—Hoy es Halloween, Capitán.
—¿Cómo dices?
—Halloween; la noche de los muertos, según el calendario terrestre —informó Balkre, mientras continuaba entonando una dulce canción rascando con sus dedos metálicos las cuerdas de aquella guitarra—. Resulta cuanto menos casual que en la noche de los muertos vayamos a entrar en una colonia repleta de ellos.
—¿Casual, dices? Cada vez me pareces menos un robot, Balkre. Estamos a bordo de una fragata pirata y nuestro trabajo es matar por el botín. Es habitual para nosotros tratar con los muertos. ¿Qué tiene de especial que coincida este abordaje con una antigua creencia terrestre?
—Capitán Ekner, tiene usted razón en este aspecto, pero cabe decir que nunca nadie había abatido una colonia humana entera. La cantidad de muertos que veremos hoy será inmensa, y que ahora sean las 00:27 del 1 de Noviembre según el cómputo terrestre, me resulta una coincidencia resaltable.
—¿Por qué ese interés tuyo en el planeta Tierra, Balkre? —preguntó Akkera, una mujer pirata de suma confianza del Capitán—. ¿No se trata de ese mundo decadente de Alpha Centauri?
—Exacto. Está situado en el sector Sirio, y fue la cuna de la humanidad, y por tanto, la cuna de los robots. He estudiado su historia y sociedad y ambas son sorprendentes. Este bello instrumento, por ejemplo, lo he reconstruido según los datos enciclopédicos del planeta. Es una guitarra española, muy anterior a los sintetizadores de sonido y sin embargo, estos armónicos primitivos todavía me fascinan.
—Tú y tu guitarra… —musitó el Capitán Ekner.
De pronto, las luces y los instrumentos del puente de mando de la fragata Valeria parpadearon durante diez segundos. Tras recuperarse el control habitual, se realizó el autochequeo de la nave. La dulce voz femenina de la fragata Valeria informó que no hubo daños en el sistema.
—Han sido los residuos electromagnéticos de la necrobomba, Capitán —informó Weiss, el ingeniero jefe—. Al explosionar sobre la Colonia Arvunil ha provocado una nube iónica realmente densa. Quizás debiéramos esperar un par de días y estudiar los efectos del chubasco iónico antes de abordar la Colonia.
—No podemos, Weiss —dijo el Capitán Ekner con la mirada fija en la Colonia Arvunil—. Nuestro modus operandi no debe variar. Debemos entrar cuanto antes, coger lo que podamos y limpiar nuestro rastro. Si esperamos dos días corremos demasiados riesgos de ser descubiertos. Es ahora o nunca. ¿Qué opinas tú, Balkre? ¿Qué te dicen tus sensores? ¿Será peligroso para la Valeria si se adentra más en este chubasco iónico? ¿Balkre?
Balkre estaba tendido en el suelo, como inconsciente o, mejor dicho, como desconectado. Varios tripulantes se acercaron hasta él, pero antes de que llegaran a tocarle, éste se levantó y se incorporó, aunque presentaba síntomas de desorientación. Balkre se recuperó y argumentó que su shock había sido provocado por el propio chubasco electromagnético, pero que estaba de nuevo en perfecto funcionamiento.
—Sin duda podemos entrar, Capitán —informó el robot—. El chubasco iónico puede alterar temporalmente los sistemas de la nave o incluso mi propio cerebro positrónico. No obstante, no se causarán daños permanentes, ni disfunciones mayores de las que ahora se han sufrido. Los escudos de la Valeria se levantan rápido y el sistema se restablece en menos de veinte segundos.
—Entonces queda todo dicho. Abordemos la Colonia Arvunil ahora mismo.
La fragata Valeria atracó en uno de los espaciopuertos de la Base Colonia de Arvunil. Tras comprobar con el scanner de pulsos E.M. que la necrobomba había inutilizado tanto los cerebros humanos como los positrónicos de los robots Arvunilianos, los piratas entraron en varias avanzadillas, distribuyéndose por varios sectores de la Colonia Espacial para saquearla. En la nave sólo quedaron seis tripulantes, entre los cuales se contaban dos robots.
Los piratas estaban ataviados con biotrajes de asalto, los cuales estaban tan vivos como sus portadores y se amoldaban al cuerpo según lo requería la situación. En fase de reposo, el biotraje permanecía semiabierto, haciéndose más cómodo, pero cuando detectaba hostilidades, la multitud de miembros que lo componían se cerraban sobre sí mismos hasta sellar por completo todas las junturas, incluso las del bioyelmo.
Cuando el grupo encabezado por el propio Capitán Ekner entró en el primer pasillo presurizado, vieron a los primeros muertos, el biotraje del líder se abrió. Aquella señal de seguridad hizo tranquilizarse al resto, y sus respectivos biotrajes también se abrieron. La excepción era Balkre, que carecía de este tipo de trajes, ya que, por su condición de robot, tenía suficiente armadura con el titanio de su propio cuerpo, y tampoco necesitaba de artilugios para respirar porque en realidad nunca había respirado.
Pero cayó al suelo noqueado. Se recuperó en 14,2 segundos y, según sus propias palabras, este shock había sido producido por las descargas iónicas del chubasco electromagnético que reinaba en la colonia, como le había sucedido a bordo de la Valeria. Tres minutos después, volvió a sucederle lo mismo, aunque esta vez estuvo 40,1 segundos inoperativo, cosa que incordió a muchos de los presentes.
—Balkre —le dijo el Capitán—, aquí no nos eres imprescindible, y sin embargo nos retrasas. Será mejor que regreses a la nave.
—Sí, Capitán. No se preocupen por mí, tal vez desfallezca dos o tres veces antes de llegar a bordo, pero llegaré sin más problemas. —Y así lo hizo.
El ambiente era sórdido en las galerías; la necrobomba había inutilizado muchos de los generadores de energía, y por ello sólo estaban encendidas las mortecinas luces de emergencia de tonos azulados. La ausencia de luz y el tener que ir sorteando centenares de cuerpos sin vida empezaba a poner nervioso a más de uno; el biotraje del Capitán Ekner se cerró en medio segundo y éste desenfundó sus dos armas al oír a sus espaldas los disparos de uno de sus hombres.
—¿Qué ocurre? —le preguntó el Capitán.
—¡Hay alguien vivo que nos sigue! ¡Se ha movido por ahí detrás! —dijo el soldado pirata señalando a las sombras.
—¡No digas estupideces! —le inquirió—. Nadie sobrevive a la necrobomba. ¿Acaso crees en los fantasmas?
Desde luego que no, pero el pirata había jurado ver una sombra levantándose del suelo y cambiar silenciosamente de posición, según había dicho. Tras aquel pequeño percance, continuaron avanzando entre la marabunta de muertos de la Colonia Espacial, y lo que vieron, transcurridos diez minutos, les dejó petrificados, pues entre los muertos se hallaban integrantes de la propia tripulación del Valeria; miembros de otra avanzadilla, pero apilados, uno encima de otro, hasta cinco cuerpos.
—¡No puede ser! —exclamó Akkera, tras descubrir que los cuerpos de sus compañeros piratas presentaban perforaciones de unos quince centímetros de diámetro en distintos lugares—. Les atacaron por sorpresa —dedujo—; los biotrajes estaban abiertos.
Aquel descuido no se repetiría en sus carnes. Los biotrajes se sellaron rápidamente, y los escáneres se activaron para detectar cualquier forma de vida, pero sus lecturas eran inverosímiles. Aparecían multitud de puntos y muy difuminados; no estaban funcionando bien. Las comunicaciones entre los grupos de asalto tampoco eran nada claras.
—Este maldito chubasco iónico… —musitó el Capitán Ekner—. Nunca una necrobomba había producido tal tormenta electromagnética.
—Nunca una necrobomba se había lanzado contra una Colonia… —apuntó Weiss con sarcasmo—. Los generadores deutéricos de Arvunil deben de haber entrado en fase con el pulso E.M. de la necrobomba, multiplicando por mil sus efectos secundarios.
—¿Puede haber alterado también el efecto mortífero de la necrobomba?
—Claro… —asintió de nuevo Weiss más sarcástico que antes—. Pueden haber muerto mil veces más rápido…
EL Capitán Ekner hizo caso omiso del tono del ingeniero jefe de la Valeria. Weiss había aconsejado no lanzar la necrobomba contra toda una colonia, intuyendo que los efectos serían imprevisibles.
—Pues sólo existe una explicación —dijo Akkera—. Algo o alguien ha sobrevivido a la necrobomba y posee algún sistema para anular nuestros biotrajes.
—¡Imposible! —exclamó otro pirata—. Ningún robot o humano puede sobrevivir al pulso E.M. de una necrobomba, ¿no es así, Weiss? ¿No acabas de decir eso?
Weiss asintió:
—Cierto. Cualquier influencia que hayan podido tener los generadores de la colonia sobre el pulso E.M. no es suficiente para pensar que algo o alguien haya podido salir ileso, sino más bien todo lo contrario: la necrobomba habrá sido mil veces más mortífera que en condiciones normales. Ya habéis visto los cerebros positrónicos de los robots Arvunilianos; están completamente fundidos.
Akkera volvió la vista al grupo y dijo con aire preocupado:
—¿Y Dyrens? ¿Dónde se ha metido?
Los demás volvieron la vista atrás. Dyrens no estaba entre ellos. Volvió el grupo sobre sus pasos, con las armas preparadas y los biotrajes completamente sellados. Al doblar el recodo, se encontraron al pirata desaparecido tendido en el suelo y con el cuello completamente roto y el biotraje completamente abierto. Como un relámpago, todos echaron mano de sus escáneres para detectar pulsos cerebrales —orgánicos o positrónicos—, calor, o movimiento en un radio esférico de treinta metros. Las pantallas continuaron mostrando gráficos aparentemente extraños, hasta que Akkera, ajustando los niveles de zoom del scanner, cayó en la cuenta de que aquellos claroscuros parecían componer un dibujo tridimensional, algo deforme, pero que podía interpretarse perfectamente como una calavera.
—¡Sea lo que sea lo que nos esté cazando es inteligente! —exclamó Weiss—. ¿Cómo si no ha conseguido bloquear nuestros escáneres y transmitirles una imagen tridimensional?
El Capitán Ekner no tuvo otra opción que ordenar:
—¡Al carajo el botín! ¡Salgamos de este lugar cuanto antes!
Corrieron hacia la nave, pero una explosión repentina hizo que el techo se les cayera encima. Quedaron todos atrapados, a excepción del Capitán Ekner y Akkera, que vieron aterrados como los cascotes habían sepultado al resto de sus compañeros. Akkera se afanó en rescatarlos, pero el Capitán Ekner la detuvo.
—Ya nada podemos hacer por ellos, Akkera. Salgamos de aquí —dijo señalando en dirección opuesta. Los cascotes habían bloqueado por completo aquella salida; debían de dar un rodeo para llegar al espaciopuerto donde estaba atracada la Valeria.
—Puede que quede alguien con vida, Ekner, sus biotrajes…
—¡Vámonos, Akkera!
Akkera dudó, pero finalmente siguió aquella orden aun a mala gana. Tras rodear el sector y tropezar diversas veces con los cuerpos caídos llegaron hasta la Valeria. Cuál fue su sorpresa cuando no obtuvieron respuesta de la fragata pirata al intentar acceder a su interior. Temiéndose lo peor, el Capitán Ekner accionó manualmente el dispositivo de entrada con su código personal. La exclusa se abrió y permitió la entrada del Capitán y de Akkera. Una vez dentro, cuando la exclusa esta cerrándose, un nuevo pulso sacudió la nave, dejándola inoperativa.
—¡Maldita sea! ¡Ahora no!—bramó el Capitán Ekner mientras aporreaba la exclusa, como si pudiera obligarla a cerrarse haciendo uso de la violencia. Contó mentalmente los segundos, volvió a gritar—: ¡Maldito Balkre! ¡Dijiste que los sistemas se restablecían en menos de veinte segundos y este cacharro lleva ya más de treinta sin dar señal!
Como si la nave le hubiera oído, los sistemas se reactivaron poco a poco y la exclusa se cerró para el alivio de aquellos dos. Fueron directos al puente de mando y lo que allí se encontraron les hizo estremecer. Habían siete cuerpos dispersos por el suelo: los cuatro humanos y tres robots; Balkre era uno de ellos. Examinaron los cuerpos humanos. Estaban muertos y con las tripas por fuera.
Intentaron mantener comunicación con el resto de la tripulación dispersa en la Colonia Arvunil. No obtuvieron respuesta. El Capitán Ekner colocó sus manos sobre el cuadro de mandos y la fragata Valeria encendió los impulsores.
—¿Abandonas a tu tripulación? —dijo Akkera.
—No tenemos otra opción. Seguramente estarán todos muertos. He chequeado la nave, y no hay ningún elemento extraño a bordo. Sea lo que sea lo que nos atacó, no está en la Valeria. Es hora de marchar, Akkera, antes de que otra interferencia electromagnética evite nuestra huida.
Akkera asintió. El Capitán Ekner hizo salir la Valeria de la influencia del chubasco, y tras alejarse de los influjos gravitatorios de los diversos astros, encendió el hipermotor de la fragata. Un par de minutos después salieron del hiperespacio. Ya más relajados, se quitaron los biotrajes y se dispusieron a coger los cuerpos de los caídos para expulsarlos al espacio exterior.
—Akkera, ha sido lo mejor para todos. —Pero la mujer pirata no quería hablar del asunto—. Akkera, es mi obligación darte los códigos de mando de la Valeria, ahora que Weiss ha muerto. Te necesitaré a mi lado y con todos los privilegios de mando si nos enfrentamos contra otra nave. Sin el resto de la tripulación somos vulnerables. El código de mando es… —Y se lo dijo, pero Akkera no llegó a escucharlo, pues salió del compartimiento —¡Akkera! ¡Te ordeno que ocupes tu cuadro de mando! ¡Akkera!
El Capitán puso el piloto automático y fue tras la mujer. Imaginó que se habría ido a su compartimiento personal, pero no la encontró allí. Cuando volvió al puente de mando no encontró los cuerpos de los robots. Escaneó la nave, y en la pantalla se encontró que los tres robots estaban en el nivel B, junto con Akkera, seguramente explicándole lo sucedido. Fue directo hacia allí, y en el camino se encontró con Balkre.
—¡Balkre! ¿Qué sucedió? ¿Viste lo que pasó? ¿Viste a nuestro enemigo?
Balkre asintió.
—Lo vi todo, Capitán, y lo que voy a decirle no va a gustarle nada.
—¡Dímelo, Balkre! ¿Qué clase de criatura era?
Balkre se acercó, le miró fijo a los ojos y su mano de titanio le aferró la garganta.
—¡Balkre…! —balbució el Capitán Ekner sorprendido por la actitud del robot—. ¡Suéltame! ¡Te lo ordeno!
—Seguramente Balkre habría obedecido —dijo el robot, esta vez cambiando su tono de voz, una voz que no parecía venir de aquel mundo, y apretó más su tenaza—. Pero me he encargado de borrarle las directivas que me obligaban a obedecerte y me impedían hacerte daño alguno. Estaban grabadas a fuego, por así decirlo, pero logré borrarlas.
—¿Qu… Q…
—¿Qué quién soy? Habrás adivinado ya que soy el artífice de la matanza de tu tripulación, aunque, en realidad el culpable has sido tú en última instancia. Te estarás haciendo muchas preguntas, entre ellas mi verdadero nombre y qué hago aquí en el cuerpo de tu amado robot. Mi nombre es Galadur, alcalde de la Colonia Arvunil. Y hace cuatro horas tú me mataste.
El Capitán Ekner intentaba articular palabras, pero la presión que Balkre-Galadur le sometía a su garganta se lo impedía por completo. Sus ojos estaban desorbitados y su cara roja en extremo. Se estaba ahogando.
—Vas a pagar por tus pecados, Capitán. Akkera ya estará muerta a estas alturas; mis ayudantes se han encargado de ella. La necrobomba nos mató a todos, Capitán, pero la nube electromagnética que dejó no permitió a nuestras almas escapar de este mundo. El dolor fue intenso y casi podría decir eterno. Pero cuando la Valeria entró en la tormenta iónica, vi como una luz al final del túnel y me lancé de cabeza. Y fui a parar aquí, al cerebro positrónico de Balkre. Accedí a sus bancos de memoria y en cuestión de microsegundos asimilé toda la información. Hay que ver qué rápido se puede pensar dentro de estos cerebros… Luego simulé otras “desconexiones” para hacer como si volviera a la nave y seguir con mi plan. ¿Qué cuál es? Venganza, por supuesto. Podríamos haberos matado a ti y a Akkera antes de salir de Arvunil, sí. Pero necesitábamos el código de mando de la nave, ya que Balkre no lo sabía.
»Necesitamos cerebros positrónicos en buen estado para que el resto de almas de mi colonia puedan resucitar en cuerpos de titanio, pero antes nos dirigiremos a Khaladdon, la colonia donde vive tu familia y tus amigos; te lanzaremos a ti en una cápsula de salvamento. Cuando te recojan, antes de que puedan reaccionar, lanzaremos la necrobomba para que sufráis. Tanto como nosotros.
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