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Relato Fantástico: La Caza (IV)
Esvedda ... solo su nombre causa pavor a aquellos que tienen una vaga idea de su poder.
Por David Mateo Escudero

Relato Fantástico - La Caza (IV) Cómo era, maldito!- inquirió el mercenario.
Cuando sir Louder volvió a elevar el semblante, sus facciones eran cadavéricas, casi las de un enfermo. Sus cuencas oculares, tomadas por las sombras, parecían bacías y sus manos jugueteaban con las briznas del suelo para disimular el temblor que las acuciaba.
-No la vi más que un minuto pero fue suficiente para que su rostro se me quedara grabado en la cabeza, pues eso había sido el causante de la caída de pueblos enteros y la condenación de todas las criaturas vivientes de Argos. Antaño debió ser un hombre, pero la oscuridad había corrompido tanto su espíritu, que no era mas que un mero reflejo de lo que había sido. Habitaba el cuerpo de una mujer, pero no era mujer ni hombre… era mucho más que todo eso. Era mucho más que todos nosotros juntos. Gemía y gruñía en nuestras mentes como un diablo, pero a la vez guardaba silencio, alzándose ante la puerta y custodiando la entrada a su mundo.
“Bastaba con mirarla a los ojos y contemplar el poder primigenio y lascivo que arrastraba consigo para comprender que aquella cosa era el mayor dolor que había pisado nuestra tierra. Yo solo podía preguntarme el porqué de todo aquello. ¿Por qué una criatura así se había decidido a poner un pié en Argos? ¿Por qué nuestra tierra había sido la elegida? ¿Acaso el Eccélion no es un mundo basto que ni empieza ni acaba en las costas de Argos? ¿Acaso no había otros pueblos más allá de los límites conocidos? ¿Por qué nosotros habíamos sido los elegidos? ¿Por qué en nuestro tiempo? Pero al alzar la mirada y al volver a enfrentarme a esos ojos omnipresentes, comprendía que la suerte estaba echada y solo nos quedaba sacrificar nuestras propias almas, para liberar a nuestros hijos del yugo arrastrado por tan tenebrosa entidad.
Sir Louder volvió a guardar silencio y sacudió la cabeza para tratar de despejarse de los horrores que plagaban sus delirios.
-¿Y no os habló?- masculló Grehido.- ¿No os dijo nada?
El caballero asintió con la cabeza.
-Dijo un nombre, y aunque no lo comentamos entre nosotros, todos pudimos escucharlo. Fue la voz de la criatura que antaño dominó aquel cuerpo el que lo pronunció con tremenda angustia. No fue más que un chirrido lastimoso pronunciado entre gruñidos y gemidos, pero incluso hoy lo recuerdo con pavor: Esvedda, dijo, Esvedda… y luego pronunció con temor la palabra hermano. Después el demonio lo ocupó todo.
-Esvedda…- murmuró la elfa con horror.- ¿Quién sería Esvedda?
-Y no olvidéis que dijo hermano.- musitó Andrina con voz tremolante.- Quizás Esvedda fuera su hermano y lo llamaba en una última súplica.
Sir Louder arrancó un matojo de hiervas, y con rabia lo lanzó al fuego, después se levantó del suelo y se sacudió las briznas adheridas a las placas de su armadura.

Relato Fantástico - La Caza (IV) -Ni lo sé ni me importa.- inquirió con un gruñido.- Ahora ya sabéis porque me eligieron a mi. Fui de los pocos que conservé la cordura después de lo que pasó en Ankuz-Traz. Miré a la muerte directamente a los ojos y sobreviví a la demencia. Creo que ya nada en este mundo podrá asustarme jamás.
Y sin más el estirado caballero, se retiró de la hoguera y dejó al resto de los comensales atenazados por una mortaja de pánico e inquietud.
Andrina, al borde del llanto, se recostó contra su maestro y buscó el refugio de su cálido fulgor. Cliverhood rodeó con un brazo la cintura de la muchacha y acarició con cariño sus mejillas, después volvió a jugar con su vara y el fuego. Weinn el Zafio dirigió una última mirada cargada de malos augurios a su compañero, y tras fruncir aun más el ceño, se dejó caer en el suelo y se hizo un ovillo con su capa de lana. Al poco tiempo los ronquidos del Zafio se entremezclaban con los suspiros apagados de Andrina y el delirio de las pasadillas de sir Lauder, que yacía junto a su caballo, a un lado del camino.
Grehid, que sería el encargado de cubrir la primera guardia, daba cuenta de los últimos restos del lechón, siempre bajo la supervisión de los ojos vigilantes de Cliverhood. Pronto una calma mortecina caló en el grupo y el resplandor de la llama se vio acallada por una oscuridad penetrante que parecía llegar de lo más profundo del bosque. Ci’Elara, todavía pensativa, se levantó del suelo y caminó por la senda, alejándose del fuego.
El hechicero observó como desaparecía en la noche. Si hubiera sido otra, le habría advertido de los peligros que podrían esconderse entre las tinieblas, pero tratándose de la elfa, se limitó a guardar silencio y trató de reconciliarse con un sueño burlón. Reddrik, presa del desvelo, se incorporó al poco tiempo y la siguió en silencio, como solo los elfos podían hacerlo.
Tuvo que caminar unos cuantos metros, y descender por un empinado repecho, para dar con la elfa. La joven había abandonado la senda y se encontraba al borde de un pequeño barranco. Más abajo podían contemplarse las copas cerradas y enmarañadas de los árboles más viejos y retuertos, en el horizonte llegaba a discernirse un resplandor que fluía mortecino hacia el cielo, juntándose con el candente fulgor de Nigrid y sus hermanas estrellas. Debían de ser las luces de Lob, tan apáticas y somnolientas como la perdida aldea.
Reddrik permaneció un tiempo al margen, contemplando la sinuosa silueta de la mujer, recortándose contra la gran ventana celeste y bañada por la estela de plata y añil que desprendían las hijas de la luna. Durante unos segundos fue presa de la intensa tentación de caminar hacia ella y rozar con los dedos la esbelta curvatura de su espalda, sin embargo la prudencia le hizo permanecer quieto y guardarse el afán para sí mismo.
-No te quedes atrás, mestizo. Ven junto a mí a contemplar el mundo.
El aludido aceptó la invitación, y un tanto vacilante, se situó junto a ella. A sus pies ráfagas de viento helado surcaban las ramas más altas de los árboles, agitando la maleza y propagando un creciente temblor por todo el bosque. Durante unos segundos Reddrik tuvo la impresión de que aquella ventisca traía consigo el arrullo calamitoso de muchas voces. Un lamento que parecía proceder del norte… de Lob.
-Tú también puedes sentirlo, ¿verdad?
El mestizo afirmó con la cabeza.
-Tienen miedo.- susurró la elfa, y su voz se perdió ladera abajo, uniéndose al murmullo arrastrado por la brisa gélida.
-Si, temen demasiado…- repuso Reddrik.- Es un miedo añejo y supersticioso.
“Temen meterse en sus lechos y apagar el fuego de las velas. Temen que las puertas de sus casas queden abiertas. Temen que el color negro llene su hogar. Sienten miedo a que algo desconocido pueda llegar desde el bosque y les haga daño…”
El mestizo sintió un escalofrío al sentir la voz de la elfa en su cabeza. Ci’Elara no necesitaba expresarse con la boca para que Reddrik pudiera escucharla.
-Razones tienen para ello. Viven en una tierra maldita…
“Maldita por los mismos dioses.”
-Entonces… ¿Por qué están ahí?- Reddrik miró hacia el norte y observó el resplandor fantasmagórico que los árboles llegaban a acallar.- ¿Por qué viven ante el abismo? ¿Por qué regresan una y otra vez a sus casas, cuando el dolor ya les ha atrapado una vez?
-El miedo forma parte de sus vidas.- susurró Ci’Elara, liberando la mente del mestizo de su influencia.- Lo entienden y lo aceptan, simplemente. Igual que nosotros podemos aceptar vivir con sentimientos tan dispares como la alegría, el dolor… el amor o incluso el abandono.
-Aun así nada les impide dejar atrás tan calamitosa existencia e iniciar una nueva vida lejos del vacío.
Ci’Elara se volvió repentinamente hacia él y sus ojos, fríos y duros como la escarcha, se clavaron dolorosamente en su pecho.
-¿Tan insensible eres que ni eso puedes comprender? ¿Tan estúpido y simple que no eres capaz de ver lo que se alza ante tus ojos?- Ci’Elara apretó los dientes enrabiada y sus ojos titilaron como dos cuentas diamantinas.- ¡No, claro que no, medioelfo! Tú no podrás comprenderlo jamás. Tú no perteneces a ningún sitio y nunca entenderás el apego hacia algo o hacia alguien. Estás solo desde que te parieron y así estarás hasta que te arranquen la vida.
Las palabras de la yutamán golpearon con la violencia de una enérgica bofetada. Reddrik, presa de una amarga mordedura en el corazón, se disponía a replicar a tan insidiosas calumnias, cuando distinguió un acuoso destello en el perfil de los ojos sesgados de la elfa. ¿Acaso era una lágrima?
Rápidamente perdió todo el candor provocado por los insultos, y tembloroso, estiró el brazo para rozar la piel de la muchacha. En cuanto ella sintió el calor de sus dedos, apartó el brazo y su mirada se volvió aun más fiera.
-No me vuelvas a tocar jamás… ¿Me oyes, medioelfo? ¡Jamás!
Fue tanto el odio que imprimió en aquella frase, que Reddrik retrocedió escarmentado y se limitó a contemplar con pena a la extraña conocida. La cólera bañaba su sensual rostro, una cólera alimentada por años de abandono y sufrimiento. Ci’Elara la sola. La que había perdido a su clan tras el primer ciclo de vida, la que había caminado abandonada por la llanura, y había encontrado consuelo entre los clanes ustrales de la Catarata Azul. La que había partido en busca de fortuna y solo encontró muerte en su camino. La repudiada y la deseada. La bruja y la mercenaria. La yutamán y la ustral.
Reddrik sintió aquella noche como el añejo sabor del deseo hervía en su interior y le impulsaba a aproximarse a ella… como tantas veces había hecho en el pasado. Pero ese anhelo no se veía hoy correspondido, y si seguía latiendo aún en el corazón de su antigua amante, sabía ocultarlo perfectamente bajo toneladas de rencor y desprecio.
-¿Qué piensas hacer cuando acabemos en Lob?- preguntó la elfa.
Él no supo que responder. Ni tan siquiera se lo había planteado. Nunca hacía planes más allá de lo que llevaba entre manos. No lo veía lógico, sobre todo cuando su trabajo implicaba que su vida pudiera diluirse antes de la siguiente puesta de sol.
Ella captó rápidamente su indecisión y lanzó una larga exhalación.
-Debí imaginarlo. Nunca un plan más allá del medio día. Ese es el lema del mestizo tosco y solitario.
-Antes también era el tuyo.- recordó él.
Ci’Elara afirmó con la cabeza.
-Si… antes. Pero los tiempos han cambiado y la guerra ha mellado demasiado en mi corazón. Hoy busco algo más.
-He visto a demasiados hombres morir con una esperanza en los ojos…
-¿Entonces es mejor vivir sin ella?
Reddrik agachó la cabeza y observó el bosque silencioso y oscuro.
-Es mejor vivir…
De pronto Ci’Elara perdió aquella pose de indiferencia, y se aproximó a él. No le tocó, pero si que pudo volver a sentir esa aureola fogosa que ella irradiaba…
-Reddrik, aun hay esperanza para nosotros.
El mestizo levantó la cabeza y la observó sorprendido. Sus ojos se mostraban turbados e incrédulos por la reacción de la fémina.
“Después de casi una era los clanes se han vuelto a reunir. La Catarata Azul y el Cóndor Rojo se preparan para firmar la paz.”
Reddrik sintió un sobresalto en su corazón al escuchar aquellas palabras. Hacía mucho tiempo que había vuelto la espalda a los asuntos de los elfos, sin embargo una noticia así no podía ser obviada, ni tan siquiera por él.
“Lenguas por todo el mundo transmiten la noticia de valle en valle, y de cañada en cañada. La muerte de Helem en la Torre de Menegord ha ablandado el corazón de Nartisis…”
-¡Helem muerto!- exclamó el mestizo, y su voz, rota por el dolor y la sorpresa, reverberó en el vacío.
Ella le observó silenciosa y sus ojos se compadecieron.
-¿Ni tan siquiera eso sabías?
El mestizo negó con la cabeza, y la elfa continuó hablándole a su mente.
“Durante mucho tiempo el Clan de la Catarata Azul convivió con una tribu yutamán que habitaba las montañas de Assien, en Yentai. Eran elfos ariscos y fogosos, que odiaban a los humanos, pero no con el odio arcaico y fundado que podía sentir la vieja estirpe ustral, sino con un odio aun más irracional y visceral. Durante mucho tiempo Helem pudo controlarlos, pero un día los yutamanes atacaron una aldea propiedad del precepto de Funtia…”
-¿Fueron los humanos los que mataron a Helem?- la interrumpió Reddrik incapaz de dar crédito a lo que estaba escuchando.- Cuando la guerra se cernía sobre nosotros, ¿fueron los humanos los que mataron a Helem?
“Así es… - El rostro de Ci’Elara estaba conmocionado por el dolor, pues durante mucho tiempo el pueblo de Helem y Nartisis había sido también el suyo.- Lo atraparon en el valle, cuando se disponía a parlamentar con los señores de Funtia para entregar a los culpables. Yo no estaba allí, pero escuché que lo encadenaron como a un vil asesino y lo arrastraron hasta la Torre de Menegord. Allí lo torturaron durante mucho tiempo, y su cabeza fue clavada en una pica y expuesta en lo alto de las almenas, para que todos los elfos de las montañas pudieran contemplarla. Los humanos no entienden de linajes élficos… nos consideran a todos unos salvejes…”
Reddrik sintió un odio visceral y durante unos segundos sintió como las viejas rencillas de su sangre élfica tomaban posesión de sus impulsos.
-¿Y qué hizo Nartisis?
“¿Nartisis?... Llorar su muerte. No pudo hacer otra cosa…”
-¿No combatió por vengar a su amado?
Ci’Elara negó con la cabeza.
-No entiendes nada, mestizo. Helem siempre abogó por la paz. Si alguna vez combatió contra los sistrianos fue imbuido por el dolor y el anhelo de la paz. Acabada la Edad Antigua, los clanes ustrales bajaron las armas y prometieron que no combatirían más a los hombres ni a sus hermanos elfos. Desconozco si el clan del Cóndor Rojo ha mantenido la promesa, pues Inmartus siempre fue un alma beligerante y la lengua de Min Liandra demasiado venenosa, sin embargo Helem y Nartisis siempre mantuvieron la palabra y jamás cruzaron sus intereses con los de los hombres. Nartisis, por grande que fuera el dolor que sintiera ante la pérdida de aquél al que con tanta pasión había amado, jamás traicionaría la memoria de Helem alzando a su pueblo contra los hombres.

Relato Fantástico - La Caza (IV) “Además, tampoco era tiempo para ello. Tras la muerte de su rey, la sombra del norte se cernió sobre todo Yentai, y la guerra devastó el mundo. Nartisis tuvo que preocuparse más por la supervivencia de los suyos que por vengar la muerte de un ser querido. Según me han contado fueron días muy lastimosos para los elfos del Clan de la Catarata Azul, y tuvieron que luchar mucho para sobrevivir a la guerra. Se dice que incluso Nartisis tuvo que tragarse su orgullo y compadecer ante su padre Eleanor durante la Asamblea de Razas… todo porque su pueblo pudiera dejar de arrastrarse ante la hambruna.
-Y lo consiguieron…
-Así es. Lo consiguieron, aunque simples palabras jamás podrán describir las penurias por las que tuvieron que pasar. Y con el inicio de la Nueva Edad, desterrada la sombra de la guerra, los escribas ustrales marcaron el inicio de una nueva oportunidad para ambos clanes. Nartisis e Inmartus han pactado una tregua y parece que ambos pueblos se encontrarán en breve en los Llanos de Nadie, justo al sur de las Uriben. Nartisis cabalgará al frente de los suyos, arrastrando el dolor por la muerte de Helem, pero acallándolo por los intereses del que ahora es su pueblo. Inmartus abandonará el escondrijo donde ha permanecido durante la guerra y mirará después de un milenio a los ojos de aquella a la que consideró una rebelde de sangre sistriana.
-Quizás halla guerra de nuevo.- murmuró Reddrik.
Ci’Elara negó con la cabeza.
-No lo creo. Mucha sangre ustral se ha derramado ya, y Nartisis no volverá a empuñar un arma, al menos mientras su pueblo no se vea amenazado. E Inmartus… Inmartus es viejo ya, y ha permanecido durante demasiado tiempo agazapado para volver a mostrar las garras, y sus hijos no son más que retoños en el primer ciclo de vida. No habrá guerra. Acabada la Edad de la Sombra, solo hay tiempo para la paz.
-Y tú quieres estar allí, ¿no es cierto? Junto a Nartisis, para calmarla de su desazón.
-El pueblo de Nartisis me acogió y me brindó un hogar. Siento que los traicioné cuando me alejé de su lado y comencé una vida itinerante. Hoy percibo la llamada del linaje ustral, y aunque mi casta es yutamán, considero que por mis venas corre más sangre de Nartisis que de mis verdaderos padres.
-¿Y vas a dejarlo todo para marchar junto a ella?
Ci’Elara le observó con rostro críptico y su belleza se hizo inefable. Una vez más Reddrik tuvo la necesidad de tocarla, y durante unos segundos se preguntó si lo rechazaría si volvía a intentarlo. Esta vez ni tan siquiera lo comprobó.
-Te equivocas mestizo. Lo dejé todo por convertirme en una nómada. Hoy la soledad no me aporta nada, y lo único que deseo es volver a caminar entre iguales, aunque no compartan mi misma sangre. Anhelo sentir la compañía de otra gente, el amor de un pueblo. Se han acabado para mi los días de dormir al raso, de cabalgar en eriales, o de contemplar el horizonte y no encontrar nada mas que vacío. Sé a donde pertenezco y quiero regresar allí…- Los brazos desnudos de Ci’Elara rodearon su propio talle y le proporcionaron algo de calor. Parecía como si el viento gélido que llegaba desde abajo, hubiera subido por el barranco y ahora amenazara con congelar el alma que se escondía más allá de sus huesos. Aun así, la elfa no dejó de temblar.- Después de la guerra, se cual es mi lugar en este mundo. ¿Y tú, mestizo? ¿Lo sabes?
Aquella pregunta cogió por sorpresa a Reddrik. Desde luego no se la esperaba y aunque jamás se la había planteado, desde siempre había planeado sobre su cabeza, como un pájaro de mal agüero que el día más insospechado, se lanzaría en picado a picotearle los ojos.
La elfa, como tantas otras veces, pudo captar su desazón y supo poner palabras en su boca que incluso a él se le resistían.
-Muchos verían un don en tu mestizaje. Elfo y humano a la vez, apto para adaptarse a las contingencias de este mundo. Tú en cambio lo ves como una maldición. Ni elfo, ni humano. Un ser ajeno a la evolución natural de las diferentes razas. Alguien al que todo el mundo le da la espalda…
-Es injusto que digas eso.- se encolerizó Reddrik.- Tu misma has contemplado el trato que me otorgaron muchos hombres al vislumbrar mi rostro.
-Y también contemplé como otros muchos te aceptaban solo para que tú, desconfiado por naturaleza, acabaras dándoles la espalda. Te crees un alma solitaria, pero no eres más que un inadaptado. Deja que alguien vuelva a tenderte una mano y no desconfíes de ella…
-¿Y de quién es esa mano?- inquirió el mestizo molesto.- ¿Acaso es la tuya?
La elfa lo miró, y él la miró a ella. Durante inacabables segundos tan solo hubo un incómodo silencio entre ambos y el sonido lejano y mortecino del viento… y también el aullido casi imperceptible de las almas torturadas de Lob, que no dejaban de llamarles desde una tierra desolada y maldita.
-Piénsalo bien, Reddrik.- dijo por fin la mujer, y por primera vez pronunció su nombre, tal y como lo había hecho tantas veces en el pasado.- Piénsalo bien…
Después dio media vuelta y lo dejó solo.
Reddrik se agachó en el filo del barranco, apoyándose sobre las puntas de los pies, y contempló el negro abismo que les aguardaba. Mientras oteaba el resplandor mortecino de la aldea, sintió como las palabras de la elfa reverberaban una y otra vez en su mente.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de septiembre del 2005