Silencio trae la noche,
perpetua fue la guerra del ayer.
Mil demonios abrasados en el fuego,
y un mundo entero por construir.
Argos hundida en las tinieblas,
a la espera de un nuevo ciclo,
conquistada por grandes señores,
arrebatada a la sombra del tirano.
Despierta con la piel sudorosa, manchada de brea y sangre, oliendo a ozono y sintiendo la oscuridad a su alrededor, como una mortaja que lo atrapa y no le permite huir. Se agita en un seno de piedras y azufre, y nota el fuego a su alrededor, tan alto, tan caliente, tan dañino. Pronto comprende que solo cabe un camino: arrastrarse hacia arriba, adhiriéndose a las paredes, escalando un vientre furibundo que no deja de agitarse y gritar. Palmo a palmo, metro a metro.
Siente a su alrededor la ebullición de miles de gargantas que desprenden vapor hirviendo. Lo chorros de ozono venenoso surgen de muy hondo, manando también hacia la luz, a través del angosto túnel que se alarga como una enorme placenta hacia un brillo incandescente que procede de más allá de su alcance. Lejano, muy lejano.
Se agita, gruñe, brama, alarga una mano, encuentra una grieta, se aferra a ella, sigue subiendo. La luz queda un poco más cerca y la muerte más atrás. Siente como todos los poros de su piel derraman óleo resbaladizo. No es el momento más apropiado para el proceso, pero tampoco puede evitarlo. Su cuerpo actúa con autonomía propia, curando las heridas y cerrando las yagas. Aun así hace mucho calor, demasiado. Cualquiera hubiera muerto ya en aquella garganta llameante. Él no. Él no puede morir allí. Desea volver a la luz, aunque no pertenezca a ella. Desea aferrarse a su cálido abrazo y desterrar para siempre aquella pesadilla. Desea olvidar su encierro en la oscuridad, solo, aislado, consumiéndose entre ríos de lava y abandonado al calvario.
Durante los últimos días del proceso regenerativo había tenido muchos sueños; sueños negros y crueles, sangrientos y malignos, ninguno agradable. Veía cielos oscuros dominados por la sombra. Enormes corceles de negras alas batiéndose en la noche, sobre los volcanes, sobre la tierra árida, sobre los ejércitos. Podía escuchar los gritos: miles de voces y lamentos que llamaban a las armas, al tormento, a la guerra. Casi podía cerrar los ojos, y asaltado por la oscuridad, embriagarse una vez más con el olor de la sangre, con el frenesí de la muerte, con la dulce sensación de desatar sus instintos más bajos y no frenar el puño. Entonces le rodeaban miles de seres: aliados o enemigos, ninguno amigo. Jamás había tenido amigos. Tan solo lacayos y señores que guiaron su destino desde el inicio. El inicio... ¿En qué punto exacto se hallaba el inicio? Ciertamente lo había olvidado hacía mucho tiempo. Tampoco le importaba, no en ese momento. Ahora lo importante era seguir subiendo, y dejar un poco más atrás la muerte. Salvarla de nuevo, como lo había hecho en los últimos años de su vida. No. Como lo había hecho desde el día en que abrió por primera vez los ojos y sus dos corazones comenzaron a insuflar savia a sus venas.
Dejó atrás la última peña a la que se había adherido y siguió subiendo por el inacabable risco, dejando tras de si un rastro aceitoso y pegajoso.
Su mano, mellada y llena de rasguños, encontró un nuevo asidero y subió un metro más. El vapor seguía emanando del lecho volcánico, abrasándole la espalda y obligando a su cuerpo a segregar más óleo curativo. La luz se abrió ante sus ojos, a miles de metro de distancia, demasiado lejana, perdida en un túnel negro y angosto. No era más que un punto rojo que latía en el infinito. Pero qué importaba, debía llegar hasta él. Debía llegar hasta el mismísimo sol.
De nuevo le asaltaron los recuerdos. Imágenes perdidas en la reminiscencia de su memoria. Casi podía cerrar los ojos y volvía a sentir el suelo rugir bajo sus pies descalzos. Un estremecimiento provocado por miles de botas y de garras que ollaban la tierra de sus ancestros. Las imágenes vuelven a él, lentamente, arrastrándole a una nebulosa lejana capaz de doblegar el cansancio y acallar el dolor. Pronto solo quedan imágenes de su pasado. Un pasado no tan remoto…
Un trueno llenó todo el valle, retumbando entre las montañas con tanta fuerza que bien podría despertar a los dioses y levantar a los caídos. De vez en cuando, acompañando al batir de los cielos, podían escucharse rugidos desgarradores precedidos de olas de fuego y de luz que abrasaban las tinieblas y convertían la noche en día.
Él nunca miraba hacia arriba, siempre mantenía la vista puesta en el enemigo, siempre hacia el frente. Otros en cambio sí que claudicaban ante el miedo y oteaban con horror las brumas del ocaso, entonces quedaban paralizados al encontrarse con un paisaje de tormentas de fuego y borrascas perpetuas inmoladas por el aliento ígneo de los dragones. Tal debilidad significaba el fin de los incautos. Todo aquel que distraía la atención de la batalla, era arrastrado por la jauría y moría bajo las botas del enemigo, quedando sepultado por una montaña de cuerpos descuartizados y restos retorcidos.
Él siempre se alzaba sobre todos, matando con sus dos lunaris ensangrentados; degollando al enemigo, ya fuesen elfos, humanos o enanos, y sobreviviendo a todo aquel oponente incauto que osara interponerse en su camino. No había en la faz de aquel mundo descarnado, paladín mortal que pudiera contener su ávido acero; ni tan siquiera los grandes señores que tomaban los cielos e instauraban su poderío con horribles rugidos
Ocasionalmente uno de aquellos titanes alados caía desde muy alto. Un bramido escalofriante barría el mundo cuando la bestia era abatida, después existían momentos de agitación en el que aliados y enemigos aguardaban el impacto, observando el cielo prendido en llamas y aguardando a que la suerte no decidiera que el caído se encontrara por encima de sus cabezas. Después, si los hados concedían su gracia, el mundo entero retumbaba bajo sus pies cuando el señor del cielo rompía el asfalto, enterrando bajo su grupa a ejércitos enteros. Él ni tan siquiera entonces bajaba la guardia. No le importaban las quemaduras, su cuerpo regeneraba la carne y las llagas infectadas jamás llegaban a diezmar su voluntad. En el campo de batalla era temido, repudiado, odiado. Los más valientes se arrojaban a su encuentro en un desesperado intento de poner fin a su impía vida; los más cobardes huían atemorizados al reconocer la armadura del yagath, forjada en el Destino, al inicio de la Oscuridad. Fuese como fuese el sino de todos ellos era siempre el mismo: la muerte.
Cuando llegó a la sima del Karkang, al sur de la rivera del Zoj, era incapaz de concebir los días que llevaba combatiendo. Su piel estaba llena de cardenales por el roce de la armadura, la sangre reseca cubría su cuerpo, y sus miembros, entumecidos, comenzaban a renquear y a negarse a cumplir las directrices que marcaba su embotado cerebro. Quizás llevara meses en el frente... quizás años, le era imposible discernirlo con certeza. Lo cierto era que tenía la impresión de que había transcurrido toda una vida y la batalla jamás concluiría. Sin embargo estaba equivocado en aquella apreciación -algo poco habitual en él-. El final se precipitaba sobre los suyos incontenible e imparable. Lo vio desde la cima del Karkang, sintiendo como el suelo temblaba bajo sus pies y oteando la oscuridad que cubría toda la llanura que se alzaba interminable y muerta más allá del Zoj. La batalla se extendía a su alrededor y se perdía en lontananza, más allá de la Fortaleza de Ankuz-Traz y de la enorme estructura oval que era el Cónclave de los Señores Oscuros. Al oeste, cubierta por las Minas de Uz-Guz, la Ciudad Negra ardía, y en la punta nordoriental del hemisferio, Grunz y su puerto desprendían una inmensa humareda blanca tan densa como la que pudiera manar de la Ciudad Negra, impidiendo que lograra discernir los enormes barcos, que arriados desde el sur, no dejaban de vomitar ejércitos de brillantes y luminosas armaduras.
Todo lo demás era muerte y desolación. La campiña estaba cubierta de difuntos. Centenares de miles de cadáveres sepultaban el mundo, comenzando a los pies del monte Karkang y perdiéndose más allá del Zoj y la ribera alta. Y sin embargo los ejércitos seguían combatiendo incansables, tanto a sus pies, como en las laderas de las montañas, tomando a su vez los cielos negros de Luduz Ungras. Millones de seres enfrascados en una lucha delirante, alzándose sobre las piras carroñosas que seguían descomponiéndose lentamente bajo la atmósfera tórrida de las brumas negras. Guerreros que derramaban su sangre sobre un suelo arcilloso y reseco, alimentándolo con carne humana y carne de orco, fundiéndose con las entrañas de un país impío y mancillado por la oscuridad desde hacía casi tres siglos.
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