El viejo rey contemplaba desde su trono cómo el imperio que en su madurez levantara a sangre y fuego se desmoronaba poco a poco, presa de la corrupción y la decadencia palaciega. Sintió el viejo rey el deseo de tardes de sangre y batalla bajo un sol implacable, cuando reía, borracho de muerte ajena, sobre los cadáveres de sus enemigos.
Sin embargo, ahora a su alrededor no había más que esplendor, delicada sordidez y un enjambre de mentiras.
Ya nadie entendía al viejo rey, sus amigos de juventud se marcharon tiempo ha en busca de nuevas tierras, nuevas conquistas, nueva masacre y nueva gloria. Sin embargo, él se había quedado para ver florecer su reino, para disfrutar de sus posesiones ganadas gracias a su férrea voluntad.
La paz que tanto anhelara el pueblo había adormecido las almas impetuosas, había cambiado el hacha por el pergamino y la espada por la pluma. ¡Cuánto odiaba el viejo rey la paz! ¡Cuánto odiaba el viejo rey la codicia de los hombres de Estado! Antes contemplaba cara a cara a sus enemigos y por ellos sentía admiración; ahora ya no podía confiar en nadie; quien ayer era enemigo hoy era dulce víbora.
El viejo rey sentía que el poder se le escapaba de las manos mientras un cúmulo de mentirosos tomaban las decisiones, hablaban con benevolencia y encanto al populacho y éste les apoyaba aún cuando tales líderes de caramelo estuvieran dispuestos a vender el país al mejor postor.
El viejo rey echaba de menos los ejercicios de fuerza en el patio del palacio, echaba de menos las justas y los torneos, echaba de menos un mundo que moría poco a poco, como un león comido por los parásitos, un mundo que se le escapaba como agua entre los dedos.
Mas el viejo rey despertó un día de su letargo. Fue durante el transcurso de una de las muchas y suntuosas fiestas de la traicionera nobleza. Él presidía los actos, una figura decorativa más. Pero aquel día, picado quizás por uno de los diablos que en su juventud retozara en sus venas, se levantó del trono y con renovadas energías se dirigió al público:
—¡Ah, que paren las músicas y fanfarrias! —gritó, con tal voz que todo el mundo ahogó la voz en la boca. La muchedumbre enjoyada le miró con aire extrañado—. ¡Escuchadme, escoria! ¡Durante años he visto cómo vosotros, sanguijuelas, le robabais la vida a mi reino, mi amado reino! ¡Harto estoy de paz, harto estoy de sentarme y observar! ¡Si es para esto para lo que fundé mi imperio, que caiga pues en el más abyecto pozo! ¡Que sea cadáver de buitres y letrina en la que humeen la orina y el excremento! ¡Que se precipite hacia su más completa disolución! ¡Mi voluntad le dio forma y mi voluntad ahora lo repudia! ¡Que cesen las fiestas, los pactos con los reinos vecinos, la diplomacia, los impuestos, los discursos, que cese la paz! ¡Que vuelva la guerra, la masacre, el gozar de la batalla! ¿Es que acaso ninguno de vosotros puede entenderme?
Sin embargo, ninguno de los presentes parecía comprender el sentido de sus palabras. Para sus delicados oídos la guerra era algo brutal y lejano, algo engendrado en unos tiempos que ya se hundían en lagos de leyenda. Antes entenderían las piedras lo que los lobos narraban en sus aullidos.
El rey los miraba incrédulo, la furia chispeaba en sus ojos, que habían recobrado el ardor indómito del pasado
—El viejo chochea… —murmuró un gordezuelo chambelán. Sin embargo, en el silencio del salón su voz sonó como una campana.
El rey dejó de ser viejo, por sus arterias corrieron los demonios de la locura y desenvainó la espada que ciñera tan sólo por cuestiones de protocolo. Sin embargo el filo era aún mortífero y el rey se acercó a grandes pasos hasta el bocazas, cuyo rostro se había vuelto blanco.
—¡Lucha! —rugió el rey, y ordenó que trajeran una espada a su repentino enemigo. Alguien se la pasó al esbirro orondo y trémulo, pero éste la dejó caer con un grito agudo, como si aquella cosa quemara al tacto de sus finos dedos. Se agachó y pidió perdón, temblando tanto que casi no podía entenderse qué demonios estaba diciendo.
Lejos de apiadarse, la cólera del rey creció ante ese gesto servil, y de un tajo segó la cabeza.
—No merece vivir quien no defiende su vida con uñas y dientes —dijo el rey loco, con voz lúgubre.
Gritos de horror, aullidos, desmayos, un huracán de rostros aterrados, rostros que los dedos tapaban, y cuyos ojos miraban por entre esos mismos dedos.
—¡Vamos! —les gritó el viejo rey—. ¿Nadie vengará al amigo muerto? ¿Nadie peleará contra un viejo loco, contra el tirano al que día tras día laméis las botas, pero al que odiáis como la arena odia al agua y la oscuridad al candil? ¡Aquí estoy! ¡Ésta es vuestra oportunidad! ¡Por todos los dioses que os agradecería un poco de vuestra rabia, pues mi espada quiere beber más!
Pero nadie estaba dispuesto a enfrentarse al viejo rey, quien a su vez los miraba con desprecio.
—He roto vuestras leyes, vuestras costumbres, he matado a uno de los vuestros ante vuestras propias narices, y nadie responderá a la afrenta. ¿Qué sois? ¿Hombres o ratas? ¿Ratas o gusanos? ¿Gusanos o motas de polvo?
Pero ellos seguían mirándole con ojos desorbitados, incapaces de reaccionar. Ni siquiera entendían el porqué de sus actos.
Lo más hiriente para el viejo rey era eso, el que nadie le entendiera. Vio el cadáver del suelo, la mancha creciente de sangre sobre el mármol cremoso, la espada que goteaba, sus dedos arrugados. Se sintió de pronto absurdo, un extranjero en un mundo que desconocía, algo vano y sin sentido, una caricatura grotesca, una evocación de una época que todos deseaban olvidar.
—Carne para el olvido… —murmuró—. Esto es lo que soy: carne para el olvido. Todo mi universo es alimento para el olvido. Pronto estaré olvidado por todos, y con gusto… Olvidado… Siempre olvidado.
Inspiró aire y levantó la cabeza. La decadencia se marchó de su mente y su pecho tan rápido como había venido, pues él en el fondo era un loco sin control de sus sentimientos. Siempre lo fue.
Guardó la espada en su funda y su mano barrió el aire, ante los súbditos llenos de terror.
—Reniego de vosotros. Reniego de este reino, que ya no siento como mío. Me iré donde la aventura aguarda a mi cuerpo, donde pueda morir cubierto de sangre y con el acero en la mano. Os deseo una lenta putrefacción, y ya veo que estáis en ello Hacéis un magnífico trabajo. Un desmoronamiento completo de vuestras perfumadas y sin embargo hediondas vidas… Os desprecio y reniego de vosotros. —Se quitó la corona y la arrojó al suelo. El oro, la plata y los diamantes tintinearon con alegría contra el mármol—. Los guardias pueden detenerme por mi crimen si lo desean, pero sé que no lo harán, porque el esclavo ama sus cadenas.
“Ya no soy vuestro rey.
Se quitó el manto de terciopelo y se quedó con una sencilla túnica. Las gentes chillaron y se abrieron paso y él pasó entre ellos como un cuchillo caliente cortando la manteca. Salió fuera, a la luz del sol, y caminó y caminó durante años y años, hasta que la muerte le encontró bañado en sangre, empuñando el acero. Para entonces todos le habían olvidado, o al menos lo intentaban con todas sus fuerzas. Su nombre era una mancha absurda en los tratados de Historia, algo que la mirada debía esquivar.
Pero eso a él ya no le importaría. De nuevo era libre.
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