23 de Agosto de 1921
Cuando me he dado cuenta ha sido demasiado tarde.
Ahora ya no tiene remedio. Al menos quien encuentre este diario comprenderá el porqué del incendio. Nunca debimos volver a esta casa, no mientras siguiera aquí su anterior inquilino.
Todo esto lo comprendí cuando por fin Clara pudo completar lo que tenía que decirme y entendí que ella no había matado al doctor Cárter. Ella solo era otra víctima. Me había preparado para aguardar mi destino, esperar que sucediera lo que tuviera que pasar, permaneciendo junto al cadáver de mi mujer. Cuando ella volvió a hablar, deshizo el entuerto:
«Fraaan-ciisss eeel guu... eel guaar-daaa».
Obviamente todo cobró sentido ante aquella frase. Él me había traído a mi mujer. Él. Pero, ¿quién era él? Se había presentado aquí apenas adquirimos la finca y fue deseo nuestro que actuara como nuestro guarda. Pero, ¿quién era?, ¿qué misterio era éste?
Acudí, movido por una ira desconocida para mí, al despacho donde tenía escondido un revolver. Si André venía por mí, se llevaría una sorpresa.
Al llegar al cuarto donde escribo esto, descubrí con sorpresa una terrible coincidencia. Allí André había dejado una nota citándose conmigo en el bosque, para analizar las posibles causas del accidente de mi esposa. El muy cobarde me tendía una trampa, cuando en realidad lo que me dio fue una señal.
Coincidía que allí había dejado los papeles del testamento de mi tío, y comprobé no sin cierto asombro la terrible semejanza entre la caligrafía de éste y la de André. No cabía duda ya de que de algún modo mi difunto tío había vuelto a su residencia y de que sus intenciones no eran demasiado gratas para con sus herederos.
Dispuesto a poner fin a aquella locura acudí a mi cita en el bosque, haciéndome acompañar por Clara, a la que llevé a cuestas hasta el lugar del encuentro. Allí estaba André, simulando observar con curiosidad una roca en la que había una enorme mancha de sangre reseca, justo al borde de un tremendo acantilado por el que se había despeñado probablemente tanto el caballo como el ternero que acompañaba a Clara. Al verme llegar con mi esposa en brazos, puso fin a la pantomima.
«Veo que ya sabes lo que sucede», me dijo el muy cobarde, «ella te lo ha contado, ¿verdad? Debí de suponer que lo que a mí me mantiene entre los vivos se transmitía también a los demás. Bien, pondré fin a esta locura, no puedo ocupar tu sitio si eres tú quien lo ocupa, lo entiendes, ¿no?»
«Me da igual lo que hagas conmigo», le dije «con tal de que arregles lo que has hecho con Clara». André se quedó dubitativo ante mi propuesta, y pareció tomarla en consideración. Le noté pensar en mis palabras y por fin su cara me mostró que aceptaba el acuerdo. <> fue todo lo que me dijo y yo obedecí esperando que el ritual que la mantenía viva entre los muertos la devolviera al mundo de los vivos.
Sin embargo, lo que hizo André no fue lo que yo esperaba. «¿Quieres que ponga fin a su situación?, pues de acuerdo» comentó, «Así lo haré». Acto seguido arrojó con total sencillez el cuerpo de Clara por el acantilado mientras yo la veía perderse por el precipicio para siempre.
En ese momento André comenzó a reírse atrozmente. Su risa sonaba a pura maldad manifestada en el sonido de su voz. No pudiendo soportarlo más desenfundé mi revolver y descargué sobre él seis disparos. Él gimió de dolor pero permaneció en pie mirándome con un odio como jamás había visto. No creí que unos ojos humanos pudieran reflejar semejante ira, pero probablemente aquellos ojos eran tan humanos como las bestias de un circo.
Allí, despojado de todo rasgo humano como sin duda debió de quedar al perecer su mortalidad, se transformó en un monstruo como el que puebla las pesadillas de los niños que leen historias oscuras en la noche. A la luz pálida de una luna enferma, André comenzó a crecer en bultos irregulares bajo su ropa, hasta que las proporciones alcanzadas desafiaron al reto de mi comprensión y se volvió una pesadilla en la vigilia. No me atacó inmediatamente, sino que dejó que me horrorizara con la sola presencia de su naturaleza desnuda.
Habían crecido en sus brazos yagas que rasgaban su piel como se había destrozado antes su ropa. Los huesos ocultos en sí mismo crecían en tamaño y asomaban por todos los rincones abiertos de su cuerpo, que no era ya humano. Pero sin duda, el mayor de los horrores tuvo lugar en su rostro. Mientras las venas explotaban en el sonido del crepitar de un fuego, y espantos de sangre inundaban la tierra a sus pies, los ojos del monstruo estallaron en sus cuencas con un derrame blanco que dejó hebras sangrantes y cartilaginosas colgando de los agujeros vacíos de sus cuencas. La dentadura que había perfilado sonrisas malévolas en su boca cayó en piezas de marfil sobre el suelo, dejando que una fibra como la que compone el pico de las aves apareciera en su lugar entre la carne viva de sus encías. ¡Oh, Dios mío!, y el horror que supuso ver la herida de su vientre, aquella hendidura dentada que como una boca enorme y horizontal pretendiera engullirme en su gula ansiosa. Aquella apertura estomacal cuyo contenido había dejado caer, para vaciarse, sobre el lecho del bosque en una montaña de órganos y carne. Y al fondo, dentro de aquella tripa abierta, una criatura diminuta como un muñeco fabricado carne viva. Como un feto despojado de placenta y amamantado en el seno de una bestia.
Temblando, aunque ignorando la suerte de mi destino, abrí el tambor de mi revolver para dejar caer los casquillos del arma. De nuevo empecé a llenar su cámara, antesala de un final que sólo podía ser para mí, dispensando una muerte de plomo antes que una de garras sobrehumanas y dientes supranaturales. Antes sería yo quien me reuniera con Clara, que aquella bestia desconocida. Pero tuve que asumir el horror de sobrevivir.
«Tiembla humanidad ante la llegada de tus destructores» dijo la bestia cavernosa que habitaba en la oquedad de su vientre. «Tiembla ante el regreso de los primigenios».
Cargada el arma dejé que su cañón acariciara mi sien. Dejé que el proyectil alojado en su interior mediara tan sólo una breve distancia de mi cerebro, antes de que éste fuera despojado de toda sensatez.
Elevándose por encima del acantilado, suspendida por unos cables invisibles, surgió el cuerpo de Clara sobre cuyos hombros estaba la cabeza abierta, como por una cremallera de fibras y tendones, reposando como un sombrero de explorador atado al cuello de su dueño, y dejando que naciera de aquel nuevo socavón una protuberancia que dibujaba a medias un rostro humano, pero aún sin formar. «Clara» llamé. «¡Dios mío!, ¡tú también no!»
Pero no. Clara no era un demonio como la criatura que tenía ante mí. Era más bien su némesis, o así me lo pareció. La criatura la miró con sorpresa. Los pequeños brazos pringosos que se movían sin movilidad en el interior de lo que había sido André se alzaban sorprendidos y no exentos de furia.
«No hay enemigo para Sub-Nigurath, de cuya materia he nacido. No hay vida que no surja de su vientre y se amamante de su pecho. Sólo los que hemos sido vomitados por el caos de su propia esencia podemos burlar al capricho de la muerte» espetó con enfado ante los restos de Carla.
«Todo lo insuflado de vida por el pulmón de Sub-Nigurath debe ser triturado por los dientes que crecen en torno a su materia. Nada debe descender desde los abismos de la locura en que habita, más allá de las regiones de la vigilia, hasta el mundo de los mortales. Tú les has desafiado, Girantéh, y ahora debes de ser devorado por él para transformarte en una nueva criatura deshacerte en su caos, una vez más. Solo en el ciclo de la vida y la muerte pueden habitar quienes son parte de su horror».
No hubo más intercambio de palabras, aunque de haberlo habido, es muy posible que éstas hubieran atravesado mi mente como flechas que alcanzan un escudo y lo cruzan sin dañar el brazo que lo sostiene, pues nada entendía de lo que se había referido hasta el momento. Sólo la comprensión de que era dueño de una porción de infierno, y que aún en la vida sufría los tormentos que purgaban los fuegos fatuos de los avernos.
Pero no hube de intervenir, gracias a los cielos. No hube de participar de aquel combate que se desarrolló de inmediato ante mí, pues viendo la furia de su enfrentamiento, nada habríamos podido hacer yo ni mi revolver por inclinar la balanza a favor de alguno de los contendientes. Sólo observar y notar perecer la estabilidad de mis pensamientos. Sólo mirar y procurar recordar para plasmarlo en este escrito, que ahora parece una cosecha de delirios impregnada del olor de una tinta que no puede reflejar lo sucedido.
Observé en aquella cruenta batalla como lo que alguna vez hubo sido André, el guarda, mi tío, engullía con los dientes de su tronco la cabeza deforme de mi amada Clara, aunque no era suya porque habitara sobre su cuerpo. De este modo cayó sin vida lo que quedaba de mi esposa, ya por fin, libre de vida o de muerte, libre de castigo o venganza. Sin su don sobrenatural que nunca fue un regalo, sino el préstamo de un monstruo que necesita de otro para germinar.
Así quedó el monstruo André, triturando en el interior de su estómago aquella cabeza extraterrestre, o demoníaca, o ambas cosas a la vez, hasta que de pronto, su rostro dibujó una última mueca de desprecio hacia la vida misma, representada en aquel instante por mi presencia, para estallar en una nube de sangre y diminutos trozos de carne que flotaron durante un segundo ante mí.
Ahora, con las antorchas a mi lado, apagadas, pero esperando el abrazo cálido de una llama, termino este escrito. Todo lo que hay aquí debe arder, pues igual que no hallo una explicación racional para lo sucedido, no puedo encontrar tampoco una certeza clara de que no vuelva a suceder. Sólo me queda aguardar a los acontecimientos que vengan y desear, que si todo ha sido fruto del delirio, la razón humana perdone mi atrevimiento al dejar libres los restos del doctor, pues aunque fui testigo de cómo André se aprovechó de sus dones para sembrar el mal a su alrededor, también observé como mi mujer los usó para segar esa misma cosecha. Así, sin saber como habrán de comportarse, los dejo libres para que sea Dios o el demonio quien siga sus andanzas.
Yo dejo todo en manos de quienes me recojan alertados por el humo de la pira que pienso prender en mi rancho. Pensé que en la ciudad habitaba el mal. Ahora que le he mirado a la cara, sé donde habita.
(Al final del escrito solo unas líneas garabateadas)
Esto podría estar relacionado con los mitos. Interesa entrevistar al autor. Su dirección: C./ Everdon, nº 76. Manicomio de Arkham.
El doctor Herbert Cárter cerró el libro. Sí. Francis Clermont sabía donde habitaba el mal. Claro que lo sabía. Pero no sabía que iba a visitarle. Miró de nuevo las líneas que Armitage había garabateado al final del escrito. No indicaba la habitación, pero Cárter era un hombre de recursos. Era una lástima, pues le debía la vida, o lo que fuera. Pero el conocimiento de aquellos hechos debía ser exclusivamente suyo. Exclusivamente…
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