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AEEyB: El Modelo
Mi nombre es Nicolaes van Uylenburch. Tuve la fortuna de crecer en un ambiente cordial, burgués, en Amsterdam. El negocio de mi padre, comerciante en tejidos de seda, me hizo disponer de una buena situación económica. Atrás quedaron las épocas difíciles en Amberes, cuando él y mi madre decidieron trasladarse a las Provincias Unidas, atraídos por el floreciente centro comercial en que se había convertido Amsterdam...
Por Miguel Ángel Garrido

AEEyB - El Modelo Mi nombre es Nicolaes van Uylenburch. Tuve la fortuna de crecer en un ambiente cordial, burgués, en Amsterdam. El negocio de mi padre, comerciante en tejidos de seda, me hizo disponer de una buena situación económica. Atrás quedaron las épocas difíciles en Amberes, cuando él y mi madre decidieron trasladarse a las Provincias Unidas, atraídos por el floreciente centro comercial en que se había convertido Amsterdam.
Viví en una casa contigua a la Iglesia Nueva, en la plaza del Palacio Real. Mi mujer, Magdalena Leyster, perteneció a una familia de papistas. No es que tenga nada en contra de ellos, pero me molestan esos templos cargados de lujo y adorno con los cuales pretenden demostrar... No sé. Prefiero no entrar en esos temas.
La ambición de no quedarme en lo que era fue algo que acompañó mi vida desde siempre. Quizá por eso, al retirarse mi padre de su agradable pero modesto trabajo, no tuve dudas a la hora de vender el negocio de la familia. Mi madre, mujer reacia a este tipo de aventuras, no comprendió porqué lo hacía. Pero no la culpo. A ella ya le costó bastante abandonar su pequeña aldea, allá en Flandes, para convertirse en la esposa del maestro Van Uylenburch, tal como llamaban a mi padre sus empleados del negocio.
Busqué todos los medios para hacer realidad mi ilusión. No se trataba solamente del dinero o el poder, la influencia entre políticos, mercaderes o religiosos. ¿Qué convertía en alguien distinto al gran libertador, nuestro príncipe Guillermo? La gloria. Por esa razón, puesto que no nací con facultades para la guerra, ni me imaginaba administrando nuestras provincias, tuve claro que mi camino era otro: asociaciones, mercaderes, síndicos... Al principio, conseguí cierta influencia en esos círculos dentro de Amsterdam. Hice importantes amigos en otras ciudades, incluso al otro lado del Rhin. El antiguo negocio familiar se convirtió en un local destinado a varias actividades: la concesión de créditos, la compra de propiedades inmuebles o la inversión de dinero en un par de posadas. No puedo quejarme de cómo me iba.
Sin embargo, deseaba algo más. No era suficiente, como en el caso de mi padre, tener la conciencia tranquila de haber trabajado mucho y bien, ser recordado por eso. Comencé a entrar en el mundo de la subasta pública. Objetos exóticos, obras de arte, piezas traídas de Italia o tesoros de las colonias de ultramar. Al hacerme propietario de estas cosas, me convertí en un ciudadano singular. Puede que a fuerza de hacerme extravagante, pero lo cierto es que se hablaba de mí. Hendrickije Claesz, la madre de mi mujer, no quería verme. Me reprochaba la manera en que yo estaba llevando las cosas, dejando el negocio en manos de mis subalternos y ocupándome de otras actividades... llamémoslas, difíciles de aceptar. Y es que me relacionaba con los papistas, los judíos, hacía lo posible por coincidir en actos del Ayuntamiento con miembros de las asociaciones del Norte y de las Indias Orientales. Muy pronto, mi nombre se empezó a escuchar en boca de esa gente.

AEEyB - El Modelo ¿Era feliz? No podría asegurarlo. Después de todo, qué significa la felicidad frente a la grandeza de una vida gloriosa, respetada, que se recordaría después de la muerte. “Cogito, ergo sum”. Dentro de muchas centurias, esta frase seguirá siendo evocada por la gente. No importará si quien la dijo tuvo una existencia feliz. Simplemente, no habrá sido olvidado. Yo esperaba a la muerte, quería comprobar cuál era la sentencia que dictaría sobre mí. Y entonces vino, un ocho de abril, a aclararme esa duda.
Llevaba desde hacía tiempo padeciendo una extraña fiebre, cansándome con facilidad al hacer cualquier cosa, perdiendo el apetito. Yo, que siempre fui un hombre saludable, buen bebedor y amante de las perdices asadas, la sabrosa carne de buey, me encontré súbitamente débil, más delgado. Y, sobretodo, recuerdo aquella horrible tos. Dolorosa, sanguinolenta. No es que me asustase morir, pero aquella situación me hizo cambiar un poco. Empecé a interesarme por los misterios de la religión. La sabiduría de Dios, que en aquella época se demostraba de múltiples maneras. Una de las más interesantes, las lecciones de anatomía que se celebraban en la hermandad de cirujanos de Amsterdam.
Allí conocí al doctor Nicolaes Tulp. Un hombre metódico en su trabajo, calvinista acérrimo, científico respetado, muy amigo de los judíos exiliados de España. Él me convenció de lo provechoso de entregar mi cuerpo no a la tierra, sino a los científicos. Con esa decisión, estaría ayudando a comprender el saber de Dios y los secretos de su magnífica creación: el hombre. Algunas personas han sido elegidas por Dios para salvarse, y yo he sido una de ellas. Aunque no de la forma que esperaba. Cierto es que la gran fe profesada en mis últimos días justificó el prodigio que vino después. El respetable Juan Calvino, desde su tumba, seguramente comparte mi pensamiento.
El caso es que los acontecimientos se sucedieron con rapidez tras mi muerte. Mi cuerpo permaneció en la morgue, aparentemente olvidado, hasta que cierto personaje se interesó por mí. Era un hombre pelirrojo, de mirada firme y profunda. Le llamaban Rembrandt, empleando únicamente su nombre de pila en homenaje a todos esos pintores de Italia: Rafael, Leonardo, Miguel Ángel... Como en el caso de estos, aquel joven nacido a orillas del Rhin pensaba que ningún otro pintor llamado Rembrandt sería tan reconocible como él por su grandeza. No se equivocaba.

Por lo visto, andaba buscando un modelo inusual para una de sus pinturas, encargada por mi viejo amigo el doctor Nicolaes Tulp: el cadáver de un hombre fallecido recientemente. El mismo doctor Tulp, según parece, aconsejó que utilizase mi cuerpo. Lo que sucedió después resultaría ciertamente extraño. Contemplar mi imagen, muerto, rodeado de miradas que reflejaban los más diversos estados de ánimo: terror, curiosidad, repugnancia, vacilación... Pero el resultado fue magnífico aparentemente. Tanto, que incluso encargaron al artista, veinte años después, una segunda obra inspirada en aquella. Pero ya no fue igual. La fuerza y originalidad de aquel lienzo no ha tenido comparación. Y en buena parte, me siento responsable de ese logro.
No soy muy aficionado a la poesía, mi sensibilidad no llega a identificarse con hombres como Jacob Cats o nuestro gran clásico, Joost van den Vondel, pero algunos versos aprendidos desde joven tuvieron un valor recurrente a lo largo de mi vida. Precisamente, un caballero español, combatiente en Túnez, escribió en boca de pastores estas líneas que ahora me sirven para terminar el relato de mi vida y mi muerte:

Materia diste al mundo de esperanza
de alcanzar lo imposible y no pensado,
y de hacer juntar lo diferente.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de junio del 2010