El campamento de los desconocidos se alzaba en mitad del camino, justo en un repecho donde la senda se ensanchaba lo suficientemente como para atar a los corceles entre los árboles y degustar la cena en paz. Los cinco hombres se volvieron al unísono al vislumbrar a la mujer y a su inesperado acompañante. Durante una fracción de segundo, el mestizo pudo ver como sus manos oscilaban hacia los relucientes y bien cuidados pertrechos que traían consigo, pero al reconocer los rostros de los recién llegados, depusieron su actitud hostil y esbozaron rostros dispares.
Con un simple vistazo, Reddrik reconoció a tres de las cinco caras que allí se congregaban.
Ocupando el centro del grupo estaba Weinn el Zafio, un hombre de Ailand, cuyo aspecto montaraz saltaba a relucir nada más poner la vista en él. Reddrik lo conocía muy bien. Durante mucho tiempo había cabalgado junto a su grupo, los Grajos del Zafio, pero tras caer en una emboscada perpetrada por el señor de Golden, en la que la mayoría de los mercenarios murieron, el grupo se disolvió y cada cual hizo su camino. Weinn el Zafio, a pesar de su aspecto rudo y su carácter díscolo y desconfiado, era un buen líder. Había burlado durante mucho tiempo a la milicia de Golden, y a diferencia de muchos otros, cuando su banda fue capturada, logró salvar el pellejo huyendo hacia los Acantilados de Zuein. Allí pasó mucho tiempo en el destierro, hasta que las ansias del rey por incrustar su belluda cabeza en una pica decrecieron, y el interés del mandatario se centró en mantener la suya propia sobre los hombros ante la llegada del cruel invasor del Norte.
Para entonces los caminos del Mestizo y el Zafio se habían separado, y durante mucho tiempo no volvieron a encontrarse. Era comprensible que ante la posibilidad de rascar dinero fresco de una situación desesperada como la que se vivía en Lob, los intereses del de Ailand no distanciaran mucho de los del medioelfo.
Junto a Weinn el Zafio había un hombrecillo robusto y de rostro poco agraciado. Sus mofletes eran rollizos y salientes, y su barbilla acababa en una gran papada que casi se juntaba con el cuello. Como a menudo solía suceder, tenía la cara manchada de tizne, como si acabara de darse un baño en brasas. Llevaba puesta una pelliza de piel de lobo que le llegaba hasta los pies; una pelliza, que si los rumores no eran falsos, ni se la quitaba en invierno ni en verano, cuando el sol era más acuciante. Por tal peculiaridad aquél individuo era conocido en el mundillo como Grehid Cabeza de Lobo, y a diferencia de Weinn el Zafio, muy pocos deseaban tenerlo a su lado en una situación apurada.
El tercer personaje que compartía el fuego de la hoguera era Mounmoon Cliverhood, un viejo retorcido investido con la túnica de los hechiceros. El emblema de la garza dorada lucía visiblemente en la solapa de su ampulosa vestimenta, dejando bien claro que aquella prenda no caía sobre su raquítico talle por simple azar. Mostraba un aspecto taimado y señorial, desvalido podría decirse, sin embargo Reddrik, aunque jamás había compartido aventuras con él, sabía que su fama llegaba hasta los límites del país mágico de Isanté. No obstante, no había más que asomarse al marco de sus ojos, para discernir la inteligencia que ocultaban sus nerviosas pupilas, que una y otra vez parecían buscar el refugio de unos párpados pesados y semicaidos. Manejaba entre sus retorcidos dedos una larga vara de acero acabada en una esfera sostenida por una garra; utilizándola frecuentemente para azuzar los rescoldos de la fogata y avivar el fuego que tostaba al marrano.
Junto a Cliverhood se encontraba uno de los desconocidos del grupo, o para ser exactos, una desconocida, pues se trataba de una chiquilla veinteañera cuya expresión inocente parecía poco consonante con el resto de la chusma que allí se congregaba. Lucía una exuberante melena cobriza, enmarañada y llena de rizos. Su rostro era hermoso, no cabía duda, sin embargo aun le faltaba unos cuantos años para denotar seguridad en sí misma. Vestía una túnica escarlata, muy semejante a la del hechicero, aunque los cordoncillos y las filigranas de su vestimenta eran plateados, muy diferentes al oro que lucía el maestro. Reddrik convino que debía de tratarse de uno de los novicios del hechicero, cosa que lamentó profundamente pues bien conocida era la mala suerte que acompañaba a todos los mozos que aspiraban a ocupar un puesto de honor junto al viejo mercenario.
El quinto y último tertuliano, al que Reddrik no tenía el gusto de conocer, era un individuo desgarbado hasta lo indecible, poseedor de una intrincada y pesada armadura que parecía soldada a perpetuidad a su cuerpo. Tenía las piernas cruzadas, y su espalda se estiraba tanto que parecía medir diez centímetros más de lo que en verdad apuntaba. A diferencia de Weinn el Zafio, tenía unos bien cuidados bigotes que en un tic incontrolable, no paraba de atusarse. La sorpresa de Reddrik fue en aumento al comprobar que aquel hombre lucía en su peto la rodela con la leyenda de la Marca, insignia de la hermandad de caballeros que había librado al mundo del horror llegado desde el País Remoto. En un principio Reddrik observó con desconfianza al extraño, un sentimiento mutuo, pues los ojos del caballero también se mostraban hostiles, pero al comprobar que el resto de la tropa acogía en su seno a tan peculiar individuo, no tuvo más remedio que dispensarle el mismo trato.
-¡Pero si es mi amigo el medioelfo! ¡Benditos los ojos de Arankadas!- Grehid el enano lanzó una carcajada estrepitosa que debió resonar en todo el bosque.- ¡Te creía perdido en la llanura de Ventar!
El aludido se cruzó de hombros y miró de soslayo a su antiguo camarada. Weinn no era un hombre hablador, sin embargo sus ojos eran lo suficientemente expresivos para discernir los pensamientos que pasaban por su cabeza. Reddrik discernió inquietud y preocupación en ellos.
-Mala hierva nunca muere.- murmuró Reddrik sin apartar la mirada del Zafio.- La puedes pisar mil veces que siempre volverá a crecer.
-Cierto, cierto…- gruñó Cabeza de Lobo rempantingándose ante la hoguera y pasándose su rechoncha mano por la quijada. Los dedos curtidos y encallecidos acariciaron una barba descuidada y poco crecida.- Si me dieran una moneda por cada vez que me han matado, sería millonario y me sentaría en el trono de Golden.
En ese momento Cliverhood, que había permanecido en silencio, diseccionando al recién llegado con la mirada, estiró su vara y señaló un puesto vacío en la hoguera.
-Ya que pareces seguir nuestro camino, siéntate con nosotros y comparte nuestra comida. Eres bienvenido, Reddrik el Mestizo.
El medioelfo se preguntó durante cuanto tiempo el hechicero habría discernido su presencia en los bosques. Al igual que Ci’Elara, los instintos del anciano estaban más que desarrollados y su aguda mirada llegaba donde otros no podían hacerlo.
-¡Sí, eso, siéntate con toda esta chusma, Mestizo!- exclamó Cabeza de Lobo mientras observaba de reojo a la elfa.- Aunque eso de que seas bienvenido no parece en boca de todos.
Una vez más estalló en fuertes carcajadas. Por el color rojizo de sus carrillos parecía visiblemente bebido.
Reddrik se sentó junto a Weinn el Zafio, que de inmediato le pasó una pelliza con vino.
-Bebe.- murmuró con un tono de voz rasposo. Esa era su manera de dar la bienvenida.
El mestizo se llevó el odre a los labios y degustó el dulce nectar hasta saciar su sed. Mientras bebía pudo discernir entre el crepitar de las llamas, la mirada interesada que la joven hechicera le dirigía. Sus mejillas estaban ruborizadas y ofrecía un aspecto cándido y angelical en su escrupuloso comportamiento. Aquella conducta era propia en las damas cuando ponían sus ojos en él. La sangre sistriana que su madre había depositado en sus genes le otorgaba un porte bello y absorbente que muy difícilmente pasaba inadvertido en el sexo opuesto. Cuando los ojos del medioelfo se cruzaron con los de la niña, ella apartó la vista y la clavó en el suelo, avergonzada. A su lado, Cliverhood seguía observándole con aquella mirada penetrante y calculadora; una expresión semejante a la que podía encontrarse en los ojos del caballero, aunque la faz de este último era mucho más desconfiada e insolente que la del arcano. A Reddrik comenzó a importunarle semejante escrutinio por parte de un completo desconocido.
-Mestizo, hasta el día de hoy no se habían cruzado nuestros caminos.- dijo el hechicero mientras volvía a remover las brasas con su vara.- Aunque tu fama ciertamente te precede allá donde vaya. Es un placer conocerte.
-Igualmente, maestro Cliverhood.
-Ahórrate el trato de maestro.- atajó Grehid.- De maestro tiene bien poco, y por las compañías que últimamente arrastra consigo, más bien diría que es un perturbador de menores.
La muchacha se removió inquieta ante el insulto de Cabeza de Lobo, que al vislumbrar su reacción, lanzó un gruñido repelente y volvió a eclosionar en molestas carcajadas.
-Mente clara, Andrina, ante las palabras de los necios.- susurró el hechicero poniendo su mano en el hombro de la muchacha, la cual se apaciguó de inmediato.
-Sigues echando demasiadas pestes por esa sucia boca, Grehid.- masculló Reddrik un tanto molesto.
-Y tú sigues acudiendo en auxilio de las damiselas con demasiada facilidad.- replicó el hombrecillo retador.- Aunque antiguas novias ocupen el mismo fuego.
-Sigue hablando con tanta ligereza y te arranco la cabeza de los hombros, cerdo apestoso.- saltó la elfa, que hasta entonces se había mantenido al margen de la conversación.
Como única respuesta, Grehid lanzó una exclamación burlona.
-Veo que en este fuego nos conocemos todos, salvo honrosas excepciones.-inquirió el caballero, visiblemente hastiado de pasar inadvertido.- Sir Louder de Fanfán, capitán de la guardia lujarana y caballero del Escudo.
-Mi nombre es Reddrik.
-El medioelfo.- gorgoteó Cabeza de Lobo.
-El Mestizo.- replicó Reddrik, y su mirada, inevitablemente, se desvió hacia Ci’Elara. Ella también le vigilaba.
-Encontramos a sir Louder deambulando por los bosques.- repuso el hechicero.- Perdido, diría yo.
-Perdido no, maestro hechicero. Me aparté para buscar un atajo.
-¿Un atajo que se desviaba al este en vez de dirigirse hacia el norte?- El anciano enarcó su ceja derecha y sus labios se torcieron en una sonrisa condescendiente. Andrina dejó escapar una risilla que inmediatamente ocultó tras sus manos.
-¿Y qué le trae por aquí, señor Reddrik?- murmuró el caballero clavando sus ojos azules en el mestizo.- ¿Oro, fama, honra…?
-El hambre.- respondió éste, y sintió como sus tripas gruñían ante el olor que desprendía el puerco.
-Maravillosa razón.- intervino Grehid, y antes de que nadie pudiera detenerle, hundió sus dedos en la carne grasienta del lechón y arrancó un buen puñado. Acto seguido se lo llevó a la boca y lo masticó con muy poco decoro. El caldo chorreó por su barbilla y manchó aun más su mohosa pelliza.
Andrina no pudo evitar un gemido de asco.
-Delicioso.- graznó el enano mientras clavaba sus ojos en la pálida muchacha, después lanzó un sonoro eructo.
-Vas a conseguir que se nos quite el hambre a todos.- susurró Ci’Elara con una mueca de disgusto en sus rectos labios.
-¿Te diriges a Lob, Reddrik?- preguntó Weinn, esta vez sin mirarle directamente.
-Como todos vosotros. Por todo Ventar y los Llanos de Nadie corre el rumor de que el alcalde de Lob paga muy bien las cabezas de orcos.
-Bah, desde que acabó la guerra las cabezas de orcos están muy bien cotizadas. Hay demasiadas en los caminos.- refunfuñó Grehid mientras se limpiaba los jugos que no dejaban de chorrearle por la boca.- Desde la Batalla de Zoj, las bestias se han dispersado por todos lados. Basta pegar una patada para que cuatro orcos te salten a la garganta.
El Zafio estiró el brazo y desgarró un buen trozo de carne. Sus modales no distaban mucho de los del sucio hombrecillo, sin embargo nadie osó decirle nada.
-En Lob hay algo más que orcos, y todos los que estamos aquí lo sabemos.- Weinn miró de reojo a la elfa y Ci’Elara se limitó a cruzarse de hombros. Bañada por la pálida luz de las estrellas, lucía más hermosa que nunca.- Lob es un bocado apetitoso para las criaturas de toda índole.
-¿Y cómo no serlo?- replicó Cliverhood.- Se encuentra justo en el paso hacia los bastos territorios de Argos. Tras la caída de Luduz Ungras y la clausura de Kri-Santic, las Tierras Baldías se han vuelto inhabitables, incluso para esas bestias deleznables. Se dice que allí no hay comida ni agua, así que sus antiguos moradores vagan hacia el sur buscando una salida.
-Lob y los Llanos de Nadie son la única escapatoria para esos mal nacidos.- inquirió Grehid.- Ventar está tomada por la milicia de Golden y por el ejército de la Marca. Melenao languidece en la tierra del Lorenord, y más al este…
Cabeza de Lobo guardó silencio al pensar en aquella posibilidad.
-Al este está Kathur.- concluyó Ci’Elera, y pronunció aquel nombre como si se tratara de una maldición.- Nadie atraviesa Kathur, ni tan siquiera los siervos de Luduz Ungras.
Durante unos segundos reinó un tenso silencio en el grupo. Aquel nombre instigaba temor incluso entre los mercenarios más abigarrados. Finalmente fue Weinn el Zafio el que rompió la calma.
-La gente de Lob es demasiado pobre para comprar soldados que defiendan su territorio, así que se ven obligados a contratar a mercenarios para defender lo suyo.
-¡Claro que si!- exclamó Grehid mientras echaba mano de un gigantesco alfanje que llevaba sujeto al cinto y lo levantaba ante el crepitar de la llama.- Dónde esté la hoja de un buen cazador de cabezas, que se quiten todas las espadas de la milicia.
-Cuidad vuestra boca, pendenciero.- siseó el caballero Louder visiblemente ofendido por la osadía del pequeño individuo.- Pues no son todos mercenarios los que se sientan ante el fuego.
Grehid hizo un chasquido con los dientes y volvió a enfundar la espada, después tomó asiento y arrancó un buen trozo de carne.
-Si, también hay pichas flojas con nosotros.- siseó mientras masticaba los pellejos del cerdo.
Sir Louder se medio incorporó de su puesto, pero antes de que pudiera desenvainar la espada, la vara de Cliverhood detuvo su camino. El caballero, ya de por sí furibundo, se volvió impetuoso hacia el mago.
-¡Dejadme empalar aquí mismo a ese cerdo! ¡Ya ha dicho suficientes barbaridades por una noche!
Pero Grehid seguía masticando distraídamente el cacho de carne, sin importarle lo más mínimo las bravatas del caballero, o eso era al menos lo que daba a entender. Aquella actitud enfureció aun más al soldado.
-No le ahorréis la faena a los orcos.- murmuró Cliverhood.- Quizás el hacha predestinada a partir la cabeza de ese fanfarrón, parta la vuestra si le quitáis la vida esta noche.
Louder parpadeó indeciso, pero aquellas palabras bastaron para que perdiera gran parte de su impulso inicial y volviera a tomar asiento. Finalmente lanzó un gruñido inquisitivo, y arrancó una de las patas del lechón. El mago, apaciguados los ánimos, hizo lo propio. Andrina, más cohibida que los otros, y sin apartar sus ojos celestes del semielfo, estiró tímidamente el brazo, y arrancó un trozo de pellejo justo del lado que nadie había tocado hasta ahora.
La única que se mantuvo al margen de la cena fue Ci’Elara. La elfa observaba a los presentes desde un lado neutro, procurando no tomar partido por nadie. Reddrik la conocía demasiado bien y sabía que ese era su comportamiento habitual: próxima y a la vez tan lejana como las estrellas. Aquél díscolo carácter era lo que más le atraía de ella.
-Sea como sea, el auxilio de Lob parece haber menguado en los últimos tiempos.- replicó Weinn.- Algo está pasando allá bajo y nadie sabe porqué.
La mirada de Reddrik fue más allá de Ci’Elara y se perdió en las tinieblas del bosque. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
-Hace poco más de cuatro semanas Oso Rabietas y Mighoss el Pelado marcharon hacia Lob.- siseó Grehid mientras arrancaba con la boca un buen trozo de pellejo de un hueso grasiento. Sus dientes rechinaron y desgarraron la carne como si fuera un perro rabioso.- Nada se ha sabido más de ellos. Y así pasa con muchos otros. Tenot el Tortuga, y Brisco BrincaRanas…
-Neik CaraSerpiente.- siseó Weinn.
-Y Croudder el Jefe también desapareció. Sí… algo pasa en ese pueblucho de mala muerte. La gente desaparece y ya nada se sabe de ellos. Y no creo que sean los orcos los causantes de esas misteriosas desapariciones. No, señor.
Reddrik, que sostenía entre sus manos un trozo de muslo, desvió la mirada hacia Weinn y luego hacia Ci’Elara. La respuesta a sus desvelos no se vio reflejada en sus ojos. Ambos estaban tan confundidos como el resto de la expedición. Después se volvió hacia sir Louder.
-Vos sabéis más de todo este asunto.
-¿Yo?- balbuceó el mercenario con evidente incomodidad.
-Si, vos. ¿O acaso a qué viene ese repentino interés de la Hermandad por una ciudad perdida en mitad de la nada?
Todo el grupo se volvió hacia el estirado caballero y clavaron en él sus ojos recelosos.
-¿Qué sacáis vos en claro con todo esto?- continuó el mestizo.- No sois mercenario, así que no recibiréis una sola moneda por vuestra intervención en Lob, aunque tampoco creo que andéis buscándola. Vos cruzáis este bosque con una misión específica. Confesad, cuál es.
-Únicamente la de proteger un santuario que se encuentra ante el abismo de la oscuridad.- respondió sir Louder apresuradamente.- Esa es la misión de la Hermandad. Proteger los territorios amparados por la Marca.
-¡Y una mierda!- exclamó Grehid lanzando escupitajos y trozos de carne por la boca.- ¡La Hermandad solo se preocupa de sus propios intereses! ¡Por eso los elfos y los enanos os mandaron a tomar por culo en cuanto acabó la guerra!
-Una vez más habláis con demasiada osadía.- siseó el caballero temblando a causa de la rabia.
De pronto la mano de Cliverhood, huesuda y nervuda, calló sobre el antebrazo del soldado. Sir Louder trató de deshacerse de ella, pero el hechicero apretaba demasiado.
-El mestizo tiene razón. Luján no se molestaría en enviar a uno de sus hombres hasta un estercolero perdido como Lob si no tuviera una buena razón para ello. ¿Qué sabéis de todo este asunto, sir Louder?
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