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Relatos Hiperbreves: La Ciudad de Cristal
La belleza en estado puro genera tanta admiración como envidia. Lo que no se puede poseer, se trata de destruir.
Por M. Isabel Rodríguez Ballesteros

Relatos Hiperbreves - La Ciudad de Cristal Ahora, cuando todo se ha perdido, hablo. El ahora, el presente, siempre tan fugaz y frágil. Es una mentira: este momento desaparecerá y será pasado, en breve. Ya lo es. Y el siguiente momento se irá y también será pasado. Ya lo es. Y así eternamente, porque el futuro también es pasado. Como la Ciudad de Cristal, la dueña y señora de mis delirios. Podría hablaros de sus calles, de sus habitantes, de su inexplicable tristeza. Pero no serviría para nada, ¿cómo abarcar la inmensidad de su magia? ¿Cómo describir sus parques, que parecían hielo a punto de derretirse? En ella fui feliz y descubrí que los ángeles existen, los dioses caminan por la tierra y la oscuridad que se cierne sobre mí jamás se alejará. Tanto la amé, que morí con ella. Mi Ciudad de cristal. Mi dama de cristal. La que siempre poblará mis recuerdos y mis pesadillas.
Yo, no mentiré, era un simple soñador: en las centrales del puerto me conectaba a las Máquinas Generadoras, que extraían de mi mente imágenes y visiones de fantasía. Ellas se encargaban de darlas forma, juntarlas de manera agradable y crear Sueños, que se vendían a los altos cargos del nivel 8. A partir del nivel 5 las personas dejaban de serlo, para transformarse en meras máquinas burocráticas, con módulos anexos que les permitían ser más eficientes al desempeñar sus funciones. Toda la información que podían necesitar la tenían en sus cabezas, gracias a las terminales D84. Pero sus mentes, convulsionadas por la ingente cantidad de datos que manejaban, eran incapaces de articular sueños. Las noches se convertían en eriales vacíos, excepto para aquellos que tenían suficiente dinero como para comprar Sueños ajenos.
Los fracasados como yo alquilábamos nuestras cabezas y dejábamos que las Generadoras hurgaran en ellas. No se cobraba demasiado, pero nunca tuve grandes necesidades. Mi única afición por aquel entonces era acercarme a la orilla del lago que había en medio de la ciudad. Allí, a cientos de metros de altura, se alzaba la Ciudad de Cristal, una mole flotante que despedía rayos cegadores cada vez que la luz se reflejaba en alguna de sus aristas. Era bella, y yo en cierto modo la amaba, aún antes de conocerla. Sabía, como cualquier habitante de Estival, que la Ciudad de Cristal era producto de la locura de un hombre, el Creador. En ocasiones aquellos que llegaban al nivel 12 sufrían trastornos: el poder, las máquinas, el odio... nadie sabía por qué sucedía. Lo relevante es que aquel hombre gastó casi todos los recursos de Estival en construir un objeto extraño y enigmático, que coronaba los cielos. Nadie subía allí. Nadie conocía su funcionamiento. Nadie sabía para qué servía. Y yo la amaba.

Relatos Hiperbreves - La Ciudad de Cristal Todos sus secretos se reflejaban en la superficie de aquel lago, mostrando sus entrañas transparentes: unos pisos se mezclaban con otros, en una caótica convulsión de formas que no parecía engendrar nada. Pero yo intuía que allí arriba todo tendría un orden, lo que abajo parecía confusión en lo alto sería equilibrio. Ansiaba poder subir allí, con toda mi alma, con todas mis fuerzas. Pero pese a ello me sorprendí cuando unos funcionarios de nivel 6 llegaron con sus módulos adheridos a la espalda, para llevarme cerca de mi dama. Dijeron que habían visto los Sueños que mi mente producía, en los que siempre aparecía la Ciudad de Cristal. Eso había llamado la atención a los de arriba, quienes rápidamente regalaron mis fantasías al Creador, sabedores de que tales sueños le complacerían. En uno de sus ataques de extravagancia, él había decidido que me depositaran en la Ciudad de Cristal, para que pudiera disfrutarla en toda su magnitud y fabricar historias más precisas para rellenar sus noches vacías. Así fue como conocí a Lessien.
Llegué hasta ella en un avión, que me depositó en la plaza central y se alejó por los cielos. Yo permanecí quieto, temeroso de hacer el menor movimiento: el suelo transparente mostraba los niveles inferiores de la ciudad, en una progresión vertiginosa. Me aventuré a dar unos pasos, descubriendo que el piso era firme y me sostenía sin problemas. Ya más tranquilo recorrí las calles circundantes, maravillado por los altos edificios, las escaleras que subían y bajaban en ángulos imposibles y las fuentes que llenaban todo con su música. Pronto me crucé con el primer habitante de la Ciudad de Cristal, quien en ese momento descendía moviendo con indolencia sus alas nacaradas. Me sonrió amablemente, ofreciéndose a servirme de guía. Más tarde me contaría que mi cara de desconcierto inspiraba ternura, tan desorientado se me veía.
Me mostró los niveles que la componían, los propulsores de aire que la sostenían en los aires, los ríos eternos que la cruzaban, los mosaicos transparentes (sí, tal cosa es posible) y los personajes que la habitaban. Mi amable profesor me explicó que cuando el Creador dio forma a la Ciudad de Cristal, bautizada como Lessien por ciertas ondinas traviesas, pronto acudieron a ella cientos de seres, atraídos por su belleza. El Creador les ofreció Lessien como regalo, dejándoles poblar sus calles y morar en sus edificios vacíos. De todas partes llegaron ángeles, dioses menores, espíritus del aire y del agua, hadas y magos. Todos ellos aportaron algo a la Ciudad, convirtiéndola en su hogar. Y allí estaba yo. Un habitante más.

Relatos Hiperbreves - La Ciudad de Cristal Las primeras semanas los guardias del Creador vinieron a reclamarme: exigían que bajase para que pudiesen exprimir mi mente y darles Sueños. Pero mis nuevos vecinos se negaron a que me fuera; dijeron que la Ciudad de Cristal me había adoptado y que lo que ella tomaba no podía serle arrebatado. Los de abajo no discutieron aquella decisión, se limitaron a retirarse en sus aviones y observar fascinados desde abajo los reflejos de Lessien. Pronto me acostumbré a mi nueva residencia, y empecé a sentir que llevaba viviendo allí toda mi existencia, rodeado de seres mágicos y surtidores interminables. Según transcurría el tiempo todos empezamos a tomar confianza: los ángeles sobrevolaban los cielos de Estival, las hadas trasteaban por los parques, los magos ejercitaban sus artes desde lo alto de las torres de la Ciudad de la Cristal, dejando caer chispas multicolores sobre los edificios de los mortales.
¿Qué decir de aquellos años? éramos inocentes y vivíamos en un reino que ni el mayor soñador podría haber imaginado. Todo era belleza, diversión y amor. Conocí a una ninfa, nos amamos y fuimos felices. En ningún momento pensamos que aquello podría destruirse. Se nos olvidaba que el cristal es frágil y se rompe, que el mundo tiene mucha tristeza y que a veces vivir duele. No teníamos nada que nos lo recordara, hasta que llegó Tristana. Era una hechicera de belleza hipnótica, como las de los cuentos. Con su voz suave nos decía que presentía la pérdida, que sabía que aquello terminaría y que todos sufriríamos. Disfrutaba de la Ciudad de Cristal con fatalismo, y con el tiempo impregnó todo de cierta melancolía. Algunos la culpaban por ello, pero en realidad solamente nos preparó para el futuro. Para la destrucción de Lessien.
El Mal vino de abajo, como estaba escrito. Los mortales, furiosos ante la hermosura enigmática que Lessien suponía, diseñaron una máquina negra, llena de oscuridad, para que acabara con nuestra Ciudad. Creador había muerto, y su lugar lo había ocupado otro ser del Nivel 12, que también estaba loco. Pero su locura era destructora, y mandó a la Señora de Metal hacia nosotros. Ella llegó a la ciudad, y empezó a romper todo sistemáticamente: sus barras de acero hicieron añicos el cristal, los surtidores destruidos manaban agua por las calles, los ángeles vieron como la Señora de Metal arrancaba sus alas con pinzas de cromo, y mi amada ninfa se partió en dos por la presión del titanio. Yo sobreviví. Era el único humano, y la máquina no tenía órdenes de acabar conmigo, se suponía que allí arriba solamente se encontraría con seres mágicos. Así que me montó en su lomo y me depositó a los pies del lago, desde donde vi caer una cascada de cristal sobre el agua del lago. Hasta al morir fue bella.
Como ya he dicho, yo morí con ella. Ahora permanezco sentado a las orillas del lago, recordando y esperando a que ese futuro que no es más que pasado llegue. A que no suceda nada, inexorablemente. Me veo condenado al recuerdo y a mirar a un cielo vacío o a un lago que oculta pedazos de magia. Un lago con corazón de cristal. Mi lago, que acogió a mi dama, señora de mis delirios. A mi lado está siempre la Señora de Metal, una vez que destruyó la Ciudad se encontró sin más motivos para vivir, como yo. Sus creadores la dejan estar ahí, asustados por su propia eficacia. Solamente observa el lago y recuerda los breves momentos en los que su existencia tuvo sentido. Como yo.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de agosto del 2005