Medio año después, se producía una importante reunión en Odense, la popular ciudad de la isla de Fyn. Numerosos comerciantes, navieros, tratantes, vendedores y terratenientes, llegados de muy diferentes puntos (Dinamarca, Gotaland, incluso Noruega), olvidaban sus propias rencillas para unirse contra un enemigo común. Durante el último año habían sido extorsionados y asaltados por bandas de saqueadores terrestres y piratas vikingos. En aquellos tiempos difíciles los reyes de las diferentes naciones no tenían el poder suficiente como para mantener a raya tal delincuencia.
Así pues, los hombres de negocios habían decidido actuar al margen de la ley, empleando gran parte de su capital en formar un ejército de hombres rudos y eficaces, en su mayoría proscritos y mercenarios.
La ciudad de Odense estaba llena de tipos de mala catadura, guerreros sin patria ni señor, que peleaban tan sólo por el oro. Organizaban trifulcas en las calles y tabernas y perpetraban pequeños robos. El sheriff local no podía controlarlos y las fuerzas del rey de Fyn tampoco eran lo suficientemente fuertes como para domarles. Todos esperaban con impaciencia la marcha de estos indeseados forasteros.
En la fortaleza propiedad de un rico mercader, al que todos llamaban Ivar El Generoso, transcu-rría aquella noche una animada fiesta. El anfitrión había invitado a muchos otros señores navieros, y cada uno, como él mismo, venía acompañado de sus huestes. En el gran salón de banquetes ricos y pobres, gentiles y ru-fianes, pacíficos y pendencieros, bebían y comían alegremente. El objetivo de Ivar y sus aliados era acabar con Lars El Gris, un vikingo poderoso que durante el último año había asolado Jutlandia y el archipiélago entre Dinamarca y Escania.
Los poderosos debatían con sus lugartenientes en la mesa principal. El resto yantaba y mojaba el gaznate, observaban los bailes de los co-mediantes y bufones, se escapaban con las esclavas a lugares oscuros o aplaudían o lanzaban huesos de carnero a los escaldos.
En un rincón, apartado del resto, comiendo en silencio, se encontraba Galaf. Era otro hombre: la barba y el cabello le caían sucia y caóticamente sobre la espalda y el pecho. Vestía ropas bárbaras, propias de un mercenario sin dueño. De su cadera pendía una larga espada recta, enfundada en su vaina de cuero grueso. Su semblante aparecía hosco y pálido, sus ojos miraban el mundo colmados de ira y repugnancia. No hablaba con nadie y nadie hablaba con él. Sólo le importaba la empresa que allí se fraguaba: atrapar a Lars El Gris, el asesino de su familia.
En el otro extremo de la sala había un grupo de cinco berserkrs mercenarios. Parecían todos hermanos y compartían, además de las feas y duras facciones, maneras bruscas e intimidantes. Bebían y comían el doble que los demás congregados. Gustaban de insultar y provocar a guerreros y pacíficos.
—Tú eres un perro y un cobarde —le decía uno de los berserkrs a cualquiera que no fuese de los suyos.
Los ofendidos temían mucho a tales bestias y miraban hacia otro lado. Sonreían como si les hubiesen gastado una broma, pero en sus ojos brillaba la amargura y el rostro se les enrojecía a causa de la humilla-ción.
Los berserkrs no provocaban a los señores que los contrataban, pues a pesar de su bestialidad no eran del todo estúpidos. Hasta el momento, sólo un guerrero, un joven inexperto y orgulloso, había replicado a la ofensa. El ofensor lo agarró del cuello y golpeó su cabeza contra la me-sa hasta romperle el cráneo. Después rió, y sus hermanos también. Nadie se atrevió a replicarles.
Al llegar junto a Galaf, un berserkr llamado Skall le increpó:
—¡Cerdo! ¡Cuando quiera te mataré porque no eres más que una débil ratón!
Galaf lo miró con asco y odio, mas no dijo nada. Siguió cortando y masticando la carne pegada a un largo hueso de venado.
—¿Cómo te atreves a mirarme así? —bramó Skall.
Comenzó a desenvai-nar su espada.
Algo se rompió en la mente de Galaf. Se levantó ágilmente y antes de que pudiera Skall desnudar completamente su acero le atravesó la garganta con el cuchillo de mesa.
El berserkr se llevó las manos a la herida mortal, de la que ya manaba san-gre a borbotones. Galaf lo apartó de un empujón, desenvainó la espada con un grito espeluznante y echó a correr hacia el siguiente berserkr.
Éste se llamaba Grimmur. Aún no se había enterado de la muerte de su hermano. Ni siquiera pudo volverse, la espada de Galaf lo ensartó, en-trando por la espalda baja y saliendo a la altura del esternón.
Galaf siguió corriendo y empujando a Grimmur. Gruñía y jadeaba como una bestia, su rostro estaba contraído en una mueca demoníaca. Frenó bruscamente y el gigante cayó sobre una mesa estrepitosamente. La espada salió de la vaina humana chorreando sangre.
Galaf saltó en pos del berserkr más próximo. Se trataba de Hralf, un gigante juto que ya venía hacia él. Enarbolaba una espada corta y una maza. Comenzaba a entrar en estado salvaje. Tiró a varios hombres al sue-lo antes de que el resto se apartara de su camino.
Galaf se sintió de pronto rabia, alegría y una gran seguridad en sí mismo. Tenía talento natural para el combate y lo iba a aprovechar. Se dejó caer sobre sus rodillas. En el suelo encharcado y sucio resbaló a causa de la inercia. La maza de Hralf rozó su cabello. Hincó la espada en la rodilla del gigante, partiéndola. Sacó el arma de un brusco tirón y, antes de que Hralf perdiera el equilibrio se levantó, hundiendo el acero en la entrepierna rival. La espada entró hasta la mitad, atravesando la vejiga, las tripas y un pulmón. Hralf gimió con voz cavernosa y se desplomó. Pero Galaf ya se había apartado, esquivando el corpachón moribundo. Abandonó su espada en la vaina de carne y huesos y tomó la de Hralf. Reía.
—¡Alto! ¡Parad la lucha! —gritaba Ivar—¡Pelead contra los enemigos, no entre vosotros!
Se volvió hacia los silenciosos guerreros.
—¡Detenedlos!
Pero nadie osaría interponerse en una batalla entre berserkrs.
En el centro de la sala, Ugir y Starulf, los dos últimos del salvaje quinteto, echaban espuma por la boca, mugían como toros y desenvainaban sus espadas.
Galaf los esperaba. Mordió su labio inferior hasta hacerlo sangrar. El líquido escarlata manchó su barbilla y cuello, lo tragó y se pasó la lengua por la herida, complacido.
Ivar, exasperado, tomó una bolsa de monedas de cobre de su cinto y la arrojó a la zona de combate, esperando que la dádiva calmara a los luchadores.
La bolsa dio contra el suelo, se abrió y desparramó sobre la sangre derramada un chorro de brillantes monedas.
—¡Son vuestras si dejáis de luchar! —chilló Ivar.
Starulf y Ugir miraron el dinero. Durante un instante parpadearon, olvidando su locura asesina. Amaban aplastar enemigos, pero qui-zá más el dinero.
Corrieron a recoger las monedas. Eran muy pobres y el cobre los había deslumbrado. Galaf no olvidó su querella y aprovechó la distracción de los enemigos: a uno le abrió el cráneo con la espada y al otro le tajó el cuello. Era tan rápido y diestro que de nada les sirvió tratar de defenderse. En aquella época, los guerreros se contentaban con golpear sobre las espadas y los escudos, como dispuestos a echar abajo una pared. El más vigoroso rompía las armas del contrario o lo extenuaba, y entonces lo remataba. Pero Galaf pertenecía al futuro, pues aunaba la habilidad y la celeridad a la fuerza bruta.
Los berserkrs se desplomaron en el suelo cuan largos eran. Perdían vida y sangre por las mortales heridas.
Galaf quedó en pie. Miraba, tal que un demente, a vivos y muertos. No recogió ninguna moneda.
—¿Qué has hecho, estúpido? —bramó Ivar—¡Me has costado cinco buenos guerreros!
—Ellos me provocaron —contestó Galaf roncamente, entre dos jadeos. Su mirar asustó a Ivar—. No me expulses de tu expedición.
Aquello no fue una súplica ni una petición.
—Mataré al vikingo Lars El Gris –afirmó.
Clavó la espada en el suelo.
—¡Lo juro! —proclamó.
Toda la sala le contemplaba en silencio.
—Vendrás con nosotros –dijo Ivar, más calmado, observando a aquel loco y poderoso guerrero con espanto y admiración—Matarás al vikingo Lars El Gris.
El vencedor del combate limpió la sangre de su boca con el ante-brazo, sacó su espada del cuerpo de Hralf con un húmedo siseo, la limpió en las pieles del muerto, la devolvió a la vaina y se marchó del salón.
Estallaron los murmullos. Ivar volvió a sentarse en su butaca, aturdido. Los esclavos sacaron los cadáveres y los guerreros cogieron ávidamen-te las monedas del suelo.
Embarcaron envueltos por la tiniebla. Sesenta guerreros, entre ellos Galaf, subieron la pasarela que unía la nave con el muelle. No hablaban y procuraban hacer el menor ruido al caminar. La noche era muy oscura y la bruma fría y espesa. Nadie debería enterarse de la auténtica carga que albergaban las bodegas de aquel barco con fines aparentemente mercantiles.
Era propiedad de Ivar. Se llamaba Nube Azul debido a que el casco había sido pintado de azul celeste—verdoso. Era una nave comercial, sin espolón de proa, Tampoco resultaba excesivamente rápida. Normalmente, tendría el cometido de transportar las mercancías de Ivar de un puerto a otro. Sin embargo, en esta ocasión el Nube Azul no guardaba en sus entra-ñas telas, especias o metales, sino hombres armados y peligrosos.
Ivar lo había cargado durante el día y a la vista de todos con pesados fardos llenos en realidad de arena y harapos y que supuestamente contenían telas y metales preciosos. Una vez en alta mar aquella falsa mercancía sería arrojada por la borda.
Ya en las bodegas los hombres se acomodaron sobre los fardos para dormir o charlar en susurros. Galaf encontró un rincón solitario y rápidamente se hundió en el sueño.
Cortaron amarras. El Nube Azul zarpó, internándose en la niebla que el mar expelía.
Durante los días sucesivos navegaron hacia el Norte. El objetivo era Oslo, donde —Ivar había hecho correr el rumor—se venderían las mercan-cías del Nube Azul.
En realidad, esperaban ser atacados por los piratas de Lars El Gris antes de pasar la punta Norte de Jutlandia. Al fin y al cabo, el vikingo dominaba el Kattegat entre Gotaland y Dinamarca, las mismas aguas por las que navegaría el mercante.
Los guerreros salían a cubierta y ayudaban a la tripulación oficial en sus faenas. Jugaban, reían y organizaban combates amistosos para pasar el tiempo. El asesinato estaba penado con la ejecución automática del culpable, aunque el delito se hubiese cometido en defensa propia. Así se evitaban las muertes en el seno de aquel enjambre de hombres violentos. Sólo se permitían luchas a manos desnudas. Quien empuñara el acero contra otro tripulante sería arrojado por la borda.
Según transcurrían los días, Ivar sentía grandes esperanzas de encon-trarse con el drakkar gris de Lars. Realmente lo anhelaba, pues, como todo comerciante de la zona, odiaba al vikingo.
Cuando el Nube Azul se cruzaba con otras naves los guerreros co-rrían a esconderse en las bodegas. Sólo había ocurrido tal contratiem-po en dos ocasiones y en ninguna de ellas el diminuto ejército corrió peligro de ser descubierto.
Galaf resultó ser el más hosco y solitario de la nave. No interve-nía en peleas amistosas, las conversaciones o los juegos. Nadie intimaba con él ni lo provocaba —todos recordaban cómo trató a los cinco berserkrs en el salón de Ivar. Bebía mu-cho, casi a todas horas, pero trabajaba como el que más y sus ojos se aclaraban a la menor señal de alerta. Practicaba incansablemente con la espada y ninguno deseaba ejercitarse con él: entonces, llevaba a cabo fintas, mandobles y estocadas, haciendo brillar de sudor su rostro contraído por una terrible cólera, con los nudillos blancos a causa de la rabia con que empuñaba su arma. A pesar de su aspecto temible no hacía daño a nadie, y aquellas sesiones de tosca esgrima, en unos ambientes donde el uso del acero se limitaba a golpear con mayor fuerza al rival de la que él desplegaría para destrozarte a ti, entretenía a los ociosos. Ivar le dejaba hacer, observándole con una extraña mirada, como el que contemplara un suceso desagradable que sin embargo no le afectara directamente. Muchos curiosos contemplaban desgarrar, cortar y aplastar con su espada a un ejército de enemigos imaginarios. En realidad, nadie conocía cómo se llamaba este raro tipo, ni cuál era su pasado. Le llamaban El Loco o El Berserkr cuando no estaba presente, y Rápido –por su increíble destreza en el manejo de los aceros—a la cara.
A veces, en la fría noche, los hombres le oían llorar como un perro apaleado, desde su oscuro rincón de la bodega, sin que moviera un solo músculo del rostro, con la mirada triste y rabiosa clavada en las sombras, pegado, como de costumbre, a un pellejo de vino que ni el mismísimo capitán osaba tratar de quitarle. El Loco también provocaba excitados comentarios porque se debatía en sueños, como víctima de terribles pesadillas. Alguno susurró que tal vez estaba poseído o hechizado por algún demonio. Un jocoso contestó que efectivamente debía estar poseído por un espectro, uno muy sediento de sangre, y que él no sería el temerario que tratara de sacárselo del cuerpo. Todos los demás asintieron, comprendiendo que, aquella vez, este gracioso no había hablado en tono de broma.
Condenado a un ostracismo que él mismo procuraba alentar, Galaf continuaba la travesía sumido en las tripas de aquel barco, sufriendo por la tardanza en encontrarse, una segunda y última vez, con Lars El Gris.
Al cabo de dos semanas de travesía, cuando el Nube Azul había superado el cabo Skagen y entrado en las frías aguas inmediatamente al Sur de Noruega, el vigía anunció que una nave venía hacia ellos desde el Norte, un bar-co afilado, con las velas de color gris oscuro.
Los guerreros se escondieron en las bodegas. Estaban nerviosos y expectantes. Sabían que dentro de poco tiempo tendrían que pelear para matar o morir.
Tampoco Ivar, junto al timonel, y Hjalti, el capitán, sufrían una lúgubre excitación mientras observaban el rápido acercamiento de la cenicienta nave. Aunque no deseaban huir se intentó la escapada para no provocar la desconfianza del enemigo. El Nube Azul viró hacia el Este pa-ra aprovechar el viento. Las velas se inflaron de aire poderoso. Era un ágil barco comercial, pero le perseguía un espigado y velocísimo drakkar de combate.
El barco agresor parecía volar sobre las aguas. Su línea era elegante y surcaba suavemente el bronco mar. Los escudos sobre la borda superior del casco anunciaban su condición guerrera. En la punta de proa había una temible cabeza de dragón con las fauces abiertas.
Sobre la cabeza del dragón estaba Lars El Gris, poderoso y severo. A su lado aguardaba el inseparable segundo, un gigantesco noruego a quien llamaban Rolf El Matador. Sobre los bancos de los remos y los puentes de cubierta permanecían en pie decenas de hombres armados, que alzaban las hachas, las espadas, los martillos y los cuchillos, desorbitando los ojos y aullando rudas burlas y espantosas promesas hacia el Nube Azul. Estaban tan convencidos de la victoria que ni se preocupaban de ocultar sus verdaderas intenciones.
En la cubierta del Nube Azul la gente actuaba nerviosamente para que la pantomima resultase más convincente. El mercante trataba de ga-nar distancia desesperadamente, mas todos comprendían que el drakkar les alcanzaría en menos de una hora.
Ivar era un comerciante, no un guerrero. Por consiguiente, se llevó a sus guardaespaldas a su cuarto y se encerró en él. Hjalti, el capitán, quedó al mando de la situación. Ya sabía lo que había de ha-cer.
Proa y popa de cada nave quedaron separadas tan sólo por cincuen-ta metros. Hjalti, con más de quince años de experiencia marina sobre sus anchas espaldas, suponía que los piratas no los embestirían con la proa: aparte de hacer peligrar su propia nave, no desearían hundir un barco con mercancías preciosas y que además podían vender a navieros del Norte sin escrúpulos. Se pondrían a babor o estribor del Nube Azul y tratarían de aferrarse a ella con ganchos, para después asaltarla. No perdonarían a la tripulación: los matarían a to-dos, menos a uno pocos que les servirían como esclavos.
Vio, consternado, que en el drakkar más de veinticinco vikingos colocaban afiladas saetas en los arcos y tensaban las cuerdas.
—¡Protegeos! –vociferó—¡Flechas desde popa! —gritó a su tripulación.
Sonó un coro de secos chasquidos y cortantes zumbidos. Una nube marronácea se alzó sobre la popa y aterrizó en cubierta. La mayoría fueron rápidos y se escondieron tras mástiles, bultos y montones de maromas. Otros tantos resultaron alcanzados por las flechas, que atravesaron fácilmente sus cuerpos. Sobre cubierta reventaron aullidos de dolor y se oyeron los poderosos impactos de los proyectiles contra la carne y la madera.
Hjalti asomó la cabeza por encima de su escondite y vio el dra-kkar alcanzar la línea de popa. El griterío de los vikingos resultaba ensordecedor. Eran alrededor de ochenta, sucios, enormes, tatua-dos y llenos de cicatrices, todos armados hasta los dientes. Ya agarraban y se embrazaban los escudos colocados en las bordas.
El ágil drakkar se puso a la par del más pesado mercante, separado por menos de veinte brazas. El timonel del barco pirata maniobró con destreza y poco después ambos costados chocaron, estribor invasor contra babor atacado, haciendo saltar trozos de madera calafeteada. Los vikingos lanzaron treinta sólidas cuerdas unidas a filosos ganchos metálicos. Las puntas se clavaron sobre el suelo de cubierta y el mástil. Uno alcanzó a un marinero y és-te, emitiendo alaridos, fue arrastrado por la cuerda hasta la baranda de babor, donde el cuerpo, sangrante y espasmódico, quedó trabado. Se levantó un viento frío y cruel, que gritaba y reía con voz silbante, que inflaba las velas casi en contacto y encrespaba los cabellos de los hombres aullantes. Las cuerdas unieron las naves, los cascos chocaron de nuevo, produciendo bandazos que sacu-dían las dos cubiertas.
Lars El Gris, siempre junto a Rolf El Matador, gritó a sus hombres en noruego y danés:
—¡Abordadlos! ¡Matad! ¡Destruidlos a todos! ¡Matad!
Los vikingos saltaron desde su barco a la nave apresada. Eran una marea oscura que portaba centelleante metal. Sus roncas voces se alzaban contra el furioso viento, en alaridos incoherentes o salvas de alabanza a Tyr, Dios de la Guerra, con cuyas runas los más creyentes habían marcado sus espadas, y el viejo Odín . Inundaron la cubierta del mercante y los heridos por las flechas fueron asesinados sin compasión. El resto corrió a esconderse en el interior del barco.
Hjalti vio, desde el castillo de popa, a la turba envuelta en pieles y largas cotas de malla metálica acercársele hacia su posición. Dio la orden correspondiente. A su derecha, el timonel alzó un tremendo cuerno de madera, especialmente trabajado para producir un sonido poderoso.
El instrumento cumplió su cometido cuando su dueño sopló por él con todas sus fuerzas. Otros dos cuernos más sonaron, manejados por hombres próximos al capitán. La cubierta se llenó con un mugido profundo y ate-morizador que el iracundo viento inmediatamente se llevaba en su frígido y afilado seno.
Hjalti alzó el escudo y preparó su espada, deseando que pronto salieran los guerreros de la bodega. Confiaba en sobrevivir a esta batalla. Sus esperanzas se vie-ron truncadas cuando el primer vikingo, un noruego gigantesco, rompió su acero de un tremendo hachazo. El pirata tenía un rostro cubierto de cicatrices, suciedad y barba crespa y oscura. Aullaba el nombre de Odín y en sus claros ojos había fanática demencia. Asestaba hachazos sin freno, abriendo surcos en la madera del escudo, obligando al capitán a retroceder. El noruego bramó con voz profunda un torrente de palabras ininteligibles, como si estuviese entonando una horrenda oración mientras atacaba, apretó sus amarillentos dientes y de un tremendo hachazo a dos manos lanzó al capitán al suelo. El siguiente golpe de leñador tajó un pie. Después abrió una mano, casi partiéndola en dos. Hjalti gritó con pánico, viendo a aquella figura oscura y vociferante ante él, como un árbol humano recortado contra el cielo grisáceo, los cabellos y la barba volando al viento, los ojos dos espantosos puntos brillantes en el fondo de una faz congestionada y monstruosa. Algo metálico se acercó a su rostro y después reinó la oscuridad.
En las bodegas, los guerreros de Ivar escucharon el tañido de los cuernos. Aquélla era la señal convenida. Cuatro trampillas se abrieron sobre cubierta, levantando a ocho sorprendidos vikingos del suelo. Por cada una, disimulada con el dibujo de las tablas de cubierta, cabían holgadamente cinco hombres. Co-municaban con las bodegas de la nave y estaban estratégicamente situa-das a proa, popa, babor y estribor.
Cuatro enjambres de hombres armados y rugientes emergieron a un mundo helado, ventoso, cubierto por espesas bóvedas que ocultaban la luz del Sol y sumían el mar en una grisácea penumbra. Los sorprendidos vikingos ya no eran cazadores, sino presas.
Lars El Gris se dio cuenta enseguida de la trampa. Su astuta estrategia solía ser la de atacar a enemigos más débiles, veloz y contundentemente. Prefería evitar a los peces grandes.
—¡Vámonos! –gritó—¡Volved al drakkar!
Dando ejemplo, retrocedió hasta la baranda de babor del Nube Azul y saltó a su barco. Rolf le siguió.
Mas la gran mayoría de vikingos estaban ya atrapados por aproximadamente el doble de enemigos. Se produjo el caos. Cerca de cien hombres luchaban a muerte sobre la cubierta. Comenzaron a volar brazos, manos, pedazos de carne y nubes de sangre que el ávido viento tragaba y se llevaba lejos. El sonido ensordecedor de los meta-les chocando ente sí ahogaba las voces furiosas o desgarradoras. Los guerreros formaron una apretada turbamulta, empujaron, asestaron tajos a una o dos manos, se protegieron con escudos, notaron saltar las tripas de sus rajados vientres o los huesos romperse bajo el golpe de los mazos.
Ivar salió de su camarote y subió al castillo de popa. Siempre escoltado por sus matones, deseaba asistir —desde una prudente dis-tancia—a la matanza de vikingos.
Éstos, atrapados por un enemigo superior en número, caían a puñados, con las cotas desgarradas, los cascos abollados y las pieles y el cuero abiertos en jirones. Sin embargo, no eran gente que cayera fácilmente, y mataban a muchos antes de morir.
Ivar reía mientras observaba la tremenda batalla. Le regocija-ba la exterminación de quienes le habían causado tan graves pérdidas económicas. Se acercó a la baranda del castillo e insultó a los piratas. Uno de éstos, herido y tambaleante, lo vio aproximarse y con sus últimas fuerzas arrojó su hacha. Acto seguido, un mercenario le hundió la espada, agarrándola a dos manos, como un puñal, en la nuca. El arma surgió por la nuez, con un húmedo crujido, y el vikingo se desplomó de rodillas, moribundo. El hacha acertó a Ivar en pleno rostro, llegando al cerebro y matándolo al instante. La sonrisa del mercader se heló en sus partidos labios y el rabioso viento se llevó, una vez más, la sangre de un cadáver.
Galaf fue de los primeros en salir a cubierta. Había esperado con ansiedad el combate, agarrando con fuerza el escudo circular y la espada.
Al sonar el cuerno empujó, junto a otros, la trampilla de estri-bor y emergió a cubierta. Como cada vez que luchaba, recordó la muerte de su familia y se tornó un berserkr, con una única directriz en su mente de hierro: matar, matar y matar.
Nada más salir partió la cadera de un vikingo merced a un terrible revés impulsado por un violento giro de cadera y muñeca. Y siguió repartiendo golpes como un poseso, acompañando cada uno con un ronco jadeo. El acero volaba y arrancaba nubecillas de sangre a la carne y chispas incandescentes a las armas. Se abría paso como un huracán de rabia y poder. Aunque valientes, los vikingos se apartaban de forma instintiva cuando él se acercaba, pues era la muerte personificada. Incluso destruyó a algún compañero. La locura combativa no le permitía distinguir entre amigos y enemigos, la bestia de su interior necesitaba sangre y él debía proporcionársela a cualquier precio.
Buscó a Lars El Gris y lo vio saltar, junto con su lugarteniente Rolf, al drakkar.
Aún más enfurecido, Galaf a avanzar hacia babor entre la turbamulta de gue-rreros y cadáveres. Quería llegar a toda costa hasta el líder pirata. Consternado, descubrió que tanto éste como sus allegados, desde la cubierta del drakkar, cortaban las cuerdas que unían las dos naves. Tam-bién contenían, a base de flechazos, o a espada y hacha, a los sicarios del fallecido Ivar.
Ya la cubierta del Nube Azul se iba despejando y sólo persistían pequeños y espaciados grupos de luchadores. Había cadáveres por doquier, su sangre encharcaba la madera y sobre la carne muerta se arrastraban los heridos, aferrándose a la vida con todas sus energías. Dos vikingos se rindieron y tiraron las armas. Sus enemigos los ejecutaron sin piedad. Pero aún quedaban cinco o seis piratas irreductibles que preferían caer con la espada en la mano.
De entre éstos sobresalía por su ferocidad un grueso noruego de pelo rojo y ojos azules. Tenía el pecho rajado y sangraba abundantemente. Aún así, y convertido en berserkr, la locura combativa le proporcionaba un vigor y una temeridad colosales.
Este hombre se cruzó en el camino de Galaf cuando El Loco ya se acercaba al borde de la cubierta. Sus espadas chocaron y restallaron, haciendo peligrar los tímpanos. Luchaban sin estrategia ninguna, eran dos animales humanos que no pensaban coheren-temente, cegados por el fuego de sus pasiones. Sus armas describían brillantes curvas, se mordían los filos y resbalaban una sobre otra, a la par que sus dueños gruñían, resoplaban y aullaban con cada golpe. Hubo un fulgor en zigzag y Galaf ensartó a su rival, tan poderosamente que le rompió la cota y el jubón y le metió la hoja en el cuerpo hasta la empuñadura, surgiendo por la zona lumbar, tensando el cuero y la malla. El vikingo bramó un torrente de palabras, escupió sangre sobre el rostro de Galaf, arrojó su espada y aferró a su asesino por el cuello. Le propinó un cabezazo y el borde del casco le rompió al danés el tabique nasal. Galaf sintió que el espeso dolor atontaba su mente. Respiró por la boca, pues la nariz se le llenó inmediatamente de sangre, que se le metió por los conductos respiratorios y le hizo toser violentamente. Parpadeó, medio cegado por las lágrimas. El vikingo reía y apretaba la garganta de su rival. Su dedo gordo encontró la nuez y presionó hacia abajo, intentando romperla. Galaf bregó furiosamente, hasta sacar la espada del abdomen enemigo, y la clavó bajo la boca del noruego, impulsándola hacia arriba, hasta que llegó al cerebro. El vikingo se derrumbó, muerto, pero aún tenía los dedos inexpugnablemente cerrados sobre la garganta. Galaf, mareado, buscando aire, consiguió otra vez sacar la espada y se desplomó de rodillas, arrastrado por el peso del cadáver. La vista se le nublaba, pero metió los dedos bajo las rígidas y musculosas manos y las separó de su enrojecido cuello.
Débil a causa del dolor proveniente de su nariz partida, vio que el drakkar se había separado definitivamente del Nube Azul y comenzaba a alejarse. La imagen de su familia destrozada se sobrepuso a la de los guerreros heridos y muertos, la sangre de las maderas, el mar, el cielo oscuro y ominoso. Echó a correr hacia la nave pirata, limpiándose la sangre y las con el dorso de la diestra. Llegó a la baranda de babor, tiró la espada y saltó, estirando los brazos. Abajo, el mar entre los dos cascos estaba sembrado de bultos sin vida flotantes. Se acercaba a una cuerda colgante de la cubierta vikinga, anteriormente unida a un gancho de abordaje, cortada por un defensor y ahora colgante del barco gris. Chocó brutalmente contra el calafateado. La cuerda se aplastó bajo su pecho y Galaf se zambulló en el agua helada. Notaba el cabo rozando su rostro y lo agarró. Salió a la superficie y comenzó a trepar, enloquecido. Se rasguñó una rodilla contra el casco, pero subió varios palmos más, aferrado al grueso cabo, con los pies rozando la espuma que levantaba el casco al surcar las olas.
Entonces, la nave viró hacia el Este para aprovechar el fuerte viento. Ya en la dirección adecuada, las velas se hincharon y su velocidad se redobló. Galaf, resultó impulsado hacia atrás. Trató de aferrarse a las ventanas de los remos, ahora cerradas No lo consiguió. Sus dedos resbalaban una y otra vez sobre la húme-da madera.
El Nube Azul, más lento, quedó atrás. Sobre su cubierta los vencedores aullaban jubilosos e increpaban a los escapados. Algunos lanzaban inútiles flechas hacia el drakkar.
Galaf sintió que la debilidad le podía. Los ojos se le cerraron. Entonces, recordó a su hija y mujer mientras las violaban en el salón familiar, sus gritos ensordecedores de horror y asco al ser penetradas y mancilladas una y otra vez. La rabia volvió y le dio fuerzas: el Destino aún no deseaba su muerte. Escaló por la cuerda, luchando con-tra la debilidad de sus músculos extenuados, contra el viento cortante, contra el salitre que llenaba sus ojos y flotaban en su estómago. Palmo a palmo, extrayen-do energías de donde no había, subió por el cabo.
Tembloroso y jadeante, pasó sobre la baranda y caminó tambaleándose, como un borracho.
Los vikingos, pocos y deprimidos tras la derrota, lo habían visto surgir del mar como un demonio de las profundidades. Galaf tenía los ojos enrojecidos y desorbitados. La sangre manaba en dos pequeños hilos de la nariz deformada. Tenía las barbas y los cabellos tan mojados y caóticos como los de un troll de los bosques. Su dedo índi-ce señalaba hacia Lars, quien lo contemplaba, inmóvil, desde la proa. Junto a él estaba Rolf El Matador.
Los piratas, asustados, se alejaron de aquella aparición. Sólo Rolf y Lars permanecían en su sitio. Ambos habían palidecido mortalmente y el asombro y el espanto se conjugaban en sus pupilas. De pronto, Lars le reconoció. Exhaló un gemido de horror y dio un paso hacia atrás.
Entonces Galaf cayó al suelo y quedó allí, como un bulto desmañado, incapaz de seguir consciente.
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