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Relato Fantástico: La Tierra del Dragón (VIII)
Capítulo VIII: Promesas en la noche
Por David Mateo Escudero

Relato Fantástico - La Tierra del Dragón (VIII) Durante mucho tiempo la Aguja, la torre norte de Gravad-Zuhar, la más grande y regia de los tres baluartes de la ciudadela, fue considerada la bóveda más hermosa de toda Abisinia. Su almena despuntaba a más de ciento sesenta metros de los arrecifes y en ella convergían los vientos del este y el oeste, convirtiendo el mundo en un poderoso rugido que sacudía el alma de sus visitantes. Desde allí podía divisarse la ciudad, la curva muralla que envolvía Galador, los caminos que partían hacia el sur y el oeste, el Gran Panteón de los Reyes, los valles y los campos, las haciendas y los maizales, la gran franja puntiaguda que suponían los Montes de Tom-Bradil, y el Bosque de Paris, perdido muchas leguas al sur. La vista, si se salvaba la gran sensación de vértigo que inevitablemente embargaba al visitante cuando ponía sus pies en ella, era basta e impresionante, capaz de congelar el corazón del ser más insensible. Pero la imagen más apoteósica se extendía hacia el oeste. El inmenso y eterno Lorenord se fundían con un horizonte inalcanzable... una sabana cristalina que al amanecer brillaba azul incandescente y con la puesta de sol se convertía en un remanso tranquilo que reflejaba en su superficie diez mil estrellas encendidas y brillantes.
En tiempos del rey Aaron, duodécimo señor en la línea sucesoria de los Lekesville, el Lorenord fue considerado el peregrino que guiaba a los barcos hasta el cabo de Galador. Eran épocas desdichadas para el reino de Abisinia, pues los grandes derroches llevados acabo por los monarcas antepasados, provocaron que las arcas del castillo perdieran gran parte de sus fondos. Otto “la oveja negra” y su hijo Sumad habían dilapidado grandes sumas de dinero en inútiles festejos, en opulentos torneos, y en banales caprichos que en nada habían beneficiado a la fortuna de los caudillos de Gravad-Zuhar. En apenas dos generaciones malgastaron las riquezas que sus antepasados habían logrado aunar e hicieron peligrar el frágil equilibrio que distinguía al pueblo abisinio. Fue Masinvilius, hermano del rey Elcojhó, y segundo hijo de Sumad, quien espada en mano, arrebató el trono a su ególatra pariente e instauró una política coherente en todo el país. Se expulsó a los buhoneros y a los malgastadores, se desterró a los falsos nobles que tanto mal habían traído al país, y se entablaron grandes deudas con las familias Manacor, Alergas y Michell, únicos nobles que hasta ese momento se habían mantenido fieles a la corona.
Masinvilius, en la vejez, cedió el trono a Graador, hijo de Elcojhó; un muchacho que se había criado junto a su tío y que dotado de una mente privilegiada, no dudó en repudiar los desmanes económicos llevados acabo por su padre y por su abuelo, optando por continuar la política acertada llevada a cabo por su tutor. Graador vio en el Lorenord una nueva fuente de ingresos y ordenó construir un gran puerto que facilitase la llegada de los barcos a la costa más escarpada de la cuenca alta de Argos. La difícil política de Yentai impedía a las naves mercantes que transitaban el oeste, desembarcar en tierra firme y llevar a cabo sus negocios con la provincia de Luján sin tener que aportar grandes sumas de dinero a la corona del rey yentaita y afrontar a su vez elevados impuestos arancelarios. Sabedor de ello, el ilustrado rey Graador hizo construir en Galador un gran puerto que en poco tiempo abrió sus puertas al mar. Una vez más la decisión del joven monarca fue beneficiosa para todos, pues en cuanto los muelles fueron construidos, centenares de barcos, que hasta ese momento habían claudicado a los excesivos impuestos arancelarios de Yakestone, optaron por descargar sus mercancías en la pacífica población de Abisinia. Este nuevo flujo de ingresos ayudó a paliar las deudas contraídas con las grandes familias nobiliarias del país, y Galador acabó beneficiándose de las cuantiosas ganancias atribuidas al comercio marítimo. Desde entonces el Lorenord, aparte de ser venerado por los pescadores, se ganó el respeto de los señores de Lekesville, y fue considerado el peregrino de la buena suerte, pues sus aguas reportaban grandes ganancias al país.
Aaron, hijo de Graador, mandó crear una gran antorcha en la punta más alta de Gravad-Zuhar. Una estrella de fuego, que encendida tras la puesta de sol, guiaría a los barcos perdidos hasta la seguridad del puerto de Galador. Y así, noche tras noche, la Aguja permanecía encendida, convirtiéndose en el primer faro de Argos que ofrecía con su pálido resplandor cumplida gratitud a los dioses olvidados y trayendo la paz a los atribulados corazones de aquellos que perdían el rumbo en las aguas del Lorenord.
Cuatrocientos treinta años después de todos estos sucesos, la estrella de fuego de Galador se había apagado. El almenar más alto de Gravad-Zuhar ya nunca se volvería a encender, y los actuales moradores de la fortaleza habían abandonado la Aguja para siempre, convirtiéndose el gran bastión en una sombra oscura que permanecía perpetuamente apagada junto a sus dos torres hermanas. Sin embargo oscuras leyendas hablaban sobre tan lóbrego lugar... leyendas manchadas de malos augurios y de lágrimas teñidas de un intenso dolor, que en tiempos de angustia, se habían derramado sobre las losas de la que fuera considerada la perla más hermosa del bastión del mar. La traición, la muerte y la sangre habían ensuciado sus desgastadas paredes, y hoy todos temían ascender en solitario por su desvencijada estructura y contemplar unos pasadizos cubiertos de moho, polvo y telarañas. Los soldados que hacían la guardia siempre andaban en parejas, portando bien alimentadas antorchas que les guiaran en el camino. Las rondas de vigilancia nocturna se habían reducido a apresurados recorridos por las sombras y a superficiales registros que solían llevarse a cabo bajo el amparo del día. Aun así, los más jóvenes, pues dentro de la milicia real eran los novatos a los que se les asignaba las labores de guardia en la torre maldita, juraban y perjuraban ante sus oficiales, que en las noches más lóbregas, entre el susurro del viento y el batir de las olas contra los arrecifes, podían escucharse risas de niños y llantos de recién nacidos, y en la cúspide, cerca de la atalaya, se llegaba a distinguir el llanto trémulo de un hombre y los gemidos teñidos de desesperación de una mujer que no dejaba de clamar piedad.
En cierta ocasión, un joven soldado llamado Tuith, abandonó la torre pálido como el mármol y tembloroso como un anciano. Cuando se presentó ante Greindell Geremidas, aseguró que su compañero de guardia había quedado atrapado en lo más alto de la Aguja, acuciado por una extraña visión que ambos habían llegado a vislumbrar. Tuith farfulló algo sobre una mujer traslúcida, cuyo cuerpo prendía en llamas azuladas, y que aferrada a los brazos de un siniestro individuo, chepudo y deforme, era arrastrada hasta el almenar, y lanzada desde la punta de la Aguja, perdiéndose en el vacío con un grito espantoso que resonó como un trueno en la noche. Tuith no tuvo tiempo de ver más, pues en cuanto recobró la cordura, echó a correr escaleras abajo, dejando atrás a Tom Boombaiker, su espantado compañero. Tal era el miedo del soldado, que no reparó en la ausencia del otro, hasta que no estuvo en la galería más baja de la Aguja. Cuando horrorizado miró hacia arriba, tratando a averiguar la suerte que había corrido su compañero, a través del hueco de la escalera, le llegó el estruendo de mil risas y mil llantos que acabaron por romper la poca cordura que le quedaba. Tras aquella declaración, Tuith se desmoronó horrorizado y el capitán Geremidas ordenó a diez hombres el asalto de la torre. La Aguja fue registrada de arriba a abajo, pero no encontraron en ninguna habitación señales de la existencia de niños o mancebos; en cambio, cuando llegaron al almenar, hallaron el cuerpo sin vida del olvidado Tom Boombaker, de rodillas en el suelo, con las manos juntas en señal de plegaria, los ojos desencajados por el espanto y el rictus deformado en una horrible mueca. A parte de eso, no se hallaron señales de la mujer ardiendo o del hombre mutilado.
Geremidas mandó encarcelar a Tuith por abandonar a su compañero, y el nombre de Tom Boombaker se unió a la trágica historia de la Aguja. Sin embargo todo castillo tiene sus fantasmas, y un buen rey debe aprender a convivir con ellos. Theorn ordenó que la Aguja fuera vigilada día y noche, y durante mucho tiempo las leyendas de apariciones remitieron. Hoy la Torre Norte de Gravad-Zuhar era un agujero oscuro deshabitado, y muy pocos osaban poner un pié en ella. La madrugada en que los cuernos de guerra llamaban a las armas, Theorn de Lekesville convino que aquel punto sería el lugar idóneo para parlamentar en privado con su hijo, y así se lo transmitió a Ikra.
Galendor recorrió la torre con el corazón en un puño. No era la primera vez que lo hacía, ya en la niñez había jugado con otros muchachos en aquel edificio, retándose unos a otros para ver quién de todos era el valiente que osaba poner un pié en los aledaños de la torre maldita y pasar más tiempo encerrado en ella. En más de una ocasión se había llevado una severa reprimenda del propio Potter por descuidarse en aquellos juegos peligrosos, pero la osadía del príncipe no tenía mesura, y noche tras noche, retornaba con los otros mozos a la Aguja y volvía a tentar a la suerte recorriendo los pasadizos más bajos del fortín y buscando a los fantasmas que tanto horror deparaban a los guardias. Aquella noche, abandonada ya la infancia y seguido por el anciano mayordomo, cuyos dientes no dejaban de castañetear a sus espaldas, subió la escalera atemorizado, sintiendo en su corazón el poder sobrenatural que envolvía toda la torre, y temiendo que los fantasmas que hicieron perder el juicio al pobre Tuith y trajeron la desgracia a Tom Boombaker, salieran a su encuentro y lo atraparan para siempre. Pero nada de eso sucedió, y llegó a la trampilla que daba acceso al almenar sin escuchar voz alguna. Junto al pórtico se encontraban cuatro soldados armados con cotas de mayas, almetes, picas, antorchas y largas capas de terciopelo azul oscuro que les hacían invisibles entre las sombras. El caudillo de la guardia, al verle aparecer, señaló la cúpula y habló con voz vigorosa.
-Vuestro padre os espera en la atalaya. Quiere veros a solas.- Aquella última frase la pronunció mirando fijamente al viejo Potter.
Galendor captó rápidamente el mensaje y se volvió hacia el criado cuyo rostro aparecía pálido y tembloroso.
-Espérame aquí, amigo mío. Junto a ellos no te pasará nada.
Potter afirmó con un cabeceo y observó con resquemor a los enormes soldados. Sus expresiones sombrías apenas transmitían sentimientos. El criado suspiró resignado y vio como el decidido muchacho cruzaba la barrera de guardias y encaraba la rampa que daba acceso a la punta de la atalaya.
Mientras empujaba la trampilla y sentía como un turbión de viento helado, acompañado de un torrente de agua, traspasaba el hueco y lo azotaba con fuerza, Galendor fue presa de un intenso desasosiego. Más allá de fantasmas y almas en pena, de maldiciones y abominaciones, en la punta de la torre maldita le aguardaba su destino. Conocía a su padre demasiado bien, y lejos de recriminarle o reprenderle por el comportamiento exhibido ante los consejeros aquella noche, Theorn de Lekesville iba a obsequiarle con una charla sobre los valores y deberes que debían acompañar a todo buen rey. No sabía exactamente si el discurso acabaría con algún tipo de castigo, pero el príncipe estaba dispuesto a afrontarlo con dignidad.
Afuera el tiempo era dañino. Seguía lloviendo con fuerza y la tormenta se desataba con inusual ímpetu. El agua calaba en las ropas de montar que vestía, helándole hasta las ideas, y su gabán negro se agitaba aparatosamente arriba y abajo a merced del viento. Galendor se cubrió la cabeza con la capucha de piel, ajustándola con los cordones, y observó la imagen de su padre, recortada en la noche contra poniente, alzándose vigorosa sobre el matacán y erigiéndose entre las puntiagudas almenas. Tenía las manos entrelazadas a la espalda, y era tan alto que parecía fundirse con la negrura de la noche, convirtiéndose en el guardián imperturbable de las encrespadas aguas del mar que se perfilaban alrededor de la estructura. El viento hacía batir sus ropas, otorgándole ese aire humilde tan característico en él, sin embargo, sobre su cabeza brillaba ahora la corona de Abisinia, trayendo algo de luz a aquel tenebroso paisaje. El aro, de bronce envejecido, reposaba sobre una frente despejada y húmeda, y presentaba un bocel con perlas y hermosos diamantes, y un canasto, pulido en oro viejo, calado a la testa y ornamentado con leyendas de marfil referentes a los primeros días del reino de Abisinia. Hornacinas engarzadas con pedrería remataban tan hermoso cordón. Una diadema se fundía con el canasto; sobre ella, en caso de llevar la corona ajustada al yelmo, podía acoplarse un resplandor de espinas de bronce que en tiempos de guerra, engalanaba la cabeza del monarca e infundía el terror en el enemigo. Aquella no era la corona de un rey ostentoso o rico, sino el tributo de un poderoso guerrero, pues la tradición de los Lekesville procedía de una casta de hombres conquistadores, de nómadas que durante mucho tiempo habían vagado por el norte sin destino o rumbo fijo, pero la belleza de tan valioso ornamento residía en su simplicidad y en su buen gusto.

Relato Fantástico - La Tierra del Dragón (VIII) Galendor, sacudido por el viento y la lluvia, caminó en silencio y se situó tras su padre. Era la primera vez que ascendía a la cúspide de la Aguja, y embargado por la impresionante vista que se alzaba a su alrededor, guardó silencio mientras su mirada vagó perdida por el horizonte. El Lorenord, cuya superficie se extendía como un interminable desierto alrededor de la torre, arrastraba grandes olas que se alzaban vigorosas sobre un seno furibundo, rompiendo a pocas millas de la ensenada, y creando torrentes de espuma que llegaban hasta la playa en cascadas de plata. Ningún barco se distinguía al oeste o al sur, tan solo una impenetrable oscuridad que se volvía más espesa en el norte. No había estrellas ni luna, las nubes de tormenta habían cubierto por completo el firmamento, tan solo una opaca sombra que amenazaba con engullirlo todo se distinguía en las alturas.
Al este había algo más de claridad. Galador estaba completamente iluminada: los hogares encendidos, el fuego prendido en las antorchas, las puertas de las murallas abiertas, y a pesar del fragor de la tormenta, llegaba a escucharse el repiqueteo de los cascos de los caballos y el ajetreo de las apacibles gentes que eran arrancadas de sus plácidos sueños por la inminente noticia de la guerra. La ciudad portuaria no era más que un punto perdido entre los valles y las planicies, pero en sus calles se llegaba a divisar los tumultos y las manifestaciones que comenzaban congregarse en los barrios más importantes. Cualquier otro día Galador hubiese sido un remanso de paz en horas tan tardías, pero aquella noche todo era distinto, no había cabida para la paz, y la confusión era la nota predominante, que incluso desde la Aguja, podía percibirse en la urbe.
Theorn permaneció en silencio y permitió que su hijo se empapara del ambiente que reinaba a su alrededor, de las emociones encontradas que llegaban desde la ciudad y que inevitablemente calaban en el corazón de cualquier observador avispado. El muchacho se sintió estrangulado por la fuerza que expelía el paisaje: el Lorenord, envuelto en un frenesí incontenible, transmitía furia, en cambio, a pocos metros, la ciudad de los pescadores, contagiaba una inminente sensación de tragedia capaz de prender en el alma más espartana.
Galendor, acongojado por la situación, aguardó en silencio y esperó a que el rey hablara cuando lo creyese oportuno.
-Ven conmigo, hijo mío.- invitó Theorn.- Quiero que veas algo.
Galendor se situó a la vera de su padre y dirigió su mirada hacia el oeste, pues los ojos del rey miraban mar adentro.
-El llanto del Lorenord se nos une esta noche aciaga. El hermano de Galador clama venganza por la injusticia despechada en el país de Abisinia. No es furia lo que transmite el mar, sino pena y abatimiento.- Los ojos del rey se convirtieron en meras rendijas y su mirada ganó en profundidad, fundiéndose con el horizonte que se perfilaba junto al ocaso.- Galendor... ¿Has imaginado alguna vez las tierras que se extienden más allá de la raya que marca el infinito? ¿Las tierras que acogidas en el manto del Lorenord, aguardan la llegada de los señores humanos?
El muchacho afirmó con la cabeza. Aquel pensamiento era el que cada día turbaba su mente... el anhelo que sacudía su corazón y acuciaba su alma. No había noche que no pasara por su cabeza la idea de ver nuevas tierras, de imaginar nuevos países, de sentir en el rostro la brisa viajera del este o el oeste, de seguir el camino del sur y perderse más allá de la fina línea fronteriza que delimitaba lo conocido de lo desconocido. De imaginar un mundo tan diferente a lo habitual, a lo cotidiano, como para despertar su admiración y hacerle sentir más vivo que nunca.
-Más allá de esa línea que marca occidente, están los territorios perdidos, pero antes queda la tierra de los seldars, los olvidados seldars, los remotos seldars... aquellos que jamás vimos y siempre estuvieron allí. Un barco podría perderse en el oeste, y la marea lo arrastraría inevitablemente hasta los bastos arrecifes de Vigas Lun, con sus veinte torres escarpadas que custodian la costa e impiden al viajero atravesar la bahía. Y más allá se encuentran Older y Aman, las dos islas gemelas que dan la bienvenida a la legendaria tierra de los señores olvidados: Adantir, la isla de marfil y cristal, la tierra de ciudades de nácar y bóvedas de ámbar; donde los viejos seldars rigen desde la formación del mundo y observan el destino hasta el holocausto final. Donde los sabios ancestrales contemplan los reinos que se alzan alrededor del nuestro... lejanos a la tierra de Argos. Reinos que algún día quizás lleguemos a visitar...
“Por desgracia, hoy, no se sabe de ningún barco que halla logrado remontar la bahía de los seldars y regresara posteriormente a puerto amigo. La legendaria y secreta Adantir... tan próxima, y a la vez tan lejana... Somos incapaces de imaginar su basta cultura o la magia ancestral que rige su mundo... nadie los ha visto jamás porque nunca nadie ha retornado de ese país.
-Hubo alguien que los ha visto y que sin duda iría más allá de Adantir.
Theorn se volvió hacia su hijo, curioso.
-¿Quién?
-Greidell Lekesville, nuestro antepasado. Según cuentan los libros, tras fundar el reino de Abisinia y dejar el gobierno en manos de su hijo, subió a esta misma torre, y partió hacia el oeste a lomos de un gran grifo, perdiéndose en los territorios prohibidos para siempre. Sin duda Greidell vislumbraría desde el cielo la legendaria Adantir y contemplaría a los seldars y sus magníficas ciudades.
-Es posible, mi buen Galendor. Pero Greidell jamás regresó a Abisinia, y aquello que pudiera ver o contemplar se perdió para siempre con él. Sin embargo Adantir se remonta a tantas leguas en lontananza, que su mundo nos es completamente indiferente. ¿Por qué preocuparnos por algo que somos incapaces de alcanzar? ¿Por qué pensar en tierras de marfil y cristal, cuando existen países de tierra y barro más próximos que aun no hemos podido conquistar?
Mientras hablaba, el rostro del rey fue girando hacia el este, remontando el último confín del Lorenord, allá en el norte, y vislumbrando el punto donde el mar perdía su nombre y se convertía en el Olvidado. La línea se volvía tan difusa por la borrasca y la noche, que tan remoto confín se presentaba inalcanzable para cualquier osado vigía. No había rutas comerciales más allá del Lorenord, ninguna carta marítima confeccionada en los últimos mil años, describía la costa que se extendía más allá de los arrecifes septentrionales de Abisinia. Aquel punto, una ampliación de la Franja de No Retorno, significaba el fin de cualquier ruta marítima o comercial, y el inicio de lo desconocido y lo prohibido... tan próximo y tan lejano a la vez... tan tentador y tan dañino a la vista...
Galendor siguió con la mirada los ojos del rey, y se encontró con los montes de Tom-Bradil. Incluso desde la Aguja era incapaz de salvar los aserrados picos de la cordillera fronteriza y vislumbrar las tierras que se perfilaban más allá de su ladera norte. Tom-Bradil era un muro infranqueable, una barrera de montañas y acantilados que ni el ojo más avispado podía llegar a atravesar.
-¿Escuchaste las palabras del maestro Izelgood?- murmuró el rey.- Indicios de una gran guerra... una guerra que trajo consigo tal dolor, que conmocionó a nuestros antepasados hasta el punto de trazar una frontera y olvidar parte de nuestra historia para siempre...
-Fortalezas acorazadas... torreones inexpugnables... ciudades derruidas...- continuó el príncipe.- Buscan esclavos... un poder ancestral... ¿Qué poder es ese?
Theorn negó con la cabeza y sus ojos fueron incapaces de apartarse de las escarpadas laderas de las lejanas montañas fronterizas. Era incapaz de imaginarse el mundo que se extendía más allá... su envergadura, su vastedad, la verdadera historia que había forjado miles de leyendas tan horribles, que eran relatadas con superstición y temor en las noches más tenebrosas.
-No ha existido rey en Abisinia que no observara con hastío esas montañas, hijo mío. Recuerdo que mi padre a menudo paseaba por el almenar de la muralla y su vista se perdía una y otra vez hacia el norte, contemplando Tom-Bradil con la misma animadversión y fascinación que hoy lo contemplamos nosotros.
“Siendo un niño me preguntaba porque el rey no enviaba mil soldados contra esas montañas. ¿Por qué no osaba conquistar las Tierras Baldías y las anexionaba al país de Abisinia? Tal era mi curiosidad por los territorios que pudieran extenderse más allá de Tom-Bradil, que no había noche que no dejara de preguntarme como sería el lugar del que tanto hablaban las supersticiones y del que habían renegado nuestros antepasados.
“Con el tiempo comprendí que en estos temas lo mejor era ser prudente y no tentar a la suerte. Si durante mil años nadie había osado poner un pié en aquellas tierras, por algo sería. Desde luego no iba a ser yo el que contradijera las advertencias de nuestros antiguos y alzase un ejército contra un país del que nada sabemos. Prefería dormir en paz en mi cama, a despertar un pandemonio que durante demasiados lustros había permanecido dormido.
-Es posible que ese pandemonio ya se halla despertado.
Theorn afirmó con la cabeza.
-Es posible...
-Y es posible que no fuéramos nosotros los destinados a iniciar la locura,- añadió el príncipe.- quizás el destino auguraba que fueran los propios durmientes los que despertaran en el norte y trajeran sus armas a Abisinia...
-No lo sé, hijo mío.- susurró el rey.- Quizás, como dijo Sandor Reeken, nos enfrentemos a una simple tribu de salvajes, que después de permanecer siglos encerrados en sus cuevas, se hallan decididos a atacar la tierra auspiciada por el sol... Pero también cabe la posibilidad, tal como advertía el maestro Izelgood, que nos enfrentemos a algo más grande todavía. A algo que venga derivado de esa historia a la que nuestra memoria ha renunciado, y que hoy, después de casi una era, regresa y amenaza con arrastrarnos a todos.
-No lo sé, padre...- balbuceó Galendor sin apartar la mirada de aquellas laderas interminables, de la oscuridad que se filtraba en forma de turbias nubes entre los picos más altos, de la pared infranqueable que cruzaba el paisaje de oeste a este... alzándose como negro muro en el horizonte.-... lo cierto es que lo expuesto por el caballero sir Yavin resulta demasiado inquietante.
De pronto el rostro del rey dejó de enfocar el norte, y se desvió hacia su hijo. Galendor pudo percibir en sus iris castaños una nota de miedo tan profundo, que prendió en el corazón del muchacho y lo hizo latir desaforadamente.
-¿Qué sucede, padre?
El rey envejeció de repente y sus ojos ganaron en profundidad y en tristeza.
-Antes de partir a la batalla quiero saber una cosa...
-¿Qué es lo que queréis saber?- balbuceó Galendor sin llegar a comprender el porqué del repentino cambio en el talante de su progenitor.
-Quiero saber si, llegado el momento, te verías con fuerzas para tomar las riendas del país.
Galendor enmudeció al escuchar aquellas palabras, y de pronto se sintió abrumado por el peso que suponía semejante cuestión.
-Padre... ¿Qué... qué queréis decir?
El rey respiró hondo, y su rostro, sombrío y mojado por la lluvia, se alzó en la noche regio y adusto, como en él era habitual.
-Mañana partiremos a la guerra y cabalgaremos hasta Vundar para enfrentarnos a esos arrogantes bastardos. Mi padre me dijo en su día que el rey, además de dirigir, debía combatir siempre a la vanguardia de sus tropas. Ese es el destino de todo señor en la guerra: comprometerse con los suyos, sufrir junto a su pueblo y guiar a sus ejércitos como un audaz. Es la única manera de ganarse el respeto de sus hombres y hallar la fuerza necesaria para dominar todo un país.
“Supongo que en más de una ocasión habrás escuchado como Greidell, el primer rey de Abisinia, guió a su gente contra las tropas de Melenao.- Galendor afirmó con la cabeza, pero tal era la devoción que sentía hacia aquel relato, que instó a su padre a que lo volviera a contar.
-Dice la leyenda que nuestro pueblo se refugiaba en esas mismas montañas que hoy todos contemplamos con temor.- La mirada de Theorn se perdía entre los Montes de Tom-Bradil y su rostro, emocionado, se crispaba con las imágenes que traía consigo la imaginación. Imágenes que rememoraban la gestación de una edad que se rehacía de viejas y profundas heridas y daba sus primeros pasos en pos de una estabilidad por la que mucho habría que combatir todavía.- Eran nómadas que en algún momento de su historia, habían perdido todo hogar y toda patria. Dice la leyenda que caminaban desahuciados por las montañas, refugiándose en las cuevas y observando como el destino ponía fin a su estirpe. El hambre diezmaba su razón, y el miedo a los burdass, que dominaban toda la cuenca baja de Tom-Bradil, les impedía cruzar la frontera y adentrarse en tierras más prósperas.
“Greidell Lekesville, considerado el loco aventurero por sus hermanos, fue el primero en revelarse a aquella situación. Predicaba entre su pueblo que más allá del valle de los orcos, existía un mundo libre. Que el poder de los burdass se concentraba únicamente alrededor de las montañas... que más allá de la cuenca baja de Tom-Bradil existía un basto continente dominado por hombres y elfos, y que el mal que mantenía a su pueblo confinado entre las montañas, no era infinito.

Relato Fantástico - La Tierra del Dragón (VIII) “Greidell fue tachado de loco e insultado por los suyos, pues según cuenta el mito, aquellos nómadas habían sufrido mucho a manos de los seres oscuros, y su patria, fuese cual fuese, se había perdido en el ocaso de la Edad de la Sombra. Pero Greidell, inconformista y osado, abandonó las cuevas y lleno de esperanza, atravesó la cordillera. Vio el sol por primera vez en su vida, y contempló los valles planos que se abrían más allá de la ladera. La tierra que habían tomado los burdass era próspera y hermosa... nada que ver con las gélidas montañas que su gente habitaba. Un gran río bañaba toda la región, y aunque los bosques y los prados no eran abundantes, sí que había tierras para cultivar, animales que dieran carne y un gran mar que podría nutrir a los suyos hasta el fin de los tiempos.
“Se dice que Greidell lloró agradecido al vislumbrar aquella tierra próspera y llena de posibilidades. Un paraíso que los hados habían puesto a merced de los orcos, y que de seguir en sus manos, acabaría convirtiéndose en un erial inhabitable. Durante mucho tiempo vagó por el que en un futuro sería el país de Abisinia. Greidell contempló las burdas y primitivas aldeas orcas y oyó hablar del que se había autodenominado señor de la costa occidental de Argos: Melenao el Sombrío, un antiguo guerrero humano, que tras perder una gran batalla en el norte, se había fortificado en aquel territorio, y defendía su posición como gato panza arriba de los ataques llevados a cabo por los países vecinos. Sin embargo, Greidell vio como los ejércitos de Melenao se congregaban en el este y en el sur, descuidando las montañas y haciéndole vulnerable a un ataque procedente de tan insospechada posición. Con tal pensamiento, nuestro héroe regresó a las cumbres, y una vez más habló a su pueblo de la riqueza de las tierras que había llegado a vislumbrar.
“Les habló del sol y del cielo azul, de los bosques y del mar, de la luna y las estrellas. Los nómadas escucharon a Greidell maravillados y esta vez, contagiados por la misma motivación que había movido al exiliado en el pasado, aceptaron su palabra y muy pocos osaron tacharlo de loco. Ahora veían con admiración al hermano al que todos creían perdido... el hermano que había retornado con vida del exilio, sobreviviendo más de un año lejos de las montañas y regresando con historias, que en los momentos más decadentes, traían la esperanza y la ilusión a un pueblo que se enfrentaba a la extinción absoluta. Los nómadas se alzaron en armas, y siguieron al joven Greidell hasta la tierra dominada por el sol. Según esa misma leyenda, nuestros ancestros eran poderosos guerreros que en una vida anterior, descendieron de altivos señores conquistadores. Eran diestros con el acero y sus músculos, después de pasar tanto tiempo en las montañas, tenían la consistencia de la roca maciza. En apenas tres cuentas arrasaron con todas las aldeas de orcos que se encontraban en la ribera norte del Sucros, estableciéndose en aquellas tierras. Una vez que se hicieron fuerte, Greidell tomó un gran ejército, y se alzó en contra de Melenao el Sombrío.
“El Aventurero llegó donde otros muchos guerreros de la vieja patria de Argos no habían osado llegar. Por entonces las tropas de Melenao se encontraban diezmadas por el desgaste de la guerra contra Luján y el acoso inesperado de los nómadas del norte. Greidell llevó a sus hombres hasta el campamento del señor de los orcos, dando muerte a todos los ejércitos burdass que encontró a su paso, y se enfrentó al propio Melenao a los pies del Bastión de Munar; allí cercenó su cabeza y rompió las trincheras enemigas, permitiendo a los caballeros de Luján unirse a los bravos guerreros llegados desde Tom-Bradil.
“La reconquista de la cuenca baja de Tom-Bradil y del cauce del Sucros se prolongó durante poco más de un año, después Greidell reclamó ante los señores de Luján las actuales tierras de Abisinia por la que tanta sangre se había derramado. Por supuesto nadie osó contrariarle, pues aquellos nómadas, surgidos de la nada, habían sido los verdaderos artífices de la victoria sobre Melenao. Era justo que para ellos fuese el país arrebatado a los burdass, además, se mostraban como un pueblo pacífico, a pesar de su origen montaraz y agreste, y Greidell, ecuánime y justo, se comprometió a convivir en paz con las tierras vecinas de Yentai y Gallard.
“Los nómadas proclamaron rey a Greidell de Lekesville y nombraron a aquellas tierras como Abisinia la Costera. Los colonos alzaron humildes ciudades, que con el tiempo enriquecerían y se expandirían; se fundaron pequeñas aldeas que poblaron todo el cauce del Sucros, y tal como el nuevo rey soñó en el destierro, su pueblo conquistó el Lorenord y rindió cumplido tributo al gran mar azul. Este mismo mar que hoy baña nuestras tierras...
Galendor contempló los barcos de los pescadores meciéndose arriba y abajo ante el malecón. El oleaje del Lorenord era alto, bravo, indomable. La tormenta lo fustigaba con fuerza, arremetiendo virulentamente contra los muelles y las naves ancladas junto a la rivera, lejos de la playa. Varias calles más abajo, la ciudad seguía despertando de su letargo: las casas se iluminaban, y las avenidas se llenaban de gente... personas que por primera vez oían el anuncio de la guerra y las disposiciones tomadas por el rey. Las puertas de la muralla exterior de la ciudad se habían abierto, y en más de una ocasión se llegó a vislumbrar el destello fugaz de la armadura de algún emisario que partía veloz como un rayo hacia la campiña que rodeaba la urbe, perdiéndose por alguno de los caminos que conducían al este o al sur.
-¿Por qué me contáis todo esto, padre? ¿Por qué me habláis de Greidell Lekesville, y qué tiene que ver con vos y la guerra que estamos a punto de afrontar?
-Greidell cabalgó frente a sus hombres, espoleándolos a la batalla y combatiendo por unas tierras con las que había soñado desde que no era más que un desdichado exiliado. Yo mañana haré lo mismo. Cabalgaré a la vanguardia del ejército de Galador, y en el frente, llevaré la corona de Abisinia ante todos nuestro hombres. Pero no combatiré por conquistar una patria, sino que lo haré por defenderla, como lo hicieron nuestros antepasados. Combatiré por toda esa gente que hoy despierta temerosa en sus hogares, por todos aquellos que morirán en el campo de batalla... por aquellos que merecen justicia. Pero sobre todo, mi buen Galendor, lo haré por mis hijos... porque hereden una tierra de oportunidades y porque la misma paz que ha acompañado mi reinado, tenga continuidad cuando seas investido vigésimo rey de Abisinia.
“Mi deseo es que seas un rey justo, y que si algo me llegase a suceder en Vundar, ocupes mi puesto de inmediato...
-¡Padre, no digáis eso! No os sucederá nada...
El monarca irguió la cabeza, y su rostro, umbrío, adoptó un aire melancólico que perduró en la mente de Galendor durante mucho tiempo.
-Hijo mío, cuando decides ir a la guerra, nunca se puede llegar a saber cual es el destino que la suerte te tiene reservado. Tú no eres vidente ni oráculo, el futuro escapa a tu discernimiento, al igual que escapa al mío, y ante semejantes circunstancias, ninguno de los dos podemos aventurar algo que inevitablemente desconocemos.
“Cuando nacemos, el azar deja una huella imborrable en nuestro futuro... un destino que no podemos evitar, ni tampoco renunciar a él. El de tu madre era morir en una cama desangrada después de traer al mundo a tu hermano. Durante mucho tiempo me resistí a esa idea... lloré amargamente su muerte y noche tras noche, me preguntaba porque su vida se había extinguido tan pronto. Con el tiempo comprendí que la vida es el caudal que proviene de una fuente incontrolable... tiene un principio y un final, y nada de lo que digamos o hagamos, puede evitar que ese caudal se corte cuando llega su momento. ¿Entonces que nos queda a los que permanecemos en este mundo? ¿Pena, frustración, rabia...? Sí, quizás sí. Pero nos queda algo más... nos queda la oportunidad de sobreponernos y seguir adelante. Sacar fuerzas de flaqueza y cumplir con nuestra parte del destino... afrontar esa prueba que el azar pone en nuestro futuro y llevarla acabo con la mayor dignidad posible.
El rey se giró hacia Galendor y su semblante se volvió condescendiente y afable. El de un padre que se siente orgulloso ante su hijo.
-Galendor, eres más inteligente y más fuerte que yo. Si estoy seguro de algo, es que el futuro te reserva grandes cosas. Algún día serás un rey sabio y poderoso, y bajo tu mano, este país prosperará y será reconocido allende las fronteras de Abisinia.
“Mañana marcharemos hacia Vundar y combatiré con todas mis fuerzas para restaurar la concordia en esta región. Combatiré para poner una piedra más en pos de una paz necesaria. Lo haré por ti, mi buen Galendor. Solo por ti... porque creo en tu valor, en tu ímpetu, en tu orgullo; porque creo que algún día serás un buen rey, y que bajo tu responsabilidad, esta tierra se volverá tan prospera y rica, como cuando Greidell, en el exilio, vio a orillas del Lorenord una última esperanza para su pueblo.
“Ahora, Galendor, mira a tu alrededor y responde a mi pregunta... ¿Te sientes con fuerzas para ser soberano de Abisinia? ¿Tienes ánimos para reinar sobre todas las tierras que se yerguen más allá de las murallas de Galador? ¿Serás capaz de administrarlas con sabiduría, y defenderlas con honor?
El muchacho observó los valles dominados por la noche, los campos interminables de trigo y maizal, los caminos que se perdían serpenteantes en las bastas llanuras, los bosques... el mar... Sin duda era un paisaje familiar y querido, una imagen que le había acompañado desde la niñez. Sin poder evitarlo sintió una punzada en el corazón, pero esta vez no era a causa del deseo de partir para explorar nuevas tierras, no era un pálpito de nostalgia por recorrer la senda extraña que se perdía en la vereda, sino más bien era una dentellada de deseo melancólico y evocador por la tierra en la que había nacido y que inevitablemente heredaría. Era un deseo de sentirse arraigado a un lugar que inevitablemente amaba desde el día que abrió los ojos y vio la luz del día por primera vez.
-Amo esta tierra, padre, y deseo ser su rey. Cuidar de ella, como lo hacéis vos y como lo hicieron los anteriores señores de Lekesville. Deseo ocupar vuestro puesto llegado el momento.
Theorn pasó sus manos sobre la piedra lisa de las almenas y sintió en la piel las profundas vetas de la argamasa.
-Así sea, Galendor, gobernarás un país y amarás la patria en donde naciste. Abisinia es tu hogar, y tu destino está vinculado a él. Serás un buen rey, no me cabe la menor duda. Aun así, si algún día has de partir, lleva el corazón de Abisinia allá donde vayas, y guarda siempre profundo el anhelo de retornar, pues ningún lugar, por muy singular o exótico que sea, es tan hermoso como la tierra a la que estás predestinado.
-Lo haré, padre.
-Muy bien.- El rey esbozó una sonrisa, y su mirada se desvió alrededor. De pronto el susurro del viento traía algo más que un simple ulular. La Aguja era engullida por las tinieblas, y la lluvia todavía golpeaba con fuerza incontenible. El paisaje cada vez era más desapacible y hostil.- Será mejor que marchemos. La vieja torre despierta y no deseo estar aquí cuando abra los ojos.
Galendor no respondió, sin embargo sintió como su piel se erizaba cuando el gemido del viento, que mostraba cierta semejanza con el llanto de una mujer, arraigó en su subconsciente y le hizo temblar de pavor. Por desgracia, o por suerte, no tuvo tiempo de constatar sus miedos. El rey rodeó sus hombros con un fornido abrazo, y juntos abandonaron la cúpula de la siniestra torre.

Yavin tenia la cabeza completamente embotada, los músculos temblorosos, y un agudo dolor implantado en la sien. Sentía el contacto ardiente de la dama en su espalda, restregándose y dejando la huella de su cuerpo caliente en la piel. Las últimas palabras de la princesa reverberaban en su cabeza como un eco interminable, una advertencia que se negaba a desaparecer. Secretos y confidencias a cambio de su honor... su honor de caballero... el juramento más grande que podría pronunciar jamás.
-Señora, no puedo hacerlo.- Pero su voz sonaba dubitativa y sin convicción, algo que la dama percibió rápidamente.
-Sir Yavin, usted es un hombre honesto y con principios.- Los labios de Ikra rozaban su oreja, vertiendo las palabras directamente en su oído.- Necesito su ayuda, la princesa de Abisinia reclama su auxilio. Debe escucharme, aunque solo sea por piedad, pero no antes de prestar juramento por su silencio.
Sintiendo como las piernas le temblaban convulsivamente, tuvo que llevarse los dedos a la sien para acallar el latido que lo estaba torturando.
-No le pido mucho, caballero. Simplemente su juramento de silencio a cambio de unas cuantas palabras, nada más.
Yavin agachó los hombros con aire abatido. Desde que había llegado a palacio, se había sentido inmerso en un juego de voluntades, un huracán incontenible que ahora amenazaba con arrastrarlo también a él. ¿Pero qué podía hacer? Negarse a escuchar a la princesa. Eso iba en contra de los estatutos de su Orden, y más cuando la doncella estaba suplicando su piedad. No tenía más remedio que aceptar los términos establecidos por la princesa y rezar porque sus intenciones no fueran deshonestas.
-Mi voluntad es vuestra, mi señora. Juro por mi honor de caballero que lo que me digáis esta noche quedará guardado en el mayor de los secretos.
-Vuelva a jurarlo.- insistió Ikra apretándose con más fuerza contra la fornida espalda de sir Yavin.
-Lo juro. Lo juro por mi honor.
Satisfecha, la princesa liberó su presa y se apartó bruscamente de él.

Relato Fantástico - La Tierra del Dragón (VIII) Yavin suspiró agobiado. Desde que abandonó la aldea de Vundar, había tenido la impresión de cargar con todo el peso del mundo. Ahora, asfixiado por los muros de la celda, sentía como un nuevo lastre caía sobre sus espaldas, cargándole con una presión que ya era insostenible. La princesa realmente parecía desesperada, todos los indicios iban dirigidos a que necesitaba urgentemente su ayuda en algún asunto de índole apremiante; pero también cabía la posibilidad de que aquella mujer no fuese lo que aparentaba ser. Quizás quisiera aprovecharse de su buena voluntad, que sus intenciones no fueran tan loables como cabía esperar. Bien conocidos eran los tejemanejes de la aristocracia y la rivalidad que solía existir entre los propios miembros de la realeza. Las intenciones de un príncipe podían ser inescrutables o traicioneras. Debía mantenerse alerta en todo momento y mesurar las palabras que pronunciaría a continuación. Fuese como fuese, ella lo había conseguido: Yavin había pronunciado sagrado juramento y ahora solo quedaba esperar para averiguar sus intenciones.
Mientras Ikra se situaba ante él, Yavin se dejó caer sobre el colchón y sintió como sus miembros extenuados agradecían aquella pequeña tregua. Tenía la espalda empapada de sudor y el cuello engarrotado.
-Los muros de este castillo no son seguros.- murmuró la princesa.- Tienen miles de ojos y miles de bocas, por lo tanto he de insistir en que lo que voy a relatarle a continuación debe quedar entre nosotros dos, un secreto que debe acompañarlo a la tumba.
-Ha conseguido mi juramento por dos veces, mi señora. ¿Qué más puedo ofrecerle a cambio?
Ikra cerró los ojos y la conmoción que sentía ante la encrucijada en la que se había visto inmersa se reflejó en su semblante. Yavin temió que llegara a desfallecer, sin embargo suspiró resignada y optó por confiar en el desconocido. La mujer se deslizó hasta la cama, se arrodilló ante el caballero y sus miradas quedaron unidas en un nexo inquebrantable. Yavin, hipnotizado y azorado ante la sumisión mostrada por la princesa, fue incapaz de apartar la vista de aquellos ojos relucientes.
-Caballero, mañana partiréis rumbo al este. Mi padre y mis dos hermanos viajarán junto a usted y podrá constatar por sí mismo todo cuanto os tengo que decir.- Ikra hizo una pausa y trató de liberarse del desasosiego que atenazaba su corazón. Fue un acto vanal, un intenso desvelo asomaba en el perfil de sus ojos mostrando toda la inquietud que, como una amarga e imperecedera pesadilla, embargaba sus pensamientos.- Hoy ha tenido la oportunidad de hablar con Galendor, es un muchacho vivo y confiado, tal vez un poco temerario, pero el descuido del rey, o quizás su exceso de celo, lo han vuelto de esa manera. Con el tiempo cambiará y madurará, tomando conciencia de las funciones que le han sido designadas desde su nacimiento. En cambio usted no conoce a Elvor.
Yavin pudo observar como al nombrar a su hermano menor, los iris de Ikra titilaban, quizás presa de un miedo irracional e inconfesable.
-Elvor es muy diferente a Galendor. Desde bien pequeños ambos han estado enfrentados y han mantenido una intensa disputa. Quizás, la confianza y el optimismo de Galendor hallan cerrado sus ojos, pero Elvor lo envidia... lo envidia profundamente. Codicia los favores que la naturaleza ha otorgado a su hermano mayor. Observa con resignación como Galendor algún día será rey de Abisinia y él no será nada, tan solo un príncipe destronado.
-Muchos herederos en la posición de Elvor sentirían lo mismo que él.- replicó Yavin ofuscado.- Además, el rey ya debe ser consciente de todo esto.
-¡El Rey no es consciente de nada que vaya más lejos de sus mismas narices!- exclamó Ikra presa de un nuevo acceso de rabia.- Vos mismo visteis hace un rato los hábitos que luce mi hermano. La túnica roja, el clámide que representa el arte de la hechicería.
Yavin afirmó con la cabeza. Él mismo se había sentido escandalizado cuando Elvor había irrumpido en la Sala de la Corona ostentando tan tenebrosos atuendos. Según los decálogos de la magia, el arte y el aprendizaje de un novicio dispuesto a recorrer el sendero de lo arcano podía discurrir por tres caminos: el mago o los sirvientes del Bien, investidos con el mesal o la túnica blanca; el hechicero o el ser Neutro, investido con el clámide o la túnica roja; y finalmente el nigromante o los adoradores de la Oscuridad, investidos con el menzano o la túnica negra. Según las leyes arcanas, un mago tan solo podía restringir su campo de trabajo a la magia blanca, a la magia natural, a la magia milenaria proveniente de los viejos legados, en cambio un nigromante se encomendaba al mal y a las tinieblas que dominaban el infierno conocido como Abismo. El nacimiento del nigromante era un insulto a las leyes de la naturaleza, un aborto indigno a la razón; repudiaban la luz, y se investían con el manto de la negrura, encomendándose a las tinieblas. Mientras los magos basaban su decálogo en las leyes naturales, siguiendo un orden y un canon ético y moral establecido, los nigromantes repudiaban todos estos factores y se entregaban a la perfidia y al tenebrismo, empleando el miedo y lo antinatural para crear su arte prohibido. Un hechicero, como máximo exponente de la neutralidad, debía caminar por el sendero intermedio, su voluntad debía ser lo suficientemente fuerte como para mantenerse férrea e inamovible y no caer en la tentación de la nigromancia. El hechicero habitualmente debía acatar las leyes de la naturaleza, pero a la vez también disponía de la libertad para conocer la magia negra y emplearla en caso necesario. Lo que Yavin no tenía tan claro era si Elvor, siendo tan joven, tenía la madurez y la fuerza de voluntad necesaria para resistirse a la tentación que suponía el arte de la nigromancia. La propia Ikra respondió a esa pregunta.
-Izelgood y yo hemos tratado de advertir a mi padre. Elvor es demasiado joven para llevar esa túnica, es demasiado joven para leer los libros proscritos de los nigromantes. Pero el rey Theorn no comprende el verdadero significado de la magia. Él, aparte de rey, es un guerrero y como tal, los asuntos arcanos le traen sin cuidado.
“Pero el verdadero mal de Elvor, lo que más me hace temer el desastre, es el rencor, la rabia y el miedo que anidan en su corazón. Elvor es joven e impetuoso. Dicen las malas lenguas que se enfrentó a su maestro y tal fue su desdén, que Izelgood acabó expulsándolo de su orden, y eso que mi hermano era el alumno más aventajado del maestro. Aun así no creo que el alma de mi hermano esté perdida...- Y al pronunciar aquella frase, Yavin atisbó en los labios de la princesa más deseo y esperanza que realidad.-... no todavía. Elvor viste el clámide, y confabula en la oscuridad de su celda. Solo los dioses pueden saber lo que trama o lo que pasa por su cabeza... pero yo... yo temo lo que pueda hacer...
La voz de Ikra se quebró llegado a aquel punto y su rostro se llenó de sombras. Yavin vislumbró en sus ojos azules la pugna de voluntades y sentimientos que ocultaba la princesa. Amor, odio, ira, miedo, cariño... y algo más... algo que ella jamás osaría confesar. Un secreto que guardaba en lo más profundo de su cabeza.
-¿Qué teméis?- murmuró el caballero cada vez más azorado y ofreciendo sus manos a la princesa como apoyo. Pero Ikra, en vez de aferrarse a ellas, se agarró a sus fornidos brazos y se alzó de la desesperación, clavando sus uñas con tanta fuerza como ya lo hiciese en la Sala de la Corona cuando le instó a guardar noche en el palacio.
-Pensamientos ocultos, sir Yavin, que jamás podrán llegar a ser confesados, pues su concepción en sí misma es tan horrible, que desvela mi cordura y traen mil pesadillas a mis sueños.
-No... no le comprendo, mi señora...
-Nada hay que comprender, mi querido caballero. Solo debe escuchar y asimilar todo cuanto tengo que decirle. Mi hermano Elvor es fuente de mil y un chismorreos. Su vida espartana y reservada, provoca que algunos rumores ronden noche tras noche los pasillos de palacio.
-¿Qué clase de rumores?
-Rumores tan siniestros que congelarían la sangre del más osado. Algunos son falsos y tendenciosos, pero otros... otros son tan reales que erizan la carne y ponen el bello de punta de solo escucharlos. Podría contarle mil historias sobre Elvor, pero me gustaría que escuchara una que conoce todo el mundo en Gravad-Zuhar y que tan solo mi padre ha logrado acallar con su autoridad.
“Cuando Elvor ingresó en la escuela de magia de Izelgood, el mago tenía bajo su protección a un joven aprendiz llegado de Itata, su nombre era Isker. Era algo mayor que Elvor, quizás dos o tres años, pero el don de la magia era innato en aquel muchacho al igual que lo era en mi hermano. Izelgood estaba muy orgulloso de él, y confiaba plenamente en sus dotes. Tal era la confianza entre maestro y pupilo, que Izelgood no dudó en encomendar el aprendizaje de Elvor al joven Isker.
“Pero mi hermano ya era por entonces muy orgulloso, y no deseaba estar bajo la tutela de un simple aprendiz. Su aspiración era recibir su adiestramiento del propio Izelgood, y no ser aleccionado por un chico de su edad. Así que pronto, los dos aspirantes a mago se enfrentaron abiertamente, despertando la indignación del venerable arcano. Pero mi hermano ha nacido para ser mago, sir Yavin, la magia corre por sus venas y con tan solo un año en la escuela de magia se hizo tan poderoso como lo era Isker. Las disputas entre ambos se convirtieron en encarnizadas batallas y en auténticas trifulcas incontrolables... hasta que llegó un día en el que el joven de Itata desapareció sin más y nadie supo nada de él.
-¿Cómo es posible?- balbuceó sir Yavin.
Ikra se cruzó de hombros y sus ojos evitaron la mirada del caballero.
-No lo sé con certeza. Isker desapareció sin dejar rastro alguno o señales de despedida. Su familia lo buscó durante mucho tiempo, Izelgood empleó la magia para intentar discernir un rastro... pero no había nada, absolutamente nada. Isker ya no estaba con nosotros. Había desaparecido... diluyéndose su recuerdo para siempre. Entonces muchas miradas se volvieron hacia Elvor, pero él permanecía siempre frío e impasible, alegando una y otra vez que no sabía nada sobre aquel asunto, pero mostrándose tan tétrico que muy pocos le creyeron. Los familiares del joven Isker alzaron sus voces en contra del príncipe, pero pronto fueron acallados por la falta de evidencias. Pienso sin embargo que aunque las hubieran tenido, nadie hubiese osado desafiar al hijo del rey de Abisinia.
Ikra permaneció en silencio, permitiendo que el caballero pudiera pensar con tranquilidad, pero tal era el cansancio que acuciaba a sir Yavin, que fue incapaz de recapacitar con la frialdad que en él era habitual. Le dolía demasiado la cabeza. Se sentía embotado, y no sabía muy bien hasta donde quería llegar la princesa. Una vocecilla obstinada había comenzado a palpitar en lo más profundo de su cabeza, advirtiéndole que debía permanecer alertar... que las acusaciones que la princesa estaba vertiendo sobre su hermano eran peligrosas, que atentaban directamente contra la estabilidad de un reino, y que lo más oportuno era mantenerse alejado de aquel juego de voluntades. Por desgracia su mente racional se negaba todavía a aceptarlo e indirectamente su subconsciente rechazaba la razón, por muy apabullante que fuese. Se sentía fascinado por la belleza sublime de Ikra y sus palabras, impregnadas de un profundo dolor, calaban en lo más profundo de su corazón como un hechizo fascinante, provocando un torrente de emociones que acababan por subyugarlo y hacerle perder el juicio.
-Caballero, comprendo que se sienta confuso.- Las manos de Ikra se deslizaron hasta las de Yavin y se aferró a ellas con firmeza. Su tacto no podía ser más fogoso.- Nadie ha llegado a comprender realmente como es mi hermano pequeño, ni tan siquiera yo lo sé, su mente es demasiado compleja y un velo infranqueable oculta sus pensamientos. Amo a Galendor y no puedo evitar amar también a Elvor, ambos son hermanos de sangre. Mi madre murió con la llegada de Elvor, y desde entonces, nuestro padre nos ha enseñado a querernos y a ser justos con nuestros semejantes y sobre todo con la familia.
“Pero hay veces que tengo miedo. Temo a Elvor, temo sus pensamientos, temo sus acciones, temo sus anhelos y temo su ambición. Temo que algún día nos despertemos y Galendor ya no esté... igual que pasó con Isker...
Yavin cerró con fuerza los ojos y sacudió la cabeza. Lo que estaba sugiriendo la princesa escapaba a su comprensión, era una monstruosidad. Pero la mano diestra de Ikra se deslizó obstinada hasta su nuca y acarició su cuello tenso y empapado de sudor. El rostro de la dama se aproximó al del caballero, hasta que quedaron a escasos centímetros el uno del otro.
-Sir Yavin de Bleer, quiero suplicarle esta noche otra promesa. Un juramente que sea más fuerte si cabe que la promesa que ha formulado hace unos momentos.- La mirada de Ikra era desesperada y perturbadora a la vez. Sus ojos se clavaban como saetas incendiarias, y sus manos, nervudas y temblorosas, apretaban con tanta fuerza que dejaban marcas en la piel tostada del caballero.- Quiero que mañana, cuando parta junto a mi padre rumbo a Vundar, permanezca al lado de mi hermano Galendor día y noche. Quiero que durante los días que paséis en el este, cuide de él, que cubra sus espaldas en todo momento, que lo proteja de todo enemigo que ose amenazar su vida... sea quien sea. –Al pronunciar aquella última frase, la princesa hizo un énfasis especial, remarcando la palabra “enemigo”.- Quiero que a partir de mañana se convierta en su sombra, que empeñe su honor de caballero en cuidar de él y no dude en empuñar su arma contra cualquier enemigo que ose atentar contra su vida. Quiero que cuando acabe la batalla y el rey regrese al hogar, mi hermano Galendor vuelva junto a él. Esa es mi última y más imperiosa petición.

Relato Fantástico - La Tierra del Dragón (VIII) Yavin se llevó la mano al rostro y presionó con más fuerza su frente. El dolor lo estaba matando. Pensaba en todas las palabras vertidas por la mujer en su desesperada súplica, en la amenaza que velaban sus argumentos, y cuanto más lo hacía, mayor era el calvario que consumía sus febriles pensamientos. La frase de emplear su espada contra cualquiera de los enemigos que osaran atentar contra el príncipe Galendor, se repetía una y otra vez en su embotada cabeza, trayendo consigo aterradoras consecuencias.
-Caballero, creo que es consciente de todo lo que le he dicho.- Las manos de Ikra agarraron dulcemente la cabeza de Yavin, introduciendo sus dedos en la empapada cabellera y exhortándolo a mirarla una vez más directamente a los ojos... tan azules... tan intensos... tan vivos.- Debe ser consciente del gran peligro que afronto al abrirle mi corazón abiertamente y exponer todas mis dudas. Aunque confío en la gente de su Orden, no he podido revelar este secreto a nadie que tenga su hogar en la ciudad de Galador, ni tan siquiera he osado recurrir al ministro Mobius.
“Usted en cambio ha demostrado ser un hombre de gran valor y nobles intenciones. Ha realizado un gran sacrificio al dejar atrás a su pueblo en un momento tan crítico y cabalgar hasta Galador sin mirar atrás. Es por lo tanto merecedor de mi fe y confío, que como buen caballero, jamás traicionará su palabra. Ahora, por favor, se lo ruego, proclame sagrada promesa de salvaguarda por la vida de mi hermano Galendor y juro por todos los dioses que si regresa a Galador, yo misma me encargaré de recompensarle.
El corazón de Yavin latía desbocado, imparable, provocando incluso dolor. Incapaz de sostener la mirada de Ikra, trató de resistirse a su voluntad, pero le era imposible.
-Sir Yavin... por favor... se lo ruego...
El caballero, angustiado, cerró los ojos y dejó que la sinrazón desatada por tan indómita dama surgiese por sus labios.
-Lo haré, mi señora, es mi deber como caballero proteger a su hermano el príncipe. Guardaré la espalda de Galendor en la batalla... y no dudaré en alzar mi espada contra aquel que ose amenazarlo.
-¿Sea quién sea?
-Sea quien sea...
Ikra suspiró aliviada, y antes de que Yavin pudiera reaccionar, acercó sus labios al rostro del caballero, y sin soltar su presa, besó prolongadamente una mejilla empapada de sudor. Después apretó con fuerza sus facciones contra la cara de Yavin, reconfortándose con el candor que ofrecía su tersa piel, y los labios de la doncella quedaron muy próximos al oído del hombre.
-Eterna gratitud guarda mi corazón, sir Yavin. A partir de hoy seré su dama y aguardaré impaciente su regreso a Abisinia. Que la eterna gratitud de la princesa de Abisinia le acompañe a su hogar en Vundar, y le proporcione luz en las tinieblas que están por llegar.
Dicho esto, Ikra volvió a besar fugazmente la mejilla del caballero, y después se apartó de él con brusquedad. Antes de que sir Yavin pudiera añadir nada más, se dirigió hacia la salida de la alcoba con la cabeza erguida y la espalda rígida a causa de la tensión.
-Cuidad del príncipe y de vos mismo. Huid de la araña tejedora y de su tupida red... pues podría atraparos y no soltaros jamás. Ahora, sir Yavin... adiós... hasta que volvamos a vernos...
No hubo más palabras. La princesa abandonó la celda precipitadamente, cerrando la puerta a sus espaldas, y Yavin quedó solo, sumido en siniestros pensamientos y con los ecos incesantes de aquella última y extraña advertencia.
En el exterior los cuernos de guerra seguían desatando su proclama, resonando incesantes y atronadores.

Yavin había empleado toda una vida para alcanzar un sueño, un sueño que había acarreado demasiado dolor y sufrimiento. Por suerte, después de alcanzar el rango de caballero, la vida le había aportado algo de tranquilidad y sosiego. Aquella noche todo había cambiado. Las veladas acusaciones de Ikra eran perturbadoras e iban encaminadas hacia un mismo sentido: la traición. Si el más joven de los Lekesville realmente ansiaba el trono, y osaba atacar a su hermano en la batalla, tal como Ikra había insinuado en sus advertencias, él, atado a una promesa de honor, se vería obligado a defender a Galendor hasta la muerte y enfrentarse al siniestro príncipe hechicero. Semejante acto, en caso de atentar contra la palabra de Elvor, podría suponer alta traición contra el trono de Abisinia. Atacar a uno de los hijos del rey era una de las afrentas más abominables que podía cometer un caballero, atentaba contra los estatutos de la Orden. Suponía la expulsión inmediata de la cofradía, el destierro, la vergüenza e incluso la pena capital. Sin duda morir caído en vergüenza era la mayor desgracia que podía sufrir un hombre de honor.
Pero ya era demasiado tarde para semejante desvelos, había jurado lealtad a la princesa de Abisinia y protegería a Galendor fuesen cuales fuesen las consecuencias.
Yavin, acuciado por las dudas, se sintió cada vez más mareado. Tambaleándose, se levantó de la cama y se arrastró hasta situarse frente al espejo. La imagen que reflejaba el descascarillado cristal era la de un hombre que presentaba una guisa impropia para un caballero: su rostro estaba demacrado, tenía ojeras, barba de tres días, el pelo revuelto y parecía tan cansado que ofrecía una imagen febril. Al día siguiente, antes de partir, tendría que poner remedio a eso.
Se arrastró hasta el balcón y abrió las puertas. Fuera seguía lloviendo, pero el aire frío y húmedo en cierta manera le resultaba reconfortante. En la habitación reinaba un ambiente demasiado viciado. A los pies de Gravad-Zuhar el Lorenord rugía con fuerza bajo un espeso manto de nubes grises. Las olas se elevaban furibundas y rompían con violencia contra los arrecifes, y tras la borrasca, apenas se discernía el resplandor diamantino de la luna. Más abajo, lejos de los muelles, la ciudad de Galador hervía de vida. Era una imagen inverosímil, sobre todo teniendo en cuenta que llovía y la madrugada ya se encontraba muy avanzada, pero las calles y avenidas de la urbe estaban atestadas de gente. Los hogares estaban iluminados y un eco de voces, mezclados en una irritante cacofonía, llegaban hasta él desde lo que parecía un remoto confín.
Empapado por la lluvia, volvió a entrar en la estancia y cerró las puertas tras de sí. Apagó las luces de las velas y se dejó caer sobre la cama sumido en la más completa oscuridad. El colchón se venció bajo su peso, y durante unos segundos temió que las vetustas patas de la cama acabaran partiéndose por la mitad. Pronto se dejó arrastrar una vez más por una intensa sensación de desasosiego. El miedo a lo que pudiera suceder con la llegada del alba inundó sus pensamientos y desveló su sueño. Había arribado a Galador como un extraño, con una misión que cumplir y muchas vidas que salvar, y en apenas unas horas su existencia se había complicado excesivamente. Demasiadas caras y acontecimientos en tan poco tiempo: Mobius, el rey Theorn, Galendor, Elvor, Izelgood, la guerra, extrañas amenazas del Norte, el inmediato regreso al hogar, promesas y juramentos... Ikra...
Yavin dudaba que a pesar del cansancio, físico y psicológico, que le embargaba, pudiera conciliar el sueño. Tenía miedo de cerrar los ojos y que cuando cayera la oscuridad, la vergüenza lo señalara con un dedo acusador... como le ocurrió en cierta ocasión a su padre. Morir avergonzado... sin honor... perdido en un sudario de blancos lienzos...
Sintió horror ante la perspectiva de regresar a Vundar y encontrar únicamente muerte y desolación. Temía decepcionar a todos aquellos a los que amaba... temía ser traicionado y sumir en la desgracia a aquellos que habían puesto su confianza en él. Temía ser expulsado de la Orden y que todo el sufrimiento hubiese sido en vano. Temía mancillar aun más el sagrado apellido de los Bleer... más aun de lo que lo hizo él... más aún...
Le aterraba fallar e incumplir la promesa formulada ante la dama; caer en la traición maquinada por una mente fría y siniestra. Se veía insignificante ante aquella gente noble y altiva, sumergida en una peligroso juego de traiciones y rencores. Entonces recordó el dulce beso de Ikra, y volvió a sentir sobre su piel su tacto, la determinación de sus gestos, su calor, su aliento, sus manos, sus dedos, sus labios...
Los ojos de Yavin se cerraron lentamente...
... la promesa... Elvor... Galendor... Ikra... Ikra...
El caballero se sumergió en un sueño profundo y carente de imágenes... ajeno a los cuernos que seguían resonando con estrépito y terminaban de despertar a toda la ciudad.

Continuará ...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 10 de enero del 2005