Residencial Alejandría, apartamento 42. 5:00 de la mañana.
El sonido del móvil se abrió paso hasta mi cerebro a través de las brumas. Lo tomé de la mesilla e intenté decir algo, pero sólo produje un gruñido.
—García, la jefa quiere que vengas inmediatamente —a pesar de que mis neuronas todavía eran una masa gelatinosa, reconocí la voz de Alonso, el secretario del juzgado—, tenemos un asunto muy feo.
—¿A qué viene tanta prisa?
—Mejor lo ves tu mismo —respondió Alonso—, estamos en el Cocó.
Me deshice de la pierna que me atravesaba el estómago.
—Venga nena, es hora de irse. —La chica abrió los ojos y me miró a través de las greñas con expresión bovina.
—¡Qué te largues! —insistí— ¡Ahora mismo! ¡Fuera! —Esta vez sí que entendió.
—¡Mierda de poli! —restalló mientras abandonaba las sabanas y se ponía las bragas.
Playa del Cocó. 5:20 de la mañana.
En la costa las madrugadas de invierno son frías y húmedas; del mar soplaba una brisa que calaba hasta los huesos, impregnando de sal el ambiente. Había patrullas de los municipales y de la nacional, y tambien gente nuestra, del juzgado. La jueza Soler volvió su cara de zapato viejo hacia mí cuando me oyó saludar a Alonso, los ojos de besugo llamearon.
—¿No pudo afeitarse?
Estuve por decirle cuatro cosas, pero con la jueza era preferible andarse con cuidado.
—Alonso me dijo que era muy urgente. —Le aguanté la mirada.
—Está bien, vaya a ver lo que tenemos.
El cadáver estaba en el borde del camino, en el limite con la playa propiamente dicha. A su alrededor se había hecho el vacío, por lo visto todos habían terminado su trabajo y sólo estaban esperando a la ambulancia; como los de la prensa no habían aparecido, no estaba cubierto con la tradicional sábana. Tenía un puñal clavado en mitad del pecho, la empuñadura, enorme, reflejaba la luz de las últimas farolas del paseo marítimo. El arma estaba completamente enterrada en el esternón, no era visible ni un centímetro de hoja. Con ayuda de la linterna pude ver un complicado trabajo de orfebrería; me llevó un tiempo captar el significado: dos leonas boca abajo formaban los laterales, mirándose la una a la otra, con las cabezas muy próximas. Con un horrible ídolo, o algo parecido, a modo de pomo.
—Mírele la espalda —dijo la jueza, detrás de mí.
Incorporé el cadáver y silbé ligeramente. La hoja sobresalía un palmo por detrás y estaba hundida en la arena, la estocada había atravesado el esternón, sin ninguna duda, y parecía que al salir, había descoyuntado la columna vertebral.
—Hace falta un buen brazo para atravesar los huesos de esta manera —dije.
La jueza guardó un largo silencio, como dejando que yo sacara mis propias conclusiones.
Teníamos un testigo, un mendigo borracho que dormía la mona en un banco del paseo marítimo. Un par de tortas y otros tantos cafés, le habían despejado a medias. Según parece, vio a la víctima caminando hacia la playa, cuando algo surgió de las sombras, a tremenda velocidad y lo apuñaló. El atacante pasó junto al mendigo y se perdió por el paseo, en dirección al puerto.
Nada fuera de lo normal, excepto que, según él, lo que salió de la oscuridad fue un gato enorme, marrón, con cabeza de mujer, y con un par de alas blancas en los costados.
Cuando acabé con el testigo busqué a la jueza y le resumí su declaración.
—¿Un gato marrón, con alas blancas y cabeza de mujer? —Me miraba fijamente, atravesándome con aquellos ojos de besugo muerto. —No pensará creerle —agregó.
—Por supuesto que no —respondí—, quizá el atacante fuera magrebí y vistiera una chilaba marrón... el alcohol pudo hacer el resto.
La ambulancia acababa de llegar y el forense se acercó a nosotros. Era un tipo escuchimizado, de rostro escuálido y mirada huidiza.
—Hay que extraer el cuchillo para poder meterlo en la ambulancia —dijo, chupando con fuerza de un caliqueño casi consumido.
Soler dio su consentimiento con un movimiento de cabeza, no era una mujer de muchas palabras.
—¿Qué opina de esa estocada? Yo creo que hubiera atravesado a un toro —le pregunté al médico.
El hombre se sobresaltó, casi dio un respingo; frunció el ceño y miró a ambos lados, como temiendo que alguien le escuchara. Se quitó el caliqueño de los labios.
—Jamás había visto una cosa parecida —escupía lentamente las palabras, como si le costara pronunciarlas—. Le han partido la columna vertebral, después de atravesar el esternón. El cuchillo penetró con tanta fuerza, que la empuñadura ha provocado un hematoma en el pecho.
—La trayectoria parece bastante recta...
—Completamente paralela al suelo —respondió—, el ángulo de penetración es de noventa grados, perpendicular al pecho.
El medico marchó a hacer su trabajo, intentando encender la colilla del caliqueño.
—¿Qué opina usted? —me preguntó la jueza.
Miré hacia delante y hacia atrás intentando centrar la escena.
—No sé... parece difícil, pero puede ser... Alguien sale de la oscuridad, corriendo como un tren expreso, con el cuchillo paralelo al suelo, se lanza sobre la víctima y la empitona. Es la única forma de conseguir el impulso necesario para atravesar a ese fulano como si fuera un pincho moruno.
La jueza hizo como que meditaba, estudiando fijamente la punta de sus zapatos. No le quedaba mucho para la jubilación, pero en su tiempo debió ser toda una mujer. Me pasaba un palmo y el pecho todavía dibujaba una bonita curva bajo la chaqueta gris de su traje. Luego, los ojos de besugo me miraron y volvió a ser la jueza más fría e impersonal que jamás había tratado.
—No encaja —afirmó.
—No, no encaja —admití—. Para que un ataque así tenga éxito, la víctima tiene que quedarse inmóvil.
—Quizá conocía al atacante.
Negué con la cabeza.
—Si ves venir a un fulano con un cuchillo de medio metro apuntándote al pecho, no te quedas quieto; da lo mismo que sea tu propio hermano. Puede ser que huyas o que le enfrentes, pero es imposible conseguir una estocada tan certera.
—A menos que estuviera paralizado por el terror.
Fruncí el ceño.
—El miedo solo inmoviliza a la gente en las películas —afirmé—, usted sabe perfectamente que las personas de verdad salen huyendo a la primera de cambio.
—Vaya a asearse, nos veremos en el juzgado.
Juzgado número 5. 6:30 de la mañana.
Una hora después, duchado y afeitado y con tres cafés en el cuerpo estaba sentado en el despacho de la jueza.
—Ya lo hemos identificado —me decía—, el ordenador cantó nada más que escaneamos las huellas. Su nombre es Ardelán Barzani, un mafioso turco de altos vuelos, de Europol nos han pasado un expediente que no tiene desperdicio.
—¿Cómo de altos?
—Arriba del todo, pertenece a una organización que se dedica al tráfico de heroína afgana, él era el máximo responsable en Europa. Introducía la droga a través de Nápoles, así que he hablado con los italianos; le tenían sometido a vigilancia, pero se les esfumó hace un par de semanas.
—¿Qué se le había perdido por aquí? ¿Qué opinan los Carabineri?
—Según ellos, los turcos no se llevaban demasiado bien con la Camorra, y ya habían resuelto a tiros más de una diferencia de opiniones. Últimamente tenían problemas... problemas serios, la Camorra había atacado sus almacenes y amedrentaba a los distribuidores. En Nápoles creen que vino en busca de un punto de entrada menos conflictivo.
—La Camorra le siguió la pista...
—Y decidió acabar de una vez por todas —completó la jueza.
Negué con la cabeza, incrédulo.
—Los de la Camorra van a la misma escuela que los mafiosos, lo suyo es el kalasnikov o la uzi, y los más clásicos, la recortada; los cuchillos de medio metro, con empuñadura de oro, no están en su catálogo.
—Puede que quisieran despistarnos —era evidente que la jueza tampoco se lo creía—. ¿Cómo sabe que la empuñadura es de oro?
—Me dio esa impresión, he llevado demasiados casos de joyas en los últimos tiempos.
—Pues acertó, oro macizo, casi medio kilo.
Media libra de oro no es ninguna tontería y dejé escapar un suave silbido.
—Si lo que querían era enviar un mensaje, les habría salido más barato un telegrama.
El cuchillo estaba encima de la mesa, en una bolsa de plástico. La jueza lo tomó en sus manos, parecía que los ojos de besugo se le iban a salir de la cara en cualquier momento.
—¿Qué piensa a hacer ? —pregunté.
—Podría considerarlo como un ajuste de cuentas y cerrarlo sin más, pero no me gusta. Dedíquese a esto unos días, a ver que sacamos.
Al sur de la ciudad. 10:30 de la noche.
Hice sudar a los soplones a base de bien, pero al anochecer no tenia nada. Sí, la llegada del turco no había pasado desapercibida en los bajos fondos, ni sus intenciones tampoco; pero nadie había detectado oposición por el momento, ni de la ciudad ni de fuera. Quizá a los rusos no les gustara demasiado, pero estaban demasiado ocupados con las putas y los coches de lujo y por ahora no se habían metido en drogas.
Después de un largo día sin sacar nada en claro, decidí que había llegado la hora de retirarme. Desvié el coche por una calle secundaria, oscura y sin asfaltar, que desembocaba en la autovía sur. En las esquinas, las chicas de mallas ajustadas o minifaldas ínfimas, mataban el tiempo en corros, esperando que aparecieran los clientes. En las sombras de los callejones laterales, los chulos solo eran distinguibles por la brasa de sus cigarros. Observé el grupo más cercano, fijándome en una nueva. Pelo moreno en coleta, la camiseta ceñida marcando unas tetas pequeñas pero resultonas, la minifalda tan corta que enseñaba las bragas. Le hice una seña y la chica se acercó al coche.
—¿Qué...? ¿Te aburres, guapo? —Tenia una voz bonita, con un agradable deje sudamericano, diferente de los vozarrones eslavos de la mayoría de sus colegas—. ¿Quieres pasar un buen rato?
—Mejor alguien que me cante una nana para dormir, y me arrope después.
—Eso te saldrá caro, no puedo perder la noche así como así.
Aquella zorra no sabía con quién se estaba jugando los cuartos.
La chica estaba apoyada en el techo del coche y tenia la cabeza agachada hasta la ventanilla abierta. En la oscuridad del callejón, por debajo de sus pechos, brillaba la brasa de un cigarro.
Con un movimiento rápido, la enganché del pelo y tiré bruscamente hacia abajo. La cabeza golpeó contra la carrocería con un ruido sordo.
—Escucha nena, tú te quedas toda la noche conmigo y nos lo pasamos de cine. Cobras lo de un polvo, pero si un día te metes en líos, yo me ocupo de sacarte; así son las cosas conmigo, pregúntaselo a tu chulo, si no me crees.
Aflojé un poco la presión, para que la chica pudiera volver la cabeza hacia la oscuridad. La brasa seguía allí, inmóvil; yo sabía que el cabrón de Jorge no haría nada, pero la zorra tardó un rato en convencerse.
—Está bien —cedió al fin.
—A ver si atiendes mejor tu negocio, Jorge —grité hacia la oscuridad, mientras la chica subía al coche—, explícale las reglas a las nuevas, o tendrás problemas.
La brasa describió un arco en las sombras, hasta chocar con el suelo, despidiendo una cascada de chispas, pero no hubo ninguna otra reacción.
Después de todo, la chica resultó emprendedora y con ganas de hacerme olvidar el incidente, así que por la mañana me encontraba agotado.
Universidad del sureste. 2:30 de la tarde.
La doctora Tudaliya ocupaba uno de esos armarios grandes, que en la universidad llaman despachos. La doctora me causó una extraña sensación, la bata blanca apenas marcaba el pecho y dejaba ver unas muñecas fibrosas y duras. La cabeza era demasiado grande para aquel cuerpo tan menudo; tenía el pelo muy corto, negro y rizado. En el rostro afilado y cetrino, los ojos, oscuros y grandes, parecían verlo todo, analizarlo todo. Transmitía una sensación de energía primitiva y feroz; sin embargo, su voz y sus ademanes eran tranquilos y suaves.
Me disculpé por el retraso.
—Sólo lo siento por usted —respondió—. Por desgracia tengo clase dentro de quince minutos, pero le confieso que estoy intrigada desde que me telefoneó. ¿Qué necesita la policía de una profesora de Historia Antigua?
Le entregué una fotografía del puñal y vi como se quedaba petrificada. Había esperado cierta sorpresa, pero no hasta ese extremo. Su tez oscura se volvió cenicienta, los enormes ojos se clavaron en la imagen, entrecerrados hasta convertirse en dos rayas, con el ceño completamente fruncido. Parecía estar en trance, como si mirara mucho más allá de la fotografía.
Al cabo de un tiempo que me pareció interminable, reaccionó, sus labios se movieron, murmurando una sóla palabra:
—Yazilikaya.
—¿Cómo dice?
La doctora ignoró mi pregunta mientras volvía a la normalidad.
—¿De donde ha sacado esto?
—Lo encontramos ayer —respondí—. Servía de espetón a un traficante de drogas turco. ¿Qué es eso que ha dicho?
—¿Quiere decir que hirieron a alguien con esto? —Seguía ignorando mis preguntas.
—Es una forma de decirlo, le perforaron el esternón y le partieron la columna vertebral, atravesándole de parte a parte. Se ha quedado muy sorprendida al verlo —insistí—, ¿este arma tiene algún significado especial?
Frunció los labios, como si le estuvieran arrancando una confesión desagradable, y por fin volvió a repetir:
—Yazilikaya.
No dijo nada más, como si eso debiera significar algo para mí. Hice acopio de paciencia.
—Discúlpeme, pero no sé de qué me está hablando, si pudiera explicarse algo mejor...
Se levantó y tomó un libro de la estantería, pasó algunas páginas, hasta encontrar lo que buscaba. Era una fotografía de un bajorrelieve esculpido en un risco; no había ningún elemento de comparación para juzgar su tamaño, aunque me dio la sensación de ser enorme. Me costó un instante identificarlo: era el cuchillo; en realidad, la empuñadura y la mitad de la hoja, ya que simulaba estar clavado en el suelo.
—Es el «Dios-espada» del santuario hitita de Yazilikaya —me aclaró la doctora.
Ante mi obvia ignorancia, continuó hablando; por lo visto, ahora las clases podían esperar.
—En la antigüedad, los hititas ocuparon la mayor parte de lo que hoy es Turquía; construyeron el santuario de Yazilikaya, a mediados del segundo milenio antes de nuestra era, se trataba de su santuario principal. Mejor que construir, deberíamos decir, acondicionar, puesto que Yazilikaya, en realidad, se compone de un conjunto de gargantas naturales, cerradas por un templo de acceso. Las paredes de esos barrancos fueron completamente esculpidas con relieves, entre los cuales se encuentra este gigantesco puñal, de más de tres metros de altura, conocido como el «Dios-espada», que algunos asocian con el dios de los infiernos, aunque no pase de ser una interpretación.
Me recosté en la silla. Después de media mañana visitando anticuarios, me habían recomendado acudir a la doctora Tudaliya. Por lo visto era la única en la ciudad que podía conocer la procedencia del puñal, pero no me esperaba esto. Puñales de medio metro, santuarios hititas, dioses infernales... empezaba a parecer una película de Indiana Jones. Intenté bajar más a ras de suelo.
—Como ya le he dicho, con este cuchillo se cometió ayer un homicidio, ¿conoce alguna secta o grupo, relacionado especialmente con ese santuario?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No conocemos mucho de los hititas —continuó—, su cultura fue arrollada por una avalancha de emigraciones, poco después de la construcción de Yazilikaya. De ellos sólo quedaron algunos vestigios que los fenicios se encargaron de distribuir por todo el Mediterráneo, pero no hay restos de influencias religiosas, o de otro tipo, en las culturas que les sucedieron.
Todo aquello debía ser muy apasionante, pero a mí me ayudaba muy poco, así que busqué otro enfoque.
—Los anticuarios a los que he enseñado el cuchillo no han sabido identificar su origen, pero todos han coincidido en que se trata de una pieza muy antigua y muy valiosa. La empuñadura tiene casi medio kilo de oro, ¿puede proceder de algún museo o colección privada?
—Uno de los misterios del «Dios-espada» —contestó la doctora, negando nuevamente con la cabeza, en un movimiento que comenzaba a resultarme demasiado familiar— es que es único. Jamas se ha encontrado nada que se le parezca, ninguna otra escultura, relieve, joya... nada.
—Quizá se trate de un descubrimiento reciente.
—Mi especialidad, señor García, es el próximo y medio oriente antiguo, por ello me mantengo informada de todas las excavaciones y hallazgos que se efectúan en la zona. Si se hubiera encontrado algo como esto, lo sabría. ¿Sus especialistas están seguros de la antigüedad? ¿No podría tratarse de una manufactura moderna, inspirada en el relieve del «dios-espada»?
—Esta es una ciudad pequeña, doctora, no tenemos especialistas policiales en antigüedades. Como ya le he dicho, he consultado con algunos anticuarios pero ninguno se ha atrevido a ser concluyente. En general han opinado que, o es muy antiguo, o se trata de una reproducción de altísima calidad.
—Me gustaría analizarlo —dijo, como si lo hubiera decidido repentinamente—, dispongo de un laboratorio con el equipo necesario.
El cuchillo estaba en la caja fuerte del juzgado, y no me hacía gracia pasearme con una pieza semejante, pero determinar si se trataba de una antigüedad o de una reproducción moderna, parecía ser un elemento fundamental de la investigación.
No tardé en regresar, la doctora me aguardaba impaciente, olvidada de sus clases, algo que, supongo, sus alumnos agradecieron. Al tomar el cuchillo entre las manos, cayó en un trance mayor si cabe que al verlo en fotografía. Me dejó seguirla al laboratorio con cara de pocos amigos, pero desde que cruzó la puerta, sólo me respondió con gruñidos. «Lo necesario», fue la única medida temporal que logré arrancarle... y la frase más larga que pronunció en las dos horas que permanecí allí.
Al final me harté, estaba hambriento y desconcertado. Mientras masticaba un bocadillo de plástico en la cantina de la universidad, rumiaba sobre aquel rompecabezas. La jefa esperaba respuestas esa tarde y yo no tenía más que preguntas, a cual más absurda. Era un día frío, el viento helado corría a sus anchas por los amplios bulevares del campus; en el cielo, las nubes pasaban a toda velocidad hacia el mar, acumulándose en una masa que no presagiaba nada bueno. A pesar de las inclemencias, di un largo paseo y no regresé al laboratorio hasta el atardecer, con la cabeza echando humo.
La doctora observaba el cuchillo fijamente desde un taburete; debió oírme entrar pero no se inmutó.
—¿Tiene algo? —me atreví a preguntar.
—Es auténtico —respondió, lacónica.
—¿Está segura?
Me miró con suficiencia.
—Puedo confirmarle una antigüedad de 3100 a 3500 años con una probabilidad del 95% —hizo una pausa, reflexionando—, y con un 66%, le doy entre 3200 y 3400 años. Eso lo sitúa en los siglos XII o XIII antes de Cristo, es decir, en la época de construcción de Yazilikaya. En la aleación he encontrado impurezas, como cabía esperar, algunas muy características de las fundiciones realizadas, en esa época, en el área del Mar Negro; si a todo eso le sumamos el diseño, le puedo garantizar que se trata de una manufactura hitita. Sin embargo, no tengo ni la más remota idea de como ha llegado hasta aquí, ni cual puede ser su procedencia.
—Entonces, ¿es realmente valioso? —pregunté.
—¿Valioso? —se asombró la doctora—. Si saliera a subasta, hay museos que empeñarían hasta los picaportes; su valor es incalculable. Solo el capricho, el afán de poder y las reservas de capital, son capaces de tasarlo.
—¿El afán de poder? —pregunté sorprendido—. ¿A qué se refiere?
—Es el arma de un rey, señor García, o mejor dicho, de un dios; forjada para divinizar a quién la portaba. —Me miró con un brillo apasionado en sus ojos oscuros.— El ser que esgrimía este arma no era un hombre, era Teshub, el dios del cielo y la tormenta, honrando al mundo con su presencia.
Juzgado número 5. 8:30 de la tarde.
—¿Qué tenemos? —preguntó la jueza. Los ojos de besugo me miraban como si no hubiera vida tras ellos.
—¡Una mierda! ¡Eso es lo que tenemos! —respondí furioso—. Los soplones no saben nada, los he estrujado hasta hacerles vomitar y nada de nada. Una doctora chota de la universidad dice que el cuchillo es una reproducción de un relieve de un santuario hitita y que vale una millonada, pero no sabía de la existencia de una pieza semejante.
—¿Los hititas vivían en Turquía? —preguntó la jueza sin alterarse.
—Eso es lo que dijo la doctora Tudaliya.
—La víctima también era turca.
—¡Y la playa está llena de arena! —repliqué, desahogándome—. Si no me dice nada mas...
—Está más desagradable de lo habitual, García —me miró de hito a hito—. Puede existir una conexión, tenemos un asesinato de un traficante turco con un arma singular, de indudable origen turco. Píenselo bien, esto huele a ritual... debe tener algún significado. Nuestro hombre pretendía trasladar a esta ciudad el punto de entrada en Europa de la heroína afgana, y le han parado los pies con un mensaje para los suyos. El mensaje les ha salido caro, pero el botín vale mucho más. Descifremos el mensaje y tendremos a los asesinos; esto es una lucha de poder, García.
La última frase resonó en mi cabeza y se enredó con algo que había oído esa tarde. «Es el arma de un rey», había dicho la doctora.
—La de la universidad dijo algo parecido —expliqué—. Se refirió al cuchillo como un símbolo de poder, que identificaba a quién lo portaba como un dios.
—Eso refuerza mi idea: el cuchillo tiene un significado muy concreto para los amigos de Barzani. Puede tratarse de una guerra de narcos para quedarse con la distribución en Europa, o quizá, nuestro hombre intentaba independizarse y desde arriba le pararon en seco. La cuestion es, ¿el asesino vino, hizo el trabajo y desapareció, o llegó para quedarse y terminar lo que Barzani había empezado?
Residencial Alejandría, apartamento 42. 10:30 de la noche.
Aquella noche me dejé caer por la zona de correos y me llevé una rusa entrada en carnes que me sacaba un palmo. Nada más entrar en mi apartamento me lanzó a la cama de un empellón. Antes de que yo pudiera reaccionar, estaba desnuda y me montaba a horcajadas, moviéndose con un ritmo trotón, mientras los pechos, inmensos, se balanceaban ante mi rostro. No me permitió un minuto de reposo en toda la noche, cada vez que yo acababa, me magreaba incansable, hasta que me hacía reaccionar y de nuevo se lanzaba a cabalgar, al trote, al paso o al galope, eligiendo el ritmo como una consumada amazona.
La rusa se marchó, al fin, cuando la luz ya invadía la playa y comenzaba a entrar a raudales por las grandes ventanas de mi apartamento. Intenté cerrar los ojos unos instantes y dormir algo, pero era imposible, un torbellino giraba a mí alrededor. El cuchillo, el turco, la doctora, la jueza... durante una hora estuve intentando ensamblar teorías, pero ninguna resistía un soplo; tampoco se me ocurría por donde continuar la investigación. El móvil me salvó de la autocompasión.
—¿García? —La voz de la jueza me hizo dar un respingo. Nunca me había llamado ella directamente.— Será mejor que venga ahora mismo, estamos en «El pelícano».
—Llegaré en quince minutos.
—García...
—Diga...
—No se entretenga afeitándose.
Por primera vez desde que había dejado el uniforme, puse la sirena.
Club de alterne «El pelícano». 8:30 de la mañana.
«El pelícano» es un puticlub junto al mar, en la salida por la autovía sur. En el aparcamiento había un cuerpo cubierto con una sabana que formaba una curiosa montaña en el pecho. Acompañado de la jueza levanté la sábana, sabiendo perfectamente lo que me iba a encontrar. Esta vez era más grueso pero el pelo era tan rizado y la tez tan oscura como la de Ardelán Barzani. El cuchillo estaba hundido hasta la empuñadura, las leonas parecían besarse mientras el ídolo del pomo me miraba con sonrisa burlona.
—También es turco —dijo la jueza, como si yo no lo supiera.
—Bitlis Gasemblour —contesté—. Es dueño de una docena de clubes de alterne por toda la costa, este entre ellos. Llevaba muchos años aquí y nunca se había metido en drogas, que yo sepa.
—¿De qué va esto, García? Si no es una guerra de narcotraficantes, ¿qué diablos es? ¿Una venganza personal?
—¿Un vengador que emplea cuchillos que valen millones?
Los ojos de besugo me taladraron.
—¿Dónde está el otro cuchillo?
—Anoche lo dejé en el coche, debe seguir allí.
—¿Está seguro? ¿Por qué no lo devolvió al juzgado? ¡Vaya a buscarlo!
Volví al cabo de unos instantes con las manos vacías. El día anterior, recogí el cuchillo en el laboratorio de la doctora Tudaliya, y lo guardé en el coche. Estaba tan desconcertado y furioso por el cariz que tomaba la investigación, que olvidé depositarlo de nuevo en la caja fuerte del juzgado. Después, con la rusa, ya no volví a acordarme de él.
—García, le juro que si ese cuchillo no aparece, no le permitiré morirse hasta que lo haya pagado con su sueldo, aunque tenga que vivir mil años.
Me arrodillé y observé detenidamente el cuchillo que sobresalía del pecho de Gasemblour. La empuñadura estaba ligeramente oscurecida por la pátina del tiempo, pero un punto de la oreja de la leona izquierda brillaba con fuerza. Se lo señalé a la jueza.
—La doctora Tudaliya necesitaba unas partículas de metal para realizar los análisis, y ahí es donde raspó ligeramente para obtenerlas, creo que se trata del mismo cuchillo.
La cuestión era, ¿como había aparecido en el pecho de Gasemblour? Evidentemente yo lo ignoraba, así que la jueza se abstuvo de preguntármelo, pero de pronto, un relámpago estalló en mi cabeza; soy cliente de «El pelícano» y sé algunas cosas.
—Venga conmigo —le pedí a la jueza.
A grandes zancadas, atravesé la explanada sin asfaltar que sirve de aparcamiento, abrí de golpe la puerta del club y entré. Eran las nueve de la mañana, normalmente las putas estarían limpiando el local antes de irse a dormir, pero no había. Pasé por detrás de la barra y empujé una puerta que daba a un cuchitril, con una mesa y un ordenador. Sentado ante la pantalla, Santi me miraba con una sonrisa.
—Hasss tardao musso —masculló con su acento panocho.
La jueza había entrado en el cuartito detrás de mí.
—Santiago Flores —le dije—, es el encargado del negocio, Gasemblour era su jefe. Tienen una cámara de vigilancia, apuntando siempre hacia el aparcamiento, por si se nos ocurre hacer una visita inesperada.
—¿Nos ha estado grabando todo el tiempo que llevamos aquí? —preguntó mi jefa, clavando sus ojos de besugo en Santi.
—Tooo el terreno esse ess nuesstro —se defendió Santi—, y como dise el Garsía, la cámara esstá ssiempre enssufáa. —Las eses silbaban como serpientes.
—Me importa una mierda lo que hayas grabado ahora —intervine—. Visteis como mataban a Gasemblour, ¡quiero la grabación!
—¡Cagüenla, Garsía, no me jodass! Ssabess que ssolo grabamoss diess minutoss.
Le solté una bofetada. No muy fuerte, sólo estaba haciendo su papel y algún moratón le ayudaría con el sucesor de Gasemblour.
—¡No me tomes por idiota! —le grité—. Tienes una persona en esa silla todo el tiempo y tuvo que ver como mataban a tu jefe, ¡no me cuentes que eso lo has borrado!
Hizo una mueca.
—Essto no te va a gusstar, Garsía... no te va a gusstar...
Hizo algunas operaciones con el ratón y la pantalla mostró a Gasemblour de espaldas, saliendo del local. En una esquina de la imagen estaba, sobreimpresa, la hora: 7:30. Comenzaba a amanecer.
Vimos a Gasemblour alejarse mientras se hurgaba en el bolsillo, buscando las llaves, o espantando las ladillas, ¡vete tu a saber!, hasta que algo le sobresaltó. Se detuvo, mirando fijamente al frente; durante unos segundos, en la pantalla no se apreciaba nada, pero era evidente que Gasemblour sí que veía algo en la bruma gris del fondo, entonces percibimos un movimiento, cada vez más rápido. Tomó forma al cabo de unos instantes: una leona marrón, batiendo unas relucientes alas blancas. Devoraba el terreno en fluidos saltos, sin tocar apenas el suelo. Atravesó todo el aparcamiento en tres segundos, según el reloj sobreimpreso; Gasemblour apenas mostró un atisbo de reacción antes de que aquella bestia diera el último salto. Entonces ocurrió algo más impensable todavía, la cabeza felina tomó rasgos humanos, unas mejillas oscuras ocuparon el lugar de los largos bigotes, mientras las orejas puntiagudas se reducían, quedando ocultas por una corta cabellera, de pelo negro y rizado. Las garras delanteras, que veíamos en un potente escorzo, se transformaron en manos y en una de ellas apareció el cuchillo. El impacto fue terrible, Gasemblour voló unos metros y se estrelló de espaldas contra el suelo, con la leona sobre su pecho. La bestia, que había recuperado sus rasgos animales, siguió sin detenerse y en un instante salió del campo de la cámara. Sólo había tenido rostro humano durante una fracción de segundo, pero me sobró para reconocer a la doctora Tudaliya.
Universidad del sureste. 10:00 de la mañana.
Intenté sacudirme a la jueza, pero se olía algo y mis excusas no la convencieron, así que me acompañó a la universidad. Le dije que la doctora Tudaliya podía haberme ocultado algunas cosas y necesitaba hablar de nuevo con ella. La doctora no se había presentado ese día a las clases, según nos informó el ujier, ni había llamado para dar una explicación. Abusando de nuestra autoridad logramos que nos abriera el despacho. Husmeé por los cajones y las estanterías, mientras la jueza no me quitaba el ojo; afortunadamente permanecía en silencio... por ahora. Allí no parecía haber nada de interés. Desesperado, tomé el libro que el día anterior me había enseñado la doctora, y le mostré a la jueza el relieve del «Dios-espada».
—¿Y esto? —preguntó, señalando un pie de foto en la página contraria.
Volví el libro para leerlo: «Bajorrelieve del rey Tudaliya en la garganta grande de Yazilikaya».
Los ojos de besugo brillaron furiosos.
—Era ella ¿verdad? —me miró fijamente—, la leona era la doctora Tudaliya.
Asentí con un gesto de cabeza, mientras volvía la hoja del libro, casi sin darme cuenta; la expresión de sorpresa de la jueza, me hizo mirar la página abierta. La fotografía mostraba el bajorrelieve de una leona, joven y vigorosa, con la musculatura en tensión perfectamente marcada, en actitud de avanzar cautelosamente, enseñando los dientes a un enemigo. El ala que surgía de su costado parecía perfectamente adaptada a su anatomía, pero, lo realmente sorprendente, era que sobre su cabeza se había tallado, con notable maestría, un rostro humano.
El artista había logrado transmitir la experiencia de la metamorfosis, conjugándola con un estremecedor realismo en la representación de los rostros. El gesto de ferocidad del felino, con el morro tensionado, se combinaba perfectamente con el rictus de crueldad de la boca humana. La misma crueldad, el mismo rictus, el mismo rostro que acabábamos de ver en la pantalla del ordenador. El vivo retrato de la doctora Tudaliya.
No nos habíamos repuesto de la sorpresa cuando la puerta se abrió repentinamente y en el despacho entró, con brusquedad, un hombre de edad avanzada. Por encima de su hombro, en el pasillo, vi el rostro preocupado del ujier.
—¿Se puede saber que están buscando aquí? ¿Quiénes son ustedes? —inquirió el recién llegado.
La jueza se le encaró.
—Buscamos a la doctora Tudaliya. ¿Puede informarnos de su paradero?
—¿Y si lo supiera, por qué tendría que decírselo a ustedes?
—La doctora está relacionada con dos homicidios y la falta de colaboración puede suponerle muchos problemas.
—¿Son de la policía? Aun así, necesitan una orden judicial, para entrar en un despacho particular.
—Soy la jueza Soler, titular del juzgado numero de cinco de esta ciudad. Considérenos autorizados. —La jueza no se molestó en mostrar ninguna identificación—. Ahora, ¿piensa colaborar, o le hago detener como sospechoso de complicidad? ¿Quién es usted, en primer lugar?
El otro frunció un poco el ceño y se detuvo unos instantes. Evidentemente estaba valorando de nuevo la situación.
—Lo cierto es que soy el doctor Estibañez —respondió, de mala gana—, jefe del departamento de Historia Antigua. Si se hallan realizando una investigación oficial, me tienen a su disposición, pero, supongo que comprenderán, que debieron dirigirse a mí, en lugar de presionar al ujier para que les dejara entrar.
La jueza no entró al juego de las disculpas corteses.
—¿Qué sabe de la doctora Tudaliya? —preguntó, con sequedad—. Familia, amigos, procedencia...
—Lo cierto es que no demasiado, la verdad; consiguió la plaza por oposición este verano, y se incorporó al departamento a principio de curso. Es una experta notable en nuestra especialidad, como demostró en el examen. Lo correcto sería decir que arrasó, yo mismo me encargué de realizarle la prueba oral y nunca había visto semejante conocimiento del POA...
—¿Del qué? —interrumpí.
El doctor se ajustó las gafas de montura de acero y me miró como si lo hiciera desde un pedestal.
—Lo cierto es que POA significa próximo oriente antiguo, disculpen —el tono no era, precisamente, de disculpa—, pero no estoy acostumbrado a hablar con personas ajenas a la profesión.
—Está bien —intervino la jueza—, pero supongo que el apellido les llamaría la atención; no somos de su profesión —puso un cuidadoso matiz de desprecio en su voz, cuando la jueza quiere molestar, sabe hacerlo bien—, pero aún así hemos averiguado que coincide con el de un rey hitita.
—Lo cierto es que sí —replicó Estibañez—, ¡cómo iba a pasar desapercibido! La doctora nos explicó que es de origen turco, de padre turco y madre española, para ser exactos; de hecho, su titulación estaba expedida por la universidad de Ankara. Al parecer, el apellido Tudaliya es bastante frecuente en aquel país.
—¿Conocen a su familia? ¿Ha hecho amistades desde que llegó?
—Lo cierto es que se ha mostrado muy reservada, nunca participa en actividades extra-académicas, ni ha intimado con ningún otro miembro del departamento.
—Tanta circunspección, ¿no les ha resultado sorprendente?
—Lo cierto es que la doctora cumple con sus funciones con extraordinario celo, y un notable nivel técnico; como Jefe del Departamento, es lo que me debe preocupar. En cuanto a todo los demás, por supuesto que ha dado lugar a rumores y habladurías, pero... en la universidad hay mucha gente peculiar, y nos acostumbramos a respetar el modo de vida de los demás.
La jueza le mostró la imagen de la leona transformándose.
—¿Alguna vez reparó en el parecido?
La palidez inundó las mejillas del doctor.
—¡Dios mío! Es extraordinario. —Su mirada iba del uno al otro y luego volvía al libro. Al fin, no había comenzado una respuesta por «lo cierto».— No —negó—, jamás me percaté de esto, ni creo que lo hiciera nadie del Departamento, me lo habrían comentado.
—¿Cuál es el significado exacto de este grabado? ¿Qué representaba la metamorfosis para el pueblo hitita?
El doctor respiró hondo, intentando controlar el temblor de sus manos.
—Será mejor que vayamos a mi despacho, allí podremos sentarnos.
Su despacho no era mucho más grande, en realidad parecía más pequeño, de tan atiborrado como estaba de libros y papeles, pero tenía una mesa redonda con varias sillas y una bonita vista del campus.
—Si los hititas han llegado hasta nosotros con fama guerrera —comenzó el doctor con tono pedagógico—, se debe, sobre todo, a que fueron enemigos tradicionales de uno de los iconos históricos de nuestra época: el faraón Tutankamon. En su tiempo, los hititas estaban en plena expansión, e intentaron arrebatar a Egipto el control del Mediterráneo Oriental, siendo finalmente rechazados por el sucesor de Tutankamon, Horemheb. Sin embargo, lo cierto es que —ya volvía a empezar de nuevo—, los hititas no eran más belicosos que lo normal en una antigüedad que se caracteriza por su violencia. Por lo que sabemos, estaban desprovistos de la crueldad sádica de sus vecinos asirios y, en su legislación, encontramos disposiciones de una liberalidad sorprendente, en particular, en cuanto al respeto de los pueblos sometidos; en realidad formaban casi un estado federal.
Evidentemente el doctor estaba en su salsa. Nos removimos en nuestros asientos, pero le dejamos continuar, puesto no sabíamos donde surgiría el dato de interés para nosotros.
—Lo cierto es que ocuparon Anatolia, lo que es el centro y este de la actual Turquía, incluyendo el norte de Siria. Culturalmente, pueden considerarse como una superposición de un sustrato autóctono y varias capas de migraciones indoeuropeas. Ese sustrato base lo constituye el pueblo Hatti, del cual derivaría luego la denominación Hitita, y presenta abundantes peculiaridades...
La jueza ya no pudo aguantarse más.
—Sí, doctor —le interrumpió—, le agradezco mucho su exposición, pero mi pregunta se ciñe más a la imagen que hemos visto, y a su origen y significado.
—Ya, ya... —por lo visto, cuando se ponía nervioso, olvidaba su entradilla—, si me dejan que les explique —rogó—, llegaremos a todo. Como les decía, el pueblo Hatti tiene particularidades propias, completamente autóctonas, que hunden sus raíces en la edad del bronce. Su religión en particular... por lo que sabemos, todos los elementos de la naturaleza estaban deificados: dios de los arboles, dios de las rocas, dios de los ríos, dios de las fieras... Por ello se hace referencia a menudo, a «los mil dioses de Hatti». Abundaban los dioses zoomorfos, relacionados con los animales más unidos a su cultura, que servían de enlace entre el hombre y el animal. Compartían características comunes y, una hipótesis basada en el relieve que tanto les interesa, es que esos dioses podían adoptar, indistintamente, la forma humana o la forma animal.
»El león especialmente, tenía un tremendo significado simbólico en todo el POA; los leones antropomorfos, alados o no, son una constante en la región; ahí tienen los lamasus persas o, la más conocida Esfinge de Giza, que es un león con cabeza humana, en este caso, la del faraón Kefrén. Del próximo oriente, estas representaciones pasaron al arte griego arcaico, que también nos ofrece abundantes ejemplos de esfinges, con cuerpo de leona, alas y cabeza femenina.
»Por supuesto hay diferencias de unos pueblos a otros, por ejemplo, mientras en Hatti los leones eran objeto de adoración, sus vecinos asirios los cazaban como deporte real.
—Un arriesgado deporte —apunté, por decir algo y cortar la perorata.
—No crea —replicó el doctor—, lo cierto es que se parecía mucho a nuestras corridas de toros. El león se soltaba en un espacio cerrado y despejado, y el rey, cubierto de hierro y en su carro, se dedicaba a lanzarle flechas, mientras el conductor intentaba arrollarlo; lo cierto es que el león tenía pocas oportunidades. Matar leones de esta forma era un privilegio de los reyes asirios, y les encantaba representarse en los relieves de esta manera, de hecho, nos han dejado algunas autenticas obras de arte.
Pasó algunas paginas del libro y nos mostró una imagen de una leona herida, atravesada de lado a lado por varias flechas. Tenía completamente inmovilizados los cuartos traseros y a pesar de ello, todavía intentaba atacar, alzando, retadora, la cabeza.
Yo ya estaba harto.
—Todo esto no nos sirve para nada —mascullé—, Barzani y Gasemblour están muertos y esta cháchara no nos ayuda a capturar a su asesino; tenemos que encontrar a la doctora Tudaliya.
Vi al doctor bizquear con interés y ladear la cabeza.
—Esos nombres que ha mencionado, ¿son los de las víctimas?
—Efectivamente —respondió la jueza—, Ardelán Barzani y Bitlis Gasemblour, ambos de origen turco y metidos en asuntos sucios, aunque de diferente índole. ¿Qué es lo que les sorprende tanto?
—Lo cierto es que aunque esas personas tuvieran pasaporte turco, por sus nombres es evidente que pertenecían a la etnia kurda —se explicó el doctor—, es decir, al pueblo descendiente de los antiguos asirios.
—¿Y eso tiene alguna importancia? —pregunté yo, cada vez más perdido.
—Lo cierto es que puede ser que sí, verán, los asirios fueron uno de los pueblos más feroces y sanguinarios de la antigüedad; sus reyes se enorgullecen, en sus anales, de crueldades infinitas. Practicaban la tortura y la violación sistemática de los prisioneros, sometiéndolos a las más sádicas atrocidades: los descuartizaban o les arrancaban miembros, labios, lenguas... para luego dejarlos morir lentamente. A menudo, sus reyes se representan en los relieves, avanzando con su carro sobre montañas de cadáveres.
»Todos los vecinos de los asirios, incluyendo, por supuesto, a los hititas, sufrieron sus crueldades. Es curioso ver como se puede rastrear el origen de uno de los mayores conflictos de la actualidad, hasta hace más de tres mil años.
—Se refiere al genocidio del pueblo kurdo, supongo —preguntó la jueza.
—Lo cierto es que sí, los kurdos descienden del pueblo asirio y llama la atención cómo el odio que suscitan en turcos, iraquíes e iraníes, se remonta a los sufrimientos que ellos, a su vez, infligieron a hititas, mesopotamios y elamitas, por supuesto pasando por una larga retahila de enfrentamientos.
El doctor terminó de hablar, como si de todo aquello se desprendiera alguna conclusión obvia.
—Y todo eso, ¿qué importancia tiene para nuestra investigación? —yo me había perdido hacía rato.
Sorprendentemente, fue la jueza la que me contestó.
—Creo que lo que el doctor nos está sugiriendo, es que hay un dios hitita suelto, tomando venganza sobre los descendientes de sus ancestrales enemigos asirios.
Expuesta de esta manera, la teoría era tan absurda que el doctor Estibañez se sonrojó.
—No, por supuesto que no —se defendió—, yo, únicamente, les exponía el marco histórico, en el que deben ser considerados los relieves por los que me han preguntado.
La jueza se puso en pie.
—Le agradezco su ayuda, si tiene noticias de la doctora Tudaliya póngase inmediatamente en contacto con la policía.
Salimos de allí con un enorme alivio, sólo de pensar que no tendríamos que escuchar ningún otro «lo cierto» más.
—No pensará, de verdad, que estamos persiguiendo a un dios mitológico —le pregunté a la jueza mientras regresábamos a la ciudad.
—No se trata de una fantasía —respondió—, la doctora Tudaliya existe, y lo que vimos en esa grabación era real; no me importa como lo hace, pero sea diosa, humana o leona, necesita alimentarse y descansar, es decir, un refugio y quizá colaboradores.
»Ahora ya sabe a quién tiene que buscar, ¡encuéntrela! —puso un extraño énfasis en sus palabras—. A los criminales los juzgamos de acuerdo a las leyes, incluso a los dioses.
Barrios de la zona norte. 9:30 de la noche.
Pasé el resto del día apretando de nuevo a los soplones, creo que alguno pensó que había perdido el juicio, pero nadie sabía nada. Ningún fugitivo rondaba los canales habituales, ni de dos, ni de cuatro patas; por las alas no me atreví a preguntar. Por el momento, ningún rumor circulaba sobre la muerte de Gasemblour; Santi cerraba el pico, seguramente por miedo a acabar en el psiquiátrico.
El mal tiempo de los últimos días había empeorado, aunque ya no era época de gota fría. Sobre el mar, una compacta masa de nubes oscuras ocultaba el horizonte; las tormentas invernales del Mediterráneo tienen mala baba. El viento, desatado, impulsaba los contenedores de basura, que cruzaban las calles movidos por su mano invisible.
Ya nada podía hacer ese día, salvo buscar calor para la noche. Circulaba por el extrarradio y tomé a la derecha, por una carretera entre solares rebosantes de escombros, donde habitualmente abunda el ganado. Pronto me di cuenta de mi error: era una zona desolada, con pocos lugares en los que afrontar una noche como la que se avecinaba, así que las zorras habían evacuado. Ya me iba a largar, cuando vi dos figuras refugiadas bajo una falsa pimienta, al borde de la carretera. Acerqué el coche a la cuneta y una de las mujeres se aproximó.
—¿Buscas algo caliente para esta noche, García? —Era rubia y de ojos azules, menuda, pero con buenas tetas. No me sorprendió que me conociera, aunque yo no recordaba haberla visto antes.
—Puede ser, ¿te interesa?
—Tu siempre compras de saldo, no sé si me conviene.
—Con este tiempo lo tienes crudo; conmigo, por lo menos dormirás caliente y algo te llevas.
—Creo que tienes razón... ¡Va a ser una mierda de noche!
—Pues sube y vámonos, antes de que empiece la tormenta.
La puta titubeó unos instantes.
—¿No te gustaría montártelo con las dos?
Su amiga seguía bajo la sombra de la falsa pimienta, indistinguible.
—¿Por el mismo precio?
—¡Serás cabrón! ¿No te parece que ya aprietas bastante?
—Está bien, pondré un par de billetes de propina, pero piénsatelo rápido, no tengo toda la noche.
—¡Capullo! —Se volvió hacia el árbol.— ¡Venga vámonos! Aquí ya no hay nada que hacer.
Residencial Alejandría, apartamento 42. 10:00 de la noche.
Montó a mi lado y su amiga subió detrás, sentándose fuera del ángulo del retrovisor. Fui a moverlo para darle una ojeada, pero la rubia me tomó la mano y se la metió por el escote, haciéndome olvidar, por supuesto, el retrovisor. Me las apañé para conducir hasta mi casa, mientras le metía mano a la maciza, que parecía estar caliente de verdad. Nada más salir del coche se me enroscó como una serpiente y me hundió la lengua hasta la garganta, al tiempo que su amiga se me pegaba por detrás, como una lapa. Podía sentir sus pezones, duros como piedras, apretándome en la espalda. Embutido entre las dos mujeres, llegué como pude hasta el apartamento. Sin dejarme encender las luces, me tumbaron en el suelo y me desvistieron.
Fuera, la tempestad se había desatado, los relámpagos rasgaban la noche, mientras la resaca hacía desaparecer la playa y enviaba montañas de espuma sobre el paseo marítimo. A este lado de los cristales, la tormenta también iba en aumento. Iluminados tan solo por los relámpagos, practicamos algunos juegos inocentes, comparado con lo que se avecinaba. La amiga de la rubia, a la que ya le había visto todo menos la cara, se puso a cuatro patas y me tentó con la grupa alzada. Sin pensármelo un instante, la entré por detrás y comenzamos a movernos a ritmo; la rubia reptó de espaldas, hasta poner la cabeza bajo la de su amiga. Mientras se besaban con fruición, yo veía su cuerpo lechoso despatarrado sobre la alfombra, tiñiendose de azul al chasquido de los relámpagos. Luego ya no fui dueño de mis sentidos, llevado al paraíso por el trepidante ir y venir de aquellas caderas, cuyo movimiento acompañaba con las manos. Llegué al orgasmo en medio de un relámpago cegador y me derrumbé sobre la espalda de la chica.
El pelo hirsuto me raspó la mejilla, las caderas habían perdido su sensual redondez, volviéndose esquivas y angulosas; aterrado, di un salto hacia atrás, un nuevo relámpago iluminó el cuerpo pardo y alargado de una leona enseñándome la grupa. Bajo la luz lívida, las alas blancas resplandecían eléctricas; la leona, ajena a mi pasmo, seguía con la cabeza gacha, lamiendo con delicadeza a su compañera, que se dejaba hacer.
Aterrorizado, me separé de ella cuanto puede, hasta que la pared de la habitación me detuvo. Durante un tiempo interminable, las dos hembras, humana y animal, continuaron enceladas, a veces espectros azulados nacidos del fulgor de una centella, a veces sombras negras con trazos blancos, las alas, el cuerpo lechoso, que mi imaginación volvía más pavorosas, si cabe.
No sé el tiempo que pasó hasta que se separaron. La leona giró entonces sobre su cuartos y empezó a rondarme; tras ella, la rubia se había sentado, con las piernas cruzadas y una sonrisa divertida en los labios, dispuesta a disfrutar del espectáculo. Un relámpago iluminó su pecho excitante y sentí una punzada de deseo en la entrepierna, como si una parte de mi cuerpo no aceptara lo que estaba viendo; pero el rondó de la leona continuaba y con el mismo fogonazo, como si en la habitación el paso del tiempo se hubiera ralentizado, vi el rostro de la doctora Tudaliya, incongruente sobre el cuerpo del gran felino. Los ojos estaban fijos en mí pero no daban señales de reconocerme, eran los ojos de una bestia preparando su ataque. La luz del relámpago se extinguió al fin, la bestia volvió a ser una sombra danzando en circulo, a veces avanzando, a veces retrocediendo, buscando la distancia exacta.
Sentí como el vello de todo el cuerpo se me erizaba, al tiempo que un relámpago rasgaba el mundo... el trueno hizo temblar toda la casa, los cristales parecieron a punto de estallar. Fuegos de San Telmo prendieron en la barandilla del balcón, llenando la habitación de una claridad espectral, iluminando a la leona, que en ese instante saltó con impulso primitivo. En el tiempo ralentizado de la habitación, vi como el cuerpo de la bestia se humanizaba, el áspero pelaje pardo se volvió piel deseable, piel de mujer sobre la que danza el amor. Las garras se transformaron en manos y en la diestra surgió el «dios-espada», el señor de los infiernos; la escena volvió entonces a su velocidad real, el acero me rozó el cuello hundiéndose en el tabique, atravesándolo como si fuera corcho, hasta que la empuñadura chocó contra los ladrillos, hundiéndolos. Tras el cuchillo, la mujer impactó contra mí, con tan terrible fuerza que el aire escapó de mis pulmones y boqueé desesperado. En medio de la angustia, fui completamente consciente de su cuerpo fibroso; los senos, pequeños, culminados por pezones duros como clavos, me arañaban el pecho; sentí su pelaje púbico raspándome la piel. En aquella mujer, que volvía a ser deseable y sensual, la sexualidad todavía era la de una fiera o la de una diosa petrea; su rostro, apenas a unos centímetros del mío, se alzó y un rugido feroz me destrozó los tímpanos. Sin soltar el cuchillo clavado en la pared, la mujer dio un paso atrás y descargó un terrible revés sobre mis mejillas. La fuerza del golpe me hizo dar tumbos por la habitación, hasta acabar boca arriba, delante de la ventana. La doctora arrancó sin ninguna dificultad el cuchillo de la pared y se me aproximó, apoyando el pie, duro y calloso, contra mi pecho, sin apenas dejarme respirar. Sentí el acero, atravesando la piel de mi frente, deteniéndose ante el hueso del cráneo; hilillos de sangre me corrieron por la sienes. Un movimiento de muñeca y mi cerebro quedaría ensartado contra el parqué.
La doctora permaneció unos instantes en esa posición como dudando. Por fin habló con una voz profunda y retumbante, muy diferente de la que escuché en la universidad.
—¡Esto no va contigo, ni con los tuyos! —exclamó—, mi guerra ya era antigua cuando en esta tierra se derramó la primera sangre. La crueldad y la infamia aún anida entre los enemigos de mi pueblo, ¡mi misión es borrarlos de la faz de la tierra! ¡Interpónte y morirás, no habrá más avisos!
De la puerta del apartamento surgió un rayo de luz que dibujó la silueta de la rubia. Lentamente, la doctora retiró el pie de mi pecho, dejándome respirar de nuevo, el peso sobre mi frente desapareció. Entreví el cuerpo de la doctora Tudaliya, desnudo y moreno, saliendo por la puerta con su amiga. Las dos mujeres se dieron un beso fugaz y desaparecieron de mi vista.
Tenía el tiempo justo para llegar al aeropuerto, así que, al mismo taxista que me llevó, le encargué que entregara un sobre en el juzgado. Contenía mi informe para la jueza y una carta, comunicándole que me marchaba al Caribe, a disfrutar de las vacaciones que no me había tomado en los últimos años.
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