2 de Julio de 1921
Por fin hemos llegado. Parece un sueño y temo despertar. La finca es tal y como nos la habían descrito, Dios mío, ¡soy tan feliz! Clara, que se ha mostrado tan reacia a abandonar la ciudad, terminará por darme la razón. En el campo nos irá mejor. Sé que le va a costar acomodarse, pero aquí esta nuestra vida, puedo sentirlo. Es algo que está aquí, a mi alrededor. Aquí, aquí será donde tengamos a nuestros hijos. Aquí enseñaremos a la tierra a que nos entregue sus frutos.
En cuanto estemos instalados compraré tantas reses que temblará la tierra, y haré que esta vieja hacienda, heredada del hermano de mi padre, se convierta en un rancho. Adiós a la ciudad. Adiós a las ruidosas imprentas y a los hombres de negocios. Adiós a los rateros de Chicago. Adiós a las mentiras en letras grandes y a las rotativas blasfemas que injurian tanto al rico como al pobre, tanto al noble como al embustero. Aquí está lo que de verdad importa.
9 de Julio de 1921
Hoy se ha hecho oficial. He estado con Joseph Benctom, el antiguo contable de mi padre y un hombre que ha demostrado su amistad. Hemos discutido durante largo tiempo y al final he vendido el periódico. Sé que mi padre se revolverá en su tumba cuando vea que el Courant Post ya no está en manos de su linaje, pero necesitaba el dinero para sacar adelante la finca y esa ruinosa empresa necesita de alguien que le dedique por entero su vida. Ya se ha malgastado un Clermont entre sus muchas mentiras, ¿para qué sacrificar otro?
Pero no todo han sido despedidas. Hemos empezado a construir el establo y Clara parece otra. Está radiante y se la nota satisfecha. Sabía que las cosas iban a ir bien. Al principio la he notado inquieta. No podía dormir. Durante tres noches ha tenido pesadillas y no ha parado de repetir mi nombre en sueños, solo que no era agradable... era... debo de estar afectado al escribir esto, hacerlo es confirmar que doy crédito a mis conjeturas, pero... juraría que no era su voz. Juraría que era otra persona la que hablaba por medio de mi mujer.
15 de Julio de 1921
Hoy se ha consumado el mayor de mis anhelos, he visto el rancho tal y como lo había imaginado. Durante unos instantes me ha dado la impresión de tener un “dejá Veu”. Es como si alguien hubiera dibujado en mi mente el cuadro que he visto materializarse hoy, aunque contemplara por vez primera su acuarela. Clara y yo, subidos en nuestros caballos, oteando en la distancia las casi 1800 cabezas de ganado que he adquirido con la herencia familiar.
Ojalá las cosas se mantengan así para siempre.
- Aquí se han retirado las páginas con el registro de cuentas de la hacienda de Francis Clermont. No se ha omitido ninguna otra página –
21 de Agosto de 1921
Ardan las piras de los bastardos que tejen las hades de mi destino, pues la madeja que han urdido está tan infesta como su pútrido corazón desalmado. Un corazón, tan manchado por el odio, como para despojar al mío de lo que más quiero en este mundo y dejarlo entre la línea imperceptible de dos existencias gobernadas por la presencia imperecedera de la muerte.
Solo puede ser muerte, y no otra cosa, lo que hay ahora en mi mujer. Para que quienes vengan después puedan juzgar lo que aquí ha sucedido, escribo estas líneas mientras trazo, con una mano, el perfil suave del rostro sin vida de mi mujer y con otra, el surco fino de la de la tinta en este cuaderno manchado de desgracias.
El día había comenzado especialmente agradable esta mañana cuando, con mediación de Herbert Cárter, un médico de la ciudad que trata de recuperarse de un divorcio bastante desagradable en nuestra compañía, y que aprovecha su estancia en el rancho para escribir un libro, y André, el guarda de mis tierras, he ayudado a dar a luz un ternero en los establos. No ha sido fácil y la madre ha muerto en el parto, pero sin duda parecía un buen presagio que, siendo hoy lunes, comenzáramos la semana con un evento tan amable como es el nacimiento de una criatura, aún cuando supone la muerte de otra. Después del feliz acontecimiento no he podido evitarlo y, a pesar de ser apenas las seis de la mañana, he acudido a la alcoba de mi mujer para despertarla con la gran noticia. Desde luego no ha debido hacerla mucha gracia encontrarme a mí postrado frente a ella y con las manos sangrantes y cubiertas por la olorosa mucosidad de una placenta abierta, zarandeándola y arrancándola de los brazos siempre agradables de Morfeo, ¡ojalá fuera tan sencillo despertarla ahora!
A pesar del susto inicial que ha debido suponer para ella semejante estampa, se levantó velozmente y acudió, tapándose el corsé con su batín, al establo donde estábamos todos reunidos frente a la criatura, que mamaba ahora de su madre muerta. Era sin duda extraño verla extraer los restos de vida del cuerpo inerte de su madre. Siento que mi mujer hace ahora lo mismo, nutriéndose de la muerte con algún extraño encantamiento, pero seguiré el curso normal de los acontecimientos ya que es lo único ordinario en esta historia.
Clara ha decidido que la criatura necesitaba una nueva madre ya que la que le correspondía por naturaleza no iba a poder atender ahora sus necesidades y se ha encomendado la tarea de integrarla en la manada, despertando probablemente sus incipientes instintos maternales. Daba gusto verla acariciando la criatura embadurnada por la sangre del parto e inconsciente de la tragedia que había sucedido durante su nacimiento, y la que habría de suceder.
Fue esa misma tarde cuando Clara vino a mi estudio donde discutía el terreno que había dispuesto en herencia de mi tío con Herbert Cárter, que habría de ser mi invitado durante unos días más, para informarme de que iba a cabalgar, probablemente acompañada de la joven ternera a la que había adoptado. Quería que se acostumbrara a andar, como si no fuera consciente de que ese instinto nace ya de sobra desarrollado en los animales. Ahora lamento no haberme despedido mejor de ella, pero entonces solo asentí a sus peticiones y volví a mi discusión con Herbert.
La tarde transcurrió tranquila, como acostumbra a hacer aquí en el campo, cuando de pronto, sentado en el porche de la casa, pude ver la figura de un jinete que se acercaba. Era el caballo de André y sobre él cabalgaba su dueño portando un extraño bulto, mientras gritaba mi nombre. Corrí hasta él con la desesperación de quien espera malas noticias, como si el hecho de recibirlas antes fuera a hacer que estas perdieran importancia.
André estaba molido, sin duda había cabalgado un largo trecho hasta la casa y lo había hecho a buen ritmo. Sobre el lomo del caballo colgaba una figura que viajaba con él envuelta en una manta. El corcel estaba cubierto por un fino manto de sudor y su crin era una mata de pelo humedecida. De la figura de la prenda manaba sangre. André me miró aterrorizado contemplando el extraño bulto y me dijo las palabras que más temía: «Es Clara, la he encontrado en el bosque».
André me pasó el bulto con una facilidad pasmosa y cuando lo tuve en mis brazos noté horrorizado lo poco que pesaba. La zona de la herida debía de quedar en el lado de la cabeza ya que a través de los pliegues de la manta solo podía verse la silueta apagada del rostro enrojecido por la sangre de mi mujer. En aquellas partes en que la sangre se había endurecido se veían los rasgos de un cadáver descompuesto mientras que en otros, en cambio, mantenía la singularidad de su belleza. Era una muesca cruel, una burla a su natural encanto tener aquellas apósitos putrefactos como tubérculos curtidos saliendo de su cara.
Subí las escaleras de la casa mientras gritaba el nombre del doctor que se encontraba escribiendo en el salón de invitados. Cuando llegué al piso de arriba Herbert ya estaba esperándome con cara asustada al ver el extraño fardo con que cargaba. No hizo falta que le explicara que sus conocimientos iban a sernos necesarios una vez más.
Herbert se movía con rapidez, sin duda aquel era su campo y si estaba nervioso desde luego no lo mostraba. Mientras ordenaba a los sirvientes que prepararan agua caliente y que le llevaran trapos limpios vino a la habitación a reconocer al paciente. Retiré las mantas en que estaba cubierta mi mujer y observé el cruel golpe que el destino me asestaba. El cuerpo de Clara mantenía su belleza por entero, conservada intacta tras el accidente sobre el que nada sabíamos, pero su rostro... Dios mío, me estremezco al verlo frente a mí en estos momentos... y pensar que es mi mujer, que Dios me perdone por la repugnancia que sentí al verla.
Sus labios siguen teniendo el tacto dulce de su aroma femenino y el diestro de su cara se mantiene en buen estado, con tan solo un apósito sangrante en el ojo. Pero todavía mantengo vívido el recuerdo de la impresión que el lado izquierdo de su cara me produjo cuando retiré la manta que lo ocultaba. Tenía parte de la cabeza hundida hacia dentro en una muesca imposible, como si pretendiera llegar a su propio reverso, mostrando para desagrado de los presentes un extraño líquido de un blanco grisáceo que luchaba por escaparse de aquella herida mortal. Yo presionaba con la manta en la brecha abierta de aquel depósito craneal, pero debí ejercer demasiada presión porque su débil osamenta pareció hundirse aún más bajo mi mano, aumentando el afluente gris que salpicaba ya mi brazo. Mientras tanto mi mujer se retorcía con espasmos como si decidiera despedirse de este mundo bailando una danza macabra. Una danza infernal que no podía ser sino un rito histérico de su cuerpo.
Llegaron las sirvientas con las toallas y, mientas entraban en el cuarto de mi mujer, se santiguaban asustadas mascullando gritos perturbados que me interrogaban sobre lo que había hecho a la señora. Una joven criada cuyo nombre aún no he aprendido se dirigió a una esquina de la habitación con las manos en el vientre y regurgitó allí mismo impregnando de tan desagradable olor el dormitorio de mi mujer. Mezclando su desagradable aroma con el intenso olor a descomposición que emanaba de mi querida Clara.
El doctor que se había mostrado tan reacio a abandonar pareció verse superado por todo aquello y miraba a su alrededor con aire abatido. Por mi parte no desistí. No paraba de pedirle socorro gritándole que su profesión le obligaba a mostrar auxilio a los heridos, mientras él expresaba con sus gestos la terquedad que suponía intentar ayudar a mi mujer dado su estado.
En aquel momento, viéndose abandonada a su desgracia, mi mujer puso fin a su frenético baile y allí mismo, expiró ante nuestras narices.
Caí de rodillas ante el lecho mortuorio de mi mujer e imploré, como tan solo sabe hacerlo el que acaba de caer en viudedad, que la desgracia de su muerte se compartiera con la mía. El doctor, recuperando de nuevo su compostura, se acercó al cadáver de mi esposa y le cerró los ojos ladeando la cabeza como en un símbolo de negación aprensiva. El parpadeo otras veces dulce de mi mujer iba acompañado ahora de un quejumbroso chasquido por el contacto de la sangre reseca con sus párpados. Permanecimos así durante unos instantes, hasta que Herbert decidió romper el silencio diciéndome: «Tranquilo Francis, yo me ocuparé de todo».
Asentí agradecido ante lo que me decía mientras me ponía en pie para dar un último beso a mi mujer cuando noté algo aterrador, algo indescifrable sobre lo que puede especularse incontablemente sin llegar a una solución sensata. Los ojos de mi mujer estaban abiertos.
Llamé la atención del doctor sobre ese aspecto y éste se mostró extrañado al principio, aunque más sensato a medida que especulaba sobre el suceso. Hartas de santiguarse las doncellas que habían acudido para asistir a mi mujer en sus últimos momentos se retiraron aprisa como huyendo despavoridas del mismísimo demonio. ¿Quién sabe si no era eso lo que hacían?
«Sin duda se trata de un acto reflejo, producido por las terminaciones nerviosas del paciente» afirmó finalmente H. Cárter, aunque no muy convencido. Volvió a cerrarle los ojos con el mismo gesto de abatimiento que la primera vez… y de nuevo el chasquido de estos resistiéndose a la oscuridad eterna.
Seguí mirando con extrañeza el rostro apagado de Clara hasta que cerrando los ojos y apretando sus manos me quedé de rodillas a velar el cadáver de mi esposa. En esta posición indiqué al doctor que podía retirarse, que le agradecía sus servicios. No obstante, aún éste no había abandonado el cuarto, cuando los dos oímos la voz siniestra de mi mujer acudiendo desde el limbo hasta su lecho. Solo una palabra. Solo mi nombre: «Fraaaann-ciisss…» después la voz se acallaba mientras que, ante la mirada estupefacta del doctor y mía, los labios dulces de Clara se esforzaban por articular más palabras a través del velo de la muerte.
Miré al doctor que permanecía en el umbral de la puerta, conmovido por lo que acababa de suceder y planteándose sin duda las leyes de la física desde su más básico principio. Contuve las ganas de preguntarle si aquello podía ser también un acto reflejo, porque sabía cual sería la respuesta.
El doctor terminó por reaccionar y me espetó en una orden: “Rápido, tráigame un espejo, tenemos que comprobar si hay vida en su esposa”. Movido por una esperanza que no sé muy bien de donde provenía busqué en el tocador de Clara dando con lo que buscaba y se lo entregué a Herbert, que estaba ahora postrado ante el rostro de mi difunta esposa, manteniendo su mirada de nuevo despierta. Colocó el espejo ante su boca y esperó a ver si este se empañaba, pero no obtuvo resultado.
Dejó el espejo a un lado y le colocó los dedos en el cuello esperando encontrar el pulso… tampoco lo consiguió. Entonces, con mayor atrevimiento, posó su cabeza sobre el busto de Clara y aguardó a escuchar algo con idéntico desenlace.
Herbert se levantó y asombrado, me dijo: «Francis, como miembro de la comunidad científica no me cabe duda, su mujer está muerta. Como testigo de lo que hemos presenciado tampoco, ella se ha comunicado con usted».
Aquellas palabras terminaron por arrebatarme mi escasa cordura, tan debilitada con los nuevos sucesos. Por eso cuando el doctor me presentó su plan, me pareció una buena idea.
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