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Relato Fantástico: Renacer Maligno (II)
Una vez emergido de su prisión, Larva se apresta a la batalla.
Por David Mateo Escudero

Relato Fantástico - Renacer Maligno (II) Pero lo cierto era que los pendones de la Corona, la Espada y el Escudo dominaban el llano, así como el inmenso alabarde con el árbol de profundas raíces –tan odiado entre los suyos-, y los diversos estandartes de las colonias de Bradin. Las divisas del sur lucían desgarradas y harapientas, mecidas por un viento vago, hediendo, y templado por el aliento ígneo de los dragones; aun así dominaban el valle como una siniestra capa de herrumbre, alzándose sobre los pabellones negros de los Señores Oscuros y proclamando el próximo desenlace de la contienda. La guerra llegaba a su fin y la derrota se antojaba inevitable. Según las noticias llegadas desde Ankuz-Traz, el Supremo había sido desterrado más allá de las puertas, perdiéndose para siempre en un mundo inalcanzable y del que jamás retornaría. Ahora, cuando uno miraba hacia el territorio arrebatado, tan solo se atisbaban armaduras doradas y de cobre. El negro había sido derrocado al sur de la ribera del Zoj, y si la batalla continuaba adelante, ni tan siquiera en aquel rincón habría cabida para los suyos.
Las filas enemigas habían acometido el asalto del Karkang, escalando las escarpadas laderas de la montaña y tomando la falda oriental. Era una inacabable borrasca de oro y plata que devoraba lo negro y lo corrupto, y dejaba tras de si un estela de cadáveres; sin embargo de todos ellos, él fue el único en percibir como el seno del volcán cobraba vida con un silencioso arrullo emergido de las entrañas dormidas. Todo comenzó cuando uno de los grandes blancos, abatido por una gigantesca bestia roja, cayó por la fosa, y envuelto en llamas, fue devorado por un vientre de lava efervescente, alimentando las corrientes submarinas que durante tantas eras habían aguardado la llegada del sustento que las despertara definitivamente de un sueño imperecedero. Por encima de los estratos terrestres las tropas seguían combatiendo sin descanso, ajenas a la maldición que estaba a punto de desatarse sobre ellas; ajenas a que el perezoso gigante, que durante tanto tiempo había permanecido anquilosado por el sueño, comenzaba a desperezarse, y con un arrullo abrumador, cobraba vida lentamente.

Relato Fantástico - Renacer Maligno (II) El calor se hizo insoportable, y del pozo, situado justo a sus espaldas, comenzaron a emerger chorros de vapor hirviente. Mientras la furia del volcán se desataba, llenando el espacio vital del campo de batalla, él seguía matando y desgarrando, cumpliendo con el sino para el que había sido creado, brillando sus lunaris en una danza macabra que ni tan siquiera los hábiles elfos podían llegar a contener. Atisbaba el terror en el rostro de sus enemigos antes de que encontraran la muerte y era precisamente aquella expresión, trocada por la desesperación absoluta, la que le otorgaba renovadas fuerzas para clavar el acero en la carne y alimentarse con el sufrimiento de sus víctimas. Sus ojos oscilaban en un frenesí sangriento cada vez que la sangre de un rival bañaba su piel, sus dos corazones latían exultantes al sentir como el último hálito de vida corría por las venas del contrincante abatido, y finalmente, su sexo palpitaba en un orgasmo incontrolable cuando el grito desgarrado del caído se unía al rugir cavernoso del volcán.
Pronto los alrededores se convirtieron en un depósito de cadáveres que se desplomaban retorcidos desde la astilla más alta del Karkang. Mientras miles de hombres y orcos combatían en las otras montañas, tratando de conquistar nuevos hitos, él proclamaba su autoridad en el pico más alto de todo Luduz Ungras, convirtiéndose en el último reducto de un ejército marchito y diezmado. El acantilado chorreaba cascadas de sangre y vísceras, los cuerpos se rompían contra las rocas, arrastrando consigo a otros muchos que trataban de alcanzar la sima. A sus pies el cordón de bestias resistía a las oleadas de los lanceros y la caballería lujarana, y muy pocos, posiblemente los más desgraciados, lograban alzarse hasta la cima únicamente para encontrar una muerte inevitable a manos de sus dos lunaris.

Relato Fantástico - Renacer Maligno (II) En su retaguardia el coloso de rocas y fuego eructaba y bramaba como un demonio maligno, desatando los primeros chorros de esperma incandescente desde una tripa furibunda, vomitando efluvios venenosos y ozono irrespirable. Los elfos morían envenenados, los humanos caían desplomados por el risco, los enanos trotaban en desbandada ladera abajo, ajustando sus botas de hierro al irregular firme. Él sin embargo respiraba aquel veneno candente y sentía como sus pulmones resistían el dolor, otorgándole la facultad de combatir sin descanso, de poder seguir sesgando vidas entre todos aquellos que, sabedores de que el caos estaba a punto de desatarse sobre ellos, trataban de salvarse de aquel infierno delirante. Su piel ardía, el fuego chorreaba por su espalda, pero la capa de aceite seguía protegiéndolo, liberándolo en parte de la tortura y el sufrimiento.
Un nuevo bramido anunció la llegada de más tropas a la falda de la montaña; dos ejércitos colisionaron violentamente y el batir de las armas se convirtió en un lamento desgarrado que llegó incluso a la sima. Vio a más de diez mil criaturas luchando. Más allá otros diez mil ejércitos combatían por la dominación de un país en llamas. Huesos rotos, carne desgarrada, gritos desesperados y rugidos de rabia desatada; todo parecía convertirse en una vorágine violenta que tomaba la forma de una lluvia de caldo rojo que salpicaba las vertiginosas paredes del volcán. Y el Karkang seguía escupiendo fuego como una bestia desatada, lanzando ríos de lava que acabaron engullendo a centenares de desgraciados que apenas tuvieron tiempo de resguardarse de una muerte inevitable.
El calor se hizo más intenso, el cielo negro se tiñó de rojo y la corteza terrestre se convirtió en un pálpito espoleado por los ríos subterráneos de lava efervescente. El cobre de su yagath ardía febril, y el acero de su armadura, templado por el fuego de... –No, no lo recordaba. Incluso en ese momento, en el que el cielo y la tierra combatían por el predominio del mundo, era incapaz de traspasar aquella nube blanca que diezmaba su memoria.-… comenzaba a hervir recalentado. Fue entonces cuando apareció el emisario de la muerte. Se presentó en forma de un enorme dragón de escamas blancas y ojos diamantinos. No portaba jinete, sin duda lo habría perdido en algún lance de la batalla, pero sus ojos níveos destilaban tal odio, que ni todo un ejército habría podido contener su ímpetu. Sin embargo él se plantó sereno ante las garras de la bestia y la desafió con la mirada. La criatura bramó, desplegó sus alas y mostró sus fauces chorreantes de saliva. El volcán volvió a temblar bajo sus garras y un nuevo géiser de fuego brotó desde la cúpula desgarrada. Un simple salmo de poder bastó para contener el ímpetu de aquella cascada de fuego, provocando que la riada se abriera ante una cúpula invisible de magia concentrada. Obviando el dolor infringido cuando la carne comenzó a cocerse bajo las piezas metálicas de su armadura, fundiéndose y licuándose con el acero, elevó sus lunaris hacia un cielo tintado de esmeralda, y encaró a la bestia. Las fauces de la criatura se abrieron y un rugido sordo surgió desde lo más profundo de su garganta, restallando en todo el valle. Las hojas resplandecientes de sus sables respondieron a la llamada de la muerte. De pronto el suelo comenzó a resquebrajarse, y antes de que pudiera llegar a hacer nada, un violento terremoto partió la ladera del monte por la mitad, provocando que una gran cascada de fuego bañara la meseta.

Relato Fantástico - Renacer Maligno (II) Los alaridos desesperados de los malditos por el Karkang se entremezclaron con la efervescencia de los cuerpos al ser consumidos por la lava. Sin embargo él seguía atrapado por la mirada del gran blanco, abocado a una contienda que supondría un último resquicio de azar divino en la dura pugna de la vida y la muerte. Movido por la ira, arrojó uno de los lunaris con todas sus fuerzas. La hoja curva hendió el aire y golpeó al dragón en el ojo derecho, desgarrando su blanca retina. La bestia bramó dolorida y se retorció en el aire cegada por una cortina de sangre, pero sus alas se batieron con tanta fuerza que el pequeño emisario de muerte se vio obligado a recular.
Una nueva grieta se abrió entre sus piernas y sintió como gotas de caldo incandescente bañaban sus muslos. Sintió nuevas cotas de dolor, nuevas cotas de sufrimiento. Aun así logró soportarlo y, en un postrer esfuerzo, logró alcanzar la estabilidad. El gran blanco rugió, mostrando la gangrena que desgarraba su ojo derecho y lanzando chorros de viento gélido entre sus fauces babeantes. Pero tal era el calor que consumía la esfera más alta del volcán, que incluso el aliento gélido de la bestia acababa apagándose antes de rozar su piel bañada por el óleo curativo.
Dispuesto a no otorgar tregua, y notando como el firme se rasgaba una vez más bajo las garras de sus pies, saltó desde el precipicio, y empuñando en alto la brillante hoja de zafiro y diamante, alcanzó el largo cuello del titán. Éste bramó de nuevo ante la osadía de tan insignificante criatura, pero la pequeña larva no estaba dispuesta a rendirse. Clavando su lunaris entre las escamas del dragón, logró estabilizarse en el cuello cimbreante y remontar la escalada. La criatura alzó entonces el vuelo y salió disparada hacia las brumas negras, zafándose de las columnas de fuego y danzando entre las espurnas de los rallos argentes que vomitaban los cúmulos tormentosos. Mientras tanto el osado jinete seguía escalando, desafiando al torrente de aire caliente que trataba de arrancarlo del lomo de la bestia, clavando una y otra vez su acero en los anillos escamosos del dragón, encumbrándose hacia una cúpula que desde allá abajo parecía inalcanzable.

Continuará ...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de marzo del 2005