado, se dirigió a la boca del laberinto, dejando a los muchachos y muchachas, sus compañeros, esperando los acontecimientos. Con los ojos llenos de lágrimas le vieron adentrarse en la oscuridad y dejaron de oír sus pasos poco a poco. Todo estaba en silencio, hasta que un rugido horrible estalló a través de los pasadizos, para demostrar que el Minotauro se había apercibido de la presencia de intrusos. El tiempo transcurría despacio mientras que, aterrados escuchaban el estruendo distante de bramidos, ruidos y rechinamientos de dientes, como si de una tormenta de truenos se tratara. Otra vez todo en silencio, temblándolas las rodillas, sus compañeros difícilmente esperaban ver regresar a su líder de esa cueva escalofriante que podría ser su propia tumba. Pero lo que realmente les alegró fue escuchar su grito de triunfo; entonces Teseo salió a la claridad con su espada manchada de sangre.

El héroe se tiró al cuello de Ariadna, agradeciéndole su ayuda sin la que nunca habría salido del laberinto. Pero le ordenó no perder ni un momento en alejarse de su padre y de sus hombres. Al vigilante le había dormido con drogas en el vino y ahora, aconsejando por ella la tripulación de Teseo hizo agujeros en los barcos cretenses para que no pudiesen seguirlos. Hecho esto, y llevando a Ariadna con ellos, los atenienses embarcaron en su propia nave, y estaban navegando ya cuando Minos se despertó y les vio en alta mar.

Y ahora la pareja que se amó desde el primer momento podías casarse, pero su amor no podía acabar bien. Se le avisó a Teseo mediante sueños que Ariadna estaba destinada a casarse con un dios y no con un mortal. Así que endureció su corazón para dejarla en la isla de Naxos, donde la dejó dormida en la playa, yéndose sin una palabra de despedida. Algunos dicen que cuando Ariadna se despertó y se encontró abandonada, cayó en tal desesperación que lo único que quería era acabar con su propia vida. Pero según otros, Baco la encontró en Naxos y besó sus lágrimas, haciéndola su esposa y así brilló entre las estrellas.

Sin embargo, la verdad es que Teseo mantuvo su viaje con corazón duro, y la alegría de la victoria se nubló por la perdida de Ariadna. Y con esa pena olvidó el encargo de su padre de izar una bandera blanca si regresaba vivo. Día tras día, cuando el barco podía esperarse, el anciano Egeo se sentaba en un punto alto, esperando ver con sus ojos débiles el regreso de su hijo. Al final, el barco apareció y las banderas eran negras, simbolizando la muerte. El rey dio a su hijo por muerto y con un grito de desesperación se tiró al acantilado, conociéndose todavía el mar, como el Egeo.

Esta penosa noticia llegó a oídos de Teseo cuando él entraba en el puerto triunfante; toda Atenas se agolpaba para saber lo bien que había ido. Mezclando las acciones de gracias a los dioses con los ritos funerarios de su padre, nunca se perdonó el hijo el fatal olvido que le hizo rey de Atenas.

Como rey, Teseo gobernó sabiamente y bien, así pues con su reinado Atenas empezó a crecer. Muchas más hazañas aventureras hizo a lo largo de su vida. Una de las más famosas es la guerra contra las amazonas y el galanteo con su espada a su reina Hipólita para ser su amante esposa. Después de su muerte casó con Fedra, hija de Minos, que vengó el abandono de Ariadna, cuando con el tiempo su gloria se tornó en desgracia. Engañado por esa malvada madrastra, castigó a su inocente hijo Hipólito, que terminó con una muerte violenta. Poseidón había enviado un monstruo; cuando Hipólito iba con su carro salió el monstruo del mar, asustó a los caballos y le arrastraron hasta la muerte; demasiado tarde el apenado padre supo como la falsa Fedra le había engañado. Cuando era anciano, los volubles ciudadanos de Atenas se volvieron en contra del héroe a quien tanto debían, y tan profundamente hirió esta ingratitud a su corazón que se marchó de la ciudad, yendo a una isla donde un amigo traicionero le mataría. No habían pasado muchos años cuando sus cenizas fueron llevadas a Atenas y se construyó un hermoso templo en su memoria.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de octubre del 2005