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Relato Fantástico: Renacer Maligno (III)
Larva y el dragón luchan sin cuartel. El coloso alado intenta oponer su fortaleza mientras Larva necesita sacar a relucir todo su poder.
Por David Mateo Escudero

Relato Fantástico - Renacer Maligno (III) A sus pies, el Karkang estalló violentamente y el coloso dormido terminó de despertar. El mundo entero pareció estremecerse tras un estruendo ensordecedor, y las hondas posteriores a la deflagración llegaron a barrer las nubes negras que eclipsaban bóveda celeste, barriendo a las criaturas aladas que pugnaban por establecer su predominio. Cuando miró hacia abajo, vio una inmensa cascada de lava que desbordaba la boca del volcán y barría toda la ladera, llevándose consigo a los ejércitos que quedaban atrapados entre las rocas y las grietas. Los alaridos de los soldados llegaban en una sucesión de chirridos estremecedores que se apagaban tan bruscamente como habían estallado. En apenas unos segundos murieron miles, y en los minutos sucesivos espiraron otros tantos.
A lomos del gran blanco, él seguía combatiendo denodadamente contra las ventiscas y las convulsiones que sacudían el mundo. No tardó mucho en denostar el infierno que azotaba el inframundo y aunando todas sus fuerzas, abordó el último tramo de escalada hasta la cumbre. Salvó un metro más y logró aferrarse a la nuca de la criatura; un último impulso y alcanzó su testa. La bestia, molesta por su presencia, describió un abrupto arco, y durante unos segundos el orden del cielo y el infierno se convirtió en una alocada espiral. Antes de que pudiera caer, clavó sus garras a las escamas del dragón y soportó la embestida. Cuando el mundo recobró la normalidad, asentó sus pies entre las blancas membranas de la bestia y desafiando a las corrientes de aire templado que amenazaban con arrastrarle, alzó el lunaris hacia el cielo y lo incrustó en la nuca del dragón, desgarrando la gruesa armadura de escamas que salvaguardaba su dura osamenta. El cuerpo de su montura se estremeció y rugidos agonizantes brotaron de su garganta. Pero él no estaba dispuesto a concederle tregua. Relamiéndose la sangre que salpicaba su rostro, y empatizando con el dolor que sacudía a la agonizante bestia, alcanzó una vez más el paroxismo previo a la victoria. Extrajo la hoja de diamante, y antes de que su oponente pudiera sobreponerse, volvió a clavarla en la carne, hundiéndola aun más profundo que antes. El sufrimiento de la hermosa criatura volvió a conmocionar los cielos, pero implacable, el verdugo extrajo de nuevo la hoja, desencajándola de un núcleo de carne glutinosa, y volvió a hundirla de nuevo. Esta vez se oyó un chasquido espeluznante, y la cerviz del dragón acabó por romperse. El coloso se estremeció en el firmamento, e incapaz de batir sus alas, inició una caída en picado hacia el abismo, cercenando los acantilados de brumas que se acumulaban a su alrededor.

Relato Fantástico - Renacer Maligno (III) Pudo escuchar el ruido de las membranas de las alas al romperse, el chasquido de los huesos al desencajarse por la inercia de la caída, los estertores agonizantes del moribundo titán, sin embargo su atención estaba puesta en la fosa de fuego que les aguardaba al final del precipicio. Sintió una vez más el calor de la lava, incinerando su armadura y quemándole la piel. Comprendiendo que solo podría salvar el pellejo si aunaba todos sus sentidos, olvidó su arma, que seguía atorada en el cuello de la bestia, y centró su atención en la inmensa boca rebullente de lava y fuego que parecía a punto de devorarlos a ambos. Logró despegarse de la sangre que cubría la cerviz del dragón, y el viento huracanado estuvo a punto de arrancarlo de su asidero. El ambiente se caldeó al rojo vivo, ingentes columnas de fuego se alzaron a su alrededor, convirtiéndose en enormes dedos dispuestos a abrasarle en un infierno al rojo vivo.
La boca del Karkang, que no dejaba de escupir ríos de magma, se hizo más y más grande. El mundo se volvió carmesí y la atmósfera se llenó de vapores irrespirables. De pronto las grandes paredes se cernieron a su alrededor, y las alas de la bestia se rompieron con un fuerte crujido al impactar contra los bordes del volcán. El gran blanco, que todavía seguía vivo, gritó agonizante cuando rebotó contra una de las paredes interiores del volcán y se zambulló en un mar rojo y negro, perdiéndose en lo más profundo del cráter. Sin embargo su verdugo ya no se encontraba encaramado sobre su loma, sino que contemplaba su agonizante final varios metros más arriba.
Todavía presa de la adrenalina, pudo ver como la bestia desaparecía poco a poco, rugiendo y chillando desesperada, hundiéndose en un océano resplandeciente y desgañitándose entre estertores angustiosos. Finalmente el enorme saurio desapareció, y sólo quedó él, encaramado a uno de los bordes del Karkang, con medio cuerpo quebrado por el impacto y sintiendo como el óleo curativo que segregaba sus feromonas apenas lograba salvar las quemaduras y soldar los huesos rotos. Trató de subir, pero su cuerpo se negaba a obedecerle, meciéndose precariamente en el vacío y amenazando con resbalar hacia aquel vientre de fuego que parecía reclamar insistentemente su alma. Tiró con más fuerzas hacia arriba, y sintió como los huesos de sus brazos se rompían a causa de la tensión.

Relato Fantástico - Renacer Maligno (III) El volcán volvió a rugir enardecido, alimentado por las miles de víctimas que en su fúnebre despertar había engullido. Un nuevo río de lava brotó de su interior y salpicó toda su espalda. Esta vez el fuego, cuya temperatura alcanzaba cotas inimaginables, logró traspasar el metal de su armadura y prendió en su piel, corroyendo la carne y llegando hasta sus huesos. Cerró los ojos presa de la agonía y apretó los puntiagudos colmillos. Sus dedos, aplastados contra las rocas, temblaron a causa de la tensión, e incapaces de soportar el peso de su cuerpo, fueron quebrándose uno tras otro. Finalmente el dolor lo ocupó todo, e incapaz de sostenerse por más tiempo, resbaló del borde y el mundo se volvió totalmente negro.

La luz se aproximó un poco más y el infierno quedó más atrás. Sintiendo el temblor que sacudía sus brazos, se impulsó hacia arriba y sus dedos rozaron un nuevo asidero. Notó como la piedra, fundida por las altas temperaturas sometidas en los últimos días, se desmenuzaba entre sus garras descascarilladas, aun así el apoyo resistió, y logró alzarse un metro más hacia la luz… un metro más hacia la vida.
Cuando miraba hacia abajo no llegaba a atisbar nada, tan solo negrura y tinieblas. Sin embargo un escalofrío seguía recorriendo su cuerpo al comprender que aquel nido de oscuridad, había sido su tumba durante las últimas cuentas. Un inmenso útero de roca y lava en el que había permanecido recluido del resto del mundo. Su memoria genética apenas guardaba recuerdos posteriores a la caída. Aun así, todavía podía sentir el horrible calvario vivido cuando su cuerpo acabó sumergido en las entrañas del gran volcán. Sentía una y otra vez como todo su ser se disgregaba entre los ríos de lava, átomo a átomo, hasta reducirse a la misma esencia del ser primigenio. Había ardido miles de veces en el Karkang. El fuego líquido había consumido su cuerpo una y otra vez, corroyéndole la carne en una interminable agonía. Recordaba que cada vez que gritaba, la lava entraba por su boca y le quemaba la garganta, abrasándole por dentro. Aun así su cuerpo se negaba a morir, y ayudado por el óleo que conformaba su esencia vital, volvía una y otra vez a la vida, negándole la condonación de una muerte que podría salvarle del delirio y la tortura.

Relato Fantástico - Renacer Maligno (III) Y así se sucedieron los días, las semanas y las cuentas. Hasta dos cuentas tuvieron que pasar para que el eterno durmiente vaciara su vientre, y volviera a sumergirse en un sueño reservado a los malditos. Tras todo ese tiempo de lucha desenfrenada y tortura inigualable, de él solo quedaba un despojo sanguinolento en un seno de tinieblas y roca fundida. Mientras escalaba el Karkang, buscando de nuevo la libertad, seguía estremeciéndose al recordar ese momento: vivo pero muerto; victorioso pero hundido en la derrota; agonizante pero deseoso de volver a sentir. Una sola gota de óleo bastó para insuflar nueva vida a uno de sus ennegrecidos corazones, y que la savia elemental volviera a fluir por sus venas. Aquel espasmo espontáneo e incontrolado fue suficiente para que la magia primigenia retornase a él y para que su subconsciente, todavía poderoso, pudiera manejarla a su antojo. Primero creó un capullo de segregaciones gástricas que envolvió sus restos, resguardándole del vacío, los ácidos venenosos y los últimos residuos de lava que todavía encharcaban el pozo. Después la placenta envolvió sus partes vitales y comenzó a inyectar vida a sus dos corazones, gota a gota, brizna a brizna, hasta que todos sus órganos se recompusieron y comenzó la lenta faena de regenerar el resto de sus tejidos. Transcurrieron dos cuentas hasta que recuperó plenamente la conciencia, y otras dos hasta que su cuerpo estuvo completamente regenerado. Cuando rompió el útero y un baño de óleo viscoso se filtró entre las grietas del capullo, parecía haber transcurrido toda una vida. Se debatió como un cachorro recién escupido del cascarón, con el cuerpo pegajoso por los restos de sangre y óleo, e incapaz de romper el resto del óvulo. Por fin reptó como una sanguijuela por la fría losa de piedra y sus ojos volvieron a contemplar el mundo: negro y lleno de sombras, tenebroso y maldito, como en él solía ser habitual.
-Vida insuflada a partir de los muertos. Ciencia negra corrompida por la sangre maldita. Chaozz Nugruzz despierta… despierta del Abismo… despierta…
Un guantelete con forma de garra rasgando las tinieblas, y extraños recipientes de vidrios rodeando el lienzo sobre el que estaba depositado su cuerpo…
No… no… ¡Nooo! Eso fue hace mucho tiempo. Demasiado para ser recordado siquiera. ¿O acaso era un simple sueño? ¿Un sueño horroroso que se repetía como un cruel espejismo en su segundo renacimiento?
Abstrayéndose de las imágenes borrosas que escupía su mente, recobró la sensibilidad del resto de su cuerpo, y se arrastró como una tenia recién vomitada de un ano. Con grandes esfuerzos logró incorporarse, y lentamente recobró la psicomotriz en cada una de sus extremidades. Cuando miró hacia arriba, y sus ojos membranosos se hicieron paso a través de las tinieblas que llenaban las entrañas del Karkang, distinguió un mínimo haz de luz a un mundo de distancia, una estrella perdida en una noche demasiado densa. Jamás hubiese pensado que tanta distancia pudiera separar el infierno del cielo. Sin embargo había combatido y sufrido demasiado para acabar claudicando a los avatares del desaliento.

Continuará ...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de abril del 2005