I.- UNA MISIÓN SUICIDA
El páramo cubierto de nieve, atestado de cadáveres congelados y manchas de sangre, se extendía en todas las direcciones. El cielo ennegrecido parecía un monstruo primigenio que colgaba sobre los restos de la violenta batalla. Ambos bandos, tanto franceses como rusos, habían recibido cuantiosas bajas después del primer día de combate. Muerto de frío, con los dientes castañeándole, el sajón contempló la llanura destrozada con una mirada llena de amargura. A pesar de la ropa interior de lana, los calzones de ante, la gruesa camisa, el tricornio y el pesado capote, estaba helado hasta los huesos. Enfrente, a unas pocas millas de distancia, las tropas de la Grand Armée ocupaban todo el terreno circundante en un área de unos veinte o treinta kilómetros. Detrás, las casas en llamas y las calles abiertas por los cañonazos de Yelau; el pueblo que ninguno de los ejércitos había logrado conquistar pese a las inútiles y cuantiosas bajas humanas.
Lentamente, el pequeño grupo formado por seis hombres traspasó el erial, entre resoplidos y maldiciones, víctimas de los cortantes ventisqueros que amenazaban con arrancarles la piel a tiras. Una fuerte ráfaga de aire lo obligó a inclinar la cabeza. Ante sus pies, abierto en canal por una descarga de metralla, la imagen mutilada de un joven coracero francés le encogió el corazón. Sin desearlo, se preguntó si aquél muchacho tendría mujer e hijos que lloraran su muerte; otro cretino caído en el Campo del Honor por una patria devorada por los gusanos.
Los lobos van a reventar con tanta comida, pensó sarcásticamente. ¡Menuda pitanza les espera!
A través de los cuerpos de sus compañeros, examinó las montañas lejanas, la vegetación muerta y los árboles quebrados por las explosiones; la naturaleza era tan peligrosa como los soldados que pretendían acabar con ellos. A la izquierda, iluminada por las estrellas y los fuegos de campamento cercanos, una ancha depresión recorría el terreno traicionero. El individuo que iba en cabeza, un sargento cadavérico que llevaba un parche sobre una órbita vacía, ordenó secamente que se detuvieran:
—Iremos por allí. —Señaló con el índice la hondonada que Stark había descubierto unos segundos antes—. Parece la manera más segura de acceder a las líneas francesas.
Un miembro del escuadrón, un ruso con el rostro enrojecido y congestionado por el exceso de vodka, replicó con acritud:
—Deberíamos regresar a nuestras líneas, Igor —propuso—. Lo más probable es que, a estas horas, el capitán Vladimir esté muerto.
Su superior fue cortante:
—Usted hará lo que yo le ordene, Fiodor —acotó—. De lo contrario será sometido a un Consejo de Guerra, ¿queda claro?
El soldado asintió de mal humor:
—Como ordene, mi sargento.
El resto del pelotón guardó silencio, consternados; todos estaban de acuerdo con su compañero aunque ninguno tenía el valor de decirlo en voz alta. ¡Los oficiales eran la lacra del puñetero ejército! Indiferente, el sajón se encogió de hombros; nunca había temido a la muerte. Por una semana de permiso, tal como les había prometido el Mariscal Bennigesen si lograban cumplir la misión con éxito, hubiese sido capaz de vender su alma al diablo. Evidentemente, como era de esperar, los soldados rusos declinaron la amable oferta de su superior; ninguno quería arriesgar el pellejo por una causa perdida. Los elegidos para realizar aquella tarea imposible —mercenarios libres que secundaban las fuerzas de Bennigesen—, fueron despedidos con burlas y chanzas mientras partían. Las apuestas estaban en contra del grupo. Para estos, ellos ya eran cadáveres.
Apáticos, volvieron a ponerse en movimiento, derrotados por el peso de la fatiga. Al penetrar en la hondonada, las nubes ocultaron la luna llena, obligándolos a continuar a oscuras. El terreno pedregoso cubierto de vegetación espinosa era el lugar perfecto para tender una emboscada. Afortunadamente, los despojos de la guerra no habían mancillado aquella zona; era un alivio no tener que contemplar más cadáveres por el momento. Poco a poco, ascendieron la quebrada, utilizando pies y manos, sudando a pesar de la gélida temperatura. Konrad se detuvo para recuperar el aliento; llevaba más de dos días sin dormir ni alimentarse. Aunque fuera de noche cerrada, la blancura de la nieve le resultaba cegadora.
En las dos campañas anteriores, tanto en Austerliz como en Jena, Bonaparte había infringido humillantes derrotas a los austriacos. Vencidos y desmoralizados, a los prusianos no les quedó otro remedio que poner pies en polvorosa, pero Napoleón los persiguió como un perro rabioso detrás de un hueso podrido. El Mariscal Kamensky, un viejo chocho que estaba para el arrastre, decidió ahuecar el ala y permitir que la Grand Armée entrara en Polonia como si estuviera en su propia casa. Al ver que sus cuellos peligraban, en enero de 1807, las fuerzas rusas pusieron las cartas sobre la mesa y decidieron entrar en acción. Como de costumbre, el corso se anticipó a los planes del Mariscal Bennigesen, cortándole la retirada en seco. Después de la llegada de las tropas de Soult y Murat al campo de batalla, aparecieron Augerau y la Guardia Imperial. Los rusos, con los testículos en la garganta, esperaban ser reforzados con el destacamento prusiano de Lestocq. A la misma vez, los franceses aguardaban por los hombres de los Mariscales Davout y Ney. La primera jornada de batalla, cruel y sangrienta, se extendió hasta el anochecer, dejando unos ocho mil cadáveres de ambos bandos en el páramo. Al ver que al paso que iba, corría el riesgo de perder todos sus efectivos, Bennigesen ordenó una retirada tardía. Los franceses pasaron la noche a campo abierto igual que los rusos. Los dos ejércitos estaban sin suministros. Los primeros por el mal estado de las carreteras y los segundos por la desorganización habitual que imperaba en sus filas.
Al caer la noche, al descubrir que uno de sus antiguos camaradas de la academia militar había desaparecido, el Mariscal Bennigesen se dejó llevar por el sentimentalismo y ordenó de inmediato su búsqueda. Como de costumbre, sin saber porqué siempre le tocaba bailar con la más fea, Konrad fue uno de los soldados reclutados para rescatar a un necio que, a aquellas horas, probablemente estaría criando malvas. Molesto, el sajón escupió un gargajo de tabaco al suelo; estaba hasta la coronilla de las tonterías de los oficiales. Lo más que le tocaba las narices de todo el asunto era que, aparte de que le importaba un comino el destino de la guerra, tenía que meterse en la guarida del lobo por un imbécil que se había dejado capturar.
—El ejército ruso es demasiado compasivo —refunfuñó—. El capitán Vladimir merece ser fusilado por su incompetencia.
Justo en aquel momento, cuando menos lo esperaban, escucharon unas voces sobre sus cabezas. Tensa, la compañía se agazapó en las sombras y guardó silencio. Dos soldados pasaron sobre su posición, fumando para aliviar el frío aterrador, ajenos a los ojos que los acechaban entre las tinieblas. Con el cuerpo perlado de sudor y los nervios tirantes, Stark empuñó el cuchillo que llevaba en la cintura, listo para utilizarlo en caso de ser necesario. Las voces de los franceses llegaron nítidas a sus oídos:
—Los suministros no llegarán hasta mañana —comentó uno de ellos—. Daría cualquier cosa por un miserable mendrugo de pan.
Su compañero lanzó un suspiro:
—Cierto —admitió—. Reza porque mañana las carreteras estén en mejor estado, o terminaremos comiéndonos nuestras propias botas.
Expectante, con la espalda pegada a la pared de piedra, el sajón se mantuvo en guardia. Los centinelas continuaron adelante; habían escapado indemnes por un pelo. Sin más preámbulos, cuando las pisadas de los hombres desaparecieron en la negrura, el grupo volvió a ponerse en marcha. Habían logrado dejar atrás a la tercera patrulla con la que se encontraban aquella noche. Los franceses no imaginaban que el enemigo fuese tan temerario como para realizar una incursión dentro de sus propias filas. Igor susurró en voz baja:
—Tened los ojos bien abiertos —indicó—. No quiero que nadie dispare sin mi permiso.
La orden, junto a la tensión del momento, hizo palidecer al grupo; todos sabían la suerte que les esperaba si eran capturados. Con pasos enérgicos, abandonaron la quebrada, regresando al terreno baldío que circundaba el pueblo en llamas. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Stark ignoró la nieve que le llegaba hasta la altura de las rodillas y envainó el puñal en la funda. Mentalmente, repasó el estado de sus armas: arcabuz, estoque, pistolones, cuchillos; llevaba pólvora y balas para defenderse durante largo rato si era atacado. El mayor problema consistía en sus armas de fuego; no podía permitirse el lujo de que el frío las dañara. La visión de las hogueras aisladas —puntos enrojecidos que brillaban en la penumbra que envolvía la llanura— le produjo un escalofrío de aprensión. Interiormente, maldijo a sus superiores, a aquellos oficiales vanidosos y estúpidos que lo obligaban a arriesgar el cuello por una causa que no compartía. ¿Dónde demonios estaban las tropas de refuerzo del Mariscal Lestocq? Como de costumbre, sus camaradas prusianos, nueve mil si las cuentas no lo engañaban, llegarían cuando fuese demasiado tarde. ¡Aquellos retoños de un gorrino castrado debían haber hecho una visita todos los burdeles de la zona antes de dirigirse al campo de batalla!
Avanzaron a gatas, refugiándose detrás de los matorrales puntiagudos y los cañones destrozados, ganando terreno centímetro a centímetro. Si la información que les habían proporcionado los espías era cierta, su objetivo debía a estar a un escaso centenar de metros de trayecto. El sargento Igor se limpió el sudor de la frente con un pañuelo y corroboró las indicaciones de la brújula; tanta tranquilidad le resultaba desconcertante. Konrad alzó la cabeza y miró hacia atrás: las ruinas humeantes se recortaban como fantasmas en la madrugada. Reprimiendo un escalofrío supersticioso, centró su mente en el momento actual; aquella misión suicida le estaba pasando factura aunque no quisiera admitirlo. Poco a poco, conforme se aproximaban al campamento enemigo, risas y canciones de borrachos se alzaron en la noche. Stark esbozó una sonrisa sardónica: los franchutes habían llenado los estómagos vacíos con el vino de sus reservas. Aquello podía significar un inesperado golpe de fortuna; cuanto más ebrios estuvieran, más fácil les sería rescatar al oficial. Finalmente, llegaron al límite de las tiendas de brillantes colores, justo donde la irradiación de las fogatas no podía ponerlos en evidencia. Boca abajo, con los codos hundidos en el hielo y las cabezas a ras de tierra, la visión de lo que sucedía en el campamento les hizo hervir la sangre en las venas.
II.-LA COBARDÍA DEL OFICIAL
Enfrente, a una treintena de metros de distancia, un grupo de soldados descansaba delante de una hoguera de buen tamaño. Las llamas anaranjadas iluminaron los rasgos pálidos y ojerosos de sus oponentes; sin duda, aquellos fanáticos eran huesos duros de roer. Inesperadamente, las conversaciones cesaron. Un silencio sepulcral, sólo roto por las corrientes de aire, se apoderó del páramo. El pelotón contuvo el aliento: todos intuían que algo estaba a punto de suceder. Hubo un hueco entre las filas francesas. Unos hombres de aspecto miserable, con los uniformes en jirones, fueron arrastrados a empellones y culatazos al centro del campamento. El enemigo, que unos minutos antes había estado silencioso y taciturno, se animó de improviso. Al reconocer al individuo que le habían ordenado rescatar, el sajón frunció los labios; iban a necesitar un milagro, como mínimo, para sacarlo de allí con vida. Estaban en abrumadora desventaja numérica y dudaba que los franchutes los dejaran escapar de rositas. El capitán Vladimir ya no actuaba de manera fría y arrogante, actitud típica de los oficiales de todos los ejércitos del mundo. Cargado de cadenas, con la cara inflamada por lo que sin duda había sido una paliza de muerte, su apariencia dejaba mucho que desear. Stark descubrió que le habían arrancado las charreteras de los hombros. Lo más probable es que el individuo que lo había hecho tuviese la intención de venderlas en el mercado negro: los botines de guerra siempre habían sido muy apreciados por los coleccionistas. Un sargento alto y musculoso, con un rostro sádico y brutal, se situó delante de los cautivos. El sajón lo caló enseguida: tenía pinta de ser un hijo de perra; otro de tantos que no mostraba ningún tipo de escrúpulos a la hora de utilizar la violencia y la tortura para conseguir sus fines. Konrad memorizó sus facciones: frente estrecha, ojillos porcinos, mandíbula cuadrada, boca cruel, nariz rota. Ambos se verían las caras o no volvería a probar una gota de alcohol en lo que le quedara de vida.
La naturaleza, feroz y despiadada, había frenado el avance de ambos ejércitos, obligándolos a combatir entre el frío y el hielo. La guerra siempre le había resultado un mal necesario. El ser humano era incapaz de vivir tranquilo, demandaba constantemente riquezas y conquistas para satisfacer su codicia; cosas sobre las que Bonaparte entendía un rato largo. Ahora, después de incontables batallas, el sajón sabía de sobra que el conflicto no era cosa de broma. Las tropas francesas, tal como hicieron otras en la antigüedad, habían trazado una estela de muerte y destrucción a lo largo y ancho del Viejo Continente. Mantenerse al margen con los brazos cruzados no era una opción viable como antaño. La avaricia del corso, junto a sus planes diestramente trazados y sus imparables huestes, habían cambiado la faz de Europa de cabo a rabo. Tal como podía comprobar, Napoleón usaba los Tratados de Paz que había firmado para limpiarse el trasero; ya que en ningún momento había respetado los mismos.
En aquella época en la que le había tocado vivir, desgarrada por la guerra y la nueva moralidad burguesa, donde imperaba la razón frente a los antiguos pretextos y dogmas de la Cristiandad, era tan estimulante como caótica. De hecho, encajaba como un guante con su escasa moralidad e instinto de supervivencia. Como mercenario veterano, Stark sabía que pensar sólo le podía traer complicaciones y quebraderos de cabeza. Las cosas simples y el chocolate espeso: bebía, mataba, comía, y amaba; no le interesaba nada más. Plantearse sus actos o los motivos que lo impulsaban a realizarlos, era perder el tiempo. Desde su más temprana infancia, sumido en la pobreza, había aprendido a valerse por sí mismo para sobrevivir. El hurto, la cara dura, la mentira y la hipocresía, se convirtieron poco a poco en sus credos personales. Por haberlo sufrido en sus propias carnes, sabía de sobra que la rectitud no llenaba un estómago hambriento. Los nobles que había tenido la oportunidad de conocer, que tanto presumían de sus orígenes, estaban podridos hasta la médula de los huesos. Los pobres nunca desencadenarían una guerra como la que había desatado Bonaparte. El corso, ciego en su arrogancia y megalomanía, había decidido moldear el mundo a su antojo como si fuera un nuevo Alejandro Magno. Konrad barruntó una maldición: esperaba que Dios castigara a aquel retaco con una derrota tan aplastante que lo hiciera volver al agujero del que había salido con el rabo entre las piernas. Aunque en el momento actual los franchutes reinaran en el Viejo Continente, tarde o temprano cambiarían las tornas; el exceso de confianza ante sus victorias ininterrumpidas terminaría llevándolos a la perdición.
El sajón volvió a la realidad. Conocía bastante bien a los franceses: si antes eran presuntuosos e insoportables, después de conquistar media Europa, ahora serían aún peores. Sabía que los imbéciles que combatían en las trincheras eran como cualquier hijo de vecino: cumplían órdenes y punto. El problema radicaba en los oficiales: cuanta más quincalla acumulaban sobre sus pechos, más despóticos y sanguinarios se volvían. El becerro que tenía delante de las napias ilustraba su teoría perfectamente.
El gigante examinó a los prisioneros desde su aventajada posición. Stark podía afirmar, sin miedo a equivocarse, que de haber estado en el lugar de los rusos, no estaría haciéndose el gallito de aquella manera. Éste se dirigió a Vladimir con una voz aguardentosa llena de desprecio:
—¡Ya no muestras tanta altanería! —restalló mientras le asestaba un guantazo con el dorso de la mano que hubiese sido capaz de tumbar a un caballo. Un corro de carcajadas acompañó su acción.
El oficial ruso, al encajar el golpe, lanzó un gemido de dolor propio de una mujer. El sajón rechinó las mandíbulas: Vladimir no era más que un cobarde. Si él hubiera recibido una hostia como aquella hubiese saltado al cuello del franchute con la intención de desgarrárselo a mordiscos. Sus compañeros pusieron mala cara. Todos pensaban lo mismo: ¡En el ejército ruso se alistaba cualquiera!
El capitán Vladimir, con los ojos arrasados por las lágrimas, fue incapaz de pronunciar palabra. El hombretón continuó:
—Los oficiales rusos son escoria —afirmó lleno de desprecio—. Deberían dar ejemplo a sus hombres y demostrar coraje. Sin soldados falderos lamiéndote el culo la guerra no es lo mismo, ¿verdad?
Una risotada unánime escapó de cincuenta bocas distintas al escuchar el comentario. Vladimir agachó la mirada como un perro apaleado. Stark volvió a observar a su superior: rostro de comadreja, pelo negro y espeso, grandes patillas, bigotes ungidos. A pesar de la derrota y la humillación, continuaba teniendo aspecto de aristócrata. ¡El muy bastardo!
El gigante sonrió como un maniaco.
—Vamos a comprobar de qué pasta estás hecho —hizo una señal a sus hombres—. ¡Que empiece la juerga!
Un clamor inhumano rompió la quietud de la madrugada. Dos individuos levantaron a uno de los cautivos y lo ataron a un poste hundido en la nieve que ninguno de los miembros del pelotón había visto hasta aquel momento. El ruso, un soldado raso por su aspecto, en un alarde de bravura, intentó oponer resistencia, pero fue vencido por dos culatazos de mosquete entre los omóplatos. Un cabo le tendió una botella de vino servilmente al hombretón. Éste apuró el contenido de la misma de un trago prodigioso y la arrojó a las llamas. Tambaleándose, con los ojos extraviados, sacó una pistola de la funda que le colgaba en la cadera y apuntó al prisionero. El mismo hombre que le había alcanzado la bebida colocó una taza de campaña sobre la cabeza del ruso. El cautivo, al comprender el horrible juego que se disponían a realizar sus enemigos, luchó por conservar la poca entereza que le quedaba y controlar los temblores que agitaban su físico. Interiormente, Konrad admiró el valor de su compañero de armas: hubiese dado cualquier cosa por salvarlo del destino que le esperaba. El gigante, con el pulso errático, se dirigió al cautivo:
—Voy a hacer un trato contigo, compadre —propuso—. Mi intención es darle a la taza de café. Si te mantienes quietecito no pasará nada. De lo contrario, te volaré la mollera.
Los franceses vitorearon a su superior. Todos estaban invadidos por el ansia de sangre. Querían ver desparramados los sesos de su enemigo por los suelos. El ruso palideció ostensiblemente y replicó con insolencia:
—¡Púdrete en el Infierno, franchute de mierda!
El hombretón abrió los ojos como platos e ignoró las risas burlonas de sus secuaces: el prisionero había firmado su sentencia de muerte. Stark sintió una punzada en el pecho: no quería ver lo que iba a pasar. El tiro restalló como un trueno y reventó la frente de su camarada. Los franceses estallaron en carcajadas y exclamaciones de alabanza. El gigante sonrió lleno de orgullo. Los miembros del grupo apretaron las armas: todos, incluido el sajón, estaban al borde de la locura asesina. El sargento sopló teatralmente el cañón del arma y restalló como un látigo:
—¡Ha llegado tu turno, capitán!
Vladimir rompió en sollozos.
—¡No! —aulló—. ¡Quiero vivir!
¡Perro cobarde!, pensó Stark. ¡Nunca había visto una mierda con galones como tú!
El gigante rió con ganas.
—¿Prefieres que juguemos con tus hombres, puerco?
El oficial no dudó.
—¡Sí! —vociferó—. ¡Con cualquiera de ellos antes que conmigo!
A través del rabillo del ojo, el sajón vio como Igor se ponía colorado de rabia: sino mandaba las órdenes del Mariscal Bennigesen al cuerno no tenía entrañas. Exultantes, sus oponentes desataron el cadáver y lo arrojaron sobre el hielo de cualquier modo: el escenario estaba preparado para el siguiente acto de la función. El capitán Vladimir, al ser apresado brutalmente por un par de franceses, se orinó en los pantalones.
—¡Por el amor de Dios! —suplicó a grito pelado—. ¡Soltadme! ¡Mis padres pagarán el rescate que haga falta!
Aquello era más de lo que el sargento Igor estaba dispuesto a soportar. Con un gesto silencioso, le indicó al pelotón que tomara las de Villadiego: el lamentable espectáculo lo había hecho dejar en el tintero las órdenes de su superior. Ya arreglaría cuentas con Bennigesen cuando volviera a verlo. Prefería ser degradado y limpiar letrinas el resto de su carrera militar, antes que sacrificar su vida y la de su tropa por salvar a aquel cerdo. Tendría que inventar una patraña convincente para no terminar delante de un pelotón de fusilamiento cuando retornara a las líneas rusas. Como un solo hombre, el grupo reculó y se fundió en las tinieblas; ninguno pensaba protestar contra aquella sabia acción. Después de un tiempo indeterminado, mientras desandaban el camino que habían recorrido horas antes, el sonido de un disparo les dibujó una sonrisa en los labios: Vladimir había pasado a mejor vida y todos se alegraban por ello.
Konrad estuvo tentado en poner una rodilla en tierra, preparar el mosquete y volarle la tapa de los sesos al francés. Era un tirador de primera: podría hacerlo a pesar de la distancia y la oscuridad. Tenía una deuda con aquel individuo y era de los que les gustaba cumplir sus promesas. Esperaba que el destino le concediera una segunda oportunidad para poder llevarse por delante a su enemigo. Quizá en la batalla que iba a estallar en breve pudiera ajustar todas las cuentas pendientes. Igor aumentó la velocidad de sus zancadas y comentó nerviosamente:
—¡Apresuraros! ¡O los húsares se nos echarán encima!
El firmamento comenzó a teñirse de púrpura. Habían perdido un tiempo precioso; faltaba poco para el amanecer. Las tropas francesas no tardarían demasiado en cargar contra las rusas. Estarían con el agua al cuello en mitad del fregado en tierra de nadie; una suerte que ninguno estaba dispuesto a correr. Haciendo de tripas corazón, el grupo intentó regresar a sus propias filas antes de que empezara el combate. Todos dudaban secretamente si lo conseguirían.
III.-LA CARGA DE MURAT
Horas después, hundidos en una zanja, el pelotón intentaba escapar de la metralla que llovía sobre sus cabezas. Los cañonazos atronadores martilleaban la llanura, levantando tierra, cadáveres helados, pedazos de hielo y artillería bélica inutilizada en todas las direcciones. Con la cara empapada por su propia transpiración, Stark encogió el cuerpo, procurando pegarse al suelo todo lo posible. Tal como esperaba, el baile los había pillado en cueros a unas millas de las líneas rusas: no tenían más opción que buscar refugio o serían aniquilados por su propia artillería.
El amanecer, miserable y poco visible, colmado de nubarrones negros como el infierno, había empezado con un duelo de artillería endiablado. A las ocho en punto, la infantería enemiga, comandada por el Mariscal Soult, se lanzó al ataque, apoyada por los cañones franceses. En aquel momento, a duras penas, el pelotón acababa de dejar atrás un pequeño bosque triturado por las explosiones. Como advertencia de lo que se les venía encima, una bala de cañón pasó por encima de los árboles y aterrizó detrás de ellos. Un grito de dolor les puso los pelos de punta: el proyectil había alcanzado de lleno a Fiodor. En su lugar sólo quedaba un despojo sanguinolento dibujado sobre el suelo. Con un gesto de asco, el sajón se limpió del rostro los restos de su camarada; aunque hubiesen querido darle una sepultura digna no hubieran encontrado nada que enterrar. Al instante, cuando sus cerebros lograron asimilar por fin lo que acababa de suceder, salieron por piernas como gallinas asustadas. El sargento Igor saltó en un hueco abierto en el terreno:
—¡El combate ha empezado! —berreó—. ¡Julandrón el último!
Durante horas interminables, los dos ejércitos lucharon con todas sus fuerzas, impulsados por el patriotismo y por el odio que experimentaban hacia sus contrincantes. El erial otrora gélido y aterrador, se transformó en la antesala del infierno; aullidos de rabia, disparos por doquier, el estruendo de los falconetes, los lamentos de los heridos… ¡San Pedro y san Pablo iban a tener trabajo de sobra aquella misma noche! El sajón asomó la cabeza por encima de su precario refugio: a una docena de metros, un regimiento de infantería franchute estaba dando buena cuenta de un escuadrón ruso que luchaba por salir por piernas. Al quedarse sin munición, ambos bandos se lanzaron el uno contra el otro, armados con pistolas y arcabuces vacíos, sables, bayonetas y cuchillos; estaban tan cegados por la violencia que no hubiesen dudado en combatir con uñas y dientes de ser necesario. Fascinado por la caótica escena que sucedía delante de sus ojos, Konrad estuvo tentado en unirse a la juerga. Cuando se disponía a abandonar la zanja, uno de sus compañeros lo agarró por el capote y lo arrastró dentro.
—¡Maldito idiota! —gruñó—. ¡Harás que nos maten a todos!
Stark reprimió el deseo de abofetear a su camarada: había estado cerca de cometer una estupidez impropia de su persona. ¡La guerra volvía locos hasta a los mejores hombres!
Agradecido, sacó una petaca de oro del interior de la casaca e invitó al hombre a un trago.
—Gracias por hacerme entrar en razón, compadre. —Sonrió—. Toda esta locura me ha hecho perder la cabeza.
El ruso le pegó un lingotazo a la bebida y se limpió la boca con la manga del abrigo.
—¿De dónde diablos has sacado este vodka? —inquirió lleno de admiración—. ¡Es magnífico!
El sajón fue sincero: aquella charla inesperada lo había hecho olvidar la hecatombe que reinaba a su alrededor.
—Robé una caja de Intendencia hace una semana. Al parecer estaba destinada para los pavos reales. Supongo que imaginarás a quienes me refiero…
Su camarada lanzó una risilla:
—Bennigesen y compañía… ¡Bien hecho!
Igor intervino:
—Son doce botellas, amigo. ¿Qué diantres has hecho con todas?
Stark se palmeó el estómago.
—Están a buen recaudo, mi sargento.
Una carcajada general escapó de sus camaradas.
—¡Cerdo egoísta! —rió Igor—. ¡Encima nos lo restriega por las nari…!
La algarabía del pelotón fue cortada en seco. Unos franceses acababan de descubrir el escondrijo donde estaban ocultos. Precipitadamente, todos echaron mano a las armas y abrieron fuego contra los hombres que se recortaban encima de ellos. La zanja quedó cubierta por el olor a pólvora y el humo de las detonaciones. De un salto, el sajón abandonó su refugio con una pistola en la diestra y el estoque en la siniestra: era su vida o la de sus enemigos. De un disparo a bocajarro, le voló el cráneo al primer soldado que se le puso por delante. Enfebrecidos por su acto, sus compañeros lo imitaron, desenvainando las espadas. Stark corrió hacia la derecha velozmente, secundado por los miembros del grupo, buscando enemigos contra los que medir el temple de su acero. No tuvo que esperar demasiado: tres rivales le interceptaron el paso. Con un rugido de guerra, arrojó el pistolón descargado contra el individuo situado a la izquierda del trío. Éste se desplomó de espaldas llevándose las manos al rostro: el impacto del arma le había destrozado los dientes. Acto seguido, entabló combate contra los otros dos a la vez. La hoja del sajón trazó una estela remolineante imposible de seguir con la vista, fintando y defendiendo, impulsada por un brazo de hierro capaz de derribar montañas. El estoque atravesó el cuello del primero y el corazón del segundo: los franceses eran poca cosa para un espadachín de su categoría.
Entonces, justo cuando Stark empezaba a entrar en calor, el Mariscal Murat decidió pasar a los libros de historia. Los jinetes asignados bajo su mando subieron a sus monturas y se lanzaron colina abajo, levantando un estruendo que hizo temblar la tierra. La caballería francesa cubrió el erial de un confín a otro con una carga que el mundo no había visto jamás. El horizonte quedó cubierto con la presencia de miles de jinetes armados con afilados sables que pensaban aniquilar la resistencia del ejército ruso. A la cabeza de sus tropas, envarado sobre su silla como si le hubiesen metido un palo de escoba por el trasero, Murat avanzaba con una expresión de éxtasis casi religioso en la cara: ¡Francia no sería vencida por aquellos pecadores!
El ataque inesperado arrolló la infantería rusa en un santiamén. El Mariscal Murat cargó y reagrupó a sus hombres varias veces contra los cañoneros que habían barrido el Séptimo Cuerpo francés. Entre pitos y flautas, mares de sangre y gritos implorando clemencia, perecieron unos mil quinientos soldados rusos. Napoleón, encerrado en su tienda y rodeado por sus mejores aduladores, lejos de cualquier tiro que pudiese acabar con su augusta presencia, al saber que nueve mil prusianos avanzaban hacia la batalla dispuestos a rebanarle las nalgas, refrenó sus ansias de sangre y contuvo a la Guardia Imperial como reserva. ¡Hombre precavido valía por dos! Durante la tarde, Soult, Augerau y Murat, doblegaron a los rusos y los hicieron retroceder. El Mariscal Lestocq, a pesar de sus mejores intenciones, no pudo hacer nada para impedir lo inevitable.
Al caer la noche, Konrad había conseguido alcanzar las filas rusas. Sus compañeros, por desgracia, habían pasado a la historia. La suerte, como de costumbre, parecía congraciarse con él. Aunque intentase recordar lo sucedido durante las últimas horas, su memoria estaba en blanco; las privaciones y la lucha habían hecho mella en su talante indestructible. Vagamente, mientras apuraba el vodka que había robado la semana anterior, sentado de cualquier forma sobre un talud de nieve, supo que lo mejor que podía hacer era no decir ni pío sobre la tarea que Bennigesen había encomendado al pelotón. Entre aquel caos y ruina, si mantenía la boca cerrada, pasaría desapercibido sin ningún problema. Lo más probable era que, al no recibir noticias, su superior llegara a la conclusión de que la patrulla que había enviado para rescatar a su antiguo compañero había perecido en el intento. Cansado, el sajón contempló a los individuos que lo circundaban, derrotados y cubiertos de sangre, que esperaban ser atendidos por los escasos enfermeros que habían sobrevivido. Mentalmente, dedicó el último trago de la petaca a los hombres con los que había tenido la suerte de batallar: lástima que ninguno pudiera acompañarlo.
Durante la madrugada, el ejército ruso se replegó sin decir esta boca es mía y salió por piernas. Sus adversarios, exhaustos por las hazañas que habían consumado durante la jornada, no tuvieron fuerzas para perseguirlos. El campo de batalla quedó atestado de nuevas manchas de sangre y de cadáveres congelados. Las pérdidas habían sido irreparables y los rusos no habían sido vencidos.
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