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Relato Fantástico: Confesiones de un Confesor (II)
El hermano Damián se introdujo en el tenebroso túnel para tratar de resolver el enigma que se cierne sobre ese maligno lugar.
Por Sergio LLamas Díez

Relato Fantástico - Confesiones de un Confesor (II) Antes de llegar abajo Charlatán me tocó el hombro. Miré hacia él. En su rostro se dibujaban el valor y el miedo, ambos juntos combatiendo en sus ojos achicados. Le pregunté por lo que le sucedía y él señaló sus oídos. Entonces le dije que yo también los había oído y seguimos bajando por aquellas escaleras de caracol a cuyo fin estaba el primer piso de la mazmorra.
Una vez allí los dos pudimos oler con espanto aquel aroma viciado a descomposición y muerte que inundaba el lugar. Era, me conmueve decirlo, como si la tierra hubiera abierto una grieta en su cara oculta y exudara por aquel calabozo el aroma infesto de un sustrato inferior. Conteniendo una mueca de asco así la cruz de madera y la coloqué delante de mí como si fuera un escudo enfrentado a un viento de flechas. El olor no desapareció, pero mi alma se sintió a salvo tras aquel símbolo divino.
El calabozo estaba distribuido, por lo que pudimos ver, en un pasillo de tierra batida a cuyos lados se adivinaban las distintas celdas. Al fondo, una pared de piedra sujetaba una antorcha que todavía no se había extinguido en el silencio de su soledad. Todas las puertas de las prisiones estaban abiertas y yo busqué la tercera hacia el lado izquierdo, pues era en ella en la que había desaparecido el carcelero y en la que una oquedad abría sus fauces al reino de las alimañas.
Charlatán seguía alumbrando con timidez todo lo que nos rodeaba. Tan pronto señalaba hacia el suelo con su fuego, como lo dirigía al techo, a un lado o al otro. Innumerables fueron también las ocasiones en que lo dirigió a su espalda dejándome momentáneamente sumido en las tinieblas. Yo, sobretodo, aguzaba el oído, pues era aquel sentido el único que no se hallaba en inferioridad allí abajo, sino que se veía reforzado por el eco persistente de aquel agujero escarbado en la tierra.

Relato Fantástico - Confesiones de un Confesor (II) Llegamos a la tercera celda. Aún quedaban dos delante de nosotros hasta llegar a la pared junto a la que una trampilla cerrada quebraba el camino que en otro tiempo conducía hacia el piso inferior. Como primero queríamos examinar aquella otra cámara, con arrojo nos introdujimos en ella.
«Toma nota, muchacho» le dije al joven para que se prepara a escribir. Él posó la antorcha en un rincón libre de paja y sacó la tablilla de cera que yo le había dado. Con un punzón de su propia manufactura, comenzó a anotar esto que ahora yo transcribo, lo mismo que yo le pedí que apuntara, si bien lo traduzco al latín para hacerlo extensible a quien requiera de estas pruebas:
«El agujero sigue abierto. Por él cabe un hombre agachado. Trae sonidos de agua corriendo. También se deja oír un ruido más grave. Como el gruñir de un perro.»
Le pedí la antorcha. Charlatán me miró sorprendido. Asustado negó con la cabeza. «Tranquilo,» le dije, «sé donde hay otra», y lo conduje hasta la trampilla del segundo piso donde lo dejé vigilando la antorcha necia que alumbraba el pasillo. Le froté el cogote con la mano y me adentré en cuclillas por aquél túnel. Allí, me puse el libro bajo el brazo en que llevaba la cruz y con la otra alcé el fuego colocándolo delante de mí como si fuera mi guía.
Apenas había avanzado un metro cuando me llegó una brisa que arrastraba un hedor nauseabundo. Me hizo toser. Apoyé la antorcha en el suelo y con la capucha de mi hábito me tapé boca y nariz para evitar aquel ambiente viciado. Sin duda las torvas criaturas de los eriales infiernos habían impregnado el pasadizo con sus vapores malditos. Tenía que soportar sus aromas descompuestos y concentrarme en avanzar. Eso hice.

Relato Fantástico - Confesiones de un Confesor (II) Recogí el fuego y seguí recorriendo aquel lúgubre túnel hacinado en la tierra. Seguí blandiendo aquel fuego endeble como si fuera una espada flamígera traída por ángeles descontentos con aquella prisión de los horrores mientras mi mente repetía el Credo como si fuera la fórmula para exorcizar de ella los malos augurios. Miedo, curiosidad y fe se fundían en mí como los colores de un artista en la bóveda de una catedral. Arrojo, valor y determinación conducían mis pasos por aquel túnel de abominables formas, olores y sonidos.

Cuando ya llevaba andados unos diez metros, un nuevo rugido enfrente de mí, allí donde la antorcha no iluminaba sino con el brillo apagado de una luz lejana. Unas formas diminutas y rojas se encendieron a no mucha distancia. Entonces oí soplar con fuerza y noté una ráfaga de aire nauseabundo que tiraba de mi hábito y apagaba la antorcha. Quedé a oscuras. Me sumí en las tinieblas de mente y alma. La llama se apagó como se apaga la esperanza. Su fuego se desvaneció como se desvanece el valor cuando sólo queda el miedo. Retrocedí y salí corriendo. Noté mientras lo hacía que algo venía tras de mí. Una criatura de tacto peludo cuya respiración sonaba ahogada. Un perseguidor que no necesitaba ver porque podía olerme, o al menos ese fue el sonido que me pareció distinguir en mi huída, el sonido de su nariz aspirando los aromas de mi miedo, el sonido de su hocico húmedo frotándose contra mi hábito.

Relato Fantástico - Confesiones de un Confesor (II) En mi huída a oscuras se me resbaló el volumen que mi instructor me había confiado, el Verbum Domini. Una herramienta útil que no podía dejar atrás. Así que me detuve en seco y me agaché por ella. La cosa peluda me alcanzó. Noté una mordedura atravesando mi hábito a la altura del muslo y unos dientes que imaginé del tamaño de un cuchillo penetraron en mi carne. Como sólo tenía a mano la antorcha silenciada, la blandí en aquel recoveco en busca de la sangre de mi enemigo. La hallé. Con un golpe que me pareció débil pero que resultó certero, hundí la astillada madera en la forma peluda de mi agresor. Pude ver sus ojos rojos aumentando de tamaño por la sorpresa y con un chillido agudo noté aflojarse el mordisco. Aproveché entonces a arrancar de su cuerpo la antorcha apagada y a clavársela de nuevo en la misma herida recién abierta. Una vez más el improvisado filo de madera dio con su objetivo y penetré en su carne nauseabunda que despedía olores a descomposición y heces infectas. La criatura retrocedió más, aunque no se batió en retirada como había sido mi esperanza. Ahora los aromas de mi miedo se mezclaban con los del suyo. Ahora infierno y cielo abrían sus puertas para recibirnos a uno de los dos. Debía esperar a que atacara. No podía hacer otra cosa. De haberlo seguido me habría encontrado en lo profundo de un túnel que no sabía donde terminaba. Si hubiera huido, me abría atacado por la espalda, a parte de que habría abandonado un libro imprescindible para mi sagrado cometido. De modo que me quedé allí, a oscuras, respirando con el mismo salvaje ritmo con que lo hacía mi enemigo. Respirando el mismo olor nauseabundo, el mismo aroma a muerte. Viendo solo sus ojos rojos brillando con el recuerdo de una llama que se había apagado hacía unos instantes

Hasta que de nuevo me atacó. Esta vez en un último y fiero intento que buscaba mi cuello. Esta vez no con el propósito de herirme sino con el de darme muerte. Saltó a por mí con sus ojos delatores. Yo me agaché en ese instante, sintiendo arder de dolor la herida de mi muslo, y alzando para protegerme la llama extinta de mi antorcha. No tuve que hacer más. El ser cayó encima de mí. Pesado como un cadáver, bufando su odio en mi cara sin llegar a alcanzar con sus enormes bigotes de roedor mi rostro salpicado de sudor. Primero noté su peso peludo sobre mí. Después resbaló de su cadáver un chorro de sangre cálida que recorrió mi cuerpo ultrajado.
En esa posición agradecí a Dios el seguir vivo. Allí, en mitad de un túnel, postrado en un suelo de tierra con aromas de heridas abiertas y bañado en la sangre de un monstruo del tamaño de un hombre. Sí. Allí di gracias al Señor por haberme salvado.

Relato Fantástico - Confesiones de un Confesor (II) Después de hacerlo, volqué la criatura que seguía teniendo encima y recogí el libro abandonando allí la antorcha que tanta ayuda me había prestado. A gatas y herido, salí del túnel. Fuera de la celda, me esperaba Charlatán.
Temblaba de miedo abrazando contra sí la tablilla de cera que le había dado. Me conmovió verle aguardándome sin haber sucumbido al miedo. Le aprecié más por eso. Pobre chico, ¡cuán necesaria me ha resultado siempre su ayuda!
Tan pronto me vio, corrió a abrazarme. Le dejé que lo hiciera y me fortalecí con su muestra de cariño. Vio mi herida y con sus ojos me preguntó si estaba bien. «Tranquilo muchacho, estoy bien», y en verdad me sentía fuerte y poderoso siendo yo quien vistiera ahora la sangre de su enemigo y no al contrario. «Venga Charlatán», le dije, «Tenemos que continuar. Si las víctimas cobradas por la bestia que he matado están abajo, merecen digna sepultura». Ciertamente confiaba en lo más secreto de mi ánimo que lo que yo había matado fuera en sí todo el mal que habitara aquellas regiones consumidas por la desgracia y que con su muerte se hubiera producido también la liberación de aquel calabozo. Por supuesto que no fue así. El Señor guarda siempre para lo último las mayores afrentas, pues es para ese momento cuando con mayor arrojo y valentía podemos combatirlas.
Antes de descender, sabiéndome herido y sin plantas curativas que verter sobre mi herida, abrí el vial de agua bendita que llevaba atado al cinto y vertí parte de su contenido sobre el corte en mi pierna. La bendición del sacerdote y la pureza del agua arrancarían de mi herida los vapores de una posible infección.
Le pedí a Charlatán que me alumbrara mientras atendía mi herida, pues me había parecido que la primera vez que dejaba caer agua sobre la dentada había humeado, como si hubiera usado el líquido para apagar un fuego y no para cerrar una llaga. También el dolor había sido más de escozor que de limpieza. Sin embargo, cuando el joven agarró la antorcha para arrancarla de su gozne, observó que no salía. Olvidando mi herida y cerrando de nuevo el vial que contenía todavía dos tercios de agua bendita pedí a Charlatán que me dejara a mí tomar la antorcha, confiándole a él el tomo con las oraciones sagradas.
Pero tampoco yo pude arrancar de allí la antorcha al primer intento. Así que pidiendo al muchacho que también sostuviera la cruz y que se apartara, agarré la tea con ambas manos y tiré de ella hacia arriba sin lograr soltarla, aunque no en vano. Mientras tiraba de ella noté un crujido. Como el de una soga tirando de unas poleas. Ante aquello surgió en mí una sospecha y para confirmarla intenté abrir la trampilla. Tampoco esta cedía.

Continuará ...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 10 de enero del 2005