En Calidón, país de Etolia, el rey Eneo y su esposa Altea, tuvieron un hijo llamado Meleagro. Cuando el bebé tenía apenas una semana, llegaron a la casa tres ancianas lisiadas y arrugadas, que pasaban día y noche ocupadas con sus ruecas, tejiendo el hilo de la vida de los hombres. No eran otras más que las parcas, y realizaron tres profecías:
“ Será un hombre tan bueno como su padre”, señaló la primera.
“ Será un héroe conocido en todo el mundo”, murmuró la segunda.
“ Vivirá hasta que se consuma la tea del hogar” dijo la tercera.
Su madre escuchó todas estas profecías y en cuanto las tres desaparecieron, se encargó de apagar la tea que ardía junto al hogar, y la escondió apagada. Con el tiempo Meleagro creció tal y como habían predicho las ancianas, y su madre se sentía orgullosa. Fue incluso uno de los héroes que acompañó a Jasón en la búsqueda del vellocino de oro.
Estando él ausente, su padre Eneo se había ganado la ira de una diosa. Para agradecer un año tan prospero, hizo ofrendas a Demetér, Dionisos y Atenea, pero se olvidó de Artemisa, por lo que esta altiva doncella se quiso vengar del mortal que no la había honrado. Envió a su país un monstruoso jabalí de ojos brillantes y dientes espumosos, sus cerdas eran fuertes y afiladas como puntas de espada, sus colmillos largos como lanzas, su respiración fiera como la de un hombre asustado. Por donde quiera que pasase todo lo destrozaba, las cosechas pisoteadas, los rebaños dispersos con peligrosas estampidas, los pastores huían de sus rebaños, y los agricultores no se arriesgaban a salir a recoger el fruto de sus viñas y olivos.
Así fue que cuando Meleagro regresó, encontró la tierra de su padre devastada por el monstruo. En seguida decidió organizar la cacería. Para ello convocó a sus compañeros del Argos y otros héroes de la Hélade. Entre los que acudieron se encontraba Atalanta, de la que se contaban extrañas historias.
El padre de Atalanta era rey, y deseó tener un hijo como Meleagro que le sucediera en el trono, pero al tener una hija, la desterró a las montañas para que muriera. Pero dicen que la niña fue amamantada por una osa, y encontrada después por unos cazadores, quienes la criaron como su fuera uno de los suyos. Con ellos creció como si fuera un choco fuerte sin temer a las inclemencias del tiempo. Era bella y valiente, hábil en el manejo de la lanza y el arco, tan capaz de enfrentarse a una bestia salvaje, como de escuchar palabras tiernas. Toda su vida se basaba en la caza y en los ejercicios físicos, por ello veía a los hombres como camaradas y no deseaba tomar esposo.
El padre de Atalanta era rey, y deseó tener un hijo como Meleagro que le sucediera en el trono, pero al tener una hija, la desterró a las montañas para que muriera. Pero dicen que la niña fue amamantada por una osa, y encontrada después por unos cazadores, quienes la criaron como su fuera uno de los suyos. Con ellos creció como si fuera un choco fuerte sin temer a las inclemencias del tiempo. Era bella y valiente, hábil en el manejo de la lanza y el arco, tan capaz de enfrentarse a una bestia salvaje, como de escuchar palabras tiernas. Toda su vida se basaba en la caza y en los ejercicios físicos, por ello veía a los hombres como camaradas y no deseaba tomar esposo.
Cuando Meleagro la vio, enseguida sintió deseos de ella, aun estando casado. Pero el resto de sus compañeros estuvieron en contra de que les acompañase, ya que consideraban que era una aventura para hombres, no para mujeres. Aún así, Atalanta les acompaño.
No fue difícil encontrar al jabalí, que pronto vino furioso a través del bosque a enfrentarse a estos campeones. Extendieron redes para cogerlo e hicieron ladrar a los perros, pero el monstruo no necesitaba excitarse. Rompió las redes y puso en fuga a los sabuesos. Pero al pasar cerca de los cazadores, estos le enviaron una lluvia de lanzas, y la primera que le hirió fue la de Atalanta. Absolutamente enloquecido por las heridas, el jabalí se precipitó sobre ellos como un trueno, apresando a varios de ellos en sus colmillos babeantes. Uno intento salvarse subiéndose a un árbol, pero el monstruo esperaba abajo afilándose los colmillos. Mientras los sabuesos le atacaban, pero este se los quitaba de encima y les arrojaba lejos con su brutal fuerza. Otros perros eran muertos por las lanzas arrojadas a ciegas por sus amos. Un valiente cazador se atrevió a lanzarse contra el monstruo balanceando su hacha, pero resbaló en el suelo empapado en sangre, lo que lo dejó a merced del jabalí, que embistió. Pero una vez más la puntería de Atalanta le detuvo, clavándole una flecha en el ojo.
Meleagro alabó este acto a la vez que todos se arrojaron sobre el moribundo animal que se había desplomado rodando por el suelo ensangrentado. Una espuma roja le salía por la boca, y con sus gruñidos cada vez más ahogados, sus ojos se volvieron débiles. Momento que aprovechó Meleagro para introducir su espada hasta la empuñadura, y la sangre de la enorme bestia se mezcló con la de los vencedores y nunca más atemorizó en ningún otro sitio.
Una vez muerto, le cortaron la cabeza y le desollaron. Meleagro pretendía dar estos trofeos a Atalanta, pero algunos se opusieron a esto por ser una mujer. Entre ellos estaban los hermanos de su madre Altea, quienes reclamaron para si el trofeo por derecho de parentesco. Meleagro, ciego de deseo por Atalanta, los mató allí mismo, por lo que la alegría se tornó en dolor.
Cuando el séquito mortuorio se acercaba a la casa de Eneo, Altea se los cruzó. Enloquecida por la pena, maldijo a su propio hijo. Golpeándose el pecho y arrancándose el pelo con gritos salvajes, abrió el lugar donde tenía escondida la tea de la profecía. Furiosamente la llevo a la pira donde ardían los restos de sus hermanos, y la arrojó para que se consumiera. Meleagro, que regresaba a casa triunfal, desfalleció repentinamente y sus ojos se volvieron débiles como cegados por el humo de la tea. La fiebre apareció, mientras su corazón se secó y su espíritu se marchitó como una hoja seca. Con un quejido se sintió como el tronco de un roble fulminado, para expirar sin una sola herida; ni siquiera sabía cómo le había llegado la muerte.
Y así se cumplió el decreto que aquellas hermanas fatales vieron en su nacimiento.
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