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Relato Fantástico: La Caza (I)
Reddring, el mestizo mercenario, comienza sus andanzas por el desaolado mundo. Elfos, huargos y demás seres se cruzaran en su camino.
Por David Mateo Escudero

Relato Fantástico - La Caza (I) Atraído por las extrañas leyendas que pululaban por aquellos pagos, el mestizo azuzó su caballo y dejó atrás el serpenteante camino que recorría las bastas Praderas Pastas, y se adentró en un oscuro bosquecillo de secuoyas y álamos. Llevaba cabalgando desde que abandonó la aldea de Motren, hacía justo cuatro días, desde entonces había avanzado sin descanso, surcando los verdes pastos que delimitaban la tierra de Ashkron con el reino de Gallard, atravesando una y otra vez la frontera, siguiendo el caprichoso ritmo que marcaba su inquieta yegua.
Allá donde fuese se hablaba del fin de la guerra. La noticia corría de boca en boca como una alegre cantinela. En Trippa, donde había estado hacía cinco semanas, se habían declarado faustos festejos, y se barruntaba la noticia de que el rey Priomer, señor del país de Ashkron, iba a declarar su amnistía y su adhesión al pequeño país de Luján, reducto rebelde del que había surgido la gran alianza que había acabado con el poderoso enemigo. Reddring escuchaba todas aquellas noticias con gran atención, no porque se sintiera dichoso por el fin de la guerra, sino por unos intereses más personales. El conflicto con Luduz-Ungras se había prolongado demasiado tiempo, y los señores tan solo alquilaban las espadas de los mercenarios para ir a la guerra y morir en el olvido. Reddring odiaba aquel trabajo. Podía acometer cualquier tarea encomendada excepto empuñar una espada en mitad de la tropa. La guerra era un trabajo sucio e inadecuado para un mercenario, y más la que había sacudido en los últimos siglos al viejo continente de Argos.
No, el mestizo no era de esa clase de hombres. Él solo alquilaba su espada si el resultado del trabajo podía abordarse con una mínima esperanza de éxito. Su pellejo valía demasiado para perderlo en un conflicto promovido por la locura y los instintos de supervivencia, y no por la razón y el pensamiento lúcido. Sin embargo, acabada la guerra, y tras penosos días en los que el hambre y la laxitud habían hecho mella en el curtido mercenario, se presentaba una nueva época de parabienes que Reddring no pensaba desaprovechar. La guerra había abierto una fisura en las huestes del País Remoto. Caídas las fronteras, y roto la anexión formada por los señores de Luduz-Ungras, las criaturas del averno volverían a dispersarse por todo Argos y comenzaría una época de bonanza para los cazadores de monstruos.
Hasta hacía poco más de un mes, Reddring no había cruzado su camino con un solo orco o un mísero trasgo. Los huargos se habían refugiado en sus cuevas y ya no atacaban a los caminantes, los trolls se encerraban en sus guaridas, los grifos no abandonaban los altos picos de Ebrûhm, y las gorgonas vivían espantadas en los subterráneos de las montañas. Los espectros y los chupa-sangre habían sido convocados en las grandes fortalezas del norte, los bulugbars no cruzaban la Franja de No Retorno, y los dragones… ¿Quién sabe dónde estaban los dragones? En los próximos días aquella situación cambiaría. Sepultado el gran ejército de los Señores Oscuros, las criaturas huirían hacia los territorios del sur y comenzaría una nueva época de bonanza. Las aldeas volverían a verse amenazadas por las hordas de orcos, los caminos se llenarían de malhechores, los nigromantes volverían a acechar en sus castillos y desatarían maldiciones en las cosechas y en las doncellas, y quizás algún dragón volviese a rugir en las proximidades de alguna ciudad olvidada.
Reddring estaba ansioso de que eso sucediera. En sus cuatrocientos veintidós años de vida, no había vivido una época de escasez como la acontecida en los últimos tiempos. Anhelaba volver a adentrarse en una cueva oscura y volver a sentir el aliento de la bestia en el cogote, o tirar abajo la puerta de una mansión encantada y enfrentarse a la incertidumbre causada por un espectro burlón. Cualquier cosa era preferible a aquél letargo forzoso provocado por la guerra.

Con aquella idea rebullendo en su cabeza, el mercenario se adentró en el sombrío bosque y sintió como las sombras lo acechaban desde todos los ángulos. Una vez atrás la frontera norte de Ashkron y Gallard, la pobre tierra de Lob se cernía en su camino. Aquél país, si podía llamársele así a una porción de terreno rodeado de bosques tenebrosos y en el que únicamente tenía cabida una pequeña aldea que recibía el mismo nombre que el resto de la región, era una tierra de leyendas y supersticiones. La Gran Guerra había acabado devastando la pequeña población, pero tras la Batalla del Ojo de Dumas-Trae, y tras la reconquista del Bastión de Deodor, los viejos habitantes de Lob, la mayoría extraños e introvertidos personajes, que desde su infancia habían convivido con la oscuridad de las Tierras Baldías, se apresuraron a regresar a su maltrecho hogar y reconstruir las viejas casuchas derruidas por el cruel invasor.
Lob era el último reducto de los Territorios Libres del Sur antes de sumergirse en las Tierras Baldías. Se decía que en el oeste, una fuerza invasora llegada desde las montañas, estaba arrebatando las llanuras de la costa del Lorenord a Melenao el Sombrío, uno de los últimos Señores Oscuros que había sobrevivido a la Batalla de Zoj y que había tenido la osadía de adentrarse hacia el sur con sus ejércitos; aun así, las altas cumbres de Tom-Bradil, y los ejércitos de Yentai y Luján, cercaban aquella tierra e imposibilitaba la expansión del mal. Sin embargo en Lob la situación era bien diferente. La pequeña población se encontraba aislada entre los bosques y las tierras áridas. A solo un paso se alzaban las temidas Tierras Baldías, una enorme extensión que antaño fue rica y opulenta, y que tras el Cataclismo se convirtió en una tierra maldita. Tras la guerra, la Hermandad de Caballeros de Luján, había trazado la Franja de No Retorno, un límite que nadie debía atravesar. Lob se encontraba justo en la frontera erigida por los señores de la cofradía. Varios metros más allá se extendía un bosque que nadie osaba atravesar, y aun más allá los territorios malditos arrebatados al enemigo.
Reddring había recibido noticias de que los habitantes de Lob, la mayoría gente inocente y nada acostumbrada a las armas, alquilaban espadas con las que defender la aldea. El mercenario, olfateando dinero fácil, dirigió sus pasos hacia allá, y se dispuso a ejercer el trabajo que mejor se le daba: matar monstruos.

Durante toda la tarde vagó sobre un lecho de hojas secas y una cúpula de ramas retorcidas y tenebrosas. El bosque le rodeaba y acentuaba la oscuridad, que con la llegada de la noche, cada vez era más preponderante. Aunque jamás había transitado aquellas regiones, algo raro pues Reddring había recorrido medio mundo, era consciente que Lob no podía estar mucho más lejos. No deseaba pasar una noche más al raso. Desde que dejó atrás Motren, una aldea cochambrosa que apenas le ofreció distracción, no sabía lo que era dormir en un lecho de plumas. Durante los primeros días de su viaje por las Praderas Pastas le había acompañado un aguacero insistente que no mermó hasta bien pasada la frontera, una vez bajo el auspicio de los bosques, el aire se había vuelto demasiado húmedo y la atmósfera excesivamente agobiante.
No podía llegar a imaginar como alguien deseaba vivir en aquella tierra tan lóbrega. Las sombras parecían cercar el mundo, y el ruido de los animales salvajes había decrecido hasta desaparecer. Era como si incluso las bestias temieran adentrarse en aquellas tierras.
Pudo sentir como su montura cada vez se mostraba más inquieta. Olisqueaba el ambiente y avanzaba con reticencia, agachando la cabeza y mostrándose inusualmente temerosa ante lo que pudiera acecharles desde las sombras. Sin embargo Reddring se mantenía tranquilo sobre las ancas del animal. Sus instintos legados por parte de madre, mucho más incisivos que los de cualquier humano, estaban siempre alerta, aunque en las últimas horas no había atisbado nada especial, excepto el acecho de algún lobo solitario, que se mantuvo bien lejos de su posición, y la curiosidad de algún ave carroñera que incesantemente sobrevoló entre las altas ramas de las secuoyas.

Relato Fantástico - La Caza (I)

La noche fue cayendo a su alrededor, y Reddrik se encontró cabalgando bajo un intenso manto negro. El bosque se volvió aun más tenebroso y el mestizo perdió toda esperanza de arribar aquella noche a la aldea de Lob. Ya estaba dispuesto a tirar de las riendas de su montura y disponer los preparativos para afrontar el ocaso, cuando vislumbró un tenue resplandor varias millas más adelante. Precavido, decidió averiguar de qué se trataba. Abandonó la senda, y obligó a su yegua a bordear el extraño fulgor. No estaba muy lejos de su objetivo cuando un coro de voces abigarradas llamó su atención. Eran hombres, de eso no cabía duda. Los orcos y los trasgos tenían un timbre de voz cavernoso y gutural, en cambio los sonidos que procedían de más adelante eran articulados por gargantas humanas. Pronto el resplandor que podía distinguir en el horizonte se convirtió en las lenguas de una hoguera y Reddrik comprendió que se encontraba en las proximidades de un pequeño campamento. La idea de pasar la noche en compañía se le antojó agradable, aun así no bajó la guardia. Acabada la guerra, la aparición de bándalos, asaltantes, desertores hambrientos, criminales y ladrones de todo tipo había proliferado en los caminos y en los viejos bosques como aquél. Si no quería verse despojado de las últimas posesiones que conservaba bien haría en mantener la prudencia.
Siguió bordeando la espesura y distinguió el pequeño claro donde los extraños habían alzado un pequeño y rústico campamento. De inmediato pudo sentir el aroma de la carne asada. Sus tripas protestaron a causa del hambre y su yegua se removió inquieta. Pudo distinguir, aparcado en una orilla del camino, un carromato tirado por tres bueyes y varios caballos más. Alrededor de la hoguera y adorando un pequeño lechón que crujía dorado entre las llamas, un grupo de no más de seis hombres parlamentaba en paz.
El mestizo decidió abordar al grupo, pero antes de que pudiera dar uno solo paso al frente, una sombra saltó desde la rama de un árbol que se hallaba en las proximidades, y lo hizo caer del caballo. Forcejeando con el asaltante, Reddrik se retorció por el suelo, manchándose los cabellos castaños con la hojarasca de los árboles y las agujas de los pinos. Trató de dominar a su atacante, pero éste poseía una habilidad extrema. En apenas unos segundos lo retuvo contra el suelo y sintió el roce de una hoja afilada contra el cuello. Reddrik maldijo su mala suerte, y también su descuido, aun así alzó la mirada y contempló el rostro de su oponente.
A pesar de la oscuridad que les rodeaba, el mercenario reconoció de inmediato la identidad del habilidoso pendenciero. Su boca se abrió de par en par por el asombro, y algo parecido sucedió en su rival.
-¡Ci’Elara!- exclamó incapaz de dar crédito a sus ojos y sintiendo como un profundo dolor se apoderaba de su pecho.
La mujer, de marcados rasgos élficos, se apartó momentáneamente de su presa y dejó escapar una ahogada exhalación.
-¡Mestizo!
Durante unos segundos el frío acero apretó con más fuerza su garganta y Reddrik llegó a temer que acabara incrustándose en su carne. Finalmente, el hermoso rostro de la elfa, teñido de una profunda turbación, acabó aplacándose, y con un rápido movimiento, se apartó de él, liberándole de su presa.

Relato Fantástico - La Caza (I) Reddrik se incorporó lentamente y se sacudió la hojarasca adherida a su jubón de cuero negro y a sus pantalones de montar, después se alisó la túnica de terciopelo, y afrontó a la sinuosa silueta que se perfilaba a apenas unos metros. Ella le observaba en silencio, con sus sesgados ojos conmocionados por el odio y su elegante rostro turbado por una máscara rígida e inflexible. Inmediatamente él se sintió abrumado por el odio que ella transmitía. Agachó la cabeza y su tez, habitualmente tostada por el sol, se volvió pálida. Dio gracias porque la oscuridad del bosque les rodease y que las sombras ocultaran en cierto modo su turbación, sin embargo pronto comprendió que aquello era una apreciación errónea. Los sentidos de la elfa eran tan agudos como los suyos, o incluso más, y cualquiera de las reacciones que él pudiera transmitir, por muy tenue que fuera, no pasaría desapercibida para la sensitiva yutamán.
-¿Qué haces aquí, mestizo?- La voz penetrante de la elfa sonó como un látigo en la noche. Reddrik se estremeció una vez más ante todo el rencor que transmitía.
La observó detenidamente y llegó a la conclusión de que poco había cambiado desde la última vez que cruzaron sus caminos. Vestía una media negra transparente que cubría todo su cuerpo, dejando entrever más piel de lo que mandaban los cánones del buen recato. Dos piezas de tela negra, que hacían juego con su larga cabellera azabache, arropaban sus partes más púdicas, resaltando aun más si cabe su sensualidad. Sus formas eran suaves, y sus pechos no demasiado exuberantes, aun así tenía una fisiología nervuda y marcadamente femenino. Pero lo que más llamaba la atención de su rostro eran las dos cuentas brillantes, que como dos zafiros azules, brillaban incandescentes en medio de la oscuridad, describiendo un haz de luz que parecía bañar el resto de su faz.
El mercenario guardó silencio durante unos segundos, incapaz de encontrar la salida a tan apurado brete, y finalmente optó por mostrar su habitual carácter reservado.
-Supongo que lo mismo que tú.- respondió en un susurro. No necesitaba alzar demasiado la voz, ella podía escuchar sus palabras perfectamente, aunque fueran meros murmullos.- Viajo rumbo a Lob pues se dice que allí puede haber trabajo.
La elfa inspiró por la nariz y después dejó escapar un largo suspiro. Su rostro se mantuvo invariable, tan férreo y tan insensible como desde el inicio. Era obvio que le guardaba demasiado rencor, y lo peor de todo es que no podía culparla por ello.
-En ese caso bienvenido al grupo. No eres el único que lleva esas intenciones. Ven conmigo, medioelfo, encontrarás rostros más amigables que el mío ante la hoguera.
Y sin terciar más palabra, la mujer dio media vuelta y se precipitó hacia el camino, internándose entre la hojarasca y los arbustos.
Reddrik sintió un escalofrío al escuchar el nombre de medioelfo en sus labios. Ci’Elara nunca lo había llamado así. En cierta ocasión, en la intimidad que solo puede compartirse en un lecho templado, ella le confesó que entre sus primos ustrales, el apelativo de medioelfo era un insulto. Un mestizo, ya fuese de padre o madre, si conservaba los genes de los elfos, era considerado un hermano de sangre y jamás se le pagaba con desprecio. Entre los ustrales, a diferencia de las demás razas, el apelativo de medioelfo solo se les aplicaba a los repudiados, jamás a los mestizos integrados en la comunidad. A tal efecto, escuchar ese apelativo en los labios de la elfa resultó más doloroso de lo que Reddrik le hubiese gustado admitir.
Por suerte o por desgracia no era tiempo de vacilaciones. Reddrik se apresuró a tirar de las riendas de su yegua y siguió el camino de la elfa.

Continuará ...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de junio del 2005