Y así comenzó la escalada del Karkang; metro a metro, brazada a brazada, sintiendo como las palmas de sus manos se cocían cada vez que se aferraba a una de las piedras que todavía hervían al rojo vivo. Luchando desaforadamente cuando sus pies se posaban en un punto engañoso y la piedra se resquebrajaba bajo sus garras. Sintiendo como su estómago sufría un vuelco cuando se asomaba al abismo y veía la distancia que lentamente se iba agrandando a su espalda; y sobre todo, percibiendo como su renovado espíritu le insuflaba un último hálito de esperanza cada vez que elevaba la mirada y aquel espejo que reflejaba la noche le devolvía una carcajada burlona a su intento desesperado por salvaguardar la vida. Tenía la sensación de que había pasado una eternidad desde que puso un pié en la escarpada pared e inició la interminable ascensión hasta la libertad. Se había dejado el pellejo de cada uno de sus dedos muchas millas atrás, su espalda era un tapiz de cardenales y ampollas; sin embargo, a pesar de las horas invertidas en recorrer aquel abismo infinito, cuando alzaba la mirada, no encontraba más que un interminable precipicio, que por mucho esfuerzo que empeñase, jamás parecía decrecer del todo.
Por fin alcanzó un enorme saliente que emergía picudo de la pared. Tembloroso y chorreante de óleo, se refugió en él y fue consciente del extremo dolor que atenazaba su constreñida garganta. La sed desgarraba sus amígdalas, y su lengua se había convertido en un trozo de carne rasposo e hinchado. El hambre comenzaba a ser acuciante. Notaba como sus fuerzas comenzaban a disiparse, abandonándolo por cada poro de su piel; solo la magia, que no dejaba de fluir a su alrededor, le permitía seguir adelante y no caer abatido a causa de la inanición. Era perfectamente consciente que si bajaba ahora los brazos y volvía a perderse en el vacío, jamás lograría encontrar fuerzas suficientes para volver a remontar aquel agujero sin fondo.
Ignorando el dolor que desgarraba todo su cuerpo, volvió a asegurar el pié en una pequeña muesca que nacía de la pared y se alzó un metro más. Miró hacia arriba y oteó el enorme vacío negro; aquello lo desalentó durante unos segundos, sin embargo algo muy dentro de él lo impulsó hacia delante, liberándolo de los funestos brazos de la lasitud y aportándole un último esbozo de confianza.
Diez días y diez noches duró la ascensión del Karkang, pasado ese tiempo, logró deslizarse por una pequeña fisura situada a escasos metros de la gran boca del durmiente, y asomándose a una terraza de piedra, pudo sentir la brisa fresca de la noche acariciar su mutilada piel. Incapaz de mantener la verticalidad, se dejó caer en el suelo. Su cuerpo, empapado en un baño de óleo, apenas respondía a las órdenes de su cerebro, sin embargo el fluido elemental que resguardaba su organismo comenzaba a regenerar el tejido de su piel y a sanar las heridas internas, dejando una extraña sensación por todo su cuerpo. Antes de mirar hacia el valle, desvió los ojos hacia el cielo y los encontró muertos. La última vez que dirigió su mirada hacia las brumas que tomaban el país de Luduz Ungras, el mundo era un caos de fuego, ácido y hielo. Los dragones combatían entre las nubes, desgarrando con sus poderosas alas las sombras que habían traído consigo los nigromantes del Cónclave el día del Advenimiento. Entonces el cielo parecía incendiado, y los rugidos encarnizados podían escucharse en todo el Valle del Zoj. Hoy ese mismo cielo lucía vacío y oscuro, consumido por la noche eterna que cubría los territorios que antaño pertenecieron a los juzzrrianns del Alto Mensaka. Era imposible saber si lucía el sol o la luna más allá de aquella barrera de negras nubes. El candor de las hogueras se había apagado, y con él el único esbozo de luz que fluctuaba en aquel desierto marchito. Cuando miró hacia la gran barrera de montañas que delimitaba la parte oriental de la gran cordillera de Ashgord, se encontró con una gran sombra alargada que recaía sobre todo el valle de Luduz Ungras. Los volcanes volvían a dormir en paz, sometidos a la voluntad de su señor el Karkang, el más viejo y grande de todos ellos; no obstante la erosión causada por los caudalosos ríos de lava se distinguía perfectamente en las verticales paredes de la cordillera, desgarrando la altiplanicie y adentrándose en un valle resquebrajado por mil grietas.

Una sensación desoladora cundió en sus dos corazones cuando paseó la mirada por el valle. La batalla también había terminado, y tras los últimos días de lucha desenfrenada contra el volcán, en el exterior tan solo quedaba el recuerdo de la locura desatada por los dos ejércitos. Desde el extremo meridional de Ashgord hasta el punto donde el mar del Olvido bañaba la costa de Luduz Ungras, cada palmo de tierra estaba ocupado por una alfombra de cadáveres y restos. Eran miles de leguas sepultadas por abolladas armaduras, miembros que sobresalían entre la carroña, pendones desgarrados y deshilachados que se mecían a merced de un viento mortecino, gigantescos caballos abandonados al olvido de la parca, y todo tipo de criaturas que antaño combatieron a su lado y que hoy se pudrían lentamente entre los rescoldos de las últimas hogueras. La brisa arrastraba consigo el hedor insoportable de la muerte y de la carne gangrenada, contaminando todo el valle y concentrándose en la rivera del Zoj. Pero entre todos los muertos destacaban los enormes montículos de carne y huesos lacerados que antaño fueron los orgullosos dragones. Seres primitivos tristemente despojos de la vida primigenia que le otorgaron los viejos dioses.
También había miles de bulugbars perdidos entre los restos. Las mastodónticas criaturas, depositarias del Don de Eldever y precursoras del linaje oscuro en Argos, sucumbían al olvido con mil lanzas desgarrando su cuerpo y retorcidas en un tormento eterno que jamás llegaría a borrarse en la memoria de aquellos que alguna vez pisaron aquel erial.
Con mirada fría, como si todo aquello no fuese con él, dirigió su atención hacia el norte y vislumbró la enorme fortaleza de Ankuz-Traz, con sus centenares de torres seglares despuntando más allá de las brumas negras y sus interminables almenas privadas del fuego de las hogueras; un fulgor que desde su alzamiento había ardido desafiante y poderoso, y que hoy, tras siglos de perpetuidad, había desaparecido para siempre. La vida también se extinguía en sus fríos muros. Las estancias, que antaño ardieron con las llamas insufladas por el Abismo, hoy lucían tan oscuras como el mismo cielo de Luduz Ungras, mostrándose tan muertas como el paisaje que la rodeaba. El Anfiteatro Egregio de los Señores Oscuros no ofrecía mejor estampa. El enorme coliseo donde no ha mucho tiempo los grandes mariscales debatían y preparaban su ataque contra los desvalidos territorios del sur, había perdido los aires de grandeza y aparecía medio derruido. Al oeste de la gigantesca estructura oval, la ciudad de Uz-Guz desprendía una negra columna de humo que fluía hacia el cielo y se juntaba con las brumas.
Más allá la rivera norte del Zoj, los barcos enemigos se habían retirado del puerto de Grunz, y la ciudad ofrecía desde la lejanía el mismo aspecto que el resto del país. Todo hedía a muerte y abandono. El enemigo, alcanzada la victoria, había levado anclas y se había apresurado a dejar atrás a sus muertos, tratando de salvarse de aquella locura que parecía haber durado toda una eternidad. La guerra había finalizado y las puertas al averno se habían cerrado definitivamente. Ankuz-Traz estaba muerta, y con ella todos los secretos que celosamente se guardaban en sus profundos pasadizos. El Supremo también había desaparecido. Él mismo podía sentirlo en el ambiente. Donde antaño había horror y desesperación, ahora había calma y sosiego. El puño opresivo que aferraba los corazones de todos los seres vivos que habitaron aquel país, se había abierto finalmente, proporcionando un suspiro de alivio pero a la vez pregonando la miseria de la derrota.
Se preguntó si habría sobrevivido alguien. Si alguno de los abanderados del antiguo ejército todavía marcharía con vida entre los despojos o se encontraría cobijado en algún cobertizo olvidado de la Ciudad Negra. Pronto llegó a la firme convicción de que todo aquello le importaba bien poco. Había salvado la vida y eso era lo realmente importante. ¿Qué más daba si ante él yacían los últimos restos de una guerra que había durado casi tres siglos? ¿Qué más daba si en lo más profundo de aquel valle una entidad todopoderosa había encontrado la derrota tras los pernos de una puerta olvidada? ¿Qué más daba si aquel país, cuna de una civilización abyecta e imposible, había acabado sucumbiendo? ¿Acaso no había caído la altísima Luim-Nad en otra época? ¿Acaso otros imperios no habían sucumbido más allá de la frontera sur de las Tierras Baldías? Lo único importante era que él seguía vivo. Que entre todos aquellos despojos de grandes patriarcas y eruditos del pasado, él seguía vivo y coleando.
Miró una vez más hacia el valle y se sorprendió a si mismo al elucubrar sobre cual era el sentimiento que provocaba en su interior aquella nefasta visión. Se preguntó si la derrota hacía mella en sus dos corazones o si la desolación traída consigo por el enemigo le impediría seguir adelante. La respuesta vino por si sola en poco tiempo. Una sonrisa apareció en sus labios bulbosos y durante unos segundos, el tormento de los últimos días se convirtió en una apacible sensación de bienestar. Lo único importante era que había sobrevivido al caos… todo lo demás bien poco podría llegar a afectarle.

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