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Relato de Terror: La Cazadora Desnuda de Zombies
Los Zombies son una amenaza para la humanidad, hay que destruirlos ... pero cada uno lo hace a su manera
Por Javier Pérez

Relato de Terror - La Cazadora Desnuda de Zombies Está bien, vamos a ver si soy capaz de explicar esto sin que suene demasiado raro.

Calista, de repente, se quito toda la ropa, ¿vale? Y me refiero a toda. Una Venus plantada en el centro de la sala de estar de aquella casa en construcción, con sólo el viento caliente de mediados de agosto cubriéndole cada centímetro de piel blanca.
Yo estaba tan caliente que creí que en cualquier momento me iba a provocar una combustión espontánea. Tiene gracia; imagíname a mí dando gritos, corriendo en círculos alrededor de aquella belleza en pelota picada, ardiendo como una antorcha.
Por un segundo pensé seriamente dejar de beber.
Soy una asesina de zombies, dijo.
Claro, lo que tú digas.
Aquello no tenía ningún sentido, así que le pegue un trago largo a la botella de vino y esperé a que los acontecimientos se precipitasen a mi favor.
En serio, dijo. Pero tengo que hacerlo desnuda; es una especie de marca de fábrica.
¿Cómo un traje de superhéroe, pero sin traje? Pregunté.
Exacto, dijo.
Ya veo.
Es algo muy serio, no hace falta que te pongas cínico conmigo.
Pero si yo te creo, dije. Bueno, más o menos…
No sé porqué me molesto, dijo ella.
Se dio la vuelta en dirección a un enorme maletín de cuero que había traído consigo. Aquella cosa pesaba un huevo, yo mismo lo había podido comprobar al meterlo en el maletero del coche, pero ella lo levantaba con una facilidad pasmosa.
Revolvió un poco, entre ruidos de metal contra metal, en el interior del maletín, hasta que, supongo, dio con lo que estaba buscando.
Hay que tener en cuenta varias cosas, llegados a este punto: que los dos estábamos algo achispados y ligeramente enturbiados por el par de canutos que habíamos compartido; y que ella estaba buenísima, jamás me cansaré de repetirlo, con la luz de la luna que entraba a través de las ventanas sin cristal refractándose hacia mis ojos desde la curva de sus nalgas. ¿Zombies? ¿Aquí? ¿En el culo del mundo? ¿Pululando por una urbanización a medio construir en la costa brava?
Lo que tú digas nena, pero por Dios conserva esta postura para siempre.
¿Qué más iba a pensar en aquel momento?
Pero el momento mágico se quebró al darse ella la vuelta, pechos redondos y tan cercanos a la perfección que casi daban ganas de llorar, llevando en las manos un machete enorme, un puñado de esas estrellas ninjas que se ven en las películas de kung-fu (shurikens, creo que se llaman) y una cadena con un gancho de carnicero en la punta enredada en su brazo derecho, como una pitón de metal deslizándose en dirección al tatuaje tribal que decoraba su hombro.
Joder, parece que esto va en serio, pensé.
Puedes apostar el culo a que sí, dijo ella.
¿También sabes leer mentes? Pregunté.
De vez en cuando.
Eres una tía peligrosa, dije.
Ya te digo.
Eso me gusta.
Cuando acabe la noche, ya veremos si sigues diciendo lo mismo.
Si no acabamos muertos…
No, los zombies no matan, dijo ella muy seria, muy en su papel. Sólo te comen la cabeza, literal y figuradamente, hasta convertirte en uno de los suyos.
Qué putada.
Sí, sobretodo por que seguramente luego tendré que acabar contigo.
Si vas a hacerlo con esa pinta, firmo cuando quieras.
No creas, no es tan agradable cuando eres uno de ellos.
¿No?
Los zombies no tienen impulsos sexuales, de hecho no tienen más impulsos que el de comer.
Entonces, ¿porqué todo el rollo de ir desnuda?
Por que nadie más lo hace.
En realidad, no sé de nadie que se dedique a cazar zombies.
Somos más de los que crees.
Vaya, ¿una organización secreta?
Más bien una leyenda urbana.
Estaba siendo una noche de lo más raro. Calista, desnuda y con todas aquellas cosas metálicas, cortantes y puntiagudas, se acercó a mí despacio, tintineante. Casi podía ver chispas saltando entre nosotros. Espectacular. Una diosa, del todo chalada, proponiéndome hacer no sabía muy bien qué.
Fue entonces cuando caí en la cuenta del sonido líquido y sibilante que provenía del jardín. Algo así como el sonido que pueda hacer un pájaro al ahogarse, o una serpiente con bronquitis; no sé si me explico…

Relato de Terror - La Cazadora Desnuda de Zombies Ya están aquí, dijo ella.
¿Los zombies? Pregunté.
Pues claro, ¿quién sino?
¿Saben que estamos aquí?
Eso espero, yo les he llamado.
¿Porqué?
Por que voy a matarlos, idiota.
No hace falta ponerse así.
No hay nada como el conectar de repente con el miedo atávico a que a uno le devoren el cerebro una pandilla de no-muertos y un insulto bien colocado para que se te pase el calentón. De repente, Calista ya no me parecía alguien junto a la que estar a gusto. Aquel sonido asqueroso que se iba acercando, de forma lenta pero constante, hizo que aquello dejase de ser divertido. Psicosis autoinducida lo llaman. Cuando la realidad no puede ser mucho peor que lo que en ese momento estás imaginando.
¿Conoces la magia de los sígilos? Preguntó ella, manteniendo una calma pasmosa en todo momento.
Pues claro, contesté indignado. ¿Quién te crees que soy?
Un aprendiz de mago listillo, que aún no ha probado ni una cucharada de la porquería en la que se está metiendo.
Touché.
¿Tienes papel?
¿Crees que es el mejor momento para liarse un porro?
Para escribir, bobo…
Ojalá jamás tenga que volver a ver aquella mirada, ni en ella ni en nadie. Me hizo comprender de repente que las bromitas no funcionaban con ella, que aquello era algo bastante más grande de lo que yo quería creer; algo que marcaría un antes y un después en mi vida.
Escucha, dijo. En principio esto no es más que una cacería rutinaria, pero yo me tomo esto muy en serio… y espero lo mismo de ti.
Está bien, dije. Perdona.
Sólo quería aclarar este punto, sonrió.
Calista pasaba del frío al calor con la velocidad de un parpadeo, lo cual hacía que mi ánimo se descompasase de forma angustiosa.
Vamos a ello, dijo.
De acuerdo.
Coge el papel y un lápiz e intenta crear un sígilo de efectividad. ¿Qué método sigues normalmente?
El de palabras.

Un segundo.
Para aquellos que no tengan ni una ligera idea de qué va esto de los sígilos, un par de párrafos aclarativos:
Los sígilos son la base de lo que se llama “magia del caos”, de la que soy devoto practicante. Podéis encontrar información al respecto en Internet, no es difícil, o leyendo cualquiera de los libros de Peter Carroll o Phil Hine. En resumen, se trata de modificar la realidad adyacente de forma que sirva a los propósitos del mago, algo bastante más poderosos de lo que pueda parecer a priori.
Como decía, los sígilos son parte importante de este tipo de magia. Se trata de unos símbolos que el mago crea siguiendo uno de los siguientes sistemas: el del mantra, que consiste en formular lo que se desea en una frase, desechar las letras repetidas y recombinar las que queden, al azar, de forma que formen un mantra fácil de recordar; el pictórico, en el que lo que en lugar de escribir el “hechizo”, se dibuja, transformando después la imagen, a partir de sus puntos primordiales, en un símbolo abstracto; y el de palabras, que se origina como el del mantra, escribiendo una frase y recombinando las letras no repetidas hasta crear con ellas un esquema simbólico que conecte el subconsciente del mago con el deseo formulado. Este último es mi favorito.
Una vez fabricado el sígilo, sólo hay que “cargarlo” de magia, siguiendo cualquiera de los muchos rituales de los que el iniciado en algún tipo de práctica esotérica dispone, y ya tenemos a punto una de las armas más importantes a las que un mago caótico puede echar mano.
Prosigamos.

Eso servirá, dice. Ponte a ello ahora mismo.
Obedecí, claro. En apenas un par de minutos, tenía en mis manos el mejor sígilo que jamás haya creado; supongo que la presión y la extrañeza del momento me hizo sacar lo mejor de mí mismo.
Aquí está, dije mostrándole el diseño.
Perfecto, ¿está cargado?
Por supuesto.
¿Cómo lo has hecho?
Joder, me has puesto tan cachondo con el numerito del striptease y los cuchillos que ha sido muy fácil proyectar toda esa energía sexual en el sígilo.
No sé que pensar, dijo ella.
Piensa lo que quieras, dije. Por cierto, una pregunta: ¿porqué yo?
La verdad es que no lo sé… supongo que me gustas.
Después de aquello, decidí que, si aquello era verdad, haría lo que fuese por no defraudarla. ¿Zombies? En aquel momento, si ella me lo hubiese pedido, le hubiese metido por el culo aquella cimitarra llena de caracteres herméticos que Calista me tendía, un regalo de la diosa, al mismísimo cuerpo resurrecto de la puta madre Teresa de Calcuta.

Relato de Terror - La Cazadora Desnuda de Zombies Bueno, dije. ¿Por dónde empezamos?
Empezar es lo difícil, dijo ella. Saldremos fuera y repartiremos lo mejor que podamos.
¿Es tarde para mencionar el detalle de que no sé pelear?
No importa. Si el sígilo funciona, algo pasará.
Espero que no pase lo que estoy pensando ahora mismo…
Si lo que estás pensando es que, cuando todo esto acabe, volvamos dentro a tener un momento de calidad, yo no lo descartaría.
Ojalá.
En serio, no tengas miedo y todo saldrá bien.
Ya veremos.

Nada es cierto, todo está permitido. Ni siquiera la doctrina básica de esta creencia sin doctrinas que practico me había preparado para lo que vería al cruzar el portal de la casa en construcción en la que me enamoré de una cazadora desnuda de zombies.
Los sonidos gomosos que llevaba oyendo gran parte de la noche provenían de medio centenar de gargantas en avanzado estado de putrefacción; una pequeña horda de muertos vivientes que muy poco o nada tenían en común con lo que solemos ver en televisión. Es difícil de explicar: la ropa elegante y bien conservada les hacia parecer una pandilla de beatos al salir de la iglesia un domingo por la mañana, sus andares eran exactamente los mismos. Poco después, tratando de racionalizar lo que había visto, descubrí que los no-muertos caminan de esas forma por culpa de la licuefacción de los tendones, una de las primeras cosas que se pudren cuando uno muere. Sí, los hijos de puta andaban como si tuviesen todo el tiempo del mundo antes de llegar a las puertas del infierno.
No tenían la piel verde, lo cual fue un alivio en parte, pero apestaban como un fregadero lleno de platos sucios durante demasiado tiempo.
Hostia puta, dije, incapaz de encontrar nada más inteligente.
Sí, dijo ella, sonrisa torcida de gozo, venas rebosando adrenalina. Eso es lo que todos solemos decir la primera vez.
Por mi padre que esta va a ser la última para mí, dije.
Sí, eso también es bastante típico.
Fue entonces cuando la perdí de vista. O al menos a gran parte de su cuerpo.
Dio un par de zancadas largas, cogiendo impulso, y se arrojó directamente hacia la primera línea de ataque de aquellas apestosas aberraciones.
Grraarrrghhhhhneeeee, gorjeaban los no-muertos, mientras ella daba mandobles de machete entre lanzamiento y lanzamiento de shurikens.
Hiiiiyaaa, gritaba ella, acompañando cada golpe con su voz aguda y poderosa de amazona fuera de control.
Yo miré, embelesado por el bizarro espectáculo de una mujer por la que hasta media hora antes me hubiese cortado un brazo con tal de que los dioses me permitiesen acostarme una sola vez con ella, desmembrando seres inhumanos con un machete; brazos y piernas cercenados de un tajo, esputos de sangre saltando por los aires, maldiciones en un lenguaje incomprensible, cráneos clavados en el gancho de carnicero situado en el extremo de la cadena enrollada en el brazo de Calista, vértebras cediendo a la presión de los tirones de la mujer y cuellos partiéndose con un sonido crujiente.
Miré y miré y miré, hasta que comprendí lo que debía hacer. Comencé a moverme sin pensar, poniendo toda mi fe en ella y en la magia que ambos compartíamos. Sinceramente, es la única forma de hacerlo.

Lo peor es la sangre. A día de hoy, después de haberme duchado varios centenares de veces, aún puedo olerla pegada a mi piel cuando estoy acostado en mi cama, entre el sueño y la vigilia. O cuando me muerdo las uñas.

Calista hizo casi todo el trabajo, entre puñetazos, patadas, machetazos y estrangulaciones con la cadena. Yo me limité a repartir golpes de cimitarra entre los que, resistiéndose a morir otra vez, se arrastraban por el suelo en mi dirección, resignados a merendarse al pobre capullo que les quedaba más cerca. El tipo con el ridículo traje de ninja y una cimitarra demasiado grande para su tamaño, un pelotón de remate de supervivientes con un solo miembro, ese era yo.
Resultó que conocía a uno de los que trataban de morderme los tobillos en mi camino entre los despojos del Apocalipsis en miniatura que ella había creado. Lourdes, mi profesora de latín en el instituto.
¿Poooorrrrqueeeeé? Preguntó la profesora. Lo último que yo sabía de ella era que un cáncer se la había comido por dentro tres o cuatro años después de que me hubiese puesto su último suspenso. Por lo visto, alguien no había acabado de decir la verdad del todo.
Joder, dije. Si tú no lo sabes, zorra.
Nooo bueeeenooooo, dijo ella.
Me reí, como loco. Era una situación de lo más surrealista, eso me lo tienes que reconocer.
Ahora eres tú la que está suspendida, dije, dirigiendo la cimitarra hacia su cabeza.
Me arrepentí al momento. Estamos demasiado influenciados por la cultura de la serie B. En la vida real no se puede ir soltando frases tan estúpidas antes de acabar con la miserable no-vida de una ex profesora de latín zombie.
Reprimí el movimiento y volví a mirar a Lourdes a los ojos.

Relato de Terror - La Cazadora Desnuda de Zombies Es una putada ¿verdad? Dije.
Haaambreeee, muuuuchaaaa, dijo.
Cállate, joder, dije.
Me había quedado en blanco. Aquel era un momento importante y ella se empeñaba en fastidiarlo.
El murmullo de los muertos vivientes había disminuido drásticamente, por lo que la parte de mi cerebro que no estaba enfrascada en encontrar algo ocurrente que decirle a aquella cosa que agonizaba a mis pies, supuso que Calista había acabado con casi todos. En el aire sólo flotaban los últimos estertores de los malheridos, cabezotas, empeñados en aferrarse a una vida que ya no les pertenecía.
Mierda, dije a Lourdes. Pon algo tu parte.
Haaaambreeee, dijo ella.
Sí, hambre, joder, ya lo sé.
Joooeeeell, haaambreeee, dijo ella.
Hostia puta, grité. Aquella sombra de lo que un día fue una de las profesoras más cabronas de mi instituto sabía mi nombre. ¿Te acuerdas de mí?
Shiiiiiiiií.
Mierda.
Caaaarneeeee.
Aquello estaba adquiriendo un tono de los más siniestro. Un recuerdo fugaz del sígilo me vino a la mente. Aquello no era una buena señal; se supone que cuando lanzas un sígilo al éter (quemándolo, por ejemplo, como habíamos hecho antes de comenzar la carnicería) este desaparece para siempre; que uno no conserva ningún recuerdo de él.
Oí a Calista gritar, demasiado lejos como para precisar dónde.
Una de sus estrellas ninja pasó junto a mi oreja izquierda, provocándome un pequeño corte en el lóbulo.
Volví a la realidad inmediata.
Mientras yo andaba perdido entre alucinar con todo el asunto de mi profesora de latín y el recuerdo del sígilo, uno de los zombies, que por lo visto aún conservaba el suficiente cerebro como para haberse escondido al desatarse la tormenta humana que yo llamo Calista, había conseguido plantarse a mi espalda y abría la boca, mostrando unos dientes marrones y rebozados en sarro, dispuesto a clavarme los dientes en la nuca.
El shuriken le destrozó un ojo al entrar, furioso, en su cráneo. Debió cortar alguna conexión sináptica importante, por que el desgraciado se desplomó en el suelo al instante, aún vivo (si es que a eso se le puede llamar vida), pero incapaz de moverse.
Estaba flipando, lo puedo jurar.
Miré hacia abajo, en dirección a Lourdes.
Una gota de sangre había caído al suelo, proveniente del corte limpio del shuriken en mi oreja, y ella lo estaba lamiendo.
¿Qué coño se supone que estás haciendo? Dije.
Empezaba a estar harto de todo aquello.
Haaaambreeeee, dijo ella.
Venga ya, dije.
Joooeeeeelllll,dijo ella.
No, no , eso ya ha funcionado una vez, dije. No me jodas…
Jooooeeeelllll, deeeefiiicieeeeenteeee, dijo.
Entonces se puso a reír. O al menos emitió algún tipo de sonido entre una trompeta abollada y el molesto ruidito de unos dedos húmedos apretando un globo hinchado, que yo interpreté como risa.
La muy perra se estaba riendo de mí.
Anda y que te follen, dije.
Pasé de la cimitarra e hice lo que tenía que hacer. Levanté el pie derecho, lo coloqué sobre la cabeza de Lourdes y desplacé todo el peso de mi cuerpo, y un poco más, sobre él.
¿Alguna vez has pisado una cucaracha de las gordas? Entonces te puedes hacer una idea de lo que pasó a continuación.
Directa al infierno, silbando. Fin de la partida.

Con el tiempo también he descubierto que el cerebro de los no-muertos se deshace al mismo ritmo que su cuerpo. Por eso algunos pueden hablar y otros tienen la capacidad de comunicación de un profesor de gimnasia. Todo depende del tiempo que lleven muertos.

Me partí de risa, lo reconozco. La mente reacciona de formas muy extrañas en situaciones extremas de stress. Y me sentí poderoso, imparable.
Un poco tarde, sin embargo.
Gllllllrrraaagguuuuu, oí decir al zombie tullido que había intentado morderme.
Cállate ¿quieres? Dije.
Hundí la cimitarra en lo poco que quedaba de su cabeza y, efectivamente, calló.
Era el último.

Relato de Terror - La Cazadora Desnuda de Zombies Calista vino hacia mí, sonriendo, cubierta de sangre, sudor y otras cosas que ni siquiera quise saber qué eran. Y, aún así, estaba radiante.
Toda la adrenalina que mis glándulas habían segregado en los últimos minutos se acumuló en un solo punto. Sabes cuál, no hace falta que nos pongamos explícitos.
¿Estás bien? Preguntó Calista.
Supongo, dije. Ha sido raro.
Pero te ha gustado ¿verdad?
Es una forma de decirlo.
Por lo que veo entre tus piernas, parece que sí.
Mierda de trajes de ninja, no esconden nada.
Ella rió.
Celebro que te guste mi patetismo, dije.
No seas tonto, has estado muy bien.
¿Me estabas viendo?
A ratos.
Volvió a dibujarse en la cara aquella sonrisa capaz de convertir un cubito de hielo en un nuevo Chernobil.
Estaba preocupada por ti, no sabía cómo ibas a reaccionar, dijo.
Seguro que ha sido lamentable, dije.
No, sólo ha sido tu bautismo.
Pues qué bien, dije. ¿De verdad estabas preocupada?
Claro, ya te he dicho antes que me gustas.
Sí, claro.
Me estaba deshaciendo con la mirada. Demasiada excitación para una sola noche.
¿Siempre es así? Pregunté.
No, a veces es bastante peor, dijo.
¿Peor?
Sí, éstos eran crackers, dijo. Muertos vivientes de baja intensidad…
¿Crackers?
Sí, ¿no te has fijado que parecen adictos al crack?
Entonces se puso a imitar a los zombies que acababa de masacrar; una diosa guerrera desnuda, Diana bañada en sangre de muerto viviente, haciendo el imbécil para mi sólo disfrute. Para que luego fuese por ahí diciendo que ella se lo tomaba en serio.
Reímos.
Bueno, dijo ella secándose las lágrimas después de haberse casi tronchado de risa. Ahora que ya eres un hombre, ¿vamos dentro a celebrarlo?
Como quieras.

Durante el resto de la noche, hasta que el sol salió y un par de horas más, volvimos a reírnos de la situación varias veces, repasamos lo que habíamos hecho, cómo nos habíamos sentido.
Le conté lo de Lourdes. Ella me dijo que eso pasa muy de vez en cuando.
Y, por supuesto, hubo sexo. Sé que eso es lo que de verdad quieres saber.
Fue intenso, brutal y, en cierto modo, tierno. Me enamoré de ella, por supuesto. ¿Quién, en su sano juicio, no se enamoraría de una cazadora desnuda de zombies?
Caí en su abrazo, me metí dentro de ella, la vi reír una y otra vez, casi desmayarse de placer y cansancio… Bebí con ella, fumé con ella y volví a meterme dentro de ella.
Aquella noche fui bautizado dos veces.
No me puedo quejar.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de septiembre del 2005