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AEEyB: Actividades de la Asociación nº8
Prosigue la acción en esta actividad de la AEEYB: el relato compartido, hecho entre varios de nuestros socios.
Por AEEyB

AEEyB - Actividades de la Asociación nº8

La Gema del Universo (III)


Séptima parte: Manuel Burón
Con el paso del tiempo dejaron de distinguir el día de la noche. El agotamiento físico y mental había dejado una profunda huella en aquellos dos aventureros. Sus cuerpos se redujeron a meras carcasas resecas, sedientas, hambrientas, extenuadas. Sus mentes desquiciadas reaccionaban con lentitud ante los estímulos externos. Su capacidad de raciocinio estaba limitada por una creciente paranoia.

Vagaron por los túneles alimentándose de algunos pequeños roedores que fueron encontrando por el camino, cuya escasa carne cruda era capaz de saciar en parte el hambre, pero que su sangre no era capaz de activar el mapa. Ocasionalmente se cruzaron con algún esclavo huido, similar a los que componían aquella hora salvaje que acabaron masacrando. Tal y como Elbran había relatado a Lisa, descendían de los pobladores de una antigua aldea, que en su momento había sido secuestrada en pleno por el terrible amo de ese laberinto sin fin, y ahora generación tras generación, les criaba como ganado.

Una sonrisa sombría recorrió el rostro de Elbran tras degollar al último de estos desdichados.
—Maldita sea su sangre. Tienen tan poco de humanos que apenas sirve para dar color a nuestro mapa.
—No dejes caer ni una gota, inútil. Los hombres no valéis ni para eso.
Un chorro de sangre caliente salio del cuello del bruto empapando el mapa. La mayor parte del jugo carmesí de la vida resbaló por la superficie encerada, y tan solo una mínima parte dio vida y sentido a algunos de los símbolos y laberínticas marcas que poblaban su superficie. Pero éstos no les servían de mucho, puesto que hacían referencia a lugares por los que ya habían pasado.

— ¡Te lo dije, imbécil! —Exclamó disgustada Lisa— Deberíamos haber desangrado más a la vieja aquella.
—No recuerdo que me dijeras nada de eso, zorra estúpida. Pero si recuerdo que me repites lo mismo cada vez que desangramos un tipo de estos. —Replicó Elbran entre bufidos. — Más te valdría tener una actitud positiva.
— ¿Positiva contigo? Sigamos—dijo en tono imperativo mientras daba un ligero empujón a su compañero. Sin ánimo de tirarle, pero con la suficiente fuerza como para molestar.

Las paredes del laberinto eran suaves y lisas, incluso algo blandas en algunos tramos. Irradiaban una tenue iridiscencia. Así, aunque avanzaban a trompicones, al menos no tenían que hacerlo en total oscuridad, ya que hacía algún tiempo que se les habían terminado las antorchas. Caminaban arrastrando los pies, de forma cansina. Como si les diera igual la vida o la muerte, ya no cuidaban la cautela.
A lo lejos, tras ellos, se oyó un estruendo.
Se miraron el uno al otro, fijamente a los ojos. Sus pupilas se dilataron y no necesitaron palabras. El instinto de supervivencia les devolvió a la vida. Al unísono pusieron pies en polvorosa.

— ¡Corre! ¡Corre, culogordo! — espetó Lisa a Elbran, que se estaba quedando atrás.
— ¡No me esperes y sigue!— le respondió él, sin apenas resuello.

No eran capaces de identificar el ruido. Sonaba parecido al rugido de una bestia descomunal, que estuviera amenazando al mismo mundo con devorarlo. Sonaba como mil rayos restallando en lo alto de una montaña infinita. Sonaba como si un continente se estuviera desmoronando sobre si mismo.
El miedo, lejos de paralizarles, les insufló el ánimo necesario para luchar por sus vidas. Sus pulmones apenas podían suministrar el aliento necesario para alimentar la sangre que bombeaba sus frenéticos corazones. Las sienes les latían como los tambores de la jungla en una canción de muerte y sacrificio.
El túnel se fue estrechando poco a poco, lo que dificultaba aún más su alocada carrera. Ésta llegó a su fin cuando apenas podían mantenerse en cuclillas. El túnel finalizaba de manera abrupta, con un precipicio cortado a pico. En el exterior se veía un precipicio de cuarenta pies, por que discurría una corriente de un líquido verdoso. La luz era distinta en el exterior. De la iridiscencia fantasmal, pasaba a un resplandor rojizo, casi anaranjado, que hacía un extraño efecto en contraste con el verdoso líquido del fondo.

— ¡Salta!— dijo Lisa cuando su compañero le llegó a la zaga.
— ¿Estas loca? Eso de ahí abajo apesta— respondió él resollando.
—Es la única salida. ¡Salta! — dijo gritando por encima del terrible sonido que cada vez se oía más cerca.
— No pienso hacerlo. Eso podría ser ácido o cualquier otra cosa peor. Me quedaré aquí a enfrentarme a ese monstruo o lo que sea. — respondió sacando a duras penas un puñal.

Lisa le miró fijamente y se abrió paso hacia la abertura. Se impulsó al vacío con todas sus fuerzas.

— ¿Quieres vivir para siempre?— gritó mientras saltaba.
Sin apenas tiempo para reaccionar, saltó tras ella murmurando.
—No sin ti.

Cayeron el uno junto al otro y rieron. Rieron sin parar mientras les arrastraba la fétida corriente. Rieron cuando al mirar hacia arriba vieron una enorme mole blanquecina soltar un chorro viscoso del mismo color verduzco. Rieron cuando al fin pudieron salir de la corriente en una pétrea playa. Rieron hasta quedarse sin aliento.

— ¿Qué me dijiste al saltar?—preguntó Lisa con la respiración aún acelerada.
—Nada importante. —respondió algo turbado Elbran —Que eres una inconsciente.
—Ya me conoces.
—No puedo creer que estuviéramos dentro de un gusano enorme.
—Y que hubiera gente dentro.
—Y que le hayamos salido por el culo —apostilló Elban mientras rompían a reír de nuevo.
—Y casi nos hayamos ahogado en su mierda— recordó ella desencajada de risa.

Poco a poco volvieron a ser conscientes de la situación. No sabían donde estaban. No tenían víveres. Sus ropas estaba hechas jirones. Sus cuerpos apestaban. Pero habían recuperado las ganas de vivir.

*****************

Parecía una habitación, con paredes lisas y ventanas que emitían una luz mágica emulando la del Sol. Mas era una cueva, una profunda oquedad profunda en la tierra. Ninguna magia era capaz de eliminar la opresiva atmósfera que envolvía todo como la mortaja de un cadáver. La falsa luz del Sol no era cálida, como la del astro rey. No producía la agradable sensación de calidez de la luz natural. La humedad penetraba en los huesos de cualquiera que estuviera por allí un cierto tiempo.
La estancia era amplia. Lo suficientemente amplia como para que veinte personas hubieran celebrado un banquete. Aunque esta en particular no invitaba a ello. No había columnas que sostuvieran la bóveda pero cinco contrafuertes vertebraban el techo, como los dedos pétreos de un gigante largo tiempo adormilado.
No había adornos en las paredes, ni estantes, ni teas ardiendo, ni tapices colgando. El suelo, como la pared, era liso como si hubieran pulido la piedra con el esmero de millones de hormigas. En el centro del enorme espacio diáfano, una gruesa figura estaba inclinada.
Azindar, el canciller, manipulaba el pequeño cuerpo de un niño que se encontraba inconsciente en el suelo. El pequeño, cuyo color ceniciento contrastaba con los brillantes colores de la túnica del mago, estaba tumbado en el suelo, en el centro de un extraño diagrama rodeado de símbolos irreconocibles. Su diminuto cuerpecito tenía leves espasmos y por su boca salía un reguero de saliva.
Unas palabras malditas cruzaron la tenebrosa estancia desde la boca de Azindar hasta rebotar por todas las paredes, formando una cacofonía infernal. El cuerpo del muchacho sufrió nuevos espasmos. La letanía fue incrementando la cadencia, mientras los colores de la túnica de Azindar formaban un espiral de luz. Las convulsiones del chico amenazaban con quebrar su débil cuerpo.

— ¿Y ahora donde estamos?— retumbó la voz de Elbran por toda la habitación.
— ¿Y ese quien es?— preguntó Lisa
— ¿Cómo osáis, intrusos? — Azindar interrumpió el hechizo para increpar a la pareja que acaba de irrumpir en la estancia. Su mirada derrochaba odio— ¡Vais a morir por esto!
Elbran y Lisa se quedaron tan sorprendidos como el propio canciller. Sacaron sus hierros y se dispusieron a luchar. Se separaron, y uno por cada lado se acercaron con pasos cortos y cautelosos al grueso personaje que no dejaba de amenazarles.
Éste, cuya concentración se había roto, buscaba amedrentar a los dos desconocidos mientras conseguía ser capaz de armar un nuevo hechizo. Cuando los intrusos estaban a poco más de cinco pasos de distancia, su rostro se quedó lívido al ver el rostro de Lisa. A su vez, ella se lo quedó mirando.

— ¡Melkar – Bey! —Gritó— Tú me vendiste el mapa de este lugar infernal.
— ¿Así que eres tu la zorra que me compró el mapa por cuatro perras? Parece que has sido capaz de llegar hasta aquí, aunque te veo muy desmejorada. —Dijo el orondo canciller observando la otrora sensual figura femenina.
—Si, aquí estamos, buscando esa maltita gema. Pero… ¿Quién eres tú en realidad?
—Veo que no has venido sola—respondió el falso comerciante mirando a Elbran con desconfianza.
—Te presento a Elbran, un amigo. —El aludido inclinó levemente la cabeza. Observando todo con desconfianza.
—Tranquilizaos, no me toméis como un enemigo. El Maestro sabe que estáis aquí, pero no sabe quien os facilitó el mapa. Mi verdadero nombre es Azindar, y soy el Canciller de este lugar. — Mientras hablaba se iba alejando poco a poco del cuerpo tendido en el suelo y les indicaba a la pareja que se acercaran a él. — No tenéis nada que temer de mí. Podéis serme muy útiles.
—Solo queremos la Gema y salir de aquí—gruñó Elbran sin disimular su desconfianza.
—Si, si… solo tenéis que ayudarme a acabar con el Maestro. ¿Aún tenéis el mapa?
—Si —contestó Lisa mientras sacaba el pergamino de su escondrijo— Pero apenas es visible ahora. Le falta mucha sangre.
—Claro, sangre. Por supuesto. —dijo pensativo Azindar—Quizás esa sea la clave…
— ¿Qué clave?—interpeló Elbran, cada vez más incomodo con la actitud del mago.
—Podéis tomar la sangre de ese cuerpo que esta ahí tirado—dijo señalando el cuerpo del muchacho, que había recobrado el ritmo respiratorio.

Lisa y Elbran se miraron. Miraron el pequeño cuerpecito tirado en el suelo como un muñeco. Azindar les miró. Ellos miraron a Azindar y tras un resplandor metálico, vieron como trataba de arrancarse un cuchillo arrojadizo de su fofo cuello.

—Corre, corre. Que no se pierna ni una gota de sangre—espetó Elbran a Lisa, quien ya estaba poniendo el mapa bajo el enorme y cálido chorro que salía del cuello del antiguo Canciller.

AEEyB - Actividades de la Asociación nº8 Elbran por su parte, se acercó al niño, que no tendría más de cuatro años. Le atusó el pelo.
— ¿Por qué íbamos a matar a este pequeñazo, pudiendo tomar la sangre de ese cerdo?— dijo Elbran examinando al chaval.
—Seguro que nos hubiera traicionado ese cerdo.
— ¡Chico, chico! ¿Me oyes?— preguntó al pequeño que parecía abrir los ojos. — ¿Estas bien? ¿Cómo te llamas? ¿Quien eres?

Entonces, para su gran sorpresa. El niño se incorporó y dijo con voz clara:
—Amor, mi nombre es Amor.

Octava Parte. Claudio Ramírez.
El niño presentaba varios cortes poco profundos y Lisa dedicó un rato a limpiarle las heridas. Aún estaba confuso y era parco de palabras, se empeñaba en repetir su nombre, pero no contestaba a ninguna otra pregunta. Mientras tanto Elbran rebuscó por las estancias del difunto Canciller Azindar y encontró un pequeño botín de comida, armas y oro. Debajo de una mesa apareció lo que constituía el bien más extraño, un enano jorobado llamado Angnar, feo y retorcido que según sus palabras era esclavo de Azindar y su misión consistía en mantener limpias sus estancias, alimentar el fuego y preparar la comida. Contestó a todas las preguntas que le hicieron sobre Azindar y su posición en la Torre, sus quehaceres diarios y poco más que fuera de interés. Pero mantuvo un obstinado silencio cuando fue interrogado sobre el pequeño Amor, se limitó a gruñir y a mirarlo de reojo. Finalmente tanto Elbran como Lisa convinieron en que el enano no era de fiar y acabó encadenado a las argollas de hierro que antes habían aprisionado al niño.

El día había sido largo y todos estaban cansados. Durante el tiempo que se mantuvo activo el mapa escarlata en el pergamino se habían ocupado de copiarlo en un trozo de papiro que encontraron entre los restos esparcidos por la habitación del Canciller. Luego comieron un poco y se echaron a dormir. Un par de patadas fueron suficientes para que Elbran entendiera el mensaje y se arrastró hasta su rincón lejos de Lisa, que no tenía más ojos que los que dedicaba al frágil Amor.

Un ruido la despertó. El fuego casi se había extinguido y la habitación se había disuelto entre las penumbras que danzaban al ritmo de los rescoldos que aún brillaban al rojo entre los restos de la hoguera. Se incorporó lentamente y miró a su alrededor, pero no consiguió distinguir nada. A su lado ya no estaba el niño, y en su lugar sólo quedaba un revoltijo de mantas y pieles. Deslizó su mano hacia la daga y prestó atención a su oído. Un tintineo de cadenas provenía de la izquierda, la cadena con la que habían apresado al enano estaba tensa, siguió su recorrido con la mirada y distinguió un bulto agazapado bajo una mesa en el rincón opuesto de la habitación. Aguzó su vista y pudo vislumbrar al taimado Angnar, se tapaba la cara con las manos, y su cuerpo se estremecía aterrorizado haciendo temblar las cadenas.

Ahora oyó un gorjeo a su derecha. Puso mucha atención y entre la penumbra pudo distinguir una sombra que se alzaba sobre un bulto en el suelo: Elbran. Se puso en pie y comenzó a avanzar sobre la sombra tomando todo tipo de precauciones. Elbran parecía inerte y se encontraba indefenso ante la sombra, que se inclinaba sobre él emitiendo gorjeos y silbidos. Lisa siguió avanzando con precaución, asiendo firmemente la daga, cuando de repente pisó algo. Un crujido se oyó por toda la estancia. Había pisado una pequeña caja que no había visto. Se detuvo inmediatamente. La sombra giró su cabeza y alzó su mirada. Dos carbones al rojo vivo se encendieron donde debían estar sus ojos. Siseó fuertemente como una serpiente venenosa y mostró los colmillos, blancos y afilados. Había localizado a Lisa. Bufó como un gato y volvió a sisear mientras comenzaba a moverse sigilosamente, un olor a podrido se extendió por toda la estancia, y el monstruo volvió a bufar. Lisa contuvo el pánico en la boca de su estómago, disipó sus ganas de vomitar y se mantuvo firme, se enderezó y con su espalda buscó la pared tras ella, levantando ligeramente la daga.

— ¡Elbran! —Llamó—, ¿Estas bien?, ¡Elbran!

Elbran no respondió, ni siquiera se movió. Lisa temió lo peor. Y de repente se acordó del niño.

— ¡Amor! ¡Amor!

Dio dos zancadas al frente y de repente el monstruo saltó sobre ella. No le dio tiempo a levantar la daga para defenderse y notó un fuerte escozor en la mejilla cuando una zarpa le abrió una herida. Se volvió dispuesta a hacerle frente pero la sombra no atacó, se encogió lo que pudo y retrocedió hacia la oscuridad, bufando y siseando con rabia. Lisa solo podía distinguir los ojos rojos que retallaban en la oscuridad, observándola. Caminó hacia la izquierda sin dejar de observar a su oponente y se agachó hacia Elbran sacudiéndolo con urgencia. No hubo respuesta. Desesperada, volvió a sacudir el cuerpo caído con tanta violencia que la cabeza de Elbran giró hacia la izquierda mostrando una enorme herida en el cuello de la que aún manaba sangre. Aquel monstruo lo había degollado a mordidas mientras dormía. Se levantó con rabia y buscó en la oscuridad, pero no pudo ver a su enemigo.

El otro lado de la estancia se encontraba totalmente a oscuras. Las brasas se iban extinguiendo poco a poco y en la penumbra no podía distinguir nada. De repente, aumentó el tintineo de las cadenas, algo las tensó y comenzó a arrastrarla por el suelo en la oscuridad frente a ella. Un fuerte rugido de terror se alzó, el enano comenzó a gemir y a llorar.

— ¡Socorro!, ¡Ayúdame!, ¡no dejes que me atrape!

Lisa no conseguía discernir nada en la oscuridad. Dio un paso al frente y tropezó con una silla. Con un movimiento rápido agarró la silla y la arrojó a los restos de la hoguera. La silla prendió fácilmente al calor de las brasas y el fuego comenzó a alumbrar poco a poco la estancia. Vio dos sillas más a su derecha y las tiró también al fuego. Los gritos de horror del enano aumentaron, y comenzó a tirar con fuerza de la cadena que le aprisionaba el pie. La luz iba aumentando y pudo recorrer la estancia con la vista buscando al niño.

— ¡Amor! ¿Estás bien?, ¡Amor!

Al otro lado de la estancia los ojos como tizones del monstruo se fijaron en ella y le habló con una voz sibilante.

—Amor. Aaaa Mooor. A Mor. —Gorjeó y escupió las palabras—. A mor-ir. Ssssiiii. Vaisss a morir todossss. —Y saltó hacia Lisa—.

Lisa esperaba el ataque, con calma se hizo a un lado y golpeó con la pierna el bulto que cayó a su lado, que bajo el impacto giró un par de metros alejándose. Ahora, bajo la luz de las llamas, pudo verlo. No era mayor que un perro, pero por su forma de moverse aparentaba un simio grotesco, cubierto totalmente de pelo negro y con las extremidades terminadas en cuatro afiladas garras del tamaño de un cuchillo pequeño. Pero su cara era lo más horroroso, tenía una nariz ancha y achatada circundada por unos gruesos bigotes como los de un felino, dos orejas grandes y nervudas como las de un murciélago y una boca enorme, sin labios, llena de afilados colmillos por la que expulsaba hilachos de saliva y espumarajos amarillos. El horripilante ser se incorporó amenazante y le bufó mostrándole toda la gama de colmillos disponible en su boca. Avanzó sobre ella dando pasos cortos. Lisa retrocedió poco a poco buscando una posición más ventajosa. Dio tres pasos atrás, pero tropezó con el cuerpo de Elbran y perdiendo el equilibro cayó sobre su culo.

El monstruo siseó triunfante y apuró su caminar, se dispuso a abalanzarse sobre Lisa que levantó su daga como única defensa. De repente se oyó un ruido apresurado de cadenas y un golpe estrepitoso. Un palo se hizo añicos sobre la cabeza del monstruo, que confuso volvió la cabeza hacia atrás. Lisa aprovechó la distracción para levantarse y al apoyar la mano izquierda en el suelo tocó la espada de Elbran en el suelo. La asió con fuerza y se prestó al ataque. El monstruo derribó de un zarpazo al enano cuya única defensa consistía en un trozo de palo roto, y cuando se disponía a rematarlo dos palmos de acero se incrustaron por su espalda y asomaron por su barriga reventando su corazón. El monstruo murió dando espasmos a los pies del aterrorizado enano.

Lisa se derrumbó agotada sobre el suelo, le dolía todo el cuerpo y tenía toda la cara llena de sangre. El enano aún sollozaba con la cara oculta tras sus manos encadenadas. Lisa miró alrededor.

— ¿Dónde está el niño?, ¡amor! ¡amor!
—No busques al pequeño —el enano rebuscó sus últimas reservas de valor para hablar—. Lo tienes delante de ti, le has atravesado el corazón.
— ¿Qué dices vil criatura?, ahí solo hay un monstruo. Producto sin duda de algún hechizo fallido de tu antiguo Amo, que ha vuelto de las sombras para matarnos.

El enano se levantó y señaló el cuerpo inerte del monstruo.

—Esto que ves aquí es un súcubo, un demonio que adopta múltiples aspectos para acercarse a sus víctimas y matarlas mientras duerme. El Amo lo invocó hace tiempo para enviárselo a su Señor el Maestro de la Torre, en un peligroso juego de ambiciones y traición. Sin embargo se volvió demasiado poderoso y comenzó a desobedecer al amo, estaba a punto de matarlo y devolverlo al Averno cuando tú y tu amigo entraron en las estancias.

Lisa contemplaba incrédula los restos del súcubo.

—Pero era un niño. Yo vi un niño.

—El súcubo es un maestro del engaño —respondió el enano—, toma formas con las que hechiza a sus víctimas. Ante el Amo se transformó en niño indefenso con el fin de confundirlo y llenarlo de dudas. Con tu amigo se transformó en una hermosa doncella. En cuanto tú te dormiste, se arrastró hasta su lecho y lo sedujo con palabras bonitas y suaves caricias antes de arrancarle el cuello a mordiscos y beberse su sangre.

Lisa cayó de rodillas y agachó la cabeza hasta el suelo.

—Oh dioses. Elbran. Has muerto por mi culpa. Si hubiera sido más comprensiva contigo, este demonio no nos hubiera cogido por sorpresa. ¡Elbran!

Elisa comenzó a llorar desconsolada, pero de repente sintió una mano en el hombro.

—Vamos nena, no te preocupes. Tal vez esta noche quieras darme una nueva oportunidad.

AEEyB - Actividades de la Asociación nº8 Elisa se giró sorprendida. Allí estaba Elbran, con una mano tapándose la herida del cuello.
Renqueando pero sonriente.

—Elbran, maldito bastardo. ¿Aún estás vivo? —Y se lanzó a sus brazos—.

Novena Parte. Andrés Díaz

Ante ellos se abría el umbral, un simple arco en el muro. Encima del arco había una inscripción:

LA DESESPERACIÓN SE ALIMENTA DE SÍ MISMA

—¿Qué crees que significará? —dijo Elbran.
—Nada bueno —respondió Lisa.
—Este es el lugar. El mapa lo indica: “El Túnel de la Desesperación”: el siguiente paso en nuestro camino.
—Al fondo hay una luz —dijo Lisa.
Dentro había un pasillo oscuro, y tras unos veinte pasos estaba la salida iluminada, otro simple arco. Más allá sólo se veía la roca de aquel laberinto interminable.
Permanecieron indecisos.
—Sólo es un corredor —dijo Elbran—, y además hay un camino de piedra, ¿lo ves? Andamos sin salirnos de él y llegamos al otro lado. Fácil.
—¿Qué tal está tu cuello? —le preguntó Lisa.
—Los puntos aguantarán. —Elbran se tocó la venda que rodeaba su nuca y su garganta—. Pero pica como el demonio. Vamos.
Guardaron el mapa, cruzaron el umbral y pisaron la piedra del camino gris. La oscuridad de los costados pareció tornarse sólida, cobrar consistencia, y sintieron que les faltaba el aire, como si aquella tiniebla les aplastara.
—¡Elbrán! —gimió Lisa—. ¡Mira hacia atrás!
—¡Por todos los dioses!
El umbral por el que habían entrado se había alejado y era apenas un puntito de luz, como si en el primer paso hubieran andado ya mil.
Sintieron un espasmo de horror al volverse y ver que la salida, antes a tan sólo veinte pasos, estaba ahora al menos a doscientos.
—¿Qué lugar es este? —dijo Lina.
Incluso les costaba hablar. Notaban en el pecho un vacío helado y doloroso, creciente.
—No lo sé —respondió Elbran—. Sigamos.
La oscuridad y el silencio eran tan perfectos que se sintieron fuera del tiempo y el espacio. Esa nada, quebrada sólo por el camino y la entrada y la salida del túnel, era lo más espantoso de todo; la mente humana necesita objetos perceptibles a los sentidos. En su ausencia, Elbran y Lisa se sentían ciegos y sordos.
Los dos echaron a andar, pero cada paso les costaba un gran esfuerzo. El vacío en el pecho se hacía más hondo y por él penetraban la tristeza, la desidia, la demencia… Envejecían años en latidos. Nada había que justificase aquel sufrimiento, aquel pesar devastador. La muerte era preferible. Pero ella le tomó de la mano y siguieron caminando, débiles como ancianos.
—Mira… —susurró Lina—. Estamos más cerca de la salida.
El arco luminoso ya no se encontraba a unos quinientos pasos, sino sólo a cien.
—Si aguantamos, se nos acerca —dijo Elbran—. Si nos dejamos vencer, se aleja.
Oyeron los alaridos de una mujer, lejanos, en la oscuridad.
—¡He de ir, Elbran, he de con ella!
—¿Por qué?
—¡Porque es mi madre!
Se escapó de sus brazos antes de que él pudiera sujetarla, abandonó el camino y la oscuridad se la tragó.
—¡Lisa! —rugió Elbran—. ¡Vuelve!
Se pasó las manos por la cabeza. Lisa estaba perdida. Nadie podría salir de allí, estaba seguro. Tenía que olvidarla y seguir caminando.
Pero no podía dejarla. Debía protegerla.
Se metió él también en la negrura.
Lisa corrió en la oscuridad. Corría por el bosque de su hogar, con un cubo de agua para su padre, el leñador del pueblo. Era una niña de once años y él la recibió con los brazos abiertos y la levantó por lo alto, y ella rió y abrazó a su papá, grande y fuerte.
—¡Te traje agua, papá!
—No, mi niña, yo prefiero el vino, ¡es más sano!
Se echó un trago a la garganta y los dos volvieron a casa y Lisa fue feliz durante años mientras su grandote papá cuidaba de su madre y de ella. Pero él bebía mucho, y apareció un brillo en sus ojos que a veces la aterraba, el demonio del vino. Su padre cada vez gritaba más. Un día pegó a su madre y luego le pidió perdón. Al cabo de medio mes volvió a pegarla y cuando Lisa le pidió que dejara de golpearla, él le cruzó la cara de un bofetón. Y los gritos y las palizas continuaron durante años, mientras Lisa se iba convirtiendo en una mujer, y aquella niña alegre y feliz se ahogaba en tristeza y odio.
—Así son los hombres, hija mía —le dijo un día su madre—. En el fondo son malos. No debes confiar nunca en ellos.
Y un día su padre volvió a golpearla, y Lisa sintió un horror indecible, porque ahora vio en los ojos algo nuevo. Lujuria. Lisa huyó de su casa, porque la próxima vez todo sería peor. Durante un año fue de aquí y allá, viviendo como podía, haciendo cosas que después le costaría olvidar. Le hablaron de una montaña donde vivían unos extraños monjes guerreros. Durante los siguientes cinco años ciertamente la enseñaron a manejar todo tipo de armas y a defenderse con las manos desnudas. Ella entonces decidió marcharse.
—Puedes quedarte con nosotros —le dijo uno de ellos.
—No. Quiero devolverle al mundo lo que me hizo.
—Todos llegamos aquí llenos de odio, como tú. Los débiles volvieron al exterior en busca de venganza. Los fuertes perdonamos al mundo y encontramos la paz. Sé fuerte y perdona. Libérate del odio.
Ella titubeó, pero dijo:
—Me marchó. Venceré al mundo.
—Es más importante vencerse a sí mismo. Adiós, Lisa.
Volvió a su poblacho para matar a su padre, pero sólo encontró dos tumbas junto a una cabaña ruinosa. Se convirtió en La Acuchilladora y, cuanto más robaba y mataba, más satisfacía al demonio de la ira. Con el tiempo se fue sintiendo sucia y sintió el anhelo del amor. Amó a un hombre, un ladrón llamado Ulmus. Le juró que la amaba y prometió casarse con ella y Lisa se sintió feliz. A la mañana siguiente Ulmus se había marchado con todo su dinero. No volvió a verle. El segundo fue un poeta cuyos ojos soñadores y su voz dulce la encandilaron. Una noche le encontró con una mujerzuela en su propia cama y la invitó a unirse a la fiesta. Lisa se marchó de allí, jurándose que nunca volvería a amar a ningún hombre. En su futuro sólo veía soledad.
Cayó otra vez en brazos de un hombre, un aventurero llamado Elbran. Pero el miedo al fracaso volvió a ella. Su madre ya se lo dijo: todos los hombres son malos, y esta vez decidió escucharla. Lisa se volvió de piedra y amargura y abandonó a ese hombre que amaba profundamente. Siempre estaría sola y viviría para matar y robar, hasta que alguien le ajustara las cuentas. Entonces quedaría tirada en un callejón y nadie la recordaría ni la echaría en falta.
Todo ello lo revivió una y otra vez, los fracasos, las frustraciones, la rabia, la tristeza… Su padre le pegó muchas veces más, la tiró en el jergón y se le echó encima, sudoroso, hediendo a vino.
—¡Esto no pasó! —gritó Lisa, horrorizada—. ¡No ocurrió así!
Sintió que le arrancaban la ropa y fue violada una y otra vez. Luego fue arrojada a la misma rueda de fracasos y desilusiones… los hombres se reían de ella y su madre se lo recordaba una y otra vez, y cuando corría feliz hacia su padre llevándole agua, él la golpeaba y no podía apartar de sí aquel rostro húmedo de sudor, y un nuevo horror estalló cuando el cuerpo de aquel hombre empezó a fundirse con el suyo, a metérsele por los poros, ensuciándola en un nivel aún más íntimo. Nunca podría quitarse de encima aquella sensación repugnante, siempre lo llevaría dentro.
Y aquello no era más que el principio.
Elbran corrió tras Lisa en la oscuridad, pero tropezó y cayó, y se miró asombrado las manos. Las manos de un niño.
—¡Toma esto, Elbran, llorón! —le gritó Maro, el matón de su pueblo.
Le dio una patada en la boca.
—¡No me pegues más, Maro, por favor! —chilló Elbran.
Pero el otro niño, más grande y fuerte, siguió pegándole, y los otros chiquillos reían.
—¡Elbran cobarde! —coreaban.
Elbran echó a correr, buscó un lugar donde esconderse y se dijo que algún día sería tan fuerte que ningún niño podría pegarle. Y vio pasar en la lejanía los soldados que venían de las guerras, y les envidió su fortaleza y orgullo.
Al volver a casa su padre le recriminó por haberse pegado con otros niños. Elbran le dijo que quería ser soldado.
—No, hijo mío. Debes ser granjero y agricultor, como yo. Los soldados beben, se emborrachan, pelean… Pero un hombre de verdad tiene tierras, las cultiva, hace crecer sus frutos. Los hombres de armas son unos inútiles.
—¡Pero nadie les pega ni se ríe de ellos!
—¡Son unos inútiles y no se hable más!
Elbran calló.
Su mente estaba llena de batallas y de ciudades extrañas que él nunca conocería. Cuando cumplió los dieciséis años le dijo a su padre que se marchaba. Se alistaría en el ejército.
—¡Eres la vergüenza de esta familia! —le gritó su padre—. ¡Ya no eres mi hijo! ¡Lárgate!
Con lágrimas en los ojos se marchó, se convirtió en guerrero y se empleó a fondo con la espada, pues prefería morir antes que ser vencido. Aún podía oír la voz de Maro y las risas de los otros niños. Se convirtió en el mejor soldado de su tropa, el primero en luchar, el primero en trabajar. Se sentía a gusto con sus compañeros y le gustaba la disciplina. Fantaseaba imaginando a su padre, viéndole ahora, sintiéndose orgulloso de él.
La guerra le enseñó su lado más tenebroso. El oficial ordenó pasar a cuchillo un pueblo entero que se había mostrado hostil y Elbran caminó tembloroso a cumplir la orden. Vio a sus amigos degollar a los niños, tras arrancárselos de los brazos a sus madres histéricas. Elbran debía obedecer, pero tiró la espada. Sus amigos le llamaron cobarde y traidor mientras él se marchaba al galope. Acababa de desertar y así había destruido su futuro como guerrero. Su padre no se equivocó: era un inútil.
Se convirtió en mercenario y luego en asesino. No podía matar niños, pero por lo demás… todo dependía de la paga. Cuellos cortados, peleas de callejón, borracheras, mujeres brillantes por la noche y opacas por la mañana. Una vida sucia, sin fin alguno.
Conoció a una extraña mujer, Lisa, y se enamoró de ella. Por primera vez en muchos años se sentía unido a alguien. Sabía que ella también le quería; a pesar de su máscara de dureza, Lisa era romántica y vulnerable y tenía miedo de la soledad. Elbran decidió proponerle vivir juntos, en una granja o una posada, empezar una nueva vida. Compró un anillo de compromiso y quiso darle una sorpresa, pero cuando llegó al cuchitril donde vivían ella se había marchado. Le había dejado sin una sola palabra.
Elbran la buscó, pero todos le dijeron lo mismo: Lisa se había ido para siempre y no quería volverle a ver.
Elbran llegó a una taberna conocida, dispuesto a beber hasta olvidar.
—Deberías buscarte una buena mujer —le dijo el encargado—. Deberías casarte y fundar una familia. Tener algo, ¿sabes? Un futuro. Pero claro, ¿qué puede importarle eso a un mujeriego como tú?
Elbran asintió en silencio, sonrió con amargura y le dio el anillo de compromiso de oro y brillantes.
—Dáselo a tu mujer. Le encantará. Ahora déjame solo.
El tabernero guardó la joya, admirado de su buena suerte.
Elbran siguió bebiendo.

AEEyB - Actividades de la Asociación nº8 Y volvió a sentir en carne viva cada fracaso, cada frustración, cada golpe. Y la realidad se mezclaba con la fantasía: no desertaba y decapitaba a los niños, los empalaba y troceaba, y seguía buscando a Lisa por los callejones, y su esperanza se rompía otra vez, y todo cuanto quería arreglar se estropeaba por completo, y había filas enteras de civiles a los que despachar, y no podía sacarse sus gritos de la cabeza, y los niños se reían de él mientras le pegaban, y cantaban con voz infantil que era un cobarde, y sus compañeros de tropa le insultaban a pesar de que llegaba con las manos chorreantes de sangre inocente, igual que le despreciaba su padre, una y otra vez…
Porque todo esto sólo era el comienzo.
Un grito partió en dos sus imágenes, un grito que arrancaba destellos, recuerdos lejanos, un grito que le impulsaba a escapar. Corrió en la oscuridad, hasta una cabaña destartalada en un bosque desconocido. Entró y vio una mujer bajo el cuerpo de un hombre sudoroso. Elbran le empujó a un lado y quedó inmóvil, pues era un borracho que se desgañitaba y lloraba, tirado en el suelo. Se volvió hacia el catre, agarró por los hombros a Lisa y la abrazó.
—Elbran, eres tú. ¡Eres tú!
—Cálmate, Lisa.
Ella se echó a llorar. Los dos se miraron y cada uno vio en los ojos del otro todo lo que la desesperación les había hecho.
—He de irme, Lisa —dijo Elbran—. Me arrastra. Es más fuerte que yo…
—Igual que tú me has salvado, yo te salvaré a ti. Iré en tu busca.
Pero él había desaparecido. Lisa se levantó y vio a su padre en el suelo, llorando, gimoteando palabras de perdón. Lisa tenía el cuchillo en su mano. Podía matarlo. Por fin podía vengarse del mundo.
Ése no era el camino para salir del Túnel.
—Te perdono —le dijo ella—. De corazón.
—Gracias —le dijo su padre, con lágrimas en los ojos—. Gracias.
Y se transformó en el leñador al que ella llevaba agua, y los dos sonrieron, y desapareció junto a todo lo demás.
Lisa vio una chiquillería entusiasmada. Un niño estaba recibiendo una paliza.
—No tienes por qué sufrir esto, Elbran —dijo Lisa—. Eres fuerte.
Él la miró desde el suelo, y entonces empujó al otro niño y le hizo frente, y el matón vio algo en sus ojos que le obligó a salir corriendo.
Ahora Elbran era un hombre y Lisa y él se miraban.
—¡Me ibas a pedir que me casara contigo! —exclamó.
—Sí. Pero no estabas allí.
Ella se le echó en sus brazos, llorando y riendo al mismo tiempo.
—¡Pero yo te quiero con toda mi alma! ¡Perdóname por haberte abandonado! ¡Qué idiota fui!
—Lo fuimos los dos —dijo Elbran.
Se volvió y vio a su padre, que le deseó suerte en su nueva vida de guerrero. Se despidieron con un abrazo.
Elbran y Lisa se besaron, felices. Por primera vez se encontraban en paz consigo mismos y con el mundo.
La oscuridad pareció chillar y retroceder y los dos estaban en el camino de piedra, junto a la salida. Atravesaron el umbral y emergieron a una gran caverna iluminada por antorchas.
Ante ellos estaba el mismo anciano que vieran hacía tanto tiempo, al entrar en la Torre enterrada de Temla.
—Una vez os dije que necesitaríais del amor para vencer los obstáculos de estos dominios —dijo—, y no me creísteis.
—¿Qué era ese túnel? —le preguntó Lisa—. ¿Qué había en él?
—Era el Túnel de la Desesperación, como rezaba en el mapa. Y en él había… desesperación.
“Allí están las almas de los otros ladrones que vinieron a buscar la Gema del Universo. Pensaron que podrían vencer a la desesperación con su fortaleza y su orgullo y perdieron. Sólo podrían vencerla quienes se olvidaran de sí mismos y pensaran en salvar en los demás. Los que se entregan por amor. Por eso la Gema os atrajo a esta Torre.
—¿Nos atrajo? —se extrañó Lisa—. Vinimos por propia voluntad.
—La abeja, cuando acude a la flor, también cree que lo hace por propia voluntad. ¿Pero no le atrae la propia flor?
“La Gema atrajo durante mucho tiempo a ladrones de éste y otros mundos, pero eran egoístas y ambiciosos y no superaron las pruebas. Os encontró a vosotros dos: egoístas, ambiciosos, necios, orgullosos, mezquinos… pero enamorados. Os atrajo a esta ciudad e hizo que os encontrarais de nuevo. Os necesitaba.
—Dejemos aparte la palabrería —atajó Elbran—. Hablas de la Gema como si fuera un ser vivo.
—La Gema es un ser vivo.
Elbran y Lisa no dijeron nada, asombrados.
—La Gema procede de otro mundo —explicó el viejo— y Temla la atrapó. El brujo se arrancó su propio corazón y lo sustituyó por ella. La Gema le da el poder y la vida.
“Pero aunque sujeta por la magia, ella envía sus mensajes sin que su guardián lo sepa. Yo mismo, que fui antaño lacayo de Temla, soy ahora el guía de quienes vienen a liberarla.
Elbra y Lisa sabían de algún modo que el viejo les decía la verdad.
—¿Por qué tendríamos que liberarla, si no podemos quedarnos con ella? —inquirió Lisa.
—Por hacer lo correcto. Sólo por eso. Toda vuestra vida habéis hecho lo incorrecto. Tal vez sea momento de cambiar, ¿no creéis?
Elbrán y Lisa guardaron silencio.
—Cuando lo consigáis no sólo la liberaréis a ella, sino a los espíritus de los ladrones que os precedieron, atrapados en el ciclo inacabable de la desesperación. ¿Qué decidís?
—Continuar —dijo él.
—No os hará falta el mapa. A partir de ahora no hay laberintos. Seguid el túnel y entraréis en el nivel del brujo Temla.
—¿Cómo le arrancaremos la Gema del pecho, si él es un mago poderoso y nosotros dos simples guerreros? —preguntó Lisa.
—Con imaginación —fue la respuesta—. Con mucha imaginación.
La figura del viejo se hizo borrosa, hasta desaparecer.
Elbran y Lisa quedaron solos, ante la nueva galería de piedra.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de junio del 2010