La Galería
Recuerdo la presencia protectora de Madre, y recuerdo también la preocupación que tenía por mi aspecto esmirriado. Entonces el hambre era mucha y el esfuerzo por encontrar alimento también.
Recuerdo que esa noche como siempre estaba cansado, y que había tormenta en la costa.
Las olas aparecían gigantescas en la noche nebulosa, y morían dando latigazos contra el acantilado. Hasta el final se mostraban con violencia y audacia, sabedoras de que en un futuro no muy remoto conseguirían socavar la mole rocosa que les impedía el paso.
Arriba, en lo más alto del pico de San Patricio, quedaba el faro, alumbrando el mar encabritado. Sobre el valle, formado a partir de la colina, se asentaba el pueblo; con el trazado caótico de sus calles sin empedrar, formadas por las casas que se construían aleatoriamente; plagadas de esquinas y callejones, anticuadas y condenadas a la desaparición.
Había una calle que diseccionaba al villorrio justo por la mitad: era la calle principal, sin ser diferente a las demás, igual de miserable que el resto. Siguiéndola, hasta cuando el suelo desnudo comenzaba a mezclarse con el verde de los campos, se llegaba a una pequeña loma sobre la que se ubicaba el edificio. Este permanecía opuesto a las casas, como si se propusiera someterlas. De aspecto inexpugnable, recordaba la apariencia de los zigurats asirios: escalonados, con los contrafuertes de los muros creando entrantes y salientes, rítmicamente dispuestos; pero sin embargo, a diferencia de las antiguas construcciones contaba con una única entrada, incluso también se había construido una serie de ventanas en el segundo y tercer bloque.
Desde tiempos inmemoriales el edificio era conocido como La Galería.
La conjura
El clic del interruptor retumbó en las paredes. Las luces habían sido apagadas sistemáticamente. Las alarmas ya estaban conectadas. Todo era oscuro. Silencio.
Transcurrieron unos minutos hasta que las luces de emergencia se activaron. Sumidos en ese resplandor los pasillos parecían de final incierto.
De pronto, hubo susurros, rumores muy sucintos, y finalmente una conversación; aunque con un tono bajísimo, las palabras surgían nítidas, como salidas de la boca de un hada...
— ¿Conseguiste coger la cizalla del taller?.
— Pues... verás Gabrielle... yo...
— ¿Quieres decir que no? — interrogó severamente.
— ...Tuve que hacerlo a las dos. Fue entonces cuando Dwyrt se fue a comer y no a las doce y media como pensamos. Deben haber cambiado los horarios.
— ¿Las dos?, pero a esa hora los mecánicos ya han cerrado los arcones de las herramientas.
— Sí.
— Y si no conseguiste la cizalla, ¿que has conseguido entonces? — espetó.
— Es... es... esto... esto es lo que he conseguido — farfulló mientras le mostraba una aguja de punto —. Se la escamoteé a la misma Dwyrt en su puesto — y le dio la aguja a Gabrielle, cogiéndola entre las yemas de los dedos, e hincando la rodilla en el suelo como vasalla.
En su aspecto plástico Gabrielle pareció conmoverse ante el homenaje que le proporcionaba Mara.
— Está bien, será útil para escapar, — aprobó con circunspección al observar la aguja, que empuñó firmemente con la punta hacia abajo, a modo de puñal — ¿se dedicaba a hacer punto en un puesto de vigilancia?... ¡maldita toda su raza para siempre! — exclamó con tono hosco.
El haz de la luz de emergencia iluminaba a Gabrielle, aunque no era fácil dejar de pensar en que era ella misma quien la irradiaba; su postura de antigua noble mostraba su poder, y la expresión de la cara lo afianzaba. Los cabellos le caían sobre la cara en hermosos tirabuzones de niña, pero, con los ojos acuchillaba en miríadas a la inocencia.
Mientras, Mara permanecía postrada en las tinieblas, atemorizada por Gabrielle, susurrando casi en éxtasis una letanía de nombres desconcertantes, de remotos vocablos perdidos en algún punto de la historia, palabras que por alguna razón le infundían fuerza, como en un rezo.
En otra parte de la habitación Riga se atusaba su peinado pasado de moda. Todo en ella estaba anticuado o marchito; curvas apenas marcadas formaban su silueta; los rasgos de su cara recordaban los tiempos pasados: el descuido prolongado, y la belleza, quemada por la metralla de una guerra muerta, muerta con las personas que la sufrieron.
Riga provenía de reparaciones. Había estado allí dos años, pero nada podían hacer por ella, y su futuro se aseguraba cada vez más en los pabellones de la destrucción.
Acababa de despertarse; la mirada vacía marcaba la expresión angustiosa de su bostezo. Como siempre había tenido un sueño muy pesado: se había pasado dormida toda la mañana y la tarde.
— Joder, vaya un sueño he tenido hoy, chicas — susurró tras un prolongado suspiro. Gabrielle y Mara giraron sus cabezas para mirarla —. Estábamos... estábamos planeando una fuga de este antro, las tres juntas, ya sabéis... una conjura — hablaba somnolienta, aun bajo los efectos del sueño. Los párpados le pesaban como placas de plomo y parecía que en cualquier momento volvería a dormirse, sin embargo continuaba relatando —. Primero... llamaríamos la atención de... una de las vigilantes. Antes de que ella entrara... una de nosotras se colocaría a un lado de la puerta... esperando su espalda para deshacerse de ella, y... era curioso... porque... el arma — se interrumpió para soltar una risita — era... era... una a-g-u-j-a d-e p-u-n-t-o... — y continuó riendo.
Escapada
— Adiós, vigilante — habló una voz al oído de Urka Dwyrt.
— ¿Quién va? — interrogó con sorpresa a la oscuridad.
— Schhhh — un fino siseo salió del interior de su camisola; Dwyrt se miró con expresión grave al pecho, y vio una aguja de punto que le traspasaba por entero. Sintió el acero asesino atravesado en su cuerpo, cómo la aguja rozaba las vértebras y había penetrado en los órganos, convulsionando la armonía, desequilibrando el ritmo de los golpes cardíacos.
— ¡Diablos...!, son los... — dijo Dwyrt sin poder terminar, antes de que sus ochenta kilogramos se desplomaran en el suelo.
Se retorció como una gran serpiente herida; el corazón le dolió como nunca otra parte lo había hecho, y pareció prometer un estallido, un arrebato contra las venas que lo sujetaban, pero finalmente fue cesando hasta el paro.
Murió en la semipenumbra de la habitación, despedida por un susurro que increíblemente no tenía aliento, rodeada de miradas que deseaban su final, desesperada al saber que sus nombres jamás serían descubiertos.
A unos pocos pasos de la vigilante, muerta, la puerta de la habitación permanecía abierta. Una brisa, remanente de la tormenta que asolaba la costa, se colaba por las rendijas de la entrada principal: el último escollo hacia la libertad.
La Galería
Poco antes de la medianoche, en el culmen de la tormenta, los portones de la Galería se abrieron súbitamente.
Vi entonces a un camión con un par de faros que alumbraban pobremente el camino, un camión cuya chapa vibraba con el renqueante movimiento de su motor, amenazando con descomponerse al primer acelerón.
Madre pareció inquieta, incluso se retiró de mí, cosa que hasta ese instante jamás había hecho. Noté en su mirada el desconcierto y la sorpresa, y seguidamente la curiosidad. Las garras se movían con nerviosismo por la rama rugosa del árbol, y al tiempo, la escala de graznidos ascendía, sin límite; explosionaba irremediablemente la mezcla que hervía en nuestras venas, flameante en el momento del cuervo; entonces volamos, y volamos, moviendo las alas con impaciencia; Madre con deseo hacia el camión, y yo, intrigado por lo que volaba.
Los relámpagos, lejanos de la entrada a la Galería, teñían de plata con su presencia efímera a la lluvia, que mojaba nuestros aleteos ávidos de curiosidad.
Tras un rodeo al vehículo Madre marcó en el aire una pirueta, y se dejó caer en picado sobre el camión en movimiento. Impresionado por la temeridad traté de imitarla; ella enderezó rápidamente su vuelo, realizando una pasada por el camión; siguiéndola, pude comprobar la causa de aquella curiosidad.
Asomaron sus cabezas bajo la loneta del vehículo. Los rostros expresaban la repugnancia y la resignación de los que han de escapar ocultos entre una multitud de hermanos muertos, confundidos en la palidez, tocados por el frío plástico de los miembros sin vida, descoyuntados, tronchados, e inservibles; miraron arriba — al cielo — buscando inútilmente en la noche el nacimiento del agua que empapaba la lona.
— Han vuelto a escapar — sentenció Madre, posada ya sobre la rama, al cobijo de la lluvia — lo han vuelto a hacer...— habló con su expresión pétrea, inmutable; — y los hombres — continuó — cometerán de nuevo el error de los incrédulos... quizá, puedan ver el cuerpo de alguna vigilante, muerta, y su cara congelada de terror; verán que nada tiene huellas, ni restos corporales — sin embargo — encontrarán cabellos, desprendidos de pelucas de mala calidad, y se cerciorarán de la falta de un número de ellos en el taller de reparaciones, o en los almacenes... pero, jamás, nunca admitirán, aquellos que piensan que dos cuervos no pueden hablar, que fueron tres maniquíes los que se escaparon de su galería en plena noche de tormenta.
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