Entonces el Señor me alumbró con una luz más necesaria que la de aquella antorcha. Así, alumbrado por esta llama tan escasas que es la llama del ingenio comencé a tirar de la tea en todas las direcciones menos en la lógica, pues sabía ya que no servía de nada. Con facilidad, el soporte se puso boca abajo haciendo crujir ingenios detrás de una pared tras la que se suponía que no había nada. En esa posición también pude retirar con sencillez la antorcha. De nuevo probé a abrir la trampilla y una vez más me fue imposible. Un nuevo haz de luz sagrada fue dirigida a mi cabeza y el razonamiento cobró entonces mayor fuerza.
«Rápido Charlatán, apunta», le pedí. «El guarda explicó que a pesar de la tortura, el judío ni siquiera despegó los labios». Charlatán miraba sin comprender, aunque anotaba lo que yo le decía en ese lenguaje suyo que con paciencia se podía entender. «No le dio importancia, pero nadie aguantaría una paliza sin abrir al menos la boca para quejarse. Si no habló fue porque no podía. Si no abrió la boca es porque le resultaba imposible. Apunta eso» le dije con emoción, lo confieso. Sin embargo, aunque el joven había demostrado ser astuto, en sus ojos leí que no comprendía. «El túnel por el que he ido. Es la entrada al piso de abajo. Alguien se ha tomado muchas molestias para que nadie pueda acceder a ella». Suficientes molestias como para sellarle la boca a un hombre. «Al girar este pasador », le dije señalando el lugar en que antes estaba la antorcha, «he debido de abrir alguna trampilla, vamos ». El chico apuntó esto último y me siguió al interior de la celda cargando con todos mis bártulos, así como con la tablilla que ya casi había llenado con sus garabatos. Tan solo llevaba yo la antorcha y la cruz de madera que ahora con valor empuñaba como si fuera una espada.
Regresé al túnel esta vez con Charlatán tras de mí. Ahora me resultó más sencillo enfrentarme al olor de la criatura pues ya la sabía muerta, sin embargo cuando llegamos al lugar en que habíamos combatido y pude observarla, una nueva ola de miedo se cobró presa de mi ánimo.
El monstruo era peludo, pero el parecido con una rata que había advertido primero el carcelero y con el que yo había coincidido terminaba en su cuello. Si bien es cierto que su cabeza era la de un roedor enorme, y aún sus dientes estaban teñidos con mi sangre bajo sus ojos carmesí, de cuello para abajo la criatura era en realidad un sabueso negro desprovisto de pelo. Sus poderosas piernas de podenco presentaban heridas y símbolos arcanos que ya había visto dibujados en los libros demoníacos que había estudiado durante mi instrucción. Reconocí en su muslo tatuado el dibujo maléfico de un pentágono encarcelado en un círculo y adornado por dibujos de constelaciones avistadas, se suponía, en el principio de los tiempos. Pero aún más horrible que esa monstruosa naturaleza, mitad perruna, mitad rátida, fue descubrir que en lugar de las pezuñas curvadas de los sabuesos aquel animal infernal tenía como asideros dos manos humanas cuyas palmas mostraban, de tanto arrastrarse, la yema de unos huesos amarillentos asomando bajo la piel.
Aparté como pude a la criatura a una orilla y alejé de allí la antorcha para que no la viera Charlatán. Tampoco me preguntó por ella pues imaginaba ya, supongo, que aquel horror no convenía advertirse más que con el tacto peludo y el hediondo olor.
Después de continuar por el pasadizo varios metros más llegamos a un recodo en el que asomaban unas escalaras labradas en la piedra. Al fondo del todo, se advertía el fulgor de un fuego débil. Habíamos dado con el acceso al piso inferior.
Si bien me alegré con el descubrimiento, caí entonces en la cuenta de un hecho terrible. Si cualquiera que fuese el demonio que controlaba aquella entrada podía accionar el mecanismo que abría la trampilla tanto de un lado como desde el otro, cuestión innegable ya que la había abierto para dejar salir al monstruo con el que yo me había enfrentado, el hecho de que comprobando que seguía vivo (pues había hecho girar la antorcha tras el enfrentamiento) me permitiera el acceso significaba no sólo que le era esperada, sino además que no le era temida ni lo más mínimo. Para no preocupar más a Charlatán, no le pedí que apuntara ninguna de aquellas conclusiones y seguimos el descenso a través de aquellas escaleras resbaladizas que a duras penas debía haber subido la criatura con pezuñas de cinco dedos.
Una vez abajo, el lugar me sobrecogió el alma. Con terror observé la abominación herética que alguien había plasmado impunemente en aquel lugar de tormentos y espanto.
Sobre multitud de mesas de tortura yacían cuerpos medio descompuestos en los que se echaban en falta, sin duda, gran cantidad de miembros. Por un lado se observaba atado a un potro de estiramiento el cuerpo cubierto de yagas amoratadas de un hombre sin sus piernas, al que sin embargo pretendían injertar mediante artes mágicas las patas de un carnero. Sobre su pecho se adivinaba también el mismo símbolo de resurrección que había visto tatuado en el ser antes muerto. En otro lado se podía observar el cuerpo mutilado de un joven con síntomas de haber fallecido hacía tiempo, cuyos brazos habían sido arrancados y colgaban ahora como trofeos sobre una cuerda en el techo. También se alojaban contra las paredes miembros tales como troncos despojados de miembros, cráneos desprovistos de carne o pieles deshuesadas. Muchas eran las pesadillas que tomaban forma en aquel rincón infernal alumbrado con varias antorchas y en los que se alojaban celdas desde las que se dejaban escapar sonidos escabrosos.
«No te separes de mí, Charlatán», le dije sin mirarle a mi espalda, pues no quería dejar de vigilar que los cuerpos muertos permanecieran allí. Como es natural, el mudo no me contestó. Así avancé por un angosto pasillo celado por instrumentos de tortura a cuyo final se mostraba una mesa mitad altar, mitad cama de un moribundo, sobre la que reposaba un cuerpo tapado con una manta. Pedí mi agua bendita y una mano me la alargó tras de mí. Entonces comencé a recitar los rezos memorizados que retenía en mi cerebro mientras salpicaba con el contenido del frasco las abominaciones de aquel salón. Sólo mi voz irrumpía en aquel antro de maldad. Sólo mi cruz escrutaba los recovecos de aquel indómito refugio de vileza. Todo permaneció igual mientras notaba apretarse a Charlatán tras de mí, temeroso como yo, aunque sin importarle que no le prestara atención pues me sabía concentrado en mis oraciones, hasta que llegamos al altar.
Provistos de luz como estábamos, arrojé la antorcha al suelo, cerré el vial con el agua bendita para prenderlo de nuevo a mi cinto, así la cruz con fuerza y tiré de la manta.
La pesadilla surgió de allí. La imagen espantosa de una figura antes humana se tatuó a fuego en mis retinas. Un hombre permanecía postrado sobre el altar. Las escasas ropas que permanecían hechas jirones a los lados de los pliegues de su piel eran las de la guardia del Conde de Torcuato. Su estómago abierto por cientos de incisiones, ofrecía una oquedad del tamaño de un baúl pequeño en la que permanecían adheridos algunos órganos internos, que cientos de diminutas arañas se dedicaban a roer. Sus piernas desnudas de ropa y piel eran sólo dos hileras de huesos unidas por una masa blancuzca. Los brazos habían sufrido tal cantidad de cortes que estaban cubiertos por una piel de pústulas ennegrecidas sobre las que también paseaban algunas de esas arañas, y su cara, oh Dios mío, había sido borrada como si fuera una imagen pintada sobre la tierra que el viento se hubiera llevado. Sólo quedaba en aquel lienzo vacío de su rostro, una llaga abierta que era el espacio de los labios y dos espacios achicados de piel estirada, dos párpados vacíos, bajo los que no se ocultaba ya ninguna mirada.
«Charlatán vuélvete », recuerdo que grité girándome para evitar que contemplara aquella atrocidad que con creces superaba a todas las demás. Sin embargo, al volverme, observé lo que debía de haber sido obvio. Charlatán no estaba tras de mí. En su lugar, un hombre calvo, de mi estatura, cuyo atavío pudo haber sido alguna vez el hábito de un cura. Era, o había sido en algún momento el sacerdote del condado que solía bajar a aquel recoveco de maleficencia, y que había sido también artífice de todas aquellas abominaciones. Un hombre que había cambiado las sagradas escrituras por libros de magia negra y que había transformado su mente con hechizos prohibidos. No sé cuanto tiempo podía llevar allí, transformando los cadáveres en infernales gules que pretendía volver sus esclavos. No sé como pudo torturar su mente hasta perder el sentido, hundido en catacumbas, alimentándose de los miembros humanos o animales sobre los que trabajaba, y transformándose a sí mismo en un monstruo como los que creaba.
Antes siquiera de pensar en qué había sido de Charlatán, lancé un puñetazo al sacerdote contra su rostro entre azulado y rosa. Le golpeé con fiereza mientras el trataba de defenderse sobreponiendo ante sí el libro Verbum Domini que le había arrebatado a mi ayudante. El libro detuvo el golpe y fue a parar a la puerta cerrada de la primera celda. A su lado, inconsciente, yacía Charlatán. Entonces el cura sacó un cuchillo que había llevado guardado en su cinto. Era una hoja mellada con la longitud mayor que la de una pluma de pavo. A su filo desdentado se adherían restos de sangre y órganos abiertos. No me amedrenté ante su brillo oxidado y reaccioné lanzándole el frasco con agua bendita que le alcanzó en la cara y cayó al suelo rompiéndose en pedazos. Tardíamente se cubrió del golpe y yo aproveché para lanzarme contra él.
Caímos al suelo sobre los cristales rotos y mientras lo hacíamos noté que atravesaba mi mano izquierda el cuchillo del sacerdote. Con un grito mío por la herida del cuchillo y otro suyo por los cortes en su espalda de los cristales desparramados nos arrastramos en el suelo. En mi mano permanecía fijo el cuchillo clavado, mientras la otra provista de la cruz buscaba atacarle. Me propinó un rodillazo que acertó a alcanzarme en la herida sufrida en el muslo. De nuevo grité, aunque al notar mayor dolor ahora en la pierna que en la mano atravesada por el cuchillo, lancé un ataque con ésta a la cara del cura que me esquivó con facilidad, aunque liberando así mi otra mano. Sin pensarlo más, la diestra buscó su rostro y con ella clavé la base del crucifijo en los ojos del sacerdote. Primero en el izquierdo, después en el otro. Sus gritos alteraron a las criaturas que había creado, y de pronto, a mi espalda, un puerta estalló y, de donde antes estaba la midms, apareció un monstruo. Una criatura humana con los brazos terminados en hoces en vez de manos y cuya cabeza era en realidad el cráneo deformado de un toro. Entre bufidos me observó mientras me levantaba. El cura aún gritaba en el suelo sin poderse poner en pie. Yo buscaba alcanzar a Charlatán sin darle la espalda a la criatura que de pronto arremetió contra otra puerta cerrada cuyo interior aún guardaba distintas abominaciones. Aproveché el momento para alzar en volandas a Charlatán y recuperar el libro como me fue posible. Así, a duras penas, salí del lugar desprovisto de fuente de luz alguna mientras escuchaba los sonidos de destrozos y veía a lo lejos la figura del sacerdote gatear a ciegas derramando sangre por las cuencas de sus ojos. Una vez fuera, y aún sin luz, volví al mecanismo de la antorcha y cerré la trampilla. Aún meditaba sobre si el falso cura sería capaz de dar sin ojos con el ingenio que abría la trampilla cuando oí salir del recoveco un grito desgarrado con sabor a muerte. El grito del sacerdote al que siguieron después los bufidos de un toro y aún más tarde los sonidos enloquecidos de un sabueso.
El boquete fue cerrado y aún para mayor seguridad se clausuró aquella celda tapiando también su puerta bajo un empedrado de cantos pesados. De este modo yo salí del Condado de Torcuato con la primera de las pruebas sobre la existencia del mal en la tierra, así como con la impagable compañía de mi ayudante, Charlatán, a quien más tarde enseñé latín y que durante varios años fue mi silencioso e inexorable compañero.
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