El jinete, envuelto por un amplio abrigo de lana, arreció el paso de su montura, una yegua pinta de aspecto saludable, y atravesó el crepúsculo como una fugaz hoja de bronce. El agua bañaba su rostro, golpeándole con furia los ojos y chorreando con profusión por sus mejillas. Avanzar bajo tan imponente aguacero, que de pronto parecía haberse desatado sobre aquellas tierras como una funesta maldición, resultaba ciertamente dificultoso, una proeza propia de un loco. Pero la esperanza de cumplir su misión en el plazo previsto, impulsaba al meditabundo jinete a seguir adelante, a aproximarse más y más al cálido resplandor que anunciaba la cercanía de Galador y a la vez su merecido descanso. Había cabalgado durante tres días seguidos, atravesando a galope tendido los anodinos caminos que conducían a la capital y concediéndose el mínimo tiempo para comer algo, descansar lo justo para no caer rendido, y si la gracia de los hados le acompañaba, dormitar en algún húmedo pajar; en cambio, si la ventura le era reacia, había tenido que hacerlo en la linde de la senda, bajo cielo raso y amenazado por algún tunante o malhechor dispuesto a llenar la saca con los descuidados viajeros que se atrevían a abandonar la seguridad de la vía.
En tan solo tres días había dejado atrás Vundar, el origen de su periplo, las ciudades de Kron y Balsada, y la llanura de Galador. Sus fuerzas desfallecían, y a la par declinaba el ímpetu de su montura, que desquiciada y agotada, cabalgaba presa de la inercia y sin desviarse ni un ápice del camino real.
A pesar de haber liberado al caballo de gran parte de su peso, dejando atrás la testera y la capizana, el animal todavía tenía que soportar el lastre de la intrincada silla de montar, los fardos que el jinete había decidido seguir llevando consigo, y las fastidiosas bardas. Semejante peso provocaba que el paso de la montura se ralentizara más de lo deseado y que la marcha se hiciera más costosa, convirtiéndose en una agonía tanto para la bestia como para su dueño. Sin embargo, cuando se alzaron sobre la última loma del camino, y las enormes murallas de Galador se vislumbraron en el horizonte, salvaguardando la ciudad y ocultando la vista majestuosa del Lorenord, un último empuje sacudió las extremidades de la yegua, y ambos se precipitaron ladera abajo, levantando una lluvia de barro tras de sí.
En apenas un abrir y cerrar de ojos dejaron atrás las pocas millas que los distanciaba de la ciudad, y cuando los truenos retumbaban con mayor ímpetu a sus espaldas, el jinete desmontó dolorido del cansado animal y caminó hasta el enorme portón nordoriental de la muralla, allí se encontró ante el majestuoso blasón tallado en piedra que ensalzaba cada una de las cinco puertas levadizas que daban acceso a la ciudad. El escudo de Abisinia, símbolo de la dinastía de los Lekesville, estaba compuesto por un gran broquel coronado por un yelmo de siete rejillas. En el interior del escudo aparecían cuatro símbolos perfectamente esculpidos en piedra, y cuyo significado hablaba de las señas de identidad de lord Greidell “el aventurero”, patriarca de la dinastía monárquica que había regido en la villa de Abisinia desde su fundación. En primer lugar destacaba un castillo de tres torres, que sin duda hacía referencia a Gravad-Zuhar, la más importante de las fortalezas del reino; junto a ella aparecía dibujado un pequeño ciprés, cuyo significado era el de los pensamientos elevados que movían la voluntad de los grandes reyes, y dos peces de larga cola, enseña de la comunión que existía entre la ciudad pesquera de Galador y las aguas del Lorenord. Bajo el castillo aparecía la concha, segundo símbolo que marcaba la unión entre la ciudad y el mar, y la flor de lis, símbolo de honor, realeza y ánimo guerrero. El cuarto emblema que aparecía en el blasón era un ave real que sujetaba una hoja de muérdago entre sus patas. Aquella alegoría todavía no había sido descifrada por los sabios estudiosos, que tras revisar durante años y años los viejos tratados de heráldica, no habían dado con un significado acertado para aquel símbolo tan extraño. Con el paso del tiempo se llegó a la conclusión de que su origen databa de los tiempos remotos en que los antepasados de lord Greidell cabalgaron lejos de las tierras de Abisinia. Por último, a cada lado del escudo, y también perfectamente tallados en la piedra, aparecían dos bordones entrelazados y colgantes, formando seis borlas en total. Aquel era el símbolo de la sabiduría y la paciencia de los altos magistrados.
El jinete, que había estudiado hacía mucho tiempo el significado de aquel escudo, no se detuvo mucho tiempo en contemplarlo. La lluvia arreciaba a la par que su desánimo, y el deseo que apremiaba su mente era el de traspasar las puertas de la ciudad cuanto antes y buscar algún lugar que le ofreciera cobijo. Su mira se alzó hacia las lejanas almenas de la muralla, donde ardían los fuegos encendidos por los milicianos, y habló con voz imperiosa.
-¡Ah de la guardia!- gritó con todas sus fuerzas.- ¡Ah de la guardia!
No hubo respuesta. O bien el clamor de la lluvia apagaba su voz, o los custodios apostados en el almenar lo ignoraban conscientemente. Lejos de desanimarse, el jinete volvió a llamar, procurando que su voz resonara con más fuerza que el estallido constante del aguacero.
-¡Ah de la guardia de Galador!
Esta vez si que percibió movimiento en las alturas, aunque el agua que caía copiosa desde el cielo le impidió fijar la vista en el almenar. Divisó como una luz se apostaba entre los parapetos, casi de inmediato le llegó el eco de una voz que reflejaba cierto disgusto por ser perturbada.
-¿Quién va a tan altas horas de la noche? ¿Quién desea entrar en la ciudad cuando el portón se halla cerrado y atrancado?
El jinete, sin dar tiempo a que el vigía hiciera más preguntas, se abrió el abrigo y dejó al descubierto el peto de su armadura de bronce. Se trataba de una coraza compuesta por dos piezas, peto y espaldar, que se amoldaban como un guante a su pecho, imitando y resaltando la silueta de los músculos abdominales. Estaba manchada de barro, pero en ella podían distinguirse claramente los símbolos del Escudo, emblema que otorgaba el rango de custodio dentro de la ordenanza, y el símbolo que caracterizaba a todos los Caballeros de Luján: la Marca, compuesto por el relieve de una rodela, en cuyo interior podía vislumbrarse la leyenda de una batalla, y dos alabardas cruzadas. En el peto también figuraba la graduación del soldado, compuesto por dos pequeñas alas de águila real cuyo rango correspondía al de soldado de infantería. Aunque portaba la armadura de marcha, el vigía reconoció de inmediato los atuendos del hidalgo, sin embargo su reacción continuó siendo reticente.
-Las puertas de la ciudad se hallan cerradas por voluntad del propio rey Theorn de Lekesville. Insisto, como capitán de la guardia, que informe de sus intenciones, sino tendrá que esperar ante las puertas hasta que éstas vuelvan a abrirse al amanecer.
El jinete, cansado de aquella disputa y mojado como una sopa, respondió con tono áspero.
-Mi nombre es sir Yavin de Bleer, caballero del primer regimiento de infantería de la provincia de Kron. He sido enviado por el capitán sir Gramm, legado de las circunscripciones de Kron, y por el administrador Borgues, magistrado de la ciudad. Mi cometido en Galador es encontrar al almirante sir Mobius, ministro de Luján en Abisinia, y transmitirle sin demora las noticias que traigo para él desde Kron.
-¿Qué noticias son esas que requieren que las puertas de la ciudad se abran a una hora tan tardía?
-Eso no es de su incumbencia, soldado.- replicó el caballero.- Mis palabras tan solo pueden ser escuchadas por el ministro, y si él así lo decide, por el propio rey de Abisinia.
Esta vez no obtuvo una respuesta inmediata, así que el cansado jinete llegó a la conclusión de que los guardias debían estar discutiendo entre ellos la conveniencia de dejarle pasar a la ciudad a tan intempestivas horas de la noche.
-No tengo mucho tiempo.- insistió sir Yavin.- Las noticias que traigo conmigo deben de ser transmitidas con urgencia al ministro de mi orden. Debo añadir incluso que el propio rey debe saber lo que acontece en Kron, así que si decidís dejarme fuera de la ciudad, tendréis que asumir las consecuencias cuando mañana seáis llamados a palacio.
Aquella última advertencia bastó para que los milicianos reaccionaran y dieran orden para que el portón levadizo descendiera. Un molesto chirrido de resortes, engranajes y ruedas indicó al caballero que las cadenas que sujetaban la puerta se tensaban y que ésta descendía lentamente, al tiempo que la rejilla interior era izada.
-¿Dónde puedo encontrar a sir Mobius?- preguntó sir Yavin, teniendo que elevar aun más la voz para hacerse escuchar por encima del estruendo provocado por la puerta al descender.
Tuvo que repetir la pregunta hasta tres veces para que los albaceas lograran escucharlo y le dieron una respuesta adecuada.
-Es tarde ya y quizás el almirante se encuentre en sus dependencias, eso si no tiene guardia en el cuartel. Sin embargo cabe la posibilidad de que todavía no se halla retirado a la piltra y aun se encuentre en la Posada de La Manzana Verde. Seguid la avenida principal hasta llegar a la Plaza del Mercado, y entre todas las tabernas que allí veáis, buscad la casa más ostentosa, esa es la morada de maese Barbarano. La Manzana Verde es el establecimiento que el ministro suele frecuentar las noches solitarias y desapacibles. Si no es allí tendréis que ir al cuartel de los caballeros o no tendréis otro remedio que sacarlo de la cama.
-Esta bien. Gracias.
Y sin más, el caballero regresó junto a su montura, que se había tendido sobre la hierva mojada para descansar sus tensos tendones, y se limitó a tirar de las riendas, liberando a la bestia del suplicio de tener que acarrear con su peso. Bajo el espeso manto de la lluvia, jinete y montura se adentraron en la pequeña ciudad portuaria, con la cabeza gacha y sintiendo como el agua los calaba hasta las mismísimas entrañas.
La ciudad de Galador, aunque ostentaba la capitalidad de Abisinia, era una modesta población costera. Anclada a orillas del Lorenord, justo donde el cabo de Eimaz rompía la irregular costa occidental de Argos, Galador era conocida en todo el país por su valiosa contribución pesquera. Ante sus acantilados podían encontrarse auténticos regimientos de aranques, atunes, moluscos, sardinillas, peces vela, barracudas, anguilas, merlines, tiburones chatos e incluso preciosos bancales de coral que posteriormente eran vendidos como abalorios y joyas. Los pescadores galardenses eran hombres reputados que durante toda su vida habían llevado sus barcos a alta mar y habían aprendido el oficio de sus antepasados, volviéndose auténticos maestros en el arte de la pesca con red. Año tras año, los galardenses cuidaban de sus barcos con el mismo esmero que un enamorado cuida de su dama, al tiempo que los más ancianos transmitían las claves del oficio a los más jóvenes, contribuyendo a que con el paso de las generaciones el arte del cabestrante y la red se volviera más depurado. Tan arraigada tradición provocaba que diariamente llegaran al gran mercado de la ciudad toneladas y toneladas de pescado que eran subastados en las lonjas por los principales patrones. De Galador partían diariamente carretadas ingentes de pescado cuyo destino final eran las principales pedanías de Abisinia o las pequeñas aldeas de la contornada. Aquello había retribuido gran fama al mercado de la ciudad, que enclavado en la antigua Plaza Mayor, actualmente rebautizada como la Plaza del Mercado, albergaba una legión de carromatos de mercaderes llegados de toda la provincia de Abisinia e incluso de más allá de sus límites. Cualquier día normal era habitual ver en el mercado puestos de comerciantes de especies llegados de la lejana aldea de Munar, cazadores y carniceros de Kron, joyeros de Entraguas y Crevendor, peleteros de Trekos, y así otros tantos comerciantes llegados de todo el país. Las puertas de Galador se abrían de par en par en la mañana, y todos los extranjeros eran bien recibidos hasta la noche, que bajo edicto del rey, las murallas volvían a atrancarse.
Durante la Feria Anual de la Cosecha, celebrada en la última semana de la octava cuenta de cada año, Galador se vestía de asueto y los cinco portones de las murallas se abrían para recibir a todo aquel que decidiera unirse a los festejos. Era entonces cuando el mercado de la ciudad hallaba su máximo esplendor, convirtiéndose en el centro de atención de toda la comarca. Los puestos habituales se multiplicaban hasta rebasar las calles adyacentes a la plaza principal y entre los tenderetes no solo podían verse a los habituales mercaderes de la provincia, sino que también se hallaban comerciantes llegados de lejanas tierras. Algunos irrumpían por mar, otros, atraídos por la gran fama que arrastraba la feria de Galador, arribaban de países vecinos como Gallard, Luján y Yentai. Pero no solo eran tratantes de la contornada los que se unían a los alegres abisinios, otros muchos extranjeros, inusuales y exóticos se unían a la fiesta y eran gratamente aceptados en la ciudad, entre ellos podía contarse a los enanos tiñosos del Reino de Bradin, a los gitanos montaraces de Las Uriben, a los comerciantes de ganado de Orwad, a los siempre abigarrados y tozudos mercantes de Gadgan, a los extraños mercaderes de pócimas y especias de Iset, Elvet, Irrev o Tais, e incluso a los robustos criadores de ñus astados de pelaje blanco llegados de la lejana y helada Nivandia. Durante toda una semana, Galador lucía esplendorosa; por sus calles corrían los grupos de comediantes y juglares, los bardos y los poetas, las alegres bandas de música... En cada esquina de la pequeña ciudad podía vislumbrarse una obra o escucharse una alegre loa dedicada a un héroe de la antigüedad; la música inundaba las vías y todos bailaban despreocupados después de haber invertido sus esfuerzos en la recogida de la cosecha de estío.
El gran puerto de la ciudad, el último de los enclaves de la ruta marítima que surcaba el amplio Lorenord, se llenaba de barcos de toda índole y procedencia: naves mercantes, bajeles de pescadores, goletas de acaudalados visitantes, galeras de tratantes de esclavos, e incluso algún que otro navío pirata, que tras ocultar el crespón negro, acudía a la urbe en busca de diversión. Tal era la masificación de barcos que ocupaban los muelles de la ciudad, que muchos de ellos eran obligados por las autoridades portuarias a permanecer anclados lejos del cabo y descender hasta la urbe en botes o esquifes. Era entonces cuando la milicia real, auxiliada por el regimiento de Caballeros de Luján, más trabajo tenía en las calles de Galador. Las mazmorras se llenaban de marineros ebrios, de estafadores y tunantes, de ladrones y asaltantes de caminos que arribaban en busca de fortuna, de piratas y marineros truhanes. Jum Botas, albacea de la ciudad, desplegaba a la milicia por las calles atestadas, vigilaba día y noche las puertas, y capitalizaba sus esfuerzos en la protección de la realeza y de los nobles que uniéndose a la plebe, deambulaban despreocupados por la urbe, dando su bendición a los festejos y colaborando en los actos protocolarios de la fiesta.
Tras siete jornadas de diversión, que comenzaban poco antes del amanecer y concluían muchas horas después de la puesta de sol, todos los presentes, ya fueran autóctonos o visitantes, se reunían a media noche en la playa de la Concha de Vuloor, al sur de la ciudad, y asistían a un gran castillo de fuegos artificiales que traían consigo los extraños místicos del lejano país de Isanté. Las aguas del Lorenord eran bañadas por miles de luces multicolores, y los barcos anclados en alta mar brillaban bajo el resplandor de los cohetes al estallar en la bóveda celeste, recreando hermosas palmeras de plata o figuras y espirales imposibles, que durante mucho tiempo permanecían grabadas en las retinas de los boquiabiertos espectadores. Las gentes de Abisinia, que desconocían las propiedades de la pólvora, quedaban deslumbrados por esa magia maravillosa, y durante los días siguientes a la clausura de la feria, mientras la normalidad volvía a las calles galardenses, los rumores sobre tan prodigioso acto y las curiosidades acontecidas en las fiestas, eran la comidilla habitual de todos los vecinos.
Poco a poco la pequeña villa se despoblaba de visitantes y festeros, y el mercado volvía a ocupar su emplazamiento habitual en la antigua Plaza Mayor. Sin embargo durante todo el año, Galador disfrutaba de las peculiaridades de su mercado, y así era reconocido en las tierras septentrionales de Argos. La paz era la nota predominante en aquella ciudad vinculada al mar, y ni sus habitantes ni sus gobernantes estaban preparados para afrontar las nuevas que traía consigo el cansado jinete llegado de Kron.
Yavin condujo su caballo bajo la espesa lluvia, sintiendo como sus botas se hundían en el fango y cercado por las sombras de los edificios. La mayoría eran casas de no más de dos pisos y de rústica techumbre. Aquellos hogares eran más propios de pescadores y campesinos que de sabios artesanos, así que la ciudad, dispersa y desordenada, ofrecía un aspecto desapacible, casi caótico. Apenas había gente en las calles, y los pocos que deambulaban arriba y abajo, camuflados bajo amplios abrigos y pesados gabanes, se convertían en sombras que corrían presurosas buscando algún refugio. El caballero caminó empapado y se estremeció al escuchar el retumbe de los rallos. La tormenta cada vez estaba más próxima, y de un momento a otro se desataría con extrema virulencia sobre la capital.
Tal como le había indicado el vigilante, atravesó la vía principal y llegó a la Plaza del Mercado. Tan importante emplazamiento no era más que una gigantesca glorieta cercada por enormes arcos de piedra, y una hilera ininterrumpida de casas, la mayoría de ellas comercios y tabernas que aquella hora de la noche permanecían cerradas. A diferencia del resto de las calles estaba empedrada y perfectamente asfaltada, y alrededor de toda la plaza podían vislumbrarse los carromatos de los mercaderes itinerantes que decidían pasar noche en la ciudad. Yavin inspeccionó todos los edificios, y justo en el extremo opuesto de la plaza vislumbró un enorme caserón cuyo resplandor invitaba al cansado viajero a aproximarse. Era un edificio de tres plantas y la mayoría de los ventanales desprendían una luz cálida y acogedora. Aquella visión provocó que el cansancio del jinete se hiciera más acuciante y apresurara el paso hasta cruzar el ágora. En un abrir y cerrar de ojos se encontró ante La Manzana Verde, la posada de maese Barbarano. Un enorme cartel en donde aparecía el nombre del local en grandes letras pendía junto a la puerta, balanceándose arriba y abajo a merced del viento. Yavin se apresuró a atar las riendas de la cansada yegua a un mamparo, dejándola a cubierto en el porche, y tras palmear varias veces su esbelto lomo, se alejó de ella. Antes de aproximarse a la entrada del edificio percibió una vez más la calidez que de él se desprendía, y durante unos segundos se sintió tan cansado que llegó a marearse.
La puerta del establecimiento se abrió de repente y un renqueante individuo abandonó el local. Trastabilleaba de un lado a otro como un inmenso péndulo y su paso era el de un borracho. El parroquiano pasó junto al caballero, le dirigió un conato de saludo, y sin demorarse a mediar más palabra, descendió los escalones que dejaban atrás el porche de la taberna, perdiéndose en la noche. Yavin suspiró agobiado, y recuperadas las fuerzas, abrió la puerta y se adentró en La Manzana Verde, dejando atrás la intempestiva tormenta. En cuanto traspasó el umbral y cerró la puerta tras de sí, se vio zarandeado por una intensa oleada de calor que envolvía todo el local, provocando que el sudor corriera en regueros por todo su cuerpo. Sintió como su estómago rabiaba escandalizado ante el aroma a carne asada que provenía del fondo del pasillo, y el hambre se hizo tan insoportable como el desfallecimiento. Al mismo tiempo una melodía entonada por un coro de cítaras, varias flautas traveseras, panderetas y fítulas, llenaba de alegría el ambiente, arrastrando consigo un tono de voces asonantes que a duras penas podían seguir el ritmo de la jovial música.
Tembloroso ante un cambio de clima tan radical, el caballero tuvo que quitarse la empapada pelliza y embutirla en una percha en la que se acumulaban un sin fin de prendas semejantes, después se aproximó a una pequeña barra que hacía las funciones de recepción y esperó a que alguien acudiese atenderlo, pero por la algarabía que llegaba del fondo del pasillo, lugar donde supuestamente debía de hallarse el salón común de la posada, todos los trabajadores debían encontrarse sumamente atareados. Yavin aguardó un rato más, y al ver que nadie acudía a recibirlo, comenzó a atravesar el pasillo. A mano derecha halló un angosto tramo de escaleras que ascendía a las habitaciones privadas y a su vez dejaba paso a un sinuoso pasillo que descendía al sótano del establecimiento, conduciendo a algún tipo de despensa o almacén estanco. A la izquierda del pasillo había una serie de puertas cerradas, en todas ellas aparecía el cartel de Privado, posiblemente se trataba de las dependencias de maese Barbarano y sus criados de confianza.
El caballero, sintiendo la poderosa llamada de la música, atravesó raudo el pasillo y ya se disponía a empujar la puerta del salón común, cuando ésta se abrió con gran estrépito, estando la hoja a punto de estampársele en la cara. Yavin retrocedió por inercia y se encontró ante un hombrecillo de aspecto curioso. No levantaba más de metro y medio, portaba un ajustado chaleco negro y unos amplios pantalones manchados de grasa. Estaba medio calvo, mostrando una amplia coronilla que le ocupaba gran parte de la sesera. Sus ojos, despiertos y curiosos, se abrieron de par en par ante la presencia del inesperado cliente y durante largo rato sus labios formaron una inmensa O producto del asombro.
-¡Oh, dioses benditos! Mil perdones, caballero. No esperaba que hubiese nadie al otro lado de la puerta.
Yavin no dijo nada, se limitó a recobrar la compostura y adoptar el regio porte de los caballeros de su orden.
-¿Lleva mucho tiempo esperando?- preguntó servilmente el criado, pues por su atuendo no podía obtener mayor cargo. Yavin apenas tuvo tiempo para responder; entonando su voz estridente y empleando una verborrea presurosa, el extraño mozo continuó hablando sin permitir añadir nada al sorprendido cliente.- Ruego disculpe mi torpeza, mi señor. Me llamo Digho, y soy el recepcionista de La Manzana Verde, amén de criado personal de maese Barbarano, dueño de este establecimiento. Hace muchas horas que no esperábamos recibir más clientela. Como comprenderá la noche es desapacible, las puertas de la ciudad cerraron hace mucho tiempo, y los clientes ya se encuentran todos en el hogar. Aun así debo advertirle que ha llegado en el momento justo para unirse a la fiesta, pues ha arribado a Galador un grupo de juglares que marchan de Trekos a Kron. Hace cuatro días atravesaron el Gran Puente del Sucros, y decidieron desviar el camino hacia Galador en vez de marchar directamente a Balsada por la vía más rápida. Llegaron a Galador esta misma tarde y maese Barbarano, mi patrón, les ofreció hospedaje a cambio de entretenimiento. Y ahí los tiene, señor, cantando y danzando en el salón y animando a la clientela en una noche tan tortuosa.
-¿Marchaban a Kron?- interrumpió Yavin al criado. En su rostro se dibujó un amplio cerco producto de la preocupación.
-Si, mi señor.- respondió Digho todavía de buen talante.- Posiblemente de Kron marcharán a Grifendor y después vadearán la Garganta de Onix por el camino del este, rumbo a los Llanos de Forjad.
El caballero bajó el rostro preocupado y comprendió que todos los temores que había traído consigo durante el viaje eran plenamente justificados. Aquellas buenas gentes nada sabían de lo que estaba aconteciendo en Grifendor y Vundar. Posiblemente era la primera persona que atravesaba las murallas de Galador portando tan ominosas noticias del este. Semejante pensamiento provocó que la impaciencia prendiera en él y que la inútil palabrería del criado se le antojara molesta e inadecuada en tan crucial momento.
-Estoy buscando a sir Mobius, ministro de la Orden de Caballería.
Digho torció el gesto molesto ante la brusquedad exhibida por el caballero, pero debido a su posición como sirviente no osó reprochar una actitud tan tosca, sin embargo su tono de voz se volvió más cortante y seco. En Galador, como en cualquier otra provincia, no eran bien aceptados los reproches de los extranjeros.
-Creo haber visto a sir Mobius esta noche, aunque no podría asegurarlo con certeza, pues son muchas las caras conocidas que hoy se encuentran aquí reunidas. Cierto es que la presencia del mandatario suele ser habitual en estos lares, y estoy seguro que en una noche tan animada habrá decidido trasnochar para unirse a la fiesta. Sin embargo mis servicios me mantienen alejado de la barra y nada podría asegurarle, caballero.
-Bien, en ese caso lo buscaré yo mismo. No tengo tiempo que perder. Necesito entrevistarme con él inmediatamente.
Antes de que pudiera adentrarse en el comedor, Digho volvió una vez más a importunarle con sus preguntas.
-¿Desea guardar noche en la posada, caballero? Hay habitaciones libres, y si ha traído montura y equipaje podríamos ocuparnos de ella, tenemos un establo en la parte trasera...
-¡No será necesario! Busco a sir Mobius y si no está en la posada partiré de inmediato en su búsqueda. No necesito nada más.
Y sin más, Yavin propinó un empujón al indignado lacayo e irrumpió en el salón común. En cuanto traspasó las puertas batientes, el caballero se encontró sumergido en un mundo completamente opuesto al que había deambulado hasta entonces. Una gran humareda llenaba la sala, provocando que sus ojos se vieran invadidos por las lágrimas. Hacía un calor espantoso, pues una gran chimenea de piedra presidía la sala, convirtiendo el refectorio en un auténtico horno en donde se embutían millares de personas. El tumulto era estruendoso y el olor a sudor se entremezclaba con el aroma de las comidas. Yavin sintió como el sonido de sus tripas se unía a la algarabía. Hacía siglos que no probaba bocado, y el aroma condensado de tantos manjares arreciaba con más fuerza su hambre.
En el ala oeste del local había una gran barra en donde todo un ejército de camareras se encargaba de atender a los clientes. Las mozas corrían de un lado a otro, atropellándose unas a otras y llenando las jarras sucias con litros y litros de cerveza que provenían de inmensas cubas. Los clientes no dejaban de gritar, alzando sus jarras en el aire y demandando a voz en grito más y más cerveza, un reclamo que las azoradas mozas no llegaban a atender, pues la faena ciertamente las desbordaba. Próximos a la barra, aunque situados en la parte más tranquila del local, allá donde la oscuridad era más acogedora, se encontraban los reservados; inacabables mesas colocadas en fila y separadas por finos tabiques de madera, formaban pequeños habitáculos en donde los comerciantes hacían sus negocios, las parejas cuchicheaban en intimidad, y donde los grupos de viejos amigos hablaban a voz en grito de sus recuerdos y miserias.
En el otro extremo del oscuro habitáculo, había otras dos puertas batientes que dejaban paso a las cocinas de la taberna. De allí provenía la mayor humareda. Las puertas no cesaban de abrirse una y otra vez, y de los fogones surgían auténticos enjambres de mozas y camareras, que con los pelos alborotados, las caras manchadas de ollín, y los delantales llenos de grasa, desfilaban por toda la sala llevando consigo bandejas cargadas de todo tipo de viandas. Yavin se estremeció al ver todos aquellos platos deliciosos, el hambre se hizo insoportable, y su estómago reclamó con más fuerza, sin embargo, el caballero trató de distraer su atención dirigiendo la mirada hacia el hogar. Allí era donde se congregaba el mayor foco de parroquianos, pues ante la gran chimenea, y bajo una enorme pancarta en donde podía leerse en grandes letras: “La tropa de las alegres nebrakesas”, tocaban y danzaban el grupo de juglares a los que Digho había hecho referencia. Yavin llegó a la conclusión de que era gente de la lejana provincia de Legos, pues portaban ceñidos jubones de piel, amplios caftanes y hermosas túnicas de terciopelo. Tocaban animadamente los instrumentos, provocando el delirio del personal, que a su vez formaba un amplio corro alrededor de la chimenea y ante ellos danzaban cuatro hermosas bailarinas de larga melena morena y penetrantes ojos castaños. Su danza, aunque alegre, era ciertamente sensual, movían sus esculturales cuerpos semidesnudos al son de la música, y su piel, brillante por el sudor, parecía arder bajo las llamas del hogar. Un juglar, de voz potente y rasgada, acompañaba la danza y la música con una vieja tonada que hablaba de las lejanas tierras de Legos:
La tribu canta y danza en la llanura,
los pastores recogen a las cabras
y las maesas preparan la comida en los fuegos.
El sol se pone ante el atalón
y la sombra llena los Áridos de Nebraka.
¿Dónde están las bailarinas?
¡Que sus faldas dancen al viento!
¡Y sus vestidos revoloteen alrededor de la lumbre!
Hoy es noche de dicha,
pues la luz de la primera estrella señala la hora de la fiesta.
Que los amigos dejen los carromatos y formen corros,
y las parejas dancen unidos ante el fuego.
No hay preocupaciones ni lágrimas,
la noche es clara y divertida,
solo hay tiempo para el baile
y para las voces cristalinas
que romperán el silencio hasta la mañana.
Pocos de los clientes de la posada de Galador podían saber de las costumbres del pueblo itinerante de Nebraka. Aquellos nómadas poblaban las llanuras y el Atalón oriental de la provincia de Legos, organizándose en tribus dirigidas por las maesas, o señoras de la estirpe. Como los gitanos, normalmente eran vándalos que solían vivir del pillaje y de la trashumancia, sin embargo, algunos de ellos se arriesgaban a abandonar el hogar y deambulaban perdidos por todo el continente, amenizando las fiestas con su exótico arte y con las canciones arraigadas a su antiguo clan. Posiblemente, alguna de las cuatro bailarinas que ahora danzaban en la atestada sala, era la maesa del grupo, y por lo tanto su líder... una mujer intrépida y astuta como ningún hombre, capaz de dictar el destino del grupo. Por desgracia, y a la vez por ignorancia, los despreocupados parroquianos las animaban y las ensalzaban como si fueran simples rameras de barrio, obviando la inteligencia que brillaba en sus díscolos ojos.
Yavin acabó por desentenderse del espectáculo y volvió a centrar su atención en la clientela que plagaba el local. No había ni un sitio desocupado. Ante las mesas se reunían grupos de individuos que bebían, cantaban y reían con gran estrépito. Allí había gente la mar de variopinta y de muy distinta procedencia. Un grupo de marineros se distraía con un viejo juego de manos que consistía en ver cual de todos ellos gritaba más mientras ejecutaban con las manos y los dedos extraños movimientos; varios soldados de permiso reían alegremente junto a un grupo de muchachas, exhibiendo en alto sus afiladas armas y dejando entrever las desvencijadas cotas de malla que ocultaban bajo los pliegues de viejos abrigos de pellejo de lobo. En otra de las mesas se había desatado una escandalosa trifulca a causa de un concurso de pulsos entre corpulentos bárbaros, y en otro de los recintos sus ocupantes reían ruidosamente mientras elevaban sus pequeños vasos llenos de licor de jengibre e ingerían su contenido de un solo trago, tan solo para volver a llenarlos después y repetir incansablemente la operación. Las camareras corrían entre las mesas apresurándose a servir más bebida y más platos humeantes y grasientos, al mismo tiempo que trataban de esquivar las manos de los desaprensivos que intentaban agarrarlas por la cintura.
Lo cierto era que en La Manzana Verde podía encontrarse a todo tipo de personal, más o menos escandaloso, o más o menos indecoroso, pero de lo único que no había rastro alguno era de otros caballeros pertenecientes a su cofradía. Yavin lanzó un gruñido cargado de contrariedad y deseó que la humareda y el cargado ambiente que predominaban en el salón fueran los únicos inconvenientes que le impedían dar con su superior. Respirando hondo, se hizo paso entre el gentío, y dirigió su atención hacia el grupo de personas que se encontraban embutidos ante la barra. Muchos de los parroquianos que se cruzaban en su camino dirigían miradas cargadas de curiosidad a su refinada cota de malla. Todos reconocían el atuendo de maniobras de los caballeros pues en la ciudad habían otros muchos cadetes de la ordenanza, así que incluso los más curiosos acababan por ignorarlo y regresaban rápidamente a sus quehaceres.
Yavin ya se encontraba junto a la barra cuando una gigantesca presencia se interpuso en su camino y le impidió el paso. El joven caballero alzó la mirada y se encontró ante un rubicundo individuo de enormes papadas, mofletes macilentos y grandes bolsas ojerosas que pendían como sacos cargados de sus pequeños ojillos. Portaba un gran mandil de cuero y una angosta camisa amarillenta, completamente manchada y aceitosa por la cantidad de pringue vertido sobre ella. Su corta cabellera, revuelta y grasienta, le otorgaba un aire distinguido pero a la vez demasiado rústico. Sin duda se trataba de maese Barbarano, dueño del local. Antes de que el caballero pudiera reaccionar, el posadero estiró su rollizo brazo y aferró la mano del joven entre sus enormes dedos.
-Bienvenido a mi humilde posada, caballero.- saludó cortésmente el patrón al tiempo que sacudía con fuerza el brazo del extraño.- Soy Duêin Barbarano. Ha elegido el mejor sitio de todo Galador para pasar la noche. Aquí podrá encontrar hospedaje, música, bebida, comida y hasta mujeres... no se puede pedir más en una noche semejante.
Para corroborar las palabras del camarero, un gran estallido provocado por la tormenta retumbó fuera de la posada; tal fue la virulencia del trueno, que la gran lámpara del techo ondeó de un lado a otro, haciendo que todas las sombras del local girasen en una macabra danza. Sin embargo nadie se mostró temeroso. Todos siguieron enfrascados en sus ocupaciones, ya fuera babeando por las bailarinas nebrakesas, ya fuera bailando al son de la
alegre música, ya fuera parlamentando con sus paisanos, o ya fuera ocupándose de sus negocios privados. Barbarano, satisfecho por la marcha del local, exhibió una amplia sonrisa que dejó al descubierto su amarillenta dentadura y continuó conversando con el cansado caballero.
-Como puede ver, mi buen amigo, la tormenta no nos afecta. Aquí todo es alegría y bullicio. Háganos el honor de unirse a nuestra juerga y disfrute de las comodidades que ofrece La Manzana Verde. Puedo asegurarle que no saldrá defraudado y que mañana, al amanecer, ya tendrá tiempo de ocuparse de sus asuntos.
Pero la mirada de sir Yavin era oscura y torva, y en nada podían afectarle las propuestas del posadero.
-Lo siento, señor Barbarano, pero tal no es mi cometido en esta posada.
-Caballero... se le ve cansado y hambriento. Hoy en nuestra cocina se asan los mejores platos de toda la región: truchas rellenas de berenjena y rábanos, rabadilla de cerdo escalfada con almendras, codornices asadas a fuego lento, faisán con almejas, arroz bañado en tinta de calamar, ensaladas de atún, patatas con aljibe y crema de pato...
-¡Busco al caballero Mobius!- interrumpió sir Yavin con tal autoridad que incluso el pedante posadero guardó silencio.- Es menester que lo encuentre esta misma noche y parlamente con él en privado. Afuera me indicaron que podría verlo en esta posada, debo de saber si se halla presente o por el contrario, debo dirigir mis pesquisas hacia otros derroteros.
Barbarano, molesto por la brusquedad de su invitado, frunció el entrecejo y observó al caballero con desconfianza. Como miembro destacado en la sociedad galardense, el regente de la venta era un hombre orgulloso. Aunque a menudo se mostraba cordial ante la clientela, no gustaba de recibir malas respuestas de sus vecinos, y mucho menos de invitados llegados de lejanas tierras. Barbarano pertenecía al consejo municipal de la ciudad, y a menudo se codeaba con los miembros de la realeza, aunque siempre mostrándose servil, adulador y cobista, como el resto de los concejales. Semejante cargo, a ojos del pueblo, propiciaba que el posadero, a pesar de trabajar en una simple fonda, fuera considerado como hombre importante dentro de las fronteras de Galador. Recibir una respuesta tan tosca por parte del caballero despertó el malhumor en él, sin embargo, la simple vista del emblema de la Ordenanza y la regia armadura que portaba, señal de que aquel soldado no iba de incógnito, provocó que la mala respuesta del ofendido concejal muriera antes de ser pronunciada.
-¡Y bien, hablad, no tengo toda la noche!
Por fin Barbarano lanzó un exabrupto en forma de gruñido, y agachando la cabeza, como un toro bravo, hizo señas para que el impetuoso caballero mirara hacia los reservados.
-El almirante Mobius no se encuentra de servicio, así que dudo que se le pueda molestar.- Al ver como sus palabras de advertencia no hacían mella en el soldado, el posadero se dio por vencido.- Aun así podrá encontrarlo en los reservados, se halla enfrascado en una animada conversación con la clientela. No creo que sea propicio...
De pronto una escandalera interrumpió al orondo posadero. Era una algarabía de voces y aullidos, que procedentes del hogar, podían acallar incluso el constante clamor del salón común. Barbarano y sir Yavin, sobresaltados, se volvieron al unísono hacia el recodo donde había estado tocando la banda de juglares nebrakeños y se encontraron con una disputa entre dos extraños individuos por una de las hermosas nómadas. Era la mujer más madura del grupo, y sin duda la más bella; observando la inteligencia que ardía en sus verdes pupilas, Yavin llegó rápidamente a la conclusión de que debía tratarse de la indómita maesa del tropel. Alrededor de ella, y destacándose de en un corrillo de individuos vociferantes y ebrios, litigaban dos hombres de muy distinta índole. Uno era un abigarrado gigantón de rostro rudo y dentadura mellada. Su piel, de un color amarillento, y sus ojos oblicuos lo delataban como un junoro del sur, posiblemente de la isla de Velad. Su presencia en el norte resultaba inusual, lo más probable era que formase parte de alguna tripulación de los muchos barcos mercantes que se hallaban anclados en el puerto de Galador. El segundo implicado, que parecía contar con el favor de la dama, era un individuo no muy alto cuyo rostro se hallaba oculto por una capucha de piel. Portaba un enorme gabán negro con mangas cubiertas de tachuelas de plata que le llegaba hasta casi los tobillos, lo cual acentuaba su aspecto misterioso. La nebrakesa, y por añadidura el resto de los juglares, que de inmediato habían dejado de tocar para defender los intereses de su maesa, rodeaban al encapuchado, en cambio los parroquianos de la posada parecían gritar en favor del enorme marinero. Si alguien no actuaba pronto, la contienda se desataría y La Manzana Verde se vería sacudida por una batalla campal.
-¡Malditos extranjeros!- gritó maese Barbarano llevándose las manos a la cabeza.- ¡Se creen que esto es un local de alterne!
Entre gritos y aullidos de los enardecidos espectadores, el junoro se lanzó en una atropellada carrera contra su rival, pero el misterioso hombrecillo, que ya se encontraba en guardia, logró evitar la envestida del energúmeno echándose a un lado en el último momento. El marinero pasó junto al diestro y su dama como una exhalación, sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, el encapuchado le propinó una patada en las articulaciones que provocó que el junoro doblara las piernas y diera con sus dientes en el suelo. Una vez más todos los parroquianos volvieron a gritar eufóricos, esta vez satisfechos por la destreza exhibida por el individuo más pequeño.
Por su parte, Barbarano, viendo peligrar la integridad de su posada, olvidó por completo su disputa con el caballero y corrió hacia la barra llamando a voz en grito a sus ayudantes:
-¡Digho! ¡Digho! ¡Marluff! ¡Marluff! ¡Malditos criados! ¿Dónde diablos se meten cuando se les necesita? ¡Digho!
Yavin vio como el posadero desaparecía entre el gentío, dando gritos y tumbos allá por donde pasaba, después desvió su atención hacia el campo de batalla, y observó por añadidura como el enorme marinero permanecía tendido en el suelo mientras el extraño encapuchado le apuntaba directamente al cuello con un refinado sable de bella empuñadura dorada que había surgido misteriosamente de los más profundo de su gabán. La nebrakesa, con ojos lascivos, permanecía tras su gallardo defensor, abrazándose a su espalda y desafiando al caído con una mirada pícara y zaina.
En un abrir y cerrar de ojos el tumulto devoró a los dos litigantes y Yavin, consumido por sus propias preocupaciones, se desentendió de ambos y dirigió su atención hacia los reservados, tal como el posadero le había indicado. La mayoría de sus ocupantes, atraídos por la trifulca, habían abandonado sus puestos y gritaban alegremente, entablando apuestas o haciéndose de notar entre tanta gente. Desde su posición Yavin no llegaba a ver al oficial de Galador, algo extraño, pues Mobius era un hombre corpulento y de gran estatura, incapaz de pasar inadvertido entre la muchedumbre.
Mientras los sirvientes de Barbarano trataban de apaciguar la trifulca, amarrando contra el suelo al ofuscado y pataleante marinero, Yavin se hizo paso entre el gentío, dirigiendo su atención hacia la parte más oscura del salón común. Le costó un buen rato arribar a su meta, pues los cuerpos se condensaban a su alrededor como auténticas barreras humanas, dificultándole el paso. En más de una ocasión tuvo que propinar un empujón o un codazo para que la muchedumbre se abriera y le dejaran avanzar. Algunos de los agredidos se volvían bruscamente hacia él, pero en cuanto llegaban a vislumbrar las señas de la Marca, guardaban sus protestas y hacían como si nada hubiera pasado. Finalmente encontró un angosto pasillo que le permitió avanzar hasta el ala occidental, y tras dejar atrás la atestada barra, divisó por fin los reservados. Aquella parte del salón lucía más desahogada, así que pudo vislumbrar con tranquilidad cada uno de los habitáculos de los diferentes compartimentos privados. La mayoría volvían a estar ocupados, señal de que la reyerta había perdido gran parte de su interés, sin embargo en uno de ellos Yavin llegó a encontrar a quien tan arduamente andaba buscando desde que irrumpió en la posada. Sir Mobius, rodeado por un nutrido corro de parroquianos, parlamentaba bastante entretenido, observando la trifulca de refilón e inmerso en su animada conversación.
El joven soldado no era la primera vez que compadecía ante el ministro de Abisinia. Su rostro era inconfundible: larga cabellera rojiza recogida en ridículas trenzas que caían por su amplia espalda, pómulos redondos y rollizos, nariz aguileña y unos largos bigotes, que acabados en finas puntas, cercaban unos gruesos labios. Su frente, despejada, mostraba un sinfín de arrugas, y sus ojos, aunque pequeños, destilaban gran inteligencia. Portaba una enorme y pesada toga de lana en forma de media luna que se le enrollaba alrededor del fornido corpachón, manteniéndose sujeta sin el empleo de broches ni alfileres; a su vez vestía una túnica también de lana cuyas mangas se recortaban a la altura de los codos, ciñendo y dibujando perfectamente los músculos de sus poderosos brazos. El borde inferior del faldón le llegaba hasta las rodillas, cayendo por sus piernas de forma holgada. Portaba el manto ceñido al talle, amarrado con un cinturón de piel en cuya hebilla aparecía la rodela y las dos alabardas cruzadas que formaban el emblema de la Marca. Tanto el color de la toga como el de la túnica eran del tono natural de la lana: crema claro. Como enseña de su cargo, la larga túnica lucía dos largas franjas de color púrpura, cuyo tinte era extraído de un extraño cefalópado. Aquel era el manto civil de los oficiales de Luján, también llamado lisonjel o compuesta. Diez insignias con forma de ala otorgaban al ministro el grado de almirante.
Sir Mobius, después de sus quehaceres diarios, gustaba dejarse caer por La Manzana Verde. Era un lugar divertido donde se reunían gran parte de los vecinos de Galador y las tertulias que solían entablarse en sus dependencias privadas eran alegres y distendidas. Le gustaba aquel lugar porque, a parte de ser uno de los locales con mayor prestigio de la ciudad, no estaba muy próximo al puerto, lo cual provocaba que allí se concentraran mayor número de caras conocidas y amistosas. Los bares y tabernas situadas en la cercanía del muelle solían llenarse de extranjeros y gente de mal vivir, y muy a menudo las veladas acababan convirtiéndose en largas sinfonías de golpes y puñetazos. Lo que menos deseaba Mobius después de una dura jornada de trabajo era inmiscuirse en líos de tabernas barriobajeras y trifulcas entre marineros borrachos.
Galador era un lugar relativamente tranquilo para un ministro de la Orden de Luján. La milicia del rey controlaba gran parte de las contiendas que podían desatarse en la ciudad, y la propia administración de la urbe se encargaba de la mayoría de los casos en los que debía de adjudicarse justicia. El destacamento en Abisinia llegado desde las fronteras de Luján era mínimo, una guarnición de no más de seiscientos hombres distribuidos entre las distintas provincias del país, lo cual hacía considerar que la comparecencia de los caballeros en aquella región era meramente testimonial, más sujeto a los preceptos que unían a los Caballeros de Luján a las poblaciones de Argos, que a la necesidad de verse protegidos por la cofradía. Mobius pensaba que su situación no podía ser más afortunada, pues había otros ministros que tenían que controlar regimientos de más de mil soldados por campamento y al mismo tiempo mantener el orden dentro de sus circunscripciones. Eso podía llevar muchos quebraderos de cabeza y amargos sinsabores; por suerte ese no era su caso. En Galador sus funciones eran meramente burocráticas. Tan solo tenía que mantenerse en contacto con el resto de los preceptos destinados en las distintas regiones de Abisinia y viajar de vez en cuando a Luján para rendir cuentas ante el Alto Consejo de la Orden.
Así pues, la vida del almirante Mobius era tranquila y relajada, lejos de conflictos y batallas, lejos de las envidias propias de la política, lejos de los altos cargos de la ordenanza. No podía pedir más. El consumado almirante era una persona con mucha experiencia, no en vano antes de ser destinado a Abisinia, había participado en las farragosas campañas de pacificación entre Berengard y la salvaje e inhóspita La Frontera, en la cuenca baja del continente. Había permanecido casi diez años en tierras asoladas por la guerra, dirigiendo a hombres en la batalla, y obteniendo la victoria en todas las cruzadas en que había participado. Así mismo había llevado a cabo labores de colonización, organización y control de abastecimientos en los territorios ocupados, lo cual le había valido para alcanzar el más alto rango dentro de la Orden: ser Caballero de la Corona, ser ascendido a almirante y finalmente obtener el cargo de ministro en Galador. Sir Mobius estaba satisfecho de su carrera militar y disfrutaba de su vida tranquila y apacible. Pero toda aquella paz no había diezmado los instintos del viejo guerrero, así pues, cuando el desconocido caballero se plantó ante él, supo de inmediato, por la preocupación que se reflejaba en sus ojos, que algo andaba mal en las fronteras del reino.
Sir Yavin se situó ante la mesa que ocupaba el almirante y de inmediato captó la atención de todos los allí reunidos. Los rostros de los presentes, conmocionados por la extrañeza ante la inesperada aparición de un soldado a tan altas horas de la noche, observaron a sir Yavin con desconfianza. El caballero sintió las miradas toscas de los lugareños, que de inmediato comenzaron a inspeccionar con resquemor su armadura cubierta de barro y su rostro cariacontecido, consumido por la preocupación y el agotamiento. En tales momentos Yavin era más consciente que nunca de su precaria situación y del largo viaje que llevaba sobre sus espaldas. Sin embargo el almirante Mobius siguió sereno en su puesto, contemplando en silencio al doblado jinete pero desvelando en sus ojos castaños la intranquilidad que sentía ante tan inesperada interrupción. El almirante conocía a cada uno de los ciento sesenta hombres que trabajaban bajo sus órdenes en la ciudad de Galador y aquel muchacho de mirada perdida y rostro consumido por la desesperación, jamás había servido en los cuarteles de Galador.
Yavin se cuadró ante su oficial al mando y esperó a que éste se desentendiera de sus compañeros de mesa y le dirigiera el saludo formal de los caballeros, llevándose el puño al pecho como señal de fraternidad entre miembros de la orden, e inclinando ligeramente la cabeza como símbolo de respeto mutuo. Yavin lo imitó y ambos se distanciaron de la mesa, eludiendo el almirante las miradas inquietas de todos sus compañeros de tertulia.
Buscaron un rincón oscuro y parlamentaron en susurros, tratando de no llamar demasiado la atención.
-¿No es muy tarde para que un soldado se presente ante mí?- preguntó Mobius mostrándose precavido en sus palabras.
Yavin, incapaz de sostener la mirada intuitiva del ministro, agachó la cabeza y trató de recobrar el aliento. De repente se sentía tan cansado, que a duras penas podía pronunciar palabra alguna.
-Mi nombre es sir Yavin de Bleer, mi señor...- El joven soldado observó como el rudo rostro del oficial se llenaba de arrugas al escuchar su apellido. Sin duda el caballero Mobius, cuya fama era bien considerada en los pasillos del Palacio de Canahán, en Luján, había llegado a conocer, o cuanto menos oído mentar, el nombre de alguno de sus antepasados que habían servido a las órdenes de la cofradía. El apellido Bleer era un título reconocido entre los miembros del Alto Consejo de Luján, no en vano su padre había servido durante mucho tiempo para el mismísimo Lord Mariscal.-... pertenezco al primer regimiento de infantería de Kron.
-¿Ha sido enviado por el capitán Gramm?- le interrumpió sir Mobius.
-Sí, mi señor. Traigo noticias urgentes desde mi provincia. Es menester que se las transmita sin más demora, por eso me vi en la difícil tesitura de molestarlo a tan altas horas de la noche.
Sir Mobius, cuyo rostro ya se mostraba tan sombrío como el del propio soldado, movió la cabeza de un lado a otro, dando a entender que Yavin había obrado bien.
-¿Tan importantes son esas noticias del este?
El muchacho asintió circunspecto y sir Mobius no necesitó mayores explicaciones. Haciéndole una seña para que aguardara, el ministro se apartó de su lado y retornó al reservado que había compartido con sus alegres contertulios.
-Señores... lamento tener que dar por zanjada nuestra discusión. Quizás mañana podamos continuar.
Un coro de lamentos acompañaron a aquellas palabras, pero Mobius los ignoró por completo y se limitó a regresar junto a sir Yavin. Una vez con él, no se detuvo mucho tiempo en pedir mayores explicaciones; pasó amigablemente, pero a la vez con firmeza, su fornido brazo por la espalda de su subordinado y lo condujo a través de la muchedumbre. Esta vez no tuvieron muchos problemas para cruzar el salón común, pues todos se apresuraban a dejar paso al ministro y a su desconocido compañero.
-¿Son muy graves las causas que le han traído a Galador, sir Yavin?- preguntó el oficial entre susurros.
-Sí, mi señor...
-En ese caso guarde silencio. Una taberna no es lugar propicio para transmitir noticias semejantes.
Ambos cruzaron rápidamente el comedor y ni tan siquiera maese Barbarano, que ya había dispersado a la muchedumbre y se encontraba de regreso en la barra, osó llamar su atención ante tan inesperada marcha. Sin embargo, cuando los dos caballeros ya se encontraban próximos a la salida, cruzaron sus pasos con una pareja que llamó la atención de sir Yavin. De inmediato reconoció al extraño individuo, que oculta su identidad por la capucha, caminaba del brazo de la indómita nebrakesa. Yavin mostró en su rostro todo el desprecio que sentía ante semejante pendenciero, pero cual fue su sorpresa cuando los labios de sir Mobius esbozaron una sonrisa cargada de complicidad, que de alguna manera fue correspondida por el encapuchado. Para mayor sorpresa de su subordinado, el ministro inclinó la cabeza servilmente ante la presencia del extraño. Yavin, indignado por el comportamiento del almirante, volvió a mirar al misterioso hombrecillo y ésta vez si que llegó a discernir unos ojos intensos y azules que le devolvían la mirada desde lo más profundo de la capucha. Distinguió en ellos gran inteligencia y una sobriedad fuera de lo común, lo cual resultaba ciertamente extraño, pues muy pocos no se amilanaban ante la presencia de un caballero. Pero no tuvo mucho tiempo para resolver aquel misterio, pues la nebrakesa, impaciente por recibir todas las atenciones de su héroe, tiró de su brazo con insistencia, y dirigiendo una mueca lasciva a los dos caballeros, se llevó con él a tan peculiar hombrecillo.
Cuando Yavin volvió a centrar la mirada en su oficial, éste le observó con ojos condescendientes. Resultaba obvio que el ministro ocultaba algo y que desde luego no lo iba a compartir con él, al menos no en ese preciso momento; aun así le dirigió unas palabras cargadas de misterio:
-Es gracioso lo que se puede llegar a encontrar en el mar. Hay ocasiones que entre barracudas y pulpos podemos pescar hermosas perlas ocultas en negras conchas.
No dijo más. Simplemente se limitó a tirar del brazo del desconcertado soldado y juntos se perdieron entre el gentío, dirigiéndose hacia la salida de la posada.
Atravesaron el pasillo raudos y recuperaron sus abrigos del perchero, donde nadie se había tomado la molestia de ordenarlos o tocarlos siquiera. Abandonaron la posada y juntos irrumpieron en el porche. Fuera, la tormenta se había vuelto más virulenta si cabe. A la negrura derramada por la noche, se unía una cortina de agua tan espesa que imposibilitaba vislumbrar incluso la plaza. Yavin se estremeció por el frío y de inmediato dirigió su mirada hacia su hermosa montura y las posesiones que había traído consigo desde la ciudad de Kron. El animal se había cobijado bajo techumbre y observaba también con ojos recelosos el aguacero que no dejaba de manar sobre Galador. Mostraba temor en sus atezados iris, pues el estruendo de los rayos retumbaba continuamente en toda la plaza, desatando ecos que durante mucho tiempo perduraban en el ambiente.
Una vez lejos de oídos indiscretos, y bajo la protección del sonido provocado por el diluvio, Mobius se aproximó al joven caballero y le habló en voz alta, tratando de hacerse escuchar por encima de los truenos y la lluvia.
-¿Cuál es esa noticia que le trae por Galador, muchacho?
Yavin, con el rostro empapado y sintiendo como su cuerpo temblaba bajo la armadura por una mezcla de nerviosismo y frío, trató de responder a la pregunta, pero el hilo de su voz se rompió cuando un trueno retumbó sobre la plaza, creando un estallido que ensordeció a ambos caballeros. Yavin, cerró los ojos, y cuando cesó el fragor del estruendo, gritó con todas sus fuerzas para hacerse oír por encima de la tormenta.
-Guerra... mi señor... guerra en el este...
Al término de la frase, Yavin no supo muy bien si su voz había sonado con suficiente ímpetu, pero cuando abrió los ojos y se encontró una vez más ante el rostro estupefacto de su superior, comprendió que no había errado en absoluto.
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