22 de Agosto de 1921
Tras pensarlo detenidamente, Herbert Cárter decidió lo que consideraba más sensato, dada nuestra situación. No se lo reprocho. Su plan era sencillo y parecía noble, lamento haber descubierto que en el fondo no lo era. Pero mantendré el orden de los acontecimientos que me he impuesto en esta tarea.
Después de pasar toda la tarde velando el cuerpo de Clara, en espera de una nueva señal, ha llegado la noche. Mi hacienda se viene al traste como intentando imitar el cauce que toma mi vida. Los sirvientes están reunidos en el comedor. Desde aquí, junto al cuerpo de Clara, puedo oírles discutir. Sé que muchos me van a abandonar, probablemente todos menos el señor André, él se quedará conmigo hasta el final, y probablemente no quede mucho para eso.
Herbert, por su parte, no ha parado de hacerle pruebas a mi esposa. Es doloroso asistir a los experimentos que lleva a cabo. En un par de ocasiones le he notado sonreír ante el descubrimiento, emocionado por la oportunidad de asistir a un acontecimiento sin precedentes. Naturalmente, cuando ha comprobado que observaba sus reacciones se ha mostrado dolido y no ha dejado de darme sus condolencias. Yo le doy ahora las mías a él.
Finalmente el servicio se ha atrevido a presentarse ante mí y aludiendo tener que marcharse por motivos personales, me han abandonado. Les he dejado ir. Efectivamente solo André ha permanecido conmigo. Solo él y el doctor Herbert, que ya no parece un doctor sino uno de esos científicos locos de los libros. Un doctor Frankenstein que analiza el fenómeno de la muerte en mi mujer. ¡Dios mío!, ¿cómo hemos llegado a esto?
Cuando nos ha alcanzado la noche han empezado los verdaderos problemas. Después de escribir en el diario que tiene usted en sus manos, me he quedado con mi esposa, dispuesto a ver si durante la noche volvía a comunicarse conmigo.
Los cambios que su cuerpo ha experimentado a lo largo de las primeras horas de la noche han sido pasmosos. Si ya me había sorprendido encontrarla en semejante estado de descomposición cuando me la trajeron herida, la metamorfosis que ha vivido en las horas anteriores a estas líneas han sido algo inconcebible. Me niego a reproducir aquí la mutación exacta experimentada por mi esposa, pero sin duda el lector puede imaginarse lo terrible que es compartir estancia con un fiambre que se pudre ante la luz de la luna que entra por la ventana.
Solo su lado derecho mantiene algo de dignidad, pero la masa viscosa que compone el resto de su cara mantiene despejados sus globos oculares. Ya no tiene párpados, pero sus preciosos ojos azules se mantienen fijos en mi dirección, como si ella también estuviera velándome desde otra realidad. En otras dos ocasiones, una en presencia del doctor y la otra mientras este buscaba entre sus libros de medicina, ha vuelto a intentar decirme algo, pronunciando tan solo mi nombre con un esfuerzo sobrehumano: «Fraaann-ciisss». Después no sé como ha sucedido, pero me he quedado dormido.
Cuando me he despertado estaba cubierto por una manta. He supuesto que Herbert no pudo contener su curiosidad científica y aprovechó la noche para ultimar algún otro experimento, sin embargo ahora puedo afirmar que ha descubierto más de lo que quería. He mirado a mi mujer y me ha sorprendido observar que no mantenía la misma posición que antes, lo que solo ha hecho que confirmar mis teorías. Me he levantado para ir a ver al doctor y cuando he llegado a su habitación he llamado a su puerta.
Como no he obtenido respuesta la he abierto, no permitimos que haya cerrojos en el cuarto de invitados, y sin duda ha sido una lástima no hacerlo. Lo que he visto supera con creces mis expectativas más crueles. No me recrearé tampoco en la descripción de lo que allí encontré, pero huelga decir que tardé en reconocerlo como el doctor Herbert. Entre el montón que formaban sus tripas en el bacín bajo su alcoba, he encontrado una carta que ha sido escrita sin duda por el puño y letra del doctor Cárter. Reproduzco aquí lo que he podido descifrar de la nota, ya que no es prudente incluirla entre estas páginas por el estado en que encontré el escrito:
«...es un caso formidable sin ninguna duda. Llame también al doctor Phillips, quiero que el muy hijo de puta sufra con mi hallazgo. De todos modos creo que le ... (aquí la sangre impide leer lo que pone) ... señor Clermont no se preocupe. La situación de su mujer le ha dejado en estado semi-catatónico. Llamaré a los loqueros y ya no será un impedimento. Por lo que al guarda respecta...»
Al parecer aquí fue interrumpido. A pesar de todo lamento que ya no pueda continuar su carta. No obstante, el horror se produjo poco después, al notar un ruido a metal surgir de donde había recogido el escrito. Miré hacia allí y puede ver balancearse el bacín por el impulso de aquellos intestinos que reptaban como serpientes vivas. Vi, como lo hace quien contempla las pinturas medievales del Bosco, que la realidad dibujaba fragmentos imposibles en los espantos de la mente humana, y que aún en el mundo de los hombres, habitan regiones propias del demonio.
Huí de la habitación tratando de cerrar, tras de mí. Sin duda el hecho me trastornó, pero apenas se me ocurrió ante el descubrimiento pensar que podría correr la misma suerte, si acaso no me importaba que así fuera.
Observé el suelo del cuarto de invitados y vi las huellas de unos pies descalzos entintados en sangre, que conducían hasta la mecedora en que había reposado durante la noche, y que antes me habían pasado inadvertidos. Rápidamente acudí junto al lecho de mi esposa para comprobar la verdad que había en mis sospechas. Aunque así lo que temía fuera cierto, aguardaría lo que me esperaba antes que hacer daño a Clara. Pero cuando llegué no fue eso lo que observé.
Al llegar al cuarto principal observé lo que había olvidado. Mi mujer permanecía vestida con las ropas de montar. En sus pies lucía el calzado apropiado para dicha tarea. Y de nuevo el cuerpo de Clara me miraba, no de reojo como durante la noche anterior, sino fijamente. A los ojos. Su boca se esforzaba por emitir la frase que había muerto otras veces en sus labios: «Fraaann-ciisss eel…».
Pensando más ahora en la muerte del doctor que en el fenómeno de ultratumba de mi esposa, he ignorado su prolongado esfuerzo de comunicación para conmigo, tratando de comprobar como mi esposa pudo acabar con Herbert y volver a la cama cuando su avanzado estado de descomposición apenas le permite pronunciar mi nombre.
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