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Pestes han existido muchas a lo largo de la historia; la Peste de Atenas que se propagó en el año 428 a.C., por ejemplo; la Peste de Siracusa del 396 a.C que asoló al ejército cartaginés, la Peste Antonina que devastó Roma cobrando la vida del propio emperador Marco Aurelio, la Peste del siglo III que llegó a causar la muerte de cerca de 5.000 personas por día, la Peste Justiniana, la Amarilla, la Negra, el Sida, la Neumonía Atípica… Ni todas ellas juntas causaron tantos estragos como la Peste conocida como La Plaga, que azotó a la humanidad a mediados del siglo XXI reduciendo la población humana de la Tierra a poco menos de la mitad.
Durante millones de años los virus fueron los únicos competidores que los seres humanos tuvieron por el dominio del planeta, La Plaga, por supuesto, era un virus y como se sabe los virus coevolucionan con los organismos que los hospedan. En su condición de parásitos intracelulares extremos, los virus requieren de la supervivencia de su anfitrión para de esta forma asegurar su propia subsistencia. De hecho cuando un virus se replica en el anfitrión no suele causar enfermedades o si lo hace, son leves y por lo general autolimitadas. Los virus relacionados con la producción de enfermedades están en proceso de adaptarse a su nuevo anfitrión y una vez alcanzada esta meta, la siguiente maniobra del virus consiste en perpetuarse y propagarse sin afectar al organismo que lo hospeda. ¿Por qué el virus de La Plaga fue tan agresivo entonces casi llevando a la extinción a sus potenciales anfitriones?, pues debido a que fue cuidadosamente diseñado para tales efectos en un laboratorio sepultado a varios kilómetros bajo la enorme masa de los Alpes Suizos.
La Plaga era el método mediante el cual Georg Sommervogel separaría a los débiles de los fuertes, quienes deberían luchar con sus criaturas transgénicas por el dominio del planeta. Sommervogel podría haber eliminado completamente a toda la humanidad si así lo hubiese deseado, pero estaba ansioso de enfrascarse en otra Guerra, ésta vez entre los antiguos humanos y sus sucesores naturales; los seres diseñados por él mismo y Zakk, machos y hembras capaces de reproducirse a diferencia del primer modelo cuyo cuerpo Sommervogel habitaba desde su muerte a manos del enloquecido pero letal Christopher Westbrook.
Georg Sommervogel, el “Científico de lo Insólito” era una celebridad mundial y su fastuosa mansión y el observatorio-museo en la cumbre de los Alpes Suizos eran conocidos por todo el mundo, pero aquellas onerosas excentricidades no eran más que elementos diseñados para desviar la atención del búnker-laboratorio, una verdadera ciudadela a cientos de metros bajo la superficie.
Lo ocurrido durante la noche de año nuevo en el observatorio fue una noticia que recorrió el mundo entero, una bomba hizo estallar el sitio en mil fragmentos dando muerte al Científico de lo Insólito y a Christopher Westbrook, único sobreviviente: el ser quimérico de piel azul pálida y características felino-reptiloides llamado Anselm, hijo adoptivo de Georg Sommervogel.
Mientras los invitados en la mansión Sommervogel admiraban el espectáculo pirotécnico más costoso en la historia de la humanidad, a cientos de metros bajo la superficie de la tierra el Científico de lo Insólito hacía que sus cirujanos transplantaran su cerebro a la bóveda craneana de su hijo muerto.
La verdad es que esto era justo lo que Sommervogel planeó originalmente cuando Zakk, artista impulsor del “arte transgénico”, le propuso la creación del ser quimérico: evitar la muerte mudando su materia gris a un nuevo cuerpo más-que-humano y libre de los tan molestos impulsos libidinosos, (razón por la cual Anselm carecía de órganos reproductores). Pero el Científico de lo Insólito se encariñó con su “hijo” y aprendió a amarlo cómo sólo un padre puede hacerlo por lo que abandonó sus planes y aceptó que la muerte lo reclamara al extinguirse su anciana anatomía, dejando su gran legado a aquella magnífica criatura de la cual estaba tan orgulloso. Pero el maldito Westbrook lo había obligado a retomar su plan inicial, Anselm no podía morir, Sommervogel viviría por su hijo.
El procedimiento fue realizado exitosamente, el decrépito cuerpo del Científico de lo Insólito fue destruido y los médicos fueron eliminados por Zakk una vez finalizada la operación. El cerebro de Anselm, encapsulado en un recipiente de formol, fue instalado posteriormente en una réplica en cera exacta de sí mismo. La versión oficial entregada a los medios fue que el estallido del observatorio había sido un acto terrorista provocado por la Secta de Kali. La SK sedienta de promoción rápidamente se adjudicó la autoría del hecho pese a no tener arte ni parte. De esta forma, nadie sospechó lo que realmente había ocurrido, a excepción de Niles Srinivasa Rao, Carlton Cunningham, Janine Anek-dit-Chenaud y Belle Sait Croix.
Srinivasa Rao como el traidor que era, permaneció en silencio luego de la muerte de Westbrook, quien fuera su empleador no-oficial. Carlton Cunningham, por su parte, estaba en conversaciones con el Científico de lo Insólito para poder trasladar su mente a un cuerpo humano, por lo que tampoco le convenía divulgar lo que presenció aquella noche si es que deseaba que Anselm respetara los compromisos que él y su padre celebraran previamente. Belle tenía sus propios secretos divulgados en aquella terrible ocasión ante Anselm y jamás hablaría y en cuanto a la muchacha Anek-dit-Chenaud, sufrió un accidente esquiando que la dejó en coma hasta que la Plaga dio cuenta de ella.
Le tomó un tiempo considerable a Sommervogel adaptarse al cuerpo de su hijo, era todo un mundo de sensaciones nuevas y extraordinarias habilidades que él siempre contempló desde fuera y que ahora podía asombrosamente ejecutar. A los medios se comunicó que Anselm Sommervogel había sobrevivido gracias a sus sorprendentes capacidades regenerativas, las mismas que ya estaban actuando en el viejo cerebro de su “padre”, revitalizándolo e impidiendo su detrimento. En el cuerpo de Anselm, el Científico de lo Insólito sería prácticamente inmortal.
Varias décadas después y tras liberar La Plaga en los Estados Unidos, Sommervogel y los suyos se encerraron en la ciudadela-bunker mientras sus cerebros eran transplantados a los nuevos cuerpos clonados a partir de Anselm, libres de envejecimiento celular, capaces de reproducirse e inmunes a todas las enfermedades conocidas, incluyendo La Plaga. Por supuesto que la enorme cantidad de cadáveres causados por el virus representarían un problema para el medio-ambiente, pero siendo cuasi-inmortales la nueva raza tenía tiempo para esperar que la tierra absorbiese a los débiles mientras monitoreaban las ondas de radio. Luego emergerían a la superficie a declarar su Guerra Santa contra la disminuida humanidad sobreviviente.
Con lo que no contaba Sommervogel era con la intervención de los arcángeles, que rápidamente limpiaban la Tierra de todos los muertos según las últimas informaciones radiales.
Un elemento nuevo había sido incorporado a la ecuación y Sommervogel se vio obligado a emerger a la superficie, indicándole a sus seguidores que permanecieran en la ciudad subterránea y continuasen reproduciéndose mientras él resolvía el problema.
El Científico de lo Insólito regresó a su mansión y a su vieja sala de monitoreo en la biblioteca. La CNN, que pese a todo el caos aún transmitía, hablaba de los arcángeles como “enviados del cielo” y señalaba que no era posible registrarlos mediante las cámaras y que no se reflejaban en los espejos ni proyectaban sombra. Sommervogel pudo eso sí ver una ilustración realizada in-situ por un miembro de la policía de Nueva Cork. El ser poseía unas alas de ave que debían medir unos doce metros desde sus omoplatos hasta la punta y sus inexpresivos ojos eran muy similares al de los tiburones. Ciertamente que parecía una criatura transgénica, ¿pero diseñada por quién?
Sommervogel recorrió su propiedad empuñando una pistola de dardos tranquilizantes hasta que encontró a uno de sus sirvientes en las caballerizas siendo devorado por un arcángel. Sommervogel le disparó cinco veces a la criatura pero los dardos la atravesaron cómo si ésta no poseyese forma sólida. “Es probable que controlen la densidad de su cuerpo”, pensó Sommervogel, “capturar a uno será imposible”.
El arcángel redujo el gelatinoso cuerpo a nada y luego se perdió entre las nubes sin fijar nunca la vista sobre el ofendido Sommervogel.
“El bastardo me ignoró completamente” –dijo para sus adentros el científico–, “a mí, la criatura más perfecta sobre la faz de la Tierra.”
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La intervención de los arcángeles hizo que Sommervogel adoptara rápidamente una nueva estrategia. Aprovechándose del desmonoramiento de las vecinas naciones formó una armada con los amplios recursos a su disposición realizando un golpe de estado en la Schweizerische Eidgenossenschaft para luego anexar a Austria y Liechtenstein a su territorio conformando así la Nueva Confederación Helvética con él al mando. Pese a ser una dictadura varios artistas, intelectuales y personas con habilidades “fuera de lo común” que discrepaban del estilo de vida americano buscaron asilo en esta nueva Florencia.
Entre arengas a sus “súbditos” que le adoraban como a un semi-dios y gestiones políticas y comerciales con las naciones que mejor habían sobrevivido a La Plaga, Sommervogel se dedicó a investigar el sitio exacto del cual provenían los arcángeles para lo cual reconstruyó su viejo observatorio que escudriñaría el cielo durante las 24 horas.
Debido a La Plaga una de las áreas científicas más resentidas fue la observación del cosmos que regresó a un modesto 5% del cielo. Los sistemas de observación de Sommervogel cubrían en cambio un 65%, razón por la que fue el primero en detectar la existencia del extraño cuerpo en los confines del Sistema Solar.
De inmediato el Científico de lo Insólito convocó a su círculo de hierro en la sala de reuniones del observatorio-fortaleza: los ya mencionados Belle Saint-Croix, astrofísica; Carlton Cunningham, ingeniero matemático; Niles Srinivasa Rao, físico nuclear; y Cristián Landsburg, médico. Todos eran gente de ciencia, todos eran únicos y todos (debido a sus particulares circunstancias) tan inmortales e imperecederos como el propio Sommervogel. Pese a la gran confianza que había depositado en ellos el Científico de lo Insólito, sobretodo en su antiguo empleado licántropo, ninguno estaba al corriente de las instalaciones subterráneas ni de la nueva raza que reemplazaría a los humanos, y a ellos mismos.
Saint-Croix era la única vampiro en existencia con un amplio abanico de habilidades a su disposición tales como convertirse en humo, murciélagos o ratas; mesmerizar a sus víctimas; volar y regenerar heridas, además de una fuerza sobrehumana clase 8. Gracias a las manipulaciones genéticas de Sommervogel, Belle era inmune a los rayos UV.
Landsburg era el último hombre lobo sobre la faz de la Tierra; poseía fuerza sobrehumana clase 37, habilidades regenerativas, sentidos agudizados y manipulaciones genéticas mediante, era inmune a la Plaga y podía convertirse en hombre lobo a voluntad, tal y como los misteriosamente desaparecidos alfas adoradores de Anzu podían hacerlo.
Cunningham poseía fuerza sobrehumana clase 100 y era resistente a cualquier daño imaginable. Sommervogel no realizó ninguna mejora en éste ser que se había diseñado a sí mismo para ser invulnerable en el corazón del estallido de una bomba quántica.
Srinivasa Rao por su parte ya no requería de una armadura tan voluminosa como en el pasado aunque exponerse a él por más de quince minutos seguía siendo peligroso para cualquier criatura viva que no fuese inmune como sus compañeros. Tras varios años de entrenamiento Srinivasa Rao finalmente había conseguido controlar el reactor de fusión en que se convirtieron sus órganos internos para varios efectos como aumentar su fuerza a clase 25 y proyectar a través de sus manos rayos de plasma.
Estos cinco extraordinarios seres se reunieron en el gigantesco comedor, emplazado al norte del observatorio, en torno a una gran mesa redonda de roble macizo que Sommervogel rescatara del infame castillo Wewelsburg, cada uno sentado en un butacón tapizados en cuero del cual fueron removidas las placas de plata a las que Belle y Landsburg eran sensibles.
Sommervogel activó los lentes y espejos al centro de la mesa enfocando el haz de luz para proyectar un modelo a escala del Sistema Solar.
-Esto mis amigos –anunció Sommervogel ampliando un sector del holograma y señalando el esquema de un objeto redondo con un núcleo central– se encuentra a unas 80 UA de la órbita de Neptuno, en el cinturón de Whipple.
–Parece un óvulo –dijo Belle asombrada.
–Así es justamente cómo lo hemos denominado. El “Óvulo” mide 5,4 kilómetros de ancho, poco más que la decimoséptima luna joviana. Tengo fundadas sospechas que de ese objeto provienen los arcángeles.
-¿Cómo puedes estar seguro de ello? –preguntó Srinivasa Rao-. Los arcángeles una vez que abandonan la estratosfera se desplazan a la velocidad de la luz, no tendrían porqué necesariamente estar “acampando” en los suburbios de nuestro vecindario, ¿no creen?
-Opto por la navaja de Occam para responderte Niles, ¿crees acaso que los arcángeles y el cuerpo extraño no están relacionados? Yo me inclino por la explicación más simple, de allí proceden los arcángeles.
-Sabemos que los arcángeles logran viajar a la velocidad de la luz o incluso más rápido una vez fuera de la órbita de la Tierra, pero tal y como los extintos cheetas, quizás sólo puedan hacerlo por cortos periodos –especuló Belle–, tal vez ese sea en efecto su centro de operaciones.
–La mascota del jefe ha hablado –sentenció irónico Srinivasa Rao provocando la ira de la vampiro.
–Ya basta –exclamó Sommervogel autoritariamente– La verdad es que tu opinión, Niles, es irrelevante para mis planes. Ustedes cuatro irán al Óvulo a investigar y destruirlo si es necesario.
–¿Y cómo se supone que hagamos eso? –preguntó Landsburg que desde la muerte de su amada esposa Alejandra había decidido permanecer en forma de lobo humanoide todo el tiempo.
–Sí –replicó sonriendo Srinivasa Rao–, ¿acaso posees una nave intergaláctica?
–Algo por el estilo –respondió Sommervogel–, ¿Dr. Cunningham?
El asiento de titanio reforzado del voluminoso ser crujió bajo su peso al cambiar ligeramente de posición mientras decía con una voz que parecía provenir desde una caverna húmeda y tenebrosa:
–Algunos de ustedes estarán familiarizados con la teoría que desarrollé en 1956, la cual me permitió alterar mi forma para sobrevivir a la explosión del dispositivo quantum…
–La verdad es que yo no lo estoy –dijo Srinivasa Rao sólo para molestar.
–Ni yo –dijo Landsburg con esa voz semejante a un ladrido.
–¿Cuáles son los elementos básicos que componen la “realidad”? –preguntó Cunningham –, ¿el agua, la tierra, el fuego, el aire acaso?
–No –respondió Srinivasa Rao–, son los átomos, los electrones, los quarks…
–La columna fundamental sobre la cual se edifica el universo perceptible no es nada de eso, Niles, sino la información.
–¿A que te refieres con información? –gruñó Landsburg.
–Verán –dijo Cunningham– el mundo matemático existe independientemente de la manera en que lo comprendemos, es decir, no está localizado en el espacio ni el tiempo pese a que la manera en que lo percibimos está sujeta a reglas muy similares a la biología.
–¿Estás sugiriendo acaso que los principios de las matemáticas existen independientemente de la humanidad? –preguntó Srinivasa Rao.
–Eso es justamente lo que estoy diciendo –respondió Cunningham–, a diferencia del lenguaje humano ya sea en forma escrita o hablada, las relaciones fundamentales a las que las personas se refieren como matemáticas son una parte natural del universo. Sin humanos aún existirían las matemáticas. Son un compendio de reglas universales que ordenan el Universo.
–De acuerdo –dijo Landsburg gruñendo más de la cuenta–, el universo está compuesto no de elementos atómicos sino de información, ¿a que nos lleva todo esto?
–Paciencia licántropo –dijo Cunningham–. La información comprende un aspecto dual, similar al de la luz como onda o partícula. La información es fundamental y posee dos aspectos básicos: física y fenoménica. El constructo resultante implica que vivimos en un mundo donde no sólo las matemáticas sino toda la información es independiente y fundamental.
–¿Cual es la relación entre éste constructo entonces y la naturaleza de onda quantum de la existencia física? –preguntó Belle.
–Permítame contestar eso a mí, Dr. Cunningham –dijo Sommervogel–. Si aplicamos los aspectos probabilísticos de la física quántica a la teoría de la información descubrimos una función entre ésta y la existencia que no sólo explica la naturaleza de la realidad como la percibimos, sino que también provee las llaves para alterarla a través de las probabilidades de elementos de información determinados, tal y cómo hizo el Dr. Cunningham en 1956 alimentado por la energía de su bomba quántica. Para ahorrarles mayores explicaciones basta decirles que Carlton ha estado trabajando durante estos últimos tres años en un dispositivo de desplazamiento que bien podríamos considerar una nave espacial. Materia y energía se mueven a través del volumen pero la capacidad informática del universo reside sólo en la superficie de área lo que significa que el cosmos es bi-dimensional, la materia, el tiempo, la energía, todos nosotros no somos más que hologramas. Todo lo que tiene volumen es una expresión de un plano bi-dimensional de información. Lo que el vehículo diseñado por el Dr. Cunningham hace es reescribir las condiciones informáticas del plano para producir desplazamiento. No viajarán tan rápido cómo los arcángeles, pero en unas seis horas tras el despegue estarán en la órbita del Óvulo.
–¿Y entonces qué? –preguntó Srinivasa Rao?
–La nave lo penetrará como un espermatozoide –contestó Sommervogel.
–Estás loco, Anselm –dijo Belle.
–Ciertamente –contestó el aludido–. Partirán dentro de doce horas.
3
La nave informática, blanca y estilizada, ciertamente parecía un espermatozoide. Los cuatro viajeros enfundados en sus trajes espaciales abordaron el vehículo que reposaba en la mitad de un silo bajo tierra y despegaron sin combustión de motores ni nada semejante, sólo un extraño sonido que escindía el aire a su paso hasta abandonar la estratosfera. Durante el trayecto nadie dijo nada, hasta que el Óvulo se hizo visible una vez pasado Neptuno, flotando en medio de las negras vastedades del cosmos.
–Eso no sólo parece un óvulo, ¡es un óvulo! –exclamó Belle por el intercomunicador.
–Se asemeja bastante a un óvulo humano a decir verdad –contestó Landsburg, e incluso está revestido de lo que parece ser una zona pelúcida, y células foliculares,
–Y en su interior se vislumbra un núcleo –agregó Srinivasa Rao.
–Pues prepárense para fecundarlo –anunció Cunningham –, estamos a punto de penetrar la corona radiata.
Una vez dentro de la membrana del Óvulo los cuatro viajeros experimentaron por primera vez en sus vidas el estado místico por excelencia.
4
La contemplación es producida por los dones intelectivos de sabiduría, inteligencia y ciencia que actúan respectivamente sobre la caridad, la fe y la esperanza. Los dones de consejo, piedad, fortaleza, temor que a su vez operan sobre las virtudes cardinales de la prudencia, justicia, fortaleza y templanza, también crecen en el individuo.
La contemplación, cómo acto intelectual y de amor, no proporciona una experiencia clara de Dios sino más bien algo confuso y oscuro, aunque por lo general va acompañada de fenómenos tales como visiones y revelaciones, frutos a su vez de nuevas gracias.
Lo percibido contemplativamente no puede expresarse con palabras, la experiencia mística es inefable ya que trasciende como sobrenatural el modo discursivo de la razón del ser humano, y puede producirse de diversas formas, con predominio del entendimiento o de la voluntad, suave y deleitable o violenta y dolorosamente. La experiencia de contemplación mística fue por lo tanto muy distinta para cada uno de los viajeros.
Landsburg desgarraba su traje espacial y luego su propio cuerpo a la par que gruñía y aullaba; Srinivasa Rao cayó al suelo como si hubiese perdido el conocimiento o experimentara el éxtasis; Cunningham permanecía pétreo en su voluminosa silla de comando cual inanimado gólem; Belle revoloteaba por toda la cabina en la forma de cientos de murciélagos…
La recepción de los Dones del Espíritu Santo concluyó con el arribo de la nave al Núcleo del Óvulo.
Los cuatro viajeros yacían sobre el suelo de la cabina, colmados de la felicidad última que una criatura racional es capaz de experimentar, aquella que está en lo que es principio de su ser. Algo es tanto más perfecto cuanto más unido está a su principio, y éste principio por supuesto no es otro sino Dios.
La experiencia mística por lo general tiene repercusiones en el cuerpo, y en lo que a nuestros viajeros respecta, dichas repercusiones fueron notorias. Todos habían vuelto a ser humanos.
Humanos puros.
Los cuatro se incorporaron y en silencio emergieron desprovistos de toda vestimenta al núcleo del Óvulo, que asemejaba un jardín de magnífica hermosura. En el centro de este verdadero Edén los esperaba La Espada de las Llamas Batientes quien, describiendo un arco con su sable flamígero, envolvió a los cuatro.
La carne de mujer y hombre ardió cómo una débil cáscara desprendiéndose a pedazos para revelar a cuatro seres de una belleza sólo comparable a la del ángel de la espada flamígera.
Los cuatro desplegaron sus amplias alas emplumadas y reconocieron quienes realmente eran.
–Uriel, Barachiel, Jehudiel, Saeltiel –dijo la Espada de las Llamas Batientes– por fin han regresado.
Epílogo
La comunicación con la nave fue interrumpida apenas ésta penetró en el Óvulo. Sommervogel se paseaba de un lado a otro impacientemente hasta que por fin decidió abandonar la sala de controles e ir a visitar a los suyos a la fortaleza subterránea, después de todo había transcurrido tres días desde la última vez que bajara a reunirse con ellos.
El hedor que inundó sus fosas nasales apenas abierta la puerta de su elevador secreto por poco y le hace desmayar.
Sommervogel desconcertado recorrió su ciudadela entre los cadáveres de su raza en un avanzado estado de putrefacción. Ningún arcángel había bajado a alimentarse de ellos, no eran humanos después de todo.
–Nos tomó tiempo descubrir tu nido de ratas, maldito infeliz –dijo una voz a sus espaldas. Sommervogel se volteó dispuesto a saltarle encima al intruso pero éste ahora estaba de pie sobre una pasarela a diez metros de altura.
–La muerte de tus impíos engendros fue aún más dolorosa que la de la especie a la cual renegaste. Tu propio virus asesino nos permitió crear una versión mutada para eliminarlos.
–¿Cómo lograste penetrar aquí? –gritó Sommervogel– ¿Quién eres?
–Victor Ur, agente especial del Departamento de Defensa de América y estoy aquí para matarte engendro del demonio.
Sommervogel de un poderoso salto alcanzó la pasarela pero antes que pudiera desgarrarle las tripas al tal Victor Ur, éste se desvaneció para materializarse una milésima de segundo después a espaldas de Sommervogel, tiempo suficiente para insertarle en la base de la nuca una daga envenenada.
El Científico de lo Insólito cayó pesadamente sobre la superficie de metal bajo sus pies.
“Misión completada, agente Bardo”, pensó Victor para desaparecer segundos antes que los explosivos, que había instalado previamente, limpiaran con fuego aquella cloaca infecta de mutantes muertos.
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