Ahí estaba yo, frente al panel de control y sin saber que hacer. Aquel viaje había resultado tremendamente complicado, con demasiados imprevistos. Cuando había ingresado al servicio estaba convencido de lo que la publicidad decía al respecto: viajes interesantes, mucha aventura, bellas mujeres, mucho tiempo libre y, por supuesto, muy buena paga. Nada podía decir de esto último pues se suponía que había acumulado varios millones, pero no había tenido aún la oportunidad de gastarlos. Aventuras había tenido, todas poco agradables. Y viajes, ¡eso sí! ¡Y ya estaba harto! Y sin tiempo libre, pues en el último viaje había pasado todo mi descanso, ocho meses, en la cámara de hibernación. Respecto de las bellas mujeres, lo más cercano a aquello había sido Dalila, de ojos verdes, pelo cobrizo, piel blanca como la nieve, senos erectos y cuerpo perfecto... Era la fotografía que Ron tenía en su casillero... Porque las dos únicas mujeres que había conocido en mis viajes eran de más de ochenta kilos y con cara de cangrejo, capaces de romperle a uno el cuello solo con el índice y el pulgar.
Sin embargo, nada de lo anterior se asemejaba a lo que estaba viviendo. Luego de haber orbitado por tres semanas una de las lunas verdes de Kattor, en la constelación de Las Hadas, todo comenzó a fallar. La misión era simple y rutinaria: debíamos acercarnos lo suficiente para poder tomar muestras de la superficie, hacer fotografías y videos, y enviar una sonda exploratoria para confirmar lo que pensaban los científicos en la Tierra, es decir, que era habitable.
Y lo era. En realidad el color verde provenía de estar cubierta de pantanos, lo que era una buena señal, pues significaba mucha agua. Además había oxigeno suficiente para poder ser respirado por los humanos. Pero la humedad era muy alta y la temperatura, de más de 40 grados, la convertía en insoportable sin los trajes adecuados. Cualquier cultivo debía desarrollarse en viveros especiales. Pero eso no era todo.
Porque donde hay vegetación, hay vida animal. Y algún tipo de animal fue el que destrozó la sonda. Ron decidió que debía ir a investigar personalmente. Le dije que era mala idea, que lo conveniente era tomar las muertas y largarnos, pero él era un aventurero nato. Ya en otras ocasiones nos habíamos enfrentado a situaciones parecidas y jamás Ron daba pie atrás.
Junto con Mik y Flanders, dos tipos endurecidos en combates galácticos, preparó una de las pequeñas naves de descenso y se dirigieron a la pequeña luna. Yo me quedé en los controles de la nave principal.
En principio todo marchó bien, hasta que encontraron la sonda. No estaba tan dañada como pensábamos.
-Es extraño -dijo Ron por el comunicador.
-¿Qué sucede? -le interrogué.
Hubo un largo silencio. Ron revisaba el aparato mientras Flanders y su colega investigaban la zona.
-No lo vas a cree, amigo -me dijo-, pero alguien lo desconectó.
-¿Qué? ¿Alguien? ¿Es que hay gente allí?
-No lo sé. Se supone que no. Eso fue lo que nos dijeron.
-El informe habla de vida primaria... -comencé a decir.
-Así es. Pero estos «primarios» abrieron la compuerta de energía y desconectaron los cables. La sonda no tiene un solo rasguño.
Quedé helado.
-¡Salgan de ahí! ¡Ahora! -grité por el comunicador.
-No te alteres. No podemos marcharnos hasta saber que sucedió.
Moví la cabeza negativamente.
-No. Salgan de allí. Primero haremos un sondeo profundo y después... después veremos.
Pero Ron no contestó. Insistí pero no obtuve respuesta. Comencé a preocuparme seriamente, aunque mi amigo tenía la costumbre de dejarme en el vacío. Sentí un nudo en el estómago.
-¿Ron? ¡Maldición! Si no me contestas te juro que bajo y te mato.
-No creo que sea necesario -escuché casi en un murmullo.
-¿Qué?
-Cállate un momento. Mik acaba de ver algo extraño...
Escuché una especie de zumbido agudo pero potente, seguido de una ráfaga.
-¡Qué sucede! -grité.
Seguí escuchando ruidos extraños alternados por ráfagas. De pronto escuché la voz de Ron que me dejó paralogizado.
-¡Cuidado Mik! ¡Detrás tuyo! ¡Nooo!
Ya antes había escuchado ese grito. Mik estaba en problemas serios. Escuché como Ron llamaba a Flanders y éste no contestaba.
-Ron, es necesario que vuelvas... -dije intentando conservar la calma.
Pero no obtuve respuesta. De pronto el comunicador dejó de emitir.
-¿Ron? Ron, por favor, contesta... Ron...
Me afirmé en los controles.
La comunicación estaba muerta. ¿Qué podía hacer en esas circunstancias? Recordé el sistema de seguimiento biomecánico y lo encendí. Todos nosotros tenemos un dispositivo en la espalda, inserto entre dos costillas, mediante el cual podemos controlar las funciones vitales a distancia.
La de Mik no daba señales. Flanders mostraba signos muy débiles. Ron, en cambio, emitía fuerte y claro. Revisé su sistema orgánico y no mostraba señales de algo grave. Flanders, en cambio, daba muestras de estar perdiéndose a cada momento.
Conclusión, Mik estaba muerto y Flanders lo estaría pronto. Ron estaba vivo pero imposibilitado de comunicarse. Me di cuenta que no tenía alternativas: debía bajar a buscarlos.
Puse todo el sistema en automático, indicándole a la computadora que de no volver en 48 horas, partiera de regreso a la Tierra sin esperarnos.
Después de eso me dirigí a la sala de armamentos. Iría preparado. Cogí dos pistolas Megatox con cuatro cartuchos adicionales, una «ralladora», especie de ametralladora que dispara proyectiles líquidos capaces de traspasar un blindaje Tordhel de ocho pulgadas, y guardé en los bolsillos suplementarios cuatro detonadores Surflax, de medio kilotón cada uno.
Me coloqué el casco de control visual programado. Casi sin pensarlo tomé un cuchillo Rambo y lo puse en la cartuchera de mi pantalón. No sabía en realidad para qué, pero uno nunca sabe.
No olvide el alimento y la medicina. Y una vez equipado me dirigí al cuarto de lanzamiento. La segunda nave de inspección estaba dispuesta. La computadora había programado el viaje y el aterrizaje cerca de donde provenían las señales biomecánicas. Guarde un panel portátil para poder seguir las señales e inicié el despegue.
Fue cosa de minutos. Al ingresar a la atmósfera del planetoide pude percibir el olor de un aire rancio, antiguo. Tuve la sensación de encontrarme en la Tierra, pero varios millones de años atrás, cuando la vida comenzaba a nacer.
La nave aterrizó con suavidad sobre una colina despejada. Era un lugar poco adecuado, pues quedaba al descubierto. Pero en esas circunstancias me pareció que era un problema menor.
Salí de la nave. Lo que vi era sorprendente. Mi primera impresión era correcta: la Tierra hace millones de años, cuando era un gran pantano, cubierto de una espesa bruma gris que, a los rayos del sol naciente, comenzaba a tomar un tinte rosa. Los violentos verdes de la vegetación eran hermosos. Y se escuchaban graznidos, rugidos, ruidos de toda clase de animales. Instintivamente llevé mi mano a una de las Megatox. Esas pistolas podían derribar un elefante de un solo disparo.
Saqué el seguidor de señales y lo encendí. Flanders había desaparecido. Solo quedaba la señal de Ron, fuerte y clara. Calculé la dirección y la distancia y comencé a caminar. Por precaución cerré mi casco. No quería que algún insecto desconocido me picara y resultara envenenado.
El visor del casco me indicaba todos los movimientos extraño, distancia, volumen, velocidad... Sin duda que había animales grandes allí. ¿Por qué los científicos no había dicho nada de ello? Quizás no los habían percibido desde la Tierra, lo que era extraño, puesto que habían encontrado bacterias en planetas más lejanos. Quizás la atmósfera del planetoide impedía un buen rastreo.
Dejé de pensar en ello y puse atención en mi camino. No era fácil. En ocasiones me hundía hasta la rodilla en el lodo. Gracias al casco podía evitar acercarme a cualquier animal que fuera de mi tamaño o superior.
De pronto quedé helado. Frente mío se elevó toda una colina, o algo parecido. Del fondo del pantano emergió un animal enorme que, pensé, debía tener unos cuarenta metros de largo, o más. Debía pesar más de quinientas toneladas. El visor del casco no lo había mostrado pues lo consideraba, por su magnitud, parte del terreno, por lo que decidí reajustar el sistema.
El animal se elevó hasta alcanzar las copas más elevadas de los árboles. El análisis del visor del casco me indicó que era vegetariano. Buena noticia, pues no me comería, pero podía aplastarme como a un escupo.
Di un largo rodeo para alejarme de aquella monstruosidad. Me encontré con otros animales, algunos carnívoros -o que podían clasificarse como tales- pero que no se acercaron a mí.
El panel me indicó que estaba bastante cerca de donde se encontraba Ron. Me dirigí con alguna ansiedad en esa dirección. Si Mik y Flanders estaban muertos, debía sacar a Ron y marcharnos rápidamente.
Casi corriendo logré cruzar un charco. Llegué a un lugar amplio bajo unos árboles enormes. El panel me indicaba que Ron estaba allí, pero no podía verlo. Busqué a mi alrededor, y nada. Entonces vi sobre la hierba una de sus armas. La tomé. Había sido disparada pues estaba vacía.
Entonces sentí un escalofríos. Alcé la vista y lo vi. Estaba colgando de una rama, cubierto por una especie de gelatina verdosa y transparente que se unía al árbol por una especie de hebra. Pude ver su rostro. Al parecer estaba dormido, pues la señal en el panel era fuerte y clara. Sus signos vitales indicaban que no tenía daño orgánico, ni sangramiento.
-¡Ron! -grité, pero no hubo señal de respuesta.
Busqué alguna forma de bajarlo de allí. Estaba a más de diez metros, por lo que si disparaba a la hebra que lo sujetaba a la rama, se mataría por la caída. Y no se me había ocurrido traer una cuerda. Tendría que volver a la nave a buscarla.
Por lo menos ya tenía marcado el camino en el visor del casco. Inmediatamente me puse en marcha y corrí lo más rápido que pude. En pocos minutos llegué a mi destino y extraje la cuerda y los ganchos explosivos, volviendo nuevamente a la carrera a buscar a mi amigo.
Pero no estaba. La capucha gelatinosa que lo envolvía estaba rota y chorreaba un líquido verde.
-¡Ron! -grité en varias direcciones.
Entonces escuché un ruido extraño. Bajé el visor del casco. Algo se acercaba rápidamente. Por sus características, parecía ser un tipo de arácnido, aunque no lo era, pues, cuando pude verlo, tenía una cabeza como de cerdo o jabalí y una larga cola que terminaba en punta y que movía con destreza. Calculé que sería un arma poderosa.
Saqué las Megatox y apunté. Esperé que se encontrara a pocos metros para no perder ningún disparo. Entonces le vacié encima la carga de ambas pistolas.
El bicho reventó y sus pedazos cayeron en todas direcciones. Inmediatamente recargué las pistolas. No estaba dispuesto a ser sorprendido sin tener como defenderme.
Saqué el panel y pude ver que Ron seguía vivo. Y no estaba lejos. Apenas un centenar de metros, pero se movía con rapidez. Pensé que quizás otro animal lo había encontrado y robado a su original captor que ahora estaba esparcido por varios metros a la redonda.
Debía darme prisa si quería encontrarlo con vida. Bajé el visor de mi casco y programé la distancia, agregando esta vez un análisis del terreno, indicándome así por donde estaba lo sólido, evitando tener que cruzar por las ciénagas pegajosas.
Fue una media hora de correr sin descanso. De pronto me detuve. Allí, en medio de un prado, estaba el cuerpo de Ron. El panel me indicaba que estaba vivo, pero inconsciente. Saqué una de las Megatox y me acerqué con cautela. El visor no me indicaba presencia extraña.
Me incliné sobre el cuerpo.
-¿Ron?
Su rostro no daba señales de sentir algo. Era como si estuviera drogado. Pensé que quizás el insecto, o lo que fuera, que lo había atrapado, le había inoculado alguna substancia que lo paralizaba. Es, por lo demás, un método corriente para mantener viva la prensa y así comérsela fresquita.
Puse el panel en el modo análisis. Me indicó la existencia de una substancia extraña, pero no logró determinar de qué se trataba.
-Bien, amigo -dije-, te llevaré de vuelta.
Y levantándolo, lo coloqué sobre mis hombros.
El camino de regreso resultó pesado. Aunque no avancé mucho. Algunos metros más allá el visor me indicó presencia extraña. Y lo era, realmente. Pues ante mi apareció una docena de tipos vestidos con pieles animales, como los primitivos terrícolas, con mazas y piedras atadas con sogas vegetales.
Nos quedamos observando un momento. Uno de ellos, de pelo cano y aspecto avejentado, se me acercó.
-Si quieres que tu amigo viva -dijo en perfecta lengua-, síguenos.
En un principio me sorprendió. ¿Cómo podían haber allí individuos que hablaran mi idioma? Pero el instinto de conservación fue más fuerte.
-Preferiría ir a mi nave -dije con firmeza.
El tipo me quedó mirando.
-Tu amigo fue infectado por una Graneta, que es un bicho terrible...
-Ya lo vi.
-Le inyectó una substancia que lo va a tener durmiendo no por mucho tiempo. Lo hace así para comer carne fresca. Pero luego de dos días esa substancia fermenta y el organismo se descompone totalmente en minutos. Y créeme que es algo horroroso.
-Pero...
-No tienes nada para contrarrestar ese veneno. Nosotros sí...
Recordé que el panel me había indicado que era una substancia desconocida. Si lo llevaba a la nave no tendría tiempo suficiente para hacer un análisis y crear un antídoto. Reconocí que no me quedaba otra opción que hacer lo que el viejo me decía.
-¡Espere! -dije-. Había otros dos...
-Fueron devorados -dijo el viejo sin inmutarse-. Sígueme.
Hice una venia con la cabeza y el tipo dio media vuelta y se puso a caminar. Seguí tras él y los demás se colocaron a mi espalda. Aquello me parecía extraordinario. Un grupo de seres humanos en un planetoide que se creía sin vida animal y que, además, hablaban mi idioma. ¿Qué significaba todo eso?
El camino por los pantanos no fue difícil. Ellos conocían bien el terreno y en pocos minutos nos acercamos a un pequeño poblado cobijado entre unas rocas enormes.
-Es nuestro pueblo -dijo el viejo-. Las rocas nos protegen de los animales grandes, y créeme que hay algunos muy grandes...
-Los he visto -dije.
-De los demás, nos defendemos nosotros.
No sabía que pensar. Allí estaba en un planetoide desconocido, rodeado de gente que, sin duda, eran humanos. ¿Cómo habían llegado allí?
Dos mujeres de edad se me acercaron y junto con otros hombres me ayudaron a bajar a Ron de mi espalda, colocándolo en una camilla hecha con ramas, llevándoselo hacia una de las casuchas construidas de barro.
-Ven conmigo -me dijo el viejo caminando hacia otra casucha.
El interior estaba muy limpio. No habían muebles de ninguna clase. Unas mantas de fibra vegetal en el suelo, algunos cuencos para comer y beber, un recipiente que servía para la iluminación, alimentado, sin duda, con algún tipo de aceite combustible... Era la edad de piedra. Pero todo ello se contraponía a la actitud y vocabulario de aquellos individuos.
Una muchacha se encontraba sentada en un rincón.
-Telia te atenderá -dijo el viejo cuando entramos. Después salió y descolgó la cortina de la entrada.
La joven debía tener menos de veinte años. Era morena, delgada y con un hermoso rostro de niña.
Sin decir palabra se me acercó y me ayudó a quitarme el casco y los arneses de las armas. Después echó agua en un cuenco grande y lo colocó delante mío para que pudiera lavarme la cara y las manos.
-Telia... -dije-. Un nombre extraño.
Pero la joven no habló. Se acercó a mí y quiso quitarme la casaca, pero le sujeté la mano. Me miró con unos hermosos y cálidos ojos pardos. Su pelo oscuro hacía resaltar la palidez de su rostro. Entonces retiré mi mano y la dejé hacer.
Quedé con el dorso desnudo. Entonces ella me indicó las mantas en el suelo. Me tendí sobre ellas. La joven se acercó a lo que había definido como una lámpara y la encendió frotando dos trozos de roca. Me pareció extraño que lo hiciera pues había aún suficiente luz natural. Pero no apareció ninguna llama. Una suave columna de humo se elevó hacia el techo y pronto un perfume dulce y calmante llenó el ambiente.
Cuando quise reaccionar ya era tarde. La vista se me nubló y me fue imposible conservar la consciencia. Sentí que caía en un adormecimiento profundo, pero exquisito. Sin duda algún tipo de droga placentera, el peor tipo, sin duda, pues termina uno acostumbrándose a ella.
La última imagen que pude ver, borrosamente, fue a Telia desnudándose frente mío. Entonces ya no pude mantenerme despierto...
*
* *
Un zumbido suave me despertó. Era como si alguien preparara jugo en una licuadora. La idea me hizo sonreír al pensar que allí, seguramente, no existían esos aparatos. Miré a mi alrededor. Estaba solo. Era de día y, al parecer, había dormido toda la noche. Busqué mi ropa pero no la encontré. Tampoco estaban mis armas. Comencé a preocuparme. Cuando retiré las mantas que me cubrían vi que estaba completamente desnudo. Entonces volví a cubrirme porque Telia entraba a la casucha.
Sin siquiera mirarme se arrodilló a mi lado y puso una pequeña fuente con un líquido blancuzco a mi lado. El aroma me pareció agradable, pero estaba reticente después de lo del humo.
-¿Dónde está mi ropa? -le pregunté-. ¿Y mi equipo?
Ella me entregó el cuenco para que bebiera. Después se puso de pie y se dirigió a un rincón de donde sacó unas pieles, pasándomelas.
-¡No esperarás que me vista con eso! -exclamé algo cohibido.
Pero ella continuó sin decir palabra.
Comencé a molestarme. Dejé el cuenco en el suelo y, cubriéndome con una manta, me puse de pie.
-¡Quiero mis ropa y mi equipo ahora! -dije en tono perentorio.
Ella me miró con fijeza y después salió de la casucha.
Pasaron los minutos sin que nada sucediera. Molesto por la situación me coloqué como pude las pieles que Telia me había dado. Sentí crujir mi estómago, así que decidí probar aquel líquido fragante. No era malo. En realidad parecía ser nutritivo. Si era alguna droga, ya no había nada que hacer. Lo bebí completo y salí.
Fuera había muchas personas trabajando en diversos oficios, todos primitivos, como curtir pieles, afilar piedras y otros menesteres por el estilo. Caminé entre ellos observando lo que hacían y buscando alguna señal de Telia o del anciano.
Este apareció desde una casucha y me hizo una seña.
-Su amigo se recupera -me dijo.
Entré a la habitación y vi a Ron tendido en el piso, desnudo. Tenía buen aspecto. Su piel estaba algo manchada pero no parecía ser grave. Dos mujeres permanecían sentadas junto a él, con unos cuencos a su lado y algunas varillas que, me pareció, eran las que habían marcado en cuerpo de mi amigo.
-Nuestra medicina es algo primitiva, pero eficiente -dijo el viejo-. Por los menos, siempre ha funcionado. Su amigo ha respondido bien y seguramente despertara en algunas horas.
-Quisiera saber que pasó con mi ropa y mi equipo -dije en tono algo molesto.
-La guardamos. No puede usar esas cosas aquí.
-Discúlpeme, pero...
-Debe entender que aquí no tenemos armas de ningún tipo. Están prohibidas.
-¿Prohibidas?
El anciano me hizo seña que lo siguiera. Caminó por un sendero hasta que llegamos a unas colinas suaves, cubiertas de flores. Entramos por un angosto desfiladero. Al llegar a cierto punto pude ver unas formas extrañamente familiares.
-¿Recuerda usted a la Stonegard?
El nombre me era conocido.
-Una nave que se estrelló hace varias décadas... -Entonces me dí cuenta de lo sucedido-. ¡Ustedes...?
-Así es. La nave no se estrelló. La aterrizamos aquí.
-Pero...
-El informe fue que quedó completamente destruida y todos sus ocupantes perecieron. Pero el asunto fue diferente.
Se sentó en una roca y miró al cielo, haciendo memoria.
-Eramos quince de tripulación y sesenta pasajeros. Todos pertenecíamos al Consorcio Colmard, que usted debe conocer...
-Trabajo para ellos... -confirmé.
-Todos en la Tierra trabajan para Colmard aunque no lo sepan. Es una empresa que comenzó modestamente, creada por Itan Colmard para suministrar medicina económica al planeta, hasta que cayó en manos de Solvan Calgary, un hombre enfermo cuya codicia enfermiza se sustenta en la codicia y estupidez de los demás. El mantuvo el nombre por la imagen benéfica de su fundador, pero la transformó completamente, monopolizando las comunicaciones, la investigación científica y tecnológica y creando un ejército privado equipado con armas de alta tecnología, superior incluso a los ejércitos de los países.
-Conozco todo eso -dije comenzando a interesarme en el asunto.
-Yo trabajaba para ellos. Soy... o quizás deba decir era, analista bioquímico. Mi nombre es Celar Mood. Con mi colega Dan Bytton estábamos a cargo de analizar y preparar ciertos compuestos. Dan era un tipo perspicaz y comenzó a sospechar que lo que hacíamos formaba parte de otro compuesto. ¿Por qué lo hacían preparar por laboratorios distintos? Eso lo puso en alerta.
Guardó silencio un momento. Yo me senté en otra roca frente a él.
-De alguna forma Dan logró traspasar la barrera de códigos del sistema e ingresar al central. Allí descubrió que lo que nosotros hacíamos lo unían a otros compuestos producidos en otros laboratorios. El producto final era una mezcla de alcaloides, depresivos y sustancias radiactivas sumamente poderosos.
-No comprendo. ¿Para qué tanta complicación?
Mood me miró fijamente.
-Una arma química -dijo casi en un susurro.
-Y, ¿qué efectos tenía?
-Devastadores. Pero no crea que asesinaba personas. Era peor que eso. O es... porque supongo que ha sido puesta en práctica.
Comencé a preocuparme. Todos los oficiales de la Consorcio eramos inoculados con varias substancias de las cuales desconocíamos todo.
-Pero, ¿que hace?
Mood afirmó sus manos en sus rodillas y se inclinó hacia adelante.
-Preconfigura ciertos aspectos genéticos. Descubrieron que era posible producir alteraciones mínimas en el ADN, localizadas y perfectamente definidas, para obtener ciertas respuestas específicas. Con este medicamento reorganizan una parte esencial del código que tiene relación directa con la voluntad.
Le miré con algo de incredulidad.
-Eso es algo increíble, ¿no cree?
-Lo parece, pero es real. Las personas inyectadas con esta substancia continúan comportándose de forma normal. El compuesto logra introducir cambios en cierta cadena genética para que esas personas obedezcan sin cuestionar una orden emanada de cierta matriz, y sólo de ella.
Yo me sonreí. Aquello parecía una historieta.
-Tómelo en serio, porque es verdad -dijo él en un tono que me convenció que hablaba completamente en serio-. Con este medicamento las personas pierden toda voluntad. Así puede la Consorcio tener trabajadores dóciles, empleados obedientes y soldados absolutamente fieles.
Comencé a ponerme nervioso. El viejo sonrió.
-No se preocupe. Ni usted ni su amigo están... «contaminados». Ya los analicé.
-¿Cómo? No veo que tenga equipo aquí para...
Me mostró su anillo, una circunferencia plateada. Al girarla se encendió una luz azul nacarada.
-Si existe radiación gama -me dijo- la luz se vuelve amarillenta.
Comprendí el asunto. Y el prosiguió con su relato.
-La cuestión es que Dan hizo un completo informe y lo envió al Ministerio de Higiene. Dos días después desapareció. Lo encontraron muerto en casa de unas prostitutas. Ello me dio la alerta inmediata. Dan jamás hubiera ido a una de esas mujeres por la sencilla razón que era impotente, un detalle que pocos sabíamos y que ellos pasaron por alto. Quisieron hacer creer que, en una borrachera, se había peleado con otros tipos que intentaron asaltarlo.
«Entonces decidí que tenía que hacer algo, pues sin duda que harían una «limpieza» para evitar cualquier filtración. Yo era su mejor amigo y, por lo tanto, el sospechoso numero uno. Y de allí nació la idea de enviar a la Stonegard a hacer un viaje de inspección a un lugar remoto. Claro está, la nave estaba preparada para autodestruirse en un momento y así hacer desaparecer a todos sin despertar sospechas. Para Calgary nosotros estamos muertos. Pero lo que no supo fue que nuestros ingenieros lograron desactivar el sistema de autodestrucción. Buscamos un lugar adecuado y encontramos este planetoide o luna, y decidimos quedarnos aquí. Pero, había que destruir la nave para evitar fuera localizada. Y eso hicimos. Y hace ya veinte años terrestres que estamos en este lugar a salvo... hasta hora.
Comencé a comprender lo que sucedía.
-¿Quiere decir...?
-Que no podemos dejar que ustedes se vayan. Nos pondrían a todos en peligro.
Sentí un escalofríos. No tenía la intención de pasar el resto de mi vida en aquel pantano apestoso, aunque la vida en la Tierra fuera más peligrosa. No estaba eso en mis planes. Quería cumplir con un par de viajes más y retirarme a disfrutar de mis ganancias. Pero, si era cierto todo lo que me contaba, lo más probable era que jamás terminaría con mi servicio. No con vida, por lo menos.
Y sentí que debía preocuparme seriamente. No quise darle señales de estar en desacuerdo, pero si me sometía sin alguna réplica sería aún más sospechoso. Por otra parte, quizás todo aquello no era más que un cuento de algunos bandidos que querían engañarnos y robar nuestra nave.
Entonces me preocupé seriamente. Ya fuera cierto o no, sin duda que perderíamos la nave.
-Creo que comete un error -le dije intentando ser lo más convincente posible.
-¿Por qué?
-Porque si no saben nada de nosotros enviarán otras naves. Este planetoide estaba siendo investigado desde la Tierra como posible lugar para establecer colonias.
-Entiendo. De todas formas me parece riesgoso. Hemos creado aquí una sociedad virgen, es decir, sin los contaminantes de la tecnología. Nuestra intención es producir avances a nivel intelectual, un mayor desarrollo de la inteligencia fundado en tres aspectos: la hostilidad del medio, la relación humana y la meditación. Hemos hecho grande avances a ese respecto y no queremos poner todo eso en peligro.
-Si nosotros regresamos -le expliqué- podemos entregar un informe adverso y así los dejarán tranquilos, pero si no, esté seguro que van a venir.
El anciano meditó un instante.
-Deberé plantearlo en el consejo. Mientras, disfrute de su estadía-. Concluyó y se marchó hacia la aldea.
Aproveché de acercarme más a los restos de la nave. Encontré una entrada e ingresé. Todo estaba oscuro, pero podían notarse los destrozos. Estaba inutilizada.
Salí de allí y me dirigí a la aldea. Entré a la choza donde tenían a Ron. Éste estaba tendido, flaqueado de las dos mujeres, y me miró sonriendo.
-¡Buena vida! ¿No? -dijo con alegría.
-Así parece -le dije al ver que las dos mujeres se sonreían con él.
-Un buen lugar para aterrizar.
-Pero lo pasaste mal -le dije-. Casi te mueres.
-Ya lo sé. Recuerdo aquel bicho espantoso. Lo peor es que Flanders y Mik...
-Lo sé... -dije suavemente.
Guardamos un momento de silencio. No era grato perder compañeros con los cuales uno viaja, pues en esas circunstancias se crean lazos muy fuertes.
-Pero, ¡en fin! Así es este trabajo -dijo y abrazó a una de las mujeres.
Pensé que lo mejor era retirarme.
-¿No quieres quedarte? -me dijo él-. Hay para los dos...
Y esbozó una sonrisa pícara.
-No, gracias -dije-. No estoy de humor...
Y salí.
Caminé por la aldea sin problemas. Nadie me vigilaba. Decidí dar una vistazo por los alrededores. Tras unas colinas cercanas encontré un hermoso estanque de aguas claras. Decidí que sería una buena idea darme un baño. Me quité las pieles y me zambullí. El agua estaba a una temperatura perfecta.
Estaba nadando cuando vi bajar por la ladera a Telia. Al llegar a la orilla se desnudó y se arrojó al agua, nadando hasta donde estaba yo.
Se quedó flotando frente mío, mirándome a los ojos.
-Te ves preciosa -le dije.
Ella se me acercó y poniendo sus brazos en mi cuello, acercó su rostro y me besó.
La separé suavemente.
-¿Eres muda o algo...?
-No -dijo riendo-. Solo que no hablo mucho.
-Eso esta muy bien en una mujer -dije como sarcasmo.
Ella sonrió y volvió a besarme. Sentía su cuerpo suave y cálido pegado al mío. Sin embargo, algo me mantenía en alerta. Me zafé de ella y nadé hasta la orilla. Ella me siguió.
Se tendió a mi lado.
-¿No soy de tu agrado? -me dijo sin mirarme.
No supe que decir.
-Eres muy de mi agrado -le aseguré-. Solo que en estos momentos... Todo lo sucedido... Estoy algo confundido.
-Lo entiendo -dijo ella y girando se colocó sobre mí-. Pero es mejor olvidarlo todo un momento -me dijo con suavidad con su boca casi pegada a la mía.
Me abandoné a la situación. Realmente Telia tenía razón. Quizás lo mejor era dejar de pensar un momento y olvidarse de todo. Y con ella podía olvidarme de todo... Seguro...
*
* *
La llamada de alerta cundió con gran velocidad. Inmediatamente todos en la aldea corrieron. Pero no había desorden ni pánico. Cada uno de ellos sabía lo que tenía que hacer. Me encaminé hacia el lugar de donde llegaban los gritos.
-¡Son los tagros! -gritó un tipo.
Me asomé por encima de una empalizada y los vi. Tenían cuerpo parecido a los toros, pero la cabeza era leonina, con mandíbulas como las hormigas. Su aspecto general me recordó a los mandriles. Y era toda una manada, de quince o veinte ejemplares.
Pensé que nada podían hacer contra esas bestias que medían más de dos metros en altura de lomo y debían pesar una tonelada. Pero me llevé una sorpresa.
Cuando estuvieron relativamente cerca, se escuchó un grito:
-¡Levanten!
Entonces todos tiraron simultáneamente de unas cuerdas vegetales que había en el suelo. Vi como frente a los animales se alzaban unos entramados de madera llenos de púas filosas. Los tagros cayeron en la trampa y muchos de ellos quedaron ensartados en la mortal empalizada.
Tres de ellos lograron pasar sobre sus compañeros y se lanzaron contra la segunda empalizada intentando derribarla con golpes de su dura cabeza. Entonces, desde el otro lado, los tipos sacaron largas jabalinas de afiladas puntas y los ensartaron. Dos de las bestias quedaron mortalmente herida, pero la última dio un golpe con sus patas traseras y la empalizada saltó hecha añicos.
Todos corrieron alejándose del lugar, pero uno de ellos tropezó. Vi como el animal lo tomaba con sus mandíbulas y lo trituraba por la cintura hasta cortarlo en dos. Luego se volvió y salió en veloz carrera.
Vi a Tenia corriendo hasta las chozas perseguida por la horrorosa bestia. No tendría posibilidad de sobrevivir. Entonces, sin pensarlo, tomé una de las jabalinas y corrí hacia el animal. Logré alcanzarlo cuando intentó saltar una carreta y cayó a un costado. Le clavé la primitiva arma en el cuello, pero me di cuenta que había cometido un error. Se levantó como si nada y se volvió hacia mí. Entonces me lancé en loca carrera de vuelta a la empalizada y la bestia me siguió, como queriendo vengarse de mi audacia.
Vi arder un fuego en el lugar donde curtían las pieles, y corrí hacia allá tomando unos leños encendidos. Después me lancé desde una roca hacia la empalizada, cayendo bajo ella. El animal me siguió y fue a parar casi sobre mí, pero una de sus patas quedó atrapada entre las maderas y, a pesar de los fuertes tirones, no podía zafarse.
Su mandíbula estaba a pocos centímetros de mi rostro y sus tarascones eran desesperado.
-¡Apestas! -le dije al sentir su tufo hediondo.
Arrojé el leño encendido sobre las maderas las que comenzaron a arder. En ese momento la bestia se volvió y yo aproveché de alejarme. Pero no pude ir muy lejos, pues de su boca salió una lengua larga, pegajosa y fuerte como la trompa de un elefante que me atenazó por el cuello.
Intenté soltarme, pero no podía y como apretaba cada vez con mas fuerza, comencé a asfixiarme. El fuego había cundido y el animal comenzaba a sentir el calor, lo que hacía aumentar su furia.
La vista comenzó a nublárseme. Sentí que estaba perdido, pero en ese momento la lengua del animal cedió. Vi como Telia, desde la roca, golpeaba la lengua de la bestia con una afilada piedra.
Inmediatamente aparecieron otros tipos que con sus jabalinas atravesaron al animal que ya comenzaba a chamuscarse. Me ayudaron a salir de allí y regresamos a la aldea.
Mood se me acercó.
-Es usted muy valiente... -me dijo-, pero algo estúpido.
-Estoy de acuerdo -le dije intentando hablar bien a pesar de tener la garganta congestionada.
Telia se me acercó y me besó en una mejilla. Su mirada fue para mi de gran satisfacción. Después me ayudó a ir hasta la choza, donde me dio a conocer todo su agradecimiento. Me dije que había valido la pena el riesgo...
*
* *
-Todo esto es muy extraño -le dije a Ron cuando estuvimos solos.
-No te entiendo.
-El viejo, Mood, me contó una historia algo increíble...
-Si. La conozco. Pero no me extrañaría de Calgary algo así. Se dicen muchas cosas...
-Ron, por favor. La gente siempre hace comentarios...
-Pero «si el río suena...»
Guardé silencio.
-¿No quieres salir de aquí? -le pregunté directamente.
Ron me miró fijamente.
-No por el momento. Estamos pasándola bien, ¿no?
-Eso es lo que me preocupa. Es demasiado bueno. Mujeres jóvenes, buena comida, nada que hacer... ¿Cuándo terminarán las vacaciones?
-Dex, por favor. No eches a perder la fiesta. Siempre estás sospechando de todo...
-Y eso me mantiene vivo.
-¿No puedes disfrutar de la situación por el momento?
-¿Y tú crees que nos dejarán ir?
Un brillo de inquietud pasó por los ojos de Ron.
-Quizás tengas razón. Pero...
-Pero, ¿qué?
-Si tienen razón respecto de lo de la Consorcio Colmard, preferiría quedarme.
-Estás pensando con el miembro -le dije duramente.
-Quizás. Ya sabes como soy... Pero, un lugar es tan bueno como otro... Aunque este es mejor que otros que he conocido...
-¿Por cuánto tiempo?
Ron guardó silencio un momento.
-Puede que estés en lo cierto. No sé. Déjame pensarlo. Además, ¿cómo saldremos de aquí?
-La nave de investigación está en una colina...
-No. La trajeron ayer.
-¿Qué?
-La estaban desmantelando.
Se me heló la sangre.
-¿Dónde?
-Donde tienen la otra nave. La dejaron allí.
-Esto es grave, Ron. ¿por qué no me lo dijiste? Debemos hacer algo.
Dio un suspiro profundo.
-Si. Creo que tienes razón. Nos están convirtiendo en prisioneros.
Miré hacia el exterior de la choza. No se veía a nadie. Entonces salimos con cautela y nos dirigimos al barranco.
Entre unos matorrales, semioculta, estaba nuestra nave. No le habían hecho mucho daño. Comprobé que sus sistemas funcionaban.
-Debemos encontrar nuestro equipo -dije a Ron.
-Seguramente lo dejaron dentro de la otra nave -dijo éste y tomando una linterna se dirigió hacia allá.
Le seguí. Recorrimos un buen tramo sin encontrar nada. Ron buscó en una dirección y yo en la otra, pero sin resultados.
-Bien. No importa -dije-. Tomemos el vehículo y volvamos a nuestra nave.
Salimos. El sol me dio en rostro. Solo vi una figura frente mío que no logré identificar hasta que me habló.
-¿Buscan su equipo?
Era Telia.
Me coloqué en otra posición para poder observarla sin el resplandor del brillante sol del planetoide.
-¿Qué haces aquí? -le pregunté bruscamente.
-Te estaba siguiendo.
Ron se colocó cerca de ella y me sonrió con malicia.
-¿Sabes donde están nuestras cosas? -le interrogué.
-Si.
-¿Dónde? -le preguntó Ron.
-Se los digo solo si prometen sacarme de aquí, llevarme con ustedes.
Con Ron nos miramos.
-¿Quieres irte? -dije con incredulidad.
-No soporto vivir en este basurero -dijo ella con rabia-, rodeada de alimañas... ¡Estoy harta de todo esto!
Ron soltó una carcajada.
-Ella conoce el lugar mejor que nosotros -dijo.
-Pero Mood... -comencé a decir.
-Mi padre vive de sueños -me interrumpió ella.
-¿Tu... padre?
-¿No lo sabías?
Con Ron nos miramos.
-El piensa en un lugar idílico de paz y bondad y no quiere ver lo que sucede. La mayoría quisiera volver a gozar de los beneficios de la corrupta sociedad tecnológica. Aquí vivimos pendientes de nos ser devorados por algo. No quiero esto.
-Pero, ¿que va a decir tu padre?
-Nada. No podría impedírmelo.
-Pero a nosotros quizás sí -dijo Ron.
-No -nos explicó ella-. No tienen formas de detenerlos si ustedes están armados.
-No vamos a usar nuestras armas contra ellos -le aclaré-. Sería abusivo.
-No tienen que hacerlo. Además, podrían convencer a muchos otros de irse con ustedes. Mi padre lo sabe y, por lo tanto, no impediría que se fueran, mientras lo hicieran solo.
-Comprendo -le dije-. Está bien. Te llevaremos con nosotros.
-¿Lo prometes? -dijo ella acercándoseme.
-Te lo prometo -le confirmé.
Ella nos miró por un momento mientras se convencía de mi sinceridad. Después caminó hasta cerca de la nave, movió unos matorrales y extrajo nuestros trajes y equipo. Nos vestimos rápidamente y nos preparamos para abordar nuestro vehículo.
-¡No lo hagan!
Era la voz de Mood desde la colina. Le acompañaban unos treinta tipos armados de garrotes.
Me dirigí hacia él.
-Debemos irnos. No podemos quedarnos aquí.
-Nos ponen a todos en peligro.
-¿Y nos quiere secuestrar? ¿Que lo diferencia entonces de Calgary?
El tipo se me acercó y me miró fijamente.
-Sé que no es correcto lo que hago, pero no tengo alternativa. Si saben que seguimos vivos nos vendrán a buscar. No pueden permitir que contemos lo que hace Calgary en sus laboratorios..
Ron tenía las manos en sus Megatox.
-Lo entiendo -le comenté-. Le prometo que daremos un informe negativo que no les dará a ellos deseos de venir...
-Pero se llevarán a mi hija...
-Ella quiere ir.
-¿Y cómo van a explicar su presencia?
Buena pregunta, pensé.
-Le dí mi palabra -le expliqué-. Buscaré una forma de justificarlo...
Mood me miró casi con desesperación.
-Si se quedan, vivirán felices, se los aseguró. Si se van, firmarán nuestra sentencia de muerte...
Pero no alcanzó a decir nada mas. Uno de sus hombre dio un grito. Le miramos mientras él indicaba hacia el cielo. Una enorme nave se acercaba al lugar. Cerré mi casco y el visor me indicó que era una nave de la Consorcio.
-¡Estamos perdidos! -dijo Mood con resignación-. Creo que siempre supe que esto sucedería en algún momento -se lamentó.
-No se apresure -le dije-. Quizás nos buscan a nosotros solamente...
Solo percibí el destello. La explosión posterior me arrojó de bruces. Me levanté casi de inmediato y me volví hacia Ron, pero no lo vi. Corrí hacia el lugar y al momento vi a Ron y Telia. Estaban en el suelo, inmóviles. Ron tenía perforado su traje y veía salir mucha sangre. Sus ojos fijos en el vacío me indicaron que no había nada que hacer. La muchacha tenía el cráneo destrozado y el rostro desfigurado. Tampoco tendría ya posibilidades. Me incliné junto a ambos. Mood se me acercó con los ojos fijos en su hija muerta. Yo levanté la mirada.
Un nuevo destello y escuché una explosión lejana. Los gritos me hicieron darme cuenta que la aldea había sido alcanzada. Después de ello el ataque no se detuvo. Por un momento las explosiones se hicieron cada vez más seguidas. A ese ritmo no quedaría nadie vivo en pocos minutos..
Mood se me acercó.
-Ya no importa -me dijo con resignación fatalista-. Creo que los enviaron a ustedes como señuelo. Era una trampa.
Corrí hacia el la nave de servicio y vi que había sido levemente dañada. Encendí la pantalla. Lo que vi me erizó los cabellos. Nuestra nave principal estaba en llamas: había sido destruida. Dos naves más orbitaban el planeta en caso de ser necesarios refuerzos. Frente a lo primitivo de aquellas personas, eso resultaría innecesario.
Me di cuenta que no podía hacer mucho con aquel vehículo sin armamento. Sería un blanco sencillo. Corrí hasta donde se encontraba Mood con sus hombres. El viejo había arrastrado a su hija muerta hacia un lugar seguro y la abrazaba como esperando alguna respuesta de ella.
-Lo lamento -dije-. No tenía idea...
-Lo sé. Han sido utilizado, como todos.
Entonces me entró una ira incontenible. Miré a la nave de ataque y vi que comenzaba a descender.
-Creo que podemos hacer algo -dije.
-¿Contra ellos?
-Están descendiendo. Eso quiere decir que vendrán tropas a buscarnos.
-¿Y qué podemos hacer?
-Diga a sus hombres que se dejen ver y corran por el barranco, pero que den la vuelta hacia la nave.
-¿Con qué propósito?
-Apoderarnos de ella...
-¡Usted está loco! -gritó Mood.
Uno de los tipos se nos acercó.
-No tenemos otra alternativa -dijo-, sino morir aquí. ¡Peleemos!
-Está bien -aceptó Mood encogiéndose de hombros-. ¡Hagámoslo!
Colocó a su hija con cuidado en el suelo y la besó en la frente.
-Deberán moverse rápido -les expliqué a los otros.
Inmediatamente me dirigí a una de las laderas y coloqué un detonador Surflax, activando su sistema coordinado con mi casco.
Los hombres de Mood se lanzaron a correr en dirección opuesta y les seguí. Los soldados aparecieron en la cima y comenzaron a bajar por la cañada. Podía ver en el visor de mi casco que se acercaban al detonador. Eran unos cuarenta tipos disparando contra nosotros. Varios de los nuestros cayeron atravesados por los proyectiles.
Cuando estábamos a distancia suficiente activé el detonador. Una explosión formidable hizo saltar la ladera, la que se derrumbó sobre los soldados. Ninguno lograría salir de aquello.
El problema era que estábamos lejos de la nave y, al ver aquello, sin duda despegarían y comenzarían un ataque de aniquilamiento. Tome mi «ralladora» y ubicándome sobre una colina, apunté hacia la nave. Si lograba darle a uno de los motores podría evitar su despegue. El visor del casco me indicaba que no había distancia adecuada para un disparo. Pero no tendría otra oportunidad. Coloqué el disparador en máxima potencia y apreté el gatillo.
Vi como el proyectil líquido comenzaba a dispersarse antes de llegar a la nave. Cuando la alcanzó pensé que nada sucedería, pero gracias a la misma dispersión, el golpe, aunque no era grave, la obligó a descender al desequilibrar uno de sus motores.
Me lancé a la carrera. Saqué mis Megatox pues sabía que descenderían más hombres para proteger su nave. Era el procedimiento en esas circunstancias. Y así lo hicieron.
Una docena de soldados bien equipados bajó por la rampa. En mi posición ello me daba ventaja. Fue casi como cazar patos. Cuando se dieron cuenta que no tenían oportunidad volvieron al interior. Sin duda que bajarían un tanque TRP de ataque, con cañón de largo alcance. Si lograban hacerlo no tendríamos muchas oportunidades.
Les indiqué a los demás que retrocedieran.
-Debo destruir el tanque -dije a Mood.
-¿Cuál?
En ese momento apareció disparando hacia donde detectaba movimiento.
-¡Ese! -exclamé-. Lleve a sus hombres a la cañada -e ordené.
Me obedeció de inmediato. Dejé que el vehículo se acercara. Hice algunos disparos con la «ralladora», pero el blindaje térmico que utilizaba era demasiado resistente. No tenía alternativa. Enterré otro detonador donde me encontraba y corrí por la cañada, tras los demás. Les indiqué que me siguieran, y dando un pequeño rodeo, nos ubicamos en una hondonada. Entonces, cuando el tanque pasó sobre el detonador, lo activé.
No quedó nada. El vehículo estaba pulverizado por la onda calorífica concentrada.
Todos lanzaron un grito de alegría.
-No hemos triunfado -les advertí-. El asunto se pone más grave -les expliqué-. Ahora vendrán otras dos naves que están orbitando el planetoide. En diez minutos eraremos liquidados si no logramos hacernos de esta nave.
No había nada que decidir. Nos lanzamos a la carrera. Al parecer la destrucción del tanque los había sorprendido y no reaccionaron con la rapidez requerida.
Tenía que obligarlos a bajar la rampa si queríamos subir. El problema era que los soldados que quedaban darían pelea. Pero tenía un plan.
Me acerqué a uno de la paneles exteriores y con la ayuda de mi cuchillo Rambo saqué los tornillos. Tomé un puñado de cables y los arranqué. Sabía que aquello no provocaría gran daño a la nave, pero si volvería locas las consolas. Eso los obligaría a bajar.
Cuando la rampa se abrió y los soldados comenzaron a descender con sus armas listas para disparar, me vieron parado frente a ellos. Pero no hicieron nada, pues notaron que tenía otro detonador Surflax en mi mano.
-Dejen sus armas en el suelo -ordené.
-Si lo detonas, también morirás.
-Y ustedes conmigo. No tengo alternativa... Ustedes sí.
Se miraron entre ellos y tiraron sus armas.
-Digan a los demás que bajen. Si queda uno solo allí, soltaré el disparador. Entonces a nadie nos va a importar el asunto.
Inmediatamente los hombre de Mood tomaron las armas de los soldados y los obligaron a ellos a reunirse lejos de la nave. El resto de la tripulación bajó atemorizada.
-Traigan a los sobrevivientes para que suban. ¡Rápido! Y quítenle los cascos a los soldados.
Sabía que teníamos poco tiempo. Una vez que aparecieran las otras dos naves, nuestras posibilidades se reducirían al mínimo.
Me ubiqué en los controles. Las luces parpadeaban por todas partes, pero sabía que no tenía que hacerles caso. Simplemente activé los motores y los coloqué en máximo impulso. Eso podía lanzarnos al espacio o reventaríamos como un globo, pero no tenía mucho tiempo para tomar decisiones.
-¡Todos a bordo! -gritó Mood.
Entonces bajé la palanca principal. Los motores rugieron con estruendo lanzando cantidades de tierra y fango. La nave comenzó a estremecerse peligrosamente, pero fue elevándose cada vez más rápido. Confiaba que los soldados no se hubieran comunicado con las otras naves informándoles de lo que sucedía, pero no fue así.
Un disparo nos dio de lleno en el casco, haciendo saltar una sección. Logré hacerla girar para esquivar un segundo disparo. Entonces hice algo que había practicado muchas veces en el simulador, pero jamás intentado en la realidad ya que no estaba permitido por su peligrosidad; le di toda la potencia al motor de proa haciendo que la nave se colocara casi verticalmente. Cuando alcanzó los 77 grados encendí los motores de popa y, luego de remecerse violentamente, dio un salto, junto en el momento que la tercera nave hacía su aparición y disparaba contra nosotros.
Mantuve el impulso varios minutos. Debía salir de la gravedad del planetoide si queríamos sobrevivir. Las otras dos naves advirtieron mi intención y comenzaron a seguirnos sin dejar de disparar. Nuestra nave se estremecía violentamente, amenazando con despedazarse por el esfuerzo. Activé los escudos pero sabía que no serviría de mucho. Solo necesitaba unos minutos para lograr separarnos de la gravedad. Entonces podría maniobrar como acostumbraba.
Un disparo nos desvió algunos grados y nos puso en posición de disparo de la otra nave. Si daban en el blanco nos dañarían seriamente. Entonces, forzando al máximo los motores, la hice girar en el mismo sentido que íbamos pero a mayor velocidad, esquivando el disparo. Pero aquel giro nos colocaba en una posición complicada, pues no me permitía dirigir los cañones para poder responder a ataque.
-¿Que podemos hacer? -preguntó Mood.
-No hay otra opción que volver a la atmósfera -expliqué.
-¿Pero...?
-Lo haremos de frente...
-¡Nos vamos a incendiar!
-Es probable. Pero en esta posición no podemos defendernos y si las otras naves se colocan adecuadamente, nos harán pedazos. Si logro que me sigan, el calor del roce nos cubrirá. Los cañones no tendrán un objetivo concreto.
-¿Y qué haremos luego?
-Soltar la cola... -dije.
Mood me miró como si yo estuviera loco. Pero no dijo nada. Era una acción desesperada sin más opciones. Se sentó a mi lado.
-¡Cuando diga! -me dijo con seguridad.
Nuestra nave entró a la atmósfera y comenzó a generar una onda de calor intenso. Ex profeso disminuí la velocidad para que las otras naves se acercaran. Una de ellas se colocó justo en nuestra cola, pero la otra iba algo más atrás y arriba. Tenía pocas posibilidades de liquidar a ambas; solo si, para evitar el choque, la primera alzaba la proa y estrellaba a la otra. De todas formas, una que cayera ya era algo, pues la otra quizás tomaría medidas defensivas, dándonos tiempos de escapar.
Pero nuestra nave temblaba peligrosamente, a la vez que la temperatura alcanzaba niveles críticos.
Cuando lo creí oportuno ordené a Mood:
-¡Suelte la cola!
Este accionó el dispositivo y una serie de explosiones programadas dividió la sección trasera de nuestra nave. Toda esa chatarra se interpuso a la nave que que nos perseguía que intentó esquivarla, pero la golpeó de lleno en la metálica panza, lanzándola hacia la otra nave, la que hizo un giro desesperado.
La primera, al tener incrustada la cola de la nuestra nave, colapsó, explotando violentamente. La segunda, alcanzada en uno de sus costados, perdió la dirección.
Yo logré reducir el ángulo de caía y volví a elevarnos, con más facilidad, por estar más liviana sin la sección posterior. Entonces di un giro y me dirigí de lleno a la nave sobreviviente.
-¡Démosle con todo! -grité-. No tendremos otra oportunidad.
Operamos todos los cañones y el lanzador de misiles. La descarga era formidable y la nave enemiga no pudo resistirlo y decidió retirarse con varias secciones destrozadas. Habíamos logrado una victoria, pero el costo había sido alto.
-Nos queda muy poca agua y alimento -dijo uno de los tipos de Mood-. Estaba todo en la cola que desprendimos.
-¡Buena la hicimos! -dijo Mood-. Nos salvamos de morir achicharrados para morir de sed y hambre.
-No dramaticemos -dije-. Racionemos lo que hay y busquemos algún sitio donde poder proveernos.
-¿Conoce algún supermercado cerca? -dijo Mood en tono irónico.
Le indiqué una pantalla.
-En una semana -dije- podemos alcanzar Janza, un planeta algo inhóspito, pero bien abastecido por los piratas.
-¿Y con qué piensa pagarles? Es decir, si no nos asesinan. No creo que reciban amistosamente una nave de la Consorcio Colmard.
Sabía que era cierto. Además, personalmente tenía algunas cuentas pendientes allí y, con toda seguridad, tendría que andar con mucha precaución.
-Buscaremos algo.
Guardamos silencio un momento. Yo pensaba en Ron, un amigo que muchas veces me había sacado de situaciones difíciles. Ya no podría contar con él. Seguramente Mood pensaba en su hija.
-¿Que haremos luego? -quiso saber él.
Suspiré.
-¡La Tierra! Hay un trabajo que hacer...
-Si... -dijo quedamente Mood-. Creo que es la única solución...
CRONOLOGÍA SIGLO XXI
2050: Se instala la primera base lunar con fines poblacionales.
2068: Se instalan bases en lunas de Júpiter y Saturno. A fines de ese año estalla la Rebelión de los Encausados, un grupo de países que se niega a aceptar formar parte de la Confederación de Naciones, pero son derrotados.
2072: Se crea la COMUNA o Consejo Mundial de Naciones, un gobierno federado mundial. Ese mismo año el científico Celik Quam descubre las posibilidades de uso práctico del PMT o Pulso Magnético Temporal al producir un material sintético, el Kolmio, con el cual se fabrican baterías capaces de generar un tera voltio por milisegundo.
2075: Se produce la primera gran hambruna. Un tercio de los 10 mil millones de habitantes del planeta sufre de subalimentación. La COMUNA ve en el Kolmio la posibilidad de impulsar naves a otros sistemas susceptibles de ser poblados y encausa sus esfuerzos en ello.
2077: Los primeros experimentos en la utilización del Kolmio son un fracaso. Las naves reciben un impulso tan gigantesco que se desintegran.
2081: La ingeniero Hila Malin descubre que las baterías de kolmio generan una gran cantidad de entropía de alta densidad. Inventa entonces el Condensador Entrópico, capaz de encausar esa energía, creando un escudo térmico de gran resistencia. Las naves soportan perfectamente el impulso Quam. Se produce la segunda gran hambruna. Quinientos millones de personas perecen de hambre.
2083: Janik Kamarko, físico espacial, descubre que el impulso Quam es capaz de superar muchas veces la velocidad de la luz al generar vórtices espacio-temporales. Aplicando las teorías de Einstein, las naves son capaces de pasar a diferentes "planos" del espacio al comprimir el espacio-tiempo en un punto.
2086: Las primeras naves de prueba alcanzan distancias impensadas hasta ese momento. Se descubren nuevos planetas y planetoides habitables.
2090: Se inicia la colonización de la galaxia.
CRONOLOGÍA SIGLO XXII
2102: La COMUNA es reemplazada por el Consejo Galáctico. Más de dos mil planteas, planetoides y satélites naturales han sido colonizados. Contrariamente a lo supuesto, no se encuentra vida similar a la humana en ninguno de ellos.
2107: El CG establece el DDG (Decreto de Distribución de Gestiones) que organiza las nuevas colonias en el sentido económico, permitiéndoles ciertas actividades y prohibiéndoles otras. Toda la producción de fuentes de energía y armamento quedan prohibidos fuera de la Tierra.
2111: Trescientas colonias se unen en contra del CG en la Primera Guerra Galáctica. Ochenta de ellas son arrasadas y el resto se somete.
2118: Segunda Guerra Galáctica. Cuatro poderosas colonias logran el respaldo de más de 70 por ciento de las demás. El CG, precaviendo una derrota, decide transar. Se elimina el DDG a cambio de un tratado galáctico. Las colonias adquieren autonomía, creando el Consejo Colonial con amplia representación.
2125: Se descubre que los habitantes de las diferentes colonias sufren mutaciones a consecuencia de sus nuevos ambientes. Se inicia la Gran Depuración.
2138: Termina la Gran Depuración. De las cinco mil colonias que habían llegado a establecerse, dos tercios deben ser evacuadas por las consecuencias mutacionales. En muchas de ellas las poblaciones deben ser extinguidas pues habían sufrido cambios negativos imposibles de revertir.
2142: Se crea la OGCC (Oficina Galáctica de Control Colonial) encargada de definir los lugares habitables que no representen peligro mayor.
2150: Un golpe de estado en la Tierra derroca al CG e intenta crear un Imperio Galáctico, con apoyo de los "albis", fanáticos terrícolas que consideran a los colonos como seres inferiores. Los apoya la Iglesia de Gala, la más poderosa institución religiosa. Ese mismo año se inician ataques contra todas las colonias que no habían permitido establecerse a la Iglesia de Gala.
2155: Las colonias son divididas y organizadas para evitar su rebelión, pero cincuenta de ellas logran confabularse contra la Tierra. El Imperio destruye a varias.
2158: La Batalla de las Tres Luces. El Imperio intenta derrotar definitivamente a los rebeldes cerca de la Constelación de la Tres Luces, donde se suponía estos tenían aglutinadas sus fuerzas. Es enviada la más poderosa flota, pero todo era un engaño. En cuanto la flota comienza el ataque se dan cuenta que las fuerzas rebeldes son mínimas. La parte principal se había dirigido a la Tierra y el Imperio debe rendirse para evitar la destrucción. La Gran Flota es desmantelada de inmediato.
2160: Se restablece el CG y se crea una flota federada de mando unificado. Esto termina con los conflictos al reorganizar todo el sistema. La Tierra pierde todos sus privilegios y se constituye en la Capital Galáctica como mera formalidad tradicional.
CRONOLOGIA SIGLO XXIII
2161 al 2221: El nuevo orden trae paz y prosperidad. Continúa la colonización y la mayoría goza de buena situación. El año 2203 nace el Consorcio Colmard creado por Itan Colmard, inventor de la Vacuna Universal, capaz de curar todas las enfermedades conocidas, además de perfeccionar las batería de kolmio y el escudo térmico.
2225: Colmard entrega el mando del Consorcio a Solvan Cálgary. En cinco años logra controlar prácticamente todas las principales actividades productivas de la Confederación Colonial. Su esfuerzo se encauza a la fabricación de armamento y los experimentos genéticos derivados de las experiencias mutacionales.
2230: Se inicia lo relatado en la Crónicas Galácticas.
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