El rostro del hechicero era lo suficientemente amenazante como para que el caballero siguiera mostrándose esquivo o indignado. Suspirando profundamente, agachó la cabeza, y volvió a prender la mirada en las llamas. El fuego crepitó en su pálido rostro, devolviéndole algo del color que repentinamente había parecido perder.
-No mucho más que vosotros. Extraños rumores de desapariciones e inesperados secuestros llegaron hasta Luján. Lord Mariscal Eneghas, tras consultar con su consejo, envió una pequeña comisión a Lob, la mayoría hombres sabios y dotados para la palabra. Ellos también desaparecieron sin dejar ningún rastro. Un emisario de Lúcius MacFadden, alcalde de Lob, llegó a las pocas semanas a Luján con las malas noticias acontecidas en su pedanía. La comisión lujarana se había adentrado en los bosques norteños de Lob y había desparecido misteriosamente, como tantos otros. De inmediato me hicieron llamar y me enviaron sin más demora a estas tierras malditas y marchitas.
El caballero escupió al pronunciar aquella última palabra.
-¡Cuánta fe tienen en vos!- siseó Grehid Cabeza de Lobo.
-La tienen porque he demostrado mi valía.
-¿De qué manera?- continuó indagando el hombrecillo.
El rostro de sir Louder se volvió aun más pálido y demacrado, y esta vez ni las llamas lograron infundir candor a sus mejillas. Ci’Elara, que captaba visiblemente la turbación de aquél hombre, clavó sus ojos en él.
-Vos estuvisteis en el norte, ¿no es cierto?- murmuró la elfa con aquel tono de voz determinante y resuelto.
El caballero afirmó con la cabeza y la luz de las llamas se reflejó con más fuerza en su desquiciado semblante.
-Sí… yo estuve allá… en aquel infierno… en el Norte, y jamás podré olvidar lo que vi. Era la guerra y la locura en estado puro. ¡Nunca podré borrar esas imágenes de mi mente!
-Si estuvo en la Batalla de Zoj, también combatiría en las campañas previas al ataque de Luduz Ungras.- musitó Grehid Cabeza de Lobo.- Un hombre curtido en mil batallas no debería ser propenso a semejante horror.
-¡Guardad silencio si no sabéis de lo que habláis!- ladró el capitán lujarano.- Yo combatí con la alianza cuando calló el Ojo de Dumas-Trae, me arrastré junto a millones de seres por la Tierra de la Sombra, combatimos al Señor Oscuro Qûentum en las Grietas del Lago Rojo, rompimos las defensas del Paso de Evo y el Paso Negro. Nos hicimos fuerte ante la desembocadura de los dos ojos del Zoj, y contemplamos horrorizados la negra frontera de Ashgord y la gran puerta de hierro que deja paso al Abismo. Pero nada… nada… absolutamente nada de lo que habíamos visto hasta ahora, puede compararse con el horror que nos aguardaba más allá de las murallas de Krek.- El desquiciado caballero hizo una pausa y miró al resto de sus camaradas. Sus ojos estaban desorbitados por la locura, y su rostro, a pesar de la fría brisa que recorría todo el bosque, estaba bañado en sudor. Su mirada era la de un loco que había sobrevivido a lo innombrable.- Lo que nos aguardaba más allá de Ashgord era la abominación más abyecta que jamás elucubrase mi mente. Los cielos estaban tomados por los dragones, el gran valle del Zoj bullía con las criaturas más sanguinarias que jamás hubiesen concebido mi mente, las grietas hedían fuego, de la ciudad de Uz-Guz manaban gritos, y en el horizonte, alzándose como un espanto surgido de la más tétrica de las pesadillas se alzaba Ankuz-Traz, la fortaleza de los Señores Oscuros. Pero nada de todo lo anteriormente expuesto puede compararse con lo que albergaba aquel bastión… nada de lo que pueda decir o hacer podrá describir al ser que albergaban los negros muros de Ankuz-Traz. Su voz hacía temblar la tierra, su voz rompía el cielo, abría las nubes y cerraba el sol como un negro párpado, su voz bastaba para matar a los hombres y a los dragones. Era…
-Es suficiente.- se apresuró a cortarle Ci’Elara. El miedo había hecho presa en su rostro, otorgándole una belleza casi mística en un momento tan vulnerable.- Ni se te ocurra pronunciar ese nombre cuando estamos tan cerca de las Tierras Baldías.
El caballero respiró hondo, y sus mejillas, contraídas en un tenso rictus, sufrieron una contracción repentina.
-¿Creéis que todo lo que os he contado hasta ahora es terrorífico?- Sir Louder clavó una aviesa mirada en cada uno de los componentes del grupo. Reddrik, que procuró apartar la vista cuando le tocó el turno, observó como la pequeña Andrina languidecía al borde del llanto ante los horrores vertidos por el desquiciado capitán. El soldado, sabedor del efecto que estaba causando en la joven, se inclinó sobre ella y sus palabras se hicieron más incisivas.- Más de dos mil hombres murieron en el asedio de las murallas, otros cinco mil murieron en el asalto del desfiladero, y otros diez mil en la toma del valle. Costó casi dos semanas llamar a las puertas de Luduz Ungras y adentrarse en sus fronteras, y más de una cuenta asentarse en la fétida tierra. Ni con la ayuda de los grandes dragones blancos y los ejércitos combinados de Lin-Lain y Bradin pudimos alcanzar el País Remoto en menos tiempo.
“Cuarenta y cuatro días para tomar un país e iniciar una invasión que parecía abocada a la locura. Luchamos como salvajes, y moríamos como conejos. Más de cien mil vidas tuvieron que caer para atravesar el Camino Negro, demoler las torres de Guard, prender fuego a Uz-Guz y conquistar el Cónclave y Ankuz-Traz. En el camino combatimos a los últimos Señores Oscuros: Krash el Sanguinario, Roud el del Norte, Blaadvar Droven el Empalador, Heméscrotes el gigante, Temura Niigrid el nigromante, y el peor de todos, Kantross Wolfgood, el prelado de los ejércitos de Luduz Ungras y primado de la fortaleza. Cuando llegamos a las puertas de Ankuz-Traz, habían pasado más de cincuenta días desde el inicio de la batalla, y aun faltarían otros cincuenta para su finalización. Mientras la refriega se extendía más allá de la ribera sur del Zoj, asaltamos las murallas de la gran fortaleza del Norte e hicimos frente a aquellos que habían quedado rezagados, custodiando el bastión. Todos sabíamos que allí estaba él… ella… eso… atrapado…
-No lo nombréis.- Esta vez la voz de Ci’Elara sonó más como una súplica que como un deseo.
El caballero, sudoroso, afirmó con la cabeza y siguió hablando.
-Escalamos los muros y derribamos las puertas. Cuando entramos en Ankuz-Traz, al frente de nuestras huestes marchaban lord Eneghas Luján, señor de los caballeros lujaranos, el príncipe Darkennor, hijo de Eleanor de Alamba, Nunok Maestrazgo de Bradin, y el maestro Gralas Valdemmore…
-Magistrado de los Clanes Mágicos de Isanté.- concluyó Cliverhood.
-Sí, así es. Puedo aseguraros que ninguno de aquellos señores, por muy poderoso o antiguo que fuera, estaba preparado para afrontar lo que nos aguardaba en las entrañas de la fortaleza maldita, pues el poder que allí se albergaba era el más nocivo y el más arcaico que jamás haya vivido en Argos. Cada paso a través de las sombras era una pesadilla, cada peldaño que nos sumergía en el abismo, pues de allí emanaba todo el mal que durante tanto tiempo había consumido nuestro mundo, era un descenso a una locura sin límites. Tuvimos que hacer frente a los más aberrantes demonios y a las más tenebrosas criaturas. De cada sombra parecía emanar una garra, de cada sumidero surgía reptando un demonio. Cuando llegamos a las cavernas inferiores, las mismísimas entrañas de Luduz Ungras, el mundo de los vivos dejó paso a un delirio perverso que jamás podré olvidar. El rugido que emanaba de los pozos parecía azufre y quemaba la piel. Allí no había orcos ni trasgos… tan solo seres deformes que insultaban y atacaban como criaturas obscenas. La paredes se convertían en… en… en vientres cancerígenos de los que no dejaba de manar sangre. Muchos, incapaces de afrontar aquella visión, echaron a correr hacia la superficie, otros seguimos avanzando inconscientes del mal que nos rodeaba y con la idea de que nos estábamos adentrando en el mismísimo infierno.
“Pronto un lecho de fuego y lava se abrió ante nosotros; y sobre las llamas, serpenteando sobre el precipicio, lleno de espinas y zarzas que parecían surgir de la misma piedra, se alzaba el estrecho camino que conducía hasta la gran puerta que era el nexo de unión entre nuestro mundo y el de la mismísima condenación. No me atreví a ver el infinito que se alzaba más allá del vano… no pude hacerlo, dioses misericordiosos… no pude… Mi mirada estaba puesta en la fría sombra que nos aguardaba justo en el otro extremo del barranco, subyugada por una visión maldita para los hombres. Era él… el que había traído todo el horror sobre nuestro mundo… el que sumergió Luim-Nad bajo el Cataclismo y sepultó a miles de almas al tormento. El que había arraigado la oscuridad sobre Argos. Eso nos estaba mirando desde el otro extremo del camino, como vosotros me miráis ahora mismo; tan vivo y repulsivo como mi propia carne.- Sir Louder se quedó sin palabras para describir el horror. Durante unos segundos tuvo que permanecer en silencio, y sus ojos, desencajados de las órbitas, contemplaron el fuego de la hoguera como si en su interior habitase el mismo ser que había desatado el tormento en aquel día ya tan lejano.- Rápidamente nuestros paladines nos ordenaron retroceder y fueron los místicos los que tomaron la vanguardia del ejército. Yo me vi empujado hacia atrás por miles de cuerpos temblorosos que empezaron a correr hacia el exterior, y aquello desapareció de mi vista, tan repentinamente como había aparecido. Escuché la voz de lord Eneghas clamando a la retirada, los gritos de los magos al invocar la magia de los dioses benignos, a los desgraciados, que empujados por la incontrolable marea, eran arrojados a las llamas del abismo. En cuanto pude recobrar la conciencia de mi mismo ya había dejado atrás la gran cámara de la puerta.
“Fue entonces cuando se desató el mayor horror y el mundo pareció perder su bendito orden primario. Aquello gritó como una fiera abisal, y las paredes vibraron y sangraron con su voz, desmoronándose sobre nuestras cabezas y sepultando a muchos de los rezagados. Los magos respondieron a aquel bramido de furia incontrolable, y aunque sus voces no sonaron tan fuertes como la del enemigo, plantaron cara a la desesperación que arrastraba el maligno consigo. Escuché como la gente gritaba y lloraba por igual, mientras una lluvia de entrañas caía sobre nosotros. De pronto estuve chapoteando sobre un gran charco de sangre, y cuando volví la cabeza pude ver como muchos hombres se desmoronaban en el suelo con el cuerpo lleno de pústulas y la carne pudriéndose o desprendiéndose de sus huesos. Otros fueron transformados en demonios, que presa de un hambre incontenible se arrojaron sobre aquellos que antaño fueron sus compañeros; y otros, aquellos de voluntad más débil, simplemente dieron la vuelta, y perdida toda fuerza de resistencia, regresaron al infierno para ser consumidos por los demonios. Las maldiciones del Abismo estaban cayendo sobre nosotros, y ni tan siquiera la magia de los acólitos de Valdemmore podían contenerla.
“No sé como logramos salir vivos de aquel antro, pero cuando los tétricos muros de Ankuz-Traz volvieron a rodearnos, incluso su sombra me pareció más acogedora. Sin volver la mirada, los supervivientes regresamos al patio y al emerger en el llano, nos encontramos de frente con la guerra. Que los dioses me amparen al admitir que aquella deleznable visión era más liviana que la que encontramos en las entrañas de la fortaleza. Nunca antes me sentí más agradecido de seguir con vida, e incluso los horrendos rostros de los orcos y los trasgos me parecieron más agradables que los de las criaturas horrorosas que habitaban aquel pozo.
“Sin embargo la lucha entre Valdemmore y sus acólitos contra la criatura que yacía ante la puerta, incluso allá arriba podía percibirse. El suelo se resquebrajó bajo nuestros pies, y amigos y enemigos fueron engullidos. Grandes columnas de fuego se alzaron a nuestro alrededor, elevándose hacia el cielo tenebroso y engullendo a todos aquellos que tenían la desgracia de cruzarse en su camino. Con un terrible crujido el Cónclave de los Señores Oscuros se quebró por la mitad, y durante las siguientes horas todos tuvimos que combatir en una tierra que parecía a punto de ser engullida por las fuerzas elementales que incansables, seguían combatiendo en las entrañas de aquel país impío.
“De pronto un gemido escalofriante se expandió por todo el país remoto. Comenzó en el seno de Ankuz-Traz y como un terremoto incontrolable, se desató por los alrededores, desgarrando la corteza terrestre y engullendo a los ejércitos que tan denodadamente seguían combatiendo por mero instinto de supervivencia. Vi como los hombres eran devorados por la tierra. Como sus gemidos desesperados se perdían bajo el furibundo batir de un poderoso alarido que conmocionaba el país entero. Durante interminables minutos la contienda decreció en los aledaños de la fortaleza y todos nos limitamos a observar las enormes torres y las inacabables atalayas, como si fueran a cobrar vida de un momento a otro, y sus moradores fueran a saltar sobre nuestros cuellos. Mi mente una y otra vez retornaba a la oscura sombra que durante unos segundos, había llegado a vislumbrar ante la puerta. Sentí flojera en todo mi cuerpo y mi mente se volvió tan débil, que arremetí contra todos los seres que me rodeaban en un vano intento de escapar de aquella locura. Pero las montañas de Ashgord se alzaban a un mundo distancia y pronto comprendí que, al igual que todos mis compañeros, estaba atrapado en aquel horror.
Sir Louder agachó la cabeza y el brillo de sus ojos se extinguió por completo. Reddrik sintió un escalofrío ante la amargura que arrastraba aquel hombre. Las ojeras que cercaban sus ojos atestiguaban el tenebrismo que ocultaban sus sueños, y los temblores que sacudían sus manos, daban fe de que sus nervios flaqueaban al rememorar el horror de tan infaustos días; a pesar de que habían transcurrido siete cuentas desde el final de la guerra.
-¿Y cómo acabó todo?- inquirió Grehid Cabeza de Lobo, que incluso en los momentos más morbosos del relato había seguido llenándose la barriga.
El caballero se cruzó de hombros. Tras aquella pausa no parecía muy dispuesto a sumergirse una vez más en los recuerdos.
-Todo el mundo lo sabe. El enemigo fue arrojado a través de la puerta, y sus pernos fueron sellados con magia, después tan solo Valdemmore y algunos de sus acólitos, lograron traspasar el umbral de Ankuz-Traz. Tras aquello, la guerra se decantó de nuestro lado, y aunque todavía se sucedieron muchos días de cruenta refriega, el enemigo fue expulsado del País Remoto y Luduz Ungras volvió a ser libre.
-Aunque la maldición desatada por el enemigo jamás llegó a desarraigarse de aquellas tierras.- intervino Cliverhood con cierto tono de reproche.
-¡Pues claro que no, hechicero! Vos no estuvisteis allí, vos no afrontasteis el horror que guardaban aquellas tierras, vos no visteis el gran valle del Zoj sepultado por los cuerpos desangrados. Si hubieseis estado, tened por seguro que hubierais sentido las mismas ganas de huir que sentimos todos los supervivientes a la batalla. Además, el mal no había sido desarraigado de aquella tierra del todo, y Heimdall nos aguardaba en la Torre Orgánica. Por desgracia en aquel entonces más nos sentíamos como un grupo de náufragos que acaban de sobrevivir a la tragedia, que como un verdadero ejército. Incluso los tozudos enanos habían perdido las ganas de seguir combatiendo y tan solo deseaban retornar al hogar. Solo la determinación de Lábakoss y Vidda, estandartes de los grandes dragones, nos infundieron el vigor y la fortaleza para seguir combatiendo al enemigo y terminar con el germen que mancillaba nuestro mundo… Después ellos también desaparecieron.
-¿Pero cómo acabaron los magos con el supremo?- exclamó Grehid a punto de perder la paciencia.
-Yo no estaba allí,- inquirió el demente caballero.- luego no soy quién para dar respuesta a esa pregunta. La desconozco. Y no preguntéis por los supervivientes, pues ellos también guardaron silencio. Tan solo sé que desde entonces el maestro Valdemmore perdió por completo su ímpetu por la vida y que incluso cuando afrontó la insana sombra de Kri-Santic, el último reducto de su larga y próspera existencia, las ganas de vivir se habían borrado de sus ojos. Supongo que quedaron allá… en el umbral de aquella puerta maldita.
-¿Y cómo era él?- preguntó de repente Weinn. Aquella intervención cogió a la compañía por sorpresa, pues el Zafio no era reconocido por mostrar abiertamente su curiosidad; sin embargo esa misma pregunta era la que a todos rondaba por la cabeza.
Ci’Elara clavó una penetrante mirada en el abigarrado mercenario, pero el Zafio la ignoró por completo. La curiosidad que sentía podía con la prudencia.
El caballero se limitó a negar con la cabeza y después la hundió entre los hombros, negándose a sí mismo reproducir una vez más aquella deleznable imagen.
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