La Gema del Universo (I)
Parte 1: Andrés
El pequeño ratón corrió como una sombra diminuta junto a la pared del callejón. Saltó por encima de los montones de basura, sus patitas chapotearon en un charco de agua sucia y pasó como una centella sobre un borracho que roncaba en el suelo de tierra apisonada. Una gata de ojos verdes, una gata negra como la noche, cruzó también la calleja, emitiendo un gruñido ronco y vibrante. El ratón miró hacia atrás y vio aquel rostro peludo, con las orejas pegadas al cráneo, vio los colmillos enormes y las uñas curvas y filosas que emergían de las pezuñas felinas, y sintió un espasmo de terror que le hizo redoblar su velocidad. Pero llegó a una esquina entre dos edificios, un callejón sin salida, y rebuscó un agujerito, una oquedad, cualquier vía de escape. No lo había. Se volvió con los diminutos ojos abiertos como platos y el pelo erizado de miedo. Emitió un chillido agudo y desesperado cuando contempló a la cazadora que ya se le acercaba caminando con lentitud, la cabeza pegada al suelo, la mirada verdosa clavada en él. El ratón quiso correr hacia la derecha, pero la gata bufó y maulló y dio un zarpazo hacia allí. El roedor volvió a la esquina, se hizo una bolita y lanzó un gritito agudo mientras su cazadora se le acercaba, ronroneando de placer y lamiéndose el hocico.
Oyeron entonces pasos rápidos, pasos de ese animal gigante al que temían y odiaban, el ser humano, y ambos, gato y ratón, se olvidaron uno del otro y echaron a correr en distintas direcciones.
La figura que había entrado en la calleja caminaba con paso rápido y decidido. Era una figura menuda y delgada, cubierta con un embozo y una capa de la que salían dos botas cuyos tacones pisaban con fuerza el suelo de tierra y hacían saltar el agua de los charcos. Echó un vistazo alrededor, hacia aquella vía estrecha, sucia y maloliente, que se retorcía sobre sí misma como el intestino de un dios enfermo, una calle más del intrincado laberinto que era la ciudad de Yarmal, al borde del Desierto de los Suspiros. Nadie en su sano juicio se metería en estos andurriales. Quienes lo hacían tenían que ir armados y dispuestos a luchar a muerte. Dentro de la letrina de robo y asesinato que era Yarmal, aquel barrio era su pozo más oscuro y peligroso.
Pero la figura de capa y embozo se movía sin vacilación alguna. Al doblar una esquina vio que la calleja desembocaba en una gran plaza ruinosa, donde antaño hubiera una fuente con estatua. Ahora la estatua era algo ruinoso e irreconocible y el estanque alrededor estaba seco, resquebrajado, cubierto de polvo y maleza. El lugar estaba desierto y las estrellas y la luna alargaban las sombras de los edificios, las convertían en seres grotescos que se arrastraban por el suelo agrietado.
Los ojos negros y brillantes dentro del embozo se fijaron en un edificio bajo, cuadrado, feo, sin ventanas, con un solo umbral sin puerta alguna, una boca negra y bostezante, y una cúpula aplastada. Ese edificio era su objetivo. Se preguntó si tendría agallas para entrar ahí dentro y, después de tragar saliva, se dijo que sí.
Se volvió entonces al oír ruido de pasos. Dos hombres aparecieron por el fondo de la calleja. Andaban hacia la figura encapuchada y la luz de la luna los iluminó cuando abandonaron las sombras. Eran dos ratas humanas, dos matones con el asesinato pintado en sus caras feas y larguiruchas, cubiertos por harapos sucios y hediondos. Llevaban cuchillos del sur, anchos y curvos, sujetos al cinto y bien a la vista. Se plantaron a sólo unos pasos de la figura embozada, que permanecía quieta, mirándolos.
—Puedes quitarte esa capucha porque sabemos quién eres —le dijo uno de ellos—. Te vimos en la taberna de Irgal, preguntando por la Mansión de Lemta.
—Quítate esa capucha —le dijo el otro—. Queremos ver de nuevo tu cara.
La figura vaciló unos instantes y luego bajó el embozo. Era una mujer de rostro delgado. Era hermosa, pero su belleza estaba teñida de dureza, pues había líneas severas bajo los ojos y los pómulos se le marcaban en la faz. Pero todos los peligros y sufrimientos que sin duda había debido correr no habían destruido aún la sensualidad de sus labios carnosos. Sus ojos eran negros y brillantes y sus pestañas largas, y también era negro el pelo sucio y desastrado, recogido en una coleta a la altura de la nuca.
Les miró con un espanto que trataba de ocultar. Sus manos temblaban.
Al descubrir su miedo, los dos hombres sonrieron con lujuria.
—Eres nueva en Yarmal, ¿verdad, chica? —le dijo uno—. No deberías adentrarte en estos barrios, y menos aún tendrías que ir a la Mansión de Lemta. Es un lugar maldito. Nadie quiere entrar ahí.
El otro no tenía paciencia para la charla y espetó:
—Abre la capa, zorra, quiero ver tu figura de nuevo.
Ella, temblorosa, obedeció. Soltó los broches y abrió la capa, que quedó sujeta por una cordel, cayendo sólo por un lado de su cuerpo, el lado izquierdo. Parecía haberse encogido de terror y se pegaba a la pared de su espalda. Vestía una túnica de cuero con falda hasta los muslos, y calzas ajustadas de lino, así como una botas ajadas de caña baja. Un ancho cinto de cuero ceñía la prenda a su talle, resaltando las curvas de su cuerpo. Estaba delgada, pero era una belleza. Sus pequeños senos subían y bajaban al ritmo de su respiración agitada.
—Por favor, no me matéis —dijo con voz temblorosa—. Haré lo que queráis, pero no me matéis.
—Eso dependerá de lo bien que lo hagas —dijo uno—. Yo seré el primero.
—De eso nada.
—Está bien, entonces ven conmigo. Podemos usarla a la vez.
Echaron a andar hacia ella, que se encogió aún más, aterrada, con los ojos a punto de saltar del rostro, como grandes bolas oscuras. Ellos estaban ya casi encima de ella y uno le puso la mano en el hombro.
—Ya verás qué bien…
Algo brillante emergió de la capa y se hundió bajo su mandíbula. Aquella hoja afilada y puntiaguda le atravesó el paladar, llegó el cerebro y lo mató en el acto. La mujer sacó el cuchillo de un rápido tirón y al instante ya estaba junto al otro hombre, que gritó sorprendido. Ella se pegó a él y le metió un cuchillo en la ingle, hasta las guardas. En la mano zurda tenía otro acero, que usó para desviar y cortar la palma de la mano que ya caía sobre ella. Dio un paso hacia atrás mientras acuchillaba bajo la axila y sacó el arma no de forma limpia, sino cortando los tendones que unían el músculo pectoral al hombro. Se alejó mientras el hombre se desplomaba sobre la pared, agarrándose la entrepierna, de la que manaba la sangre a borbotones oscuros. La hoja le había segado una arteria principal y era cuestión de latidos que muriese. La otra herida era grave, aunque no letal. Por muy poco no había interesado el pulmón y la mujer se recriminó a sí misma por ese fallo. Quizás debiera practicar más tiempo al día con los cuchillos porque antaño no habría cometido ningún error.
Ella le miraba con los cuchillos bajos, a la altura de las caderas, los dos largos cuchillos, que había ocultado uno a la espalda y otros en el lado izquierdo, bajo la capa. Ya no había miedo en su rostro, sino una seriedad y concentración terribles. Echó una mirada alrededor, en busca de más enemigos, y luego se volvió hacia el hombre que agonizaba.
—¿Qué… qué has hecho… maldita? —jadeó, sobre un gran charco de sangre.
Ella contestó:
—Aplicar la esencia del arte de la guerra: engañar al enemigo.
Pero el desgraciado estaba ya muerto.
La mujer se acercó a los cadáveres, limpió en sus ropas los cuchillos, los envainó y con movimientos rápidos y precisos les quitó el poco dinero que tenían encima. Cogió los cuchillos de los hombres y tras estudiarlos los tiró a un rincón oscuro. Estaban embotados y tenían mordiscos en el filo. No valía la pena conservarlos, serían un estorbo. Ella tenía ya sus dos largos cuchillos, tres puñales arrojadizos, un pequeño estilete dentro de la caña de la bota y dos finas agujas, largas como su índice, entremetidas en la tela que sujetaba su coleta, agujas que podían atravesar un ojo y llegar al cerebro. La propia tela que sujetaba su coleta podía servirle como honda y tenía cinco pequeños proyectiles de plomo en el bolsito de lana pegado a su cinto.
—Magnífico, muchacha —dijo una voz grave—. Veo que sigues en forma.
Ella se levantó como un rayo y se pegó a la pared, mirando alrededor con ojos muy abiertos, un puñal arrojadizo en su mano zurda, tomado con dos dedos por la punta, y la diestra en el puño de un cuchillo largo, aún metido en su vaina.
Sus ojos se abrieron aún más, pero no de miedo, sino de sorpresa, al ver al hombre alto, delgado y ancho de hombros que venía por la calleja, andando con tranquilidad, con los pulgares metidos en el ancho cinto de cuero que rodeaba su cintura.
Ella trató de mantenerse grave y severa, pero una sonrisa involuntaria distendió sus labios.
—Elbran. El único hombre que podría acercarse sin que le oyera venir.
—Lisa La Acuchilladora. La única mujer tan loca como para meterse en los barrios bajos de Yarmal. ¿Vas a lanzarme ese cuchillito? Me vendría bien como mondadientes.
Ella guardó el puñal en su funda de la cadera y levantó la cabeza para mirarle mejor. Los dos se detuvieron y contemplaron largo rato, bajo la luz de las estrellas y la luna.
Elbran no era un hombre del sur, aunque tampoco del lejano norte. Tenía facciones rectas y una cabeza ancha sobre un cuello de toro, con una cabellera leonina y desgreñada, aunque no melenuda. Su pelo y sus ojos eran marrones claros, casi del color de la miel. Sus labios eran anchos y gordezuelos y su nariz estaba partida por una pelea lejana, pero en su rostro había casi siempre una sonrisa medio divertida y medio picarona, una mueca de sinvergüenza redomado que en otros tiempos Lisa casi había llegado a amar. Precisamente por eso, porque estuvo a punto de enamorarse locamente de él, le abandonó sin una palabra de despedida. En su mundo de ladrones y asesinos no había hombres con los que formar un hogar. Eran todos unos canallas y en dos ocasiones ella había entregado su corazón, para que se lo rompieran y lo dejaran tirado en un charco. Elbran era un truhán demasiado atractivo, peligroso para las mujeres, y él lo sabía y lo explotaba. Por ello Lisa se había alejado antes de quemarse los dedos. Al verle, sintió un ramalazo de alegría en su interior y el fuerte deseo de abrazarle y besarle. Pero se obligó a aplastar tales sentimientos, borró la sonrisa y le miró con severidad.
Elbran apoyó un ancho hombro en el muro cochambroso de un edificio y se cruzó de brazos, mientras la contemplaba con unos ojos entrecerrados y cargados de recuerdos. Vestía ropas de montaraz, con un estilo más militar que el de Lisa, pues en otros tiempos había sido guerrero, uno de los buenos, hasta darse cuenta de que su única patria era su propia persona. Desertó, se convirtió en mercenario y luego en ladrón y asesino. Llevaba una túnica hasta las rodillas y los codos, sin calzas en las piernas, unas botas fuertes y duras, y coraza y espaldar de cuero duro, llenas de pinchazos y cortes. De su cintura pendían una daga larga para la mano zurda, que le servía para escudarse y rematar, y una espada envainada, de tamaño medio y algo curva, al estilo del sur, una espada pesada que era casi un sable.
Lisa se preguntó qué pasaría por su mente y sobre todo por su pecho mientras la miraba. Elbran podía decir tonterías durante días enteros pero casi nunca hablaba de sí mismo. Además, era uno de los mejores luchadores que había conocido y un buen compañero que nunca se la jugaría a un camarada. En todo ello, se parecían.
—Me alegra volver a verte —dijo él, con seriedad—, a pesar de que me dejaras tirado, largándote sin decir siquiera adiós.
—Eso fue hace medio año —dijo ella, con frialdad—. Son cosas que pasan. No debería afectarte.
Él caminó hacia ella, hasta que quedaron a un paso de distancia.
—Pero me afectó.
—Te aconsejo que lo olvides. Que me olvides.
—Debería hacerlo, pero hay un pequeño problema —contestó él, clavando su mirada en los ojos de Lisa. La miró de arriba abajo y luego volvió a los ojos—. Me gustas, y cuando alguien me gusta no me ando por las ramas.
Ella cerró su capa con un golpe violento.
—Deja de decir tonterías, Elbran, y deja de mirarme como un lobo.
—Eso es porque yo soy el lobo y tú eres mi presa —contestó él.
Ella bajó la mirada y reprimió una sonrisa divertida.
—Qué conversación más estúpida —espetó—. ¿Por qué estás aquí, en Yarmal, y por qué demonios me has seguido?
—Yo no te he seguido. Me limitaba a caminar por esta calleja y me encontré con una mujer despachando a dos tuercebotas.
—¡Deja de tomarme el pelo! ¿Adónde te dirigías, si es que no me estabas siguiendo?
—No creas que eres el centro del mundo y que todos los hombres han de seguirte como perros. Mi destino es ese edificio, el de la cúpula.
Ella le miró con sorpresa.
—¿La Mansión de Temla? ¡Pero si allí voy a entrar yo!
Él frunció el ceño, también sorprendido. Luego soltó una carcajada.
—Los dioses son ingeniosos al volver a reunirnos de esta manera. Ayer llegué a Yarmal y oí que había un brujo llamado Temla, en cuya mansión escondía la Gema del Universo, una joya mágica por la que muchos hombres pagarían una fortuna. Decidí dar una lección a estas gentes, meterme ahí dentro y robarla.
—Has llegado tarde. Seré yo quien la robe.
—¿Has oído los relatos sobre la mansión de Temla? —inquirió Elbran—. ¿Sabes por qué su umbral está siempre abierto? Porque ningún ladrón osa meterse allí. Se rumorea que hay una torre bajo ese edificio, una torre enterrada y que baja a través de diferentes niveles, plagados de monstruos, armas mágicas y guerreros letales… y que el nivel más inferior llega al propio infierno, que allí está la Gema del Universo y que el propio Temla es un demonio que la custodia. Por eso la puerta está abierta, para que entren todos y no salga nadie.
—Lo he oído, sí. Pero yo entraré y saldré.
—Iré contigo para proteger tu bonito culo.
—¡No necesito tu protección!
—Entonces iré contigo para mirártelo, si lo prefieres así.
—¡Lárgate!
Él la cogió de los brazos.
—No me voy a largar. Quiero esa Gema tanto como tú. Seremos un equipo, como en los viejos tiempos. Juntos la podemos robar y vender al mejor postor.
Ella vaciló durante muchos latidos. Al final asintió.
—Está bien. Pero jura que no tratarás de engañarme.
—Lo juro. Ahora júralo tú también.
Ella soltó una carcajada.
—¿No te fías de mí?
—¡No! —respondió él, sonriendo.
—Muy bien. Lo juro. Y ahora suéltame y vayamos allí dentro.
Asintió. Los dos echaron a andar, atravesando la plaza ruinosa, y se metieron en el umbral oscuro, encontrándose con un gran salón de granito, sostenido por columnas, sin adornos ni puertas, ni otra salida que el umbral a su espalda. Pero bajo la luz de la luna vieron una argolla en el suelo, una argolla pegada a una gran puerta de madera, polvorienta, encajada entre las baldosas.
Oyeron un violento crujido de mecanismos metálicos, el deslizarse de una gran cadena, y un rastrillo cayó sobre el umbral con un golpe atronador. Elbran se lanzó sobre la reja metálica y la agarró con furia.
—No te molestes en tratar de levantarla —dijo Lisa—. Es demasiado pesada.
—Lo sé, pero no he podido evitar intentarlo.
Elbran caminó hacia atrás. Ahora la luz lunar caía a cuadros sobre su persona y sobre Lisa.
—Quienquiera que viva en este lugar —dijo ella—, sabe que hemos entrado en su casa y ha cerrado la puerta. Ya no podremos salir.
—Pues si quiere mi pellejo va a tener que sudar para conseguirlo —gruñó Elbran, poniendo una mano en el puño de la espada.
—Lo único que podemos hacer es bajar —Lisa señaló la argolla y la trampilla.
—Mira, allí hay antorchas secas, en el muro. Tienes un yesquero, ¿verdad? Enciende dos y yo levantaré la trampa.
Ella encendió las antorchas mientras él se afanaba y sudaba para levantar la pesada puerta, cuyas bisagras chirriaron en el silencio de la noche. Los dos se encontraban ante un agujero rectangular y unas escaleras estrechas que bajaban hacia una oscuridad absoluta.
—Te concedo el honor —dijo Lisa, señalando con la antorcha hacia abajo.
—Gracias —respondió él, con sarcasmo.
Los dos se metieron en el agujero, iluminando con las antorchas aquella escalera que bajaba hacia las tinieblas.
El gran salón de la entrada quedó silencioso, hasta que la trampilla del suelo, como con vida propia, giró sobre las bisagras y se cerró con estruendo. Sonó un crujido metálico, como si una cerradura oculta hubiera terminado de sellar dicha entrada. Ahora, los dos invasores no podrían salir por allí.
Crujieron más mecanismos y el rastrillo subió hasta quedar de nuevo oculto en su oquedad.
La Mansión de Temla volvía a ser un edificio bajo y feo con un umbral abierto y bostezante.
Tenía el mismo aspecto inocente de cualquier otra noche.
Parte 2: Dalila
Frente a ellos había una escalera de caracol con una fuerte pendiente. Era oscura, tenebrosa, nauseabunda. Apenas podían ver con la luz de las antorchas.
—Qué lugar más bonito para dar un paseo —dijo Lisa.
—Precioso —sonrió Elbran
Comenzaron a bajar y de pronto Lisa dio un respingo y gritó:
—¿ Te importaría no tocarme? ¿A que juegas? ¿Por qué me agarras?
—No te he tocado. En todo caso eres tú la que me ha dado la mano nada más empezar a bajar las escaleras —respondió él.
—¡Yo no te he dado ninguna mano!, ¡Son las paredes, salen manos de las paredes!
El espanto, la confusión y el horror les invadió. Las paredes se convirtieron en un revoltijo de manos que les agarraban y apretaban contra la pared. Elbran y Lisa trataban de golpear con sus puñales a sus agresoras, pero nada parecía inmutarlas; nunca alcanzaban a rozarlas con el afilado metal. Era una situación angustiosa, desesperante, enloquecedora. De pronto Elbran tubo un instante de cordura y fue consciente de la situación; esto no era posible, todo era una ilusión, no era lógico que una manos vivas salieran de las paredes, toda esta situación debía ser producida por algún tipo de magia; el camino al objetivo no iba a ser fácil, el dueño de esta misteriosa torre invertida estaba jugando con ellos. Tras ser consciente de la situación Elbran cerró los ojos y concentrado se repitió a sí mismo:
—Todo es una ilusión, todo es una ilusión, cuando cuente tres abriré los ojos y no habrá mas que una escalera, oscura… Uno… dos… tres… ¡Lisa, tranquilízate! Son alucinaciones, no hay manos ¡Todo es producto de tu imaginación!
Lisa se revolvía como un animal enfurecido. Elbran la agarró y la inmovilizó, mientras no paraba de repetirle que respirase hondo, que todo era una ilusión de sus sentidos… Todo es mentira, respira hondo, todo es mentira, no hay manos, todo es una ilusión…
Poco a poco Lisa se fue tranquilizando, se tapó los ojos, respiro, respiró, respiró, abrió los ojos y todo había pasado. Elbran la soltó.
Tras cinco minutos de bajada por la escalera, encontraron una sala inmensa; de ella partían mas escaleras descendentes. Era obvio que la Mansión Temla era una torre invertida y que su meta estaría en las profundidades. Quizás fueran verdad los rumores de que la propia mansión era un demonio que custodiaba la preciada Gema del Universo.
Empezaron a andar por la sala y en el centro encontraron a un anciano, sentado sobre un almohadón, con las piernas cruzadas.
—Estoy teniendo otra alucinación —dijo Lisa riendo—. Qué tontería, estoy viendo un viejo en el centro de la sala. Me voy a acercar y le voy a dar un manotazo a la alucinación.
—Espera Lisa, quizás no sea una alucinación —advirtió Elbran.
—Vaya, parece que te has vuelto muy precavido —dijo Lisa, divertida.
Altanera y decidida se acercó al centro de la sala y con energía y brío lanzó su mano contra el viejo, quien le agarró la mano con fuerza y la miró directamente a los ojos. Lisa no pudo soportar esa mirada, era como si miles de puñales se clavaran en ella y se desvaneció, aturdida
Lisa se levanto y corrió al lado de Elbran. Elbran estaba serio, alerta.
—Es una lástima que unos chicos tan jóvenes vayan a morir — dijo el viejo—, pero así es la estupidez humana: teniéndolo todo siempre quieren más y más. Pues bien, ahora vais a perder lo más preciado que tiene el ser humano: la vida.
—¿Acaso tú nos la vas a quitar? —preguntó Elbran.
—No, no me gusta el ejercicio físico. No seré yo quien os mate.
—¿Y quién se supone que nos va a matar? —pregunto Elbran.
—Vuestra avaricia, vuestra enfermedad —dijo el viejo.
—¿Qué enfermedad? —preguntó Lisa.
—La enfermedad de la desidia, la enfermedad que se sustenta en la insatisfacción permanente y continua del ser humano.
—Bueno viejo, eso es un problema nuestro —sonrió Elbran—. Ya que podemos estar tranquilos porque no nos vas a matar, ¿nos responderías a unas preguntas?.
—Si, soltarlas y largaos. Me gusta la soledad. Un mundo rico, infinito e inexplorado esta dentro de nosotros. Todos podemos acceder a él a través de la meditación y es eso precisamente lo que hago, pero vosotros habéis destruido mi tranquilidad, así es que preguntadme lo que queráis y largaros cuanto antes.
—¿ Cómo puedes sobrevivir en un lugar así, a oscuras, sin comida, ni bebida? —preguntó Lisa.
—Como ya os he dicho, todas las respuestas están dentro de nosotros. Un mundo inexplorado, lleno de aventuras, peligros y felicidad está dentro de nosotros. El dueño y señor de la Mansión Temla confía en mi y yo le sirvo. Él a cambio me deja estar en este oscuro lugar meditando, disfrutando de mi mundo interior. Él me alimenta y sacia mi sed.
—No entiendo nada —dijo ella.
—No nos desviemos de nuestro objetivo —le susurró Elbran.
—¿ La Mansión Temla es una torre invertida?
—Sí —respondió el viejo.
—¿Has oído hablar de la Gema del Universo?
—Sí —respondió el viejo.
—¿Sabes donde está?—pregunto Lisa.
—Sí —respondió el viejo.
—¿Donde está? —preguntó Elbran.
—En las profundidades de esta torre —respondió el viejo.
—¿Y cómo podemos llegar a ella? —pregunto Elbran.
—Con una infinita paciencia, con valor, inteligencia, astucia, salud y amor —respondió el viejo.
—¿Amor? ¿Qué tiene que ver el amor en todo esto? —se sorprendió Lisa.
—El amor es el motor del universo. Si no entiendes su funcionamiento jamás llegaréis a alcanzar la Gema del Universo —respondió el viejo.
—Pensaba que solamente se trataba de bajar las escaleras —ironizó Elbran.
—También es necesario, pero no es lo más importante.
—¿Por qué nos estás ayudando? —pregunto Elbran.
—Eso tendréis que descubrirlo vosotros —dijo el viejo
De pronto se desvaneció, desapareció de su vista y la sala quedó sumida en la más absoluta oscuridad.
—¿Todo ha sido una ilusión? —gritó Lisa—. ¡Maldito demonio! ¡ Eres un cobarde! Preséntate ante nosotros y lucha! ¡No te escondas como un miserable!
—Tranquilízate, Lisa. Es mejor que nos tomemos esto con inteligencia y como un acertijo, quedémonos con lo que nos ha dicho el viejo. Ha dicho que tenemos que tener una infinita paciencia, valor, inteligencia, astucia, salud y amor, así es que seamos pacientes y continuemos bajando.
—De acuerdo —respondió Lisa, intentando serenarse.
Se dirigieron a la escalera. Un largo camino les esperaba y la aventura de la Gema del Universo no había hecho más que empezar.
Parte 3: Eloy.
—¡Maldición! –rugió Elbran, mientras arrugaba el pergamino que hasta entonces había sostenido entre las manos y lo retorcía como si quisiera romperlo.
Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una de las paredes de piedra del pasadizo en que se encontraban, mientras Lisa, de cuclillas y ligeramente inclinada a su lado, sostenía una antorcha para que ambos pudieran ver mejor.
—¡Maldito sea aquel ladrón del desierto y maldita yo por comprarle este artefacto infernal! —La mujer arrojó la antorcha al suelo con furia, creando un estallido de llamas amarillas. Se dejó caer pesadamente junto a Elbran. Éste ni se inmutó. Tenía la mirada fija en la pared del corredor y sus pensamientos estaban lejos.
Justo después del encuentro con el viejo, Lisa había sacado de su bolsa un pañuelo de seda cuidadosamente doblado cuyo interior guardaba un trozo de piel de animal del color de la grana, lleno de intrincados símbolos —Es el único mapa de este lugar que existe sobre la tierra —había dicho triunfante, mientras desenvolvía su tesoro y lo extendía en el suelo con una sonrisa—. Me costó una pequeña fortuna cuando se lo compré a Melkar-Bey, el más rico mercader de especias que jamás haya ensuciado las calles de Yarmal.
Desde ese momento, los trazos del pergamino les habían conducido por multitud de túneles y galerías cada vez más y más abajo, con toda exactitud.
Pero bien es sabido que todas las brujerías de este mundo tienen un alto precio, y en el caso del pergamino se trataba de la propia sangre de quien lo utilizaba. Al principio bastaba una pequeña mancha carmesí con cada jornada para que aquellos dibujos serpentearan hasta alinearse de forma inteligible, pero a medida que sus pasos les fueron llevando hacia las profundidades de la torre, el pergamino empezó a demandar más y más sangre, hasta que ambos, debilitados por aquellos tributos y por el calor cada vez más sofocante, decidieron no ceder ante sus oscuras apetencias. Desde ese momento los símbolos del mapa se habían hecho cada vez más confusos, hasta convertirse en un amasijo de garabatos inservibles.
Ahora, tras un largo rato caminando totalmente desorientados, se encontraban descansando en el suelo de una galería de techo bajo, asfaltada con adoquines de color gris, que se perdía unas cincuenta zancadas hasta doblarse a la derecha. Un aire pesado y sofocante saturaba todo el corredor, empapando de sudor la piel y las vestiduras de los dos jóvenes. Habían echado un último vistazo al pergamino con la esperanza de poder orientarse por última vez, pero estaba claro que sin su ración de alimento, cualquiera que fuese el demonio que albergaba en su interior ahora se negaba a trabajar para ellos.
La idea de volver a activar aquella magia volvía a rondar por sus cabezas. Elbran la desechó por completo y se levantó con un respingo.
—Me llama la naturaleza —le dijo a su compañera señalándose la bragueta, mientras se alejaba hacia un recodo del pasillo—. Tal vez quieras acompañarme para verlo más de cerca… —Una sonrisa picarona apareció en su rostro—. Lisa soltó un bufido y comenzó a proferir una sarta de imprecaciones cada vez más lejanas conforme Elbran se fue alejando de ella.
“Todavía sigue teniendo fuerzas”, se tranquilizó el guerrero mientras llegaba a la esquina y comenzaba a desabrocharse la parte delantera de su túnica.
Durante buena parte del trayecto hasta que se perdieron, habían estado bromeando y riendo. Él, contando chistes de mercenarios y de asesinos, y ella, relatando sus robos y asaltos de los últimos meses con tanto desparpajo como el mismísimo jefe del gremio de actores. Pero a medida que el mapa iba haciendo efecto sobre ellos, su ánimo se había ido oscureciendo y las bromas se habían transformado en palabras cortantes y nervios a flor de piel. Por ahora a él le habían protegido sus maneras de bufón, pero conocía a su compañera, y como la cosa siguiera así, sin duda Lisa acabaría sacándole los ojos con sus cuchillos.
Caminó un rato hacia delante mientras sacaba el último pellejo de vino de su cinto y se echaba un trago. Pasara lo que pasara, por lo menos tendría con qué endulzar sus labios.
—Palomita, acércate. ¡Tienes que ver esto! —Su voz de barítono reverberó por todo el corredor acompañada de su sonrisa.
Cuando la joven estuvo junto a él también se quedó mirando boquiabierta. Frente a ellos el pasillo se abría en una sala circular de techos colosalmente altos cuyas paredes estaban iluminadas con decenas de antorchas. En la parte opuesta a ellos, dos puertas tan grandes como las de una fortaleza dominaban la estancia. Carecían de cerradura alguna, pero toda su superficie estaba atravesada por inmensas cadenas de metal cuyos eslabones eran del tamaño de un hombre. Al aproximarse vieron que una de las hojas estaba entreabierta y que desde el otro lado se derramaba una algarabía de sonidos inidentificables, contrastando poderosamente con la quietud del corredor.
Cruzaron la abertura sin ninguna dificultad, lentamente, con los aceros desenvainados y los sentidos alerta, pero lo que encontraron no se parecía a nada de lo que habían visto hasta entonces. Ante sus ojos se desplegaba un camino sinuoso tapizado de teselas doradas, por cuyas lindes florecía un jardín exuberante y multicolor que vibraba con los miles de sonidos de la creación. Según caminaban vieron árboles de color índigo, delgados como sarmientos, por cuyos troncos nudosos desfilaban columnas de pequeñas criaturas con patas de insecto y cuerpo de anfibio. Aquí y allá florecían brotes de vivos colores que olían a miel y a especias aromáticas. Por todas partes se escuchaban cantos de pájaros y el aire era fresco como una tormenta de verano. Una luz cálida descendía del cielo de nubes esponjosas y rebotaba en los azulejos del camino, dispersándose en un caleidoscopio de fragmentos dorados, mientras insectos de muy distintos tamaños rondaban por las flores y se entrecruzaban alrededor de sus piernas, como si quisieran invitarles a bailar.
Por vez primera en varias jornadas, sus ánimos estaban relajados. A pesar de ello Elbran seguía empuñando su espada curva y mirando a todas partes, pero Lisa, que había guardado ya sus dos cuchillos, se estaba desanudando la coleta y le sonreía abiertamente.
Al girar a la izquierda, el camino desembocaba en una enorme explanada circular, cubierta por un estanque de aguas tranquilas. En su centro se divisaba un islote coronado por un montículo de piedra de grandes dimensiones. El agua del estanque tenía un olor parecido al azahar, pero más dulzón. Elbran, ya sin espada, extrajo uno de los pellejos de vino de su bolsa y lo llenó de agua, pensando en dárselo a probar a las aves del jardín antes de sellarlo. Lisa colocó sus botas en la orilla, junto a su túnica y sus calzas de lino, e introdujo su pie derecho en el líquido.
—Mmmm, está deliciosa, ven, que sólo será un momento. —Le dijo con una sonrisa de soslayo a la vez que empezaba a caminar hacia la parte más honda. Pronto, sus piernas torneadas y blancas se perdieron bajo la superficie, dejando atrás la mirada del joven, que seguía en la orilla estudiando el contorno del lago con aprensión.
—Justo cuando deberíais estar más alerta, las mujeres aprovecháis para daros un baño —gruñó el joven, mientras se desabrochaba sus propias botas dispuesto a seguirla.
Mientras, los pequeños pies de Lisa nadaban con gracia a varias brazadas de distancia.
Elbran se zambulló de un golpe sin quitarse la coraza de cuero. Cuando emergió la chica estaba frente a él, flotando con las piernas abiertas, los brazos extendidos y una expresión de absoluta felicidad en el rostro.
Antes de que pudiera advertirla de los posibles peligros, ella levantó levemente la cabeza, mirándole.
–Sé lo que me vas a decir, pero ya ves que no hay nada que temer. Lo noto en el aire. Desde que he llegado a este lugar mis fuerzas han vuelto y me siento muy tranquila. De hecho no me había sentido mejor… —“Desde que volví a ver tu sonrisa”, quiso decirle, pero en su lugar prosiguió:— ¿A que tú también te has recuperado ya? Demuéstramelo, ¡vayamos nadando hasta el islote! —Exclamó con la ilusión de una niña mientras se zambullía de un golpe.
—Desde luego, cuando algo se te mete en la cabeza ni una estampida de yelks puede detenerte. —Gritó él sin éxito, pues ya sus pies se alejaban con movimientos ondulantes en dirección a la roca.
En verdad el contacto con aquel lugar le había hecho recuperar las fuerzas. Sin embargo, a medida que iba nadando hacia el centro del lago una sensación ominosa se fue adueñando de su corazón y agudizó sus sentidos. Avanzaba con movimientos lentos pero poderosos. Miraba a un lado y a otro con expresión seria. Lisa iba varios metros por delante con aire despreocupado; su melena era un jirón oscuro culebreando sobre la superficie del agua, sus hombros del color de la porcelana aparecían y desaparecían creando un pequeño oleaje y de vez en cuando sus ojos azabache se volvían para mirarle y le dedicaba una amplia sonrisa, una sonrisa por la que él podría renunciar a la Gema del Universo.
Mientras se acercaban al islote observaron que lo que habían tomado por un montículo era en realidad un templete de forma circular, cuyo techo estaba rematado por varias estatuas de piedra. Dicha cubierta estaba a su vez sostenida por un anillo de columnas de forma cilíndrica, tan altas como dos hombres subidos uno encima del otro. Detrás de las columnas se veía un patio, adornado con setos cuidadosamente dispuestos, y desde allí una ancha columna de humo azulado ascendía hasta el cielo, difuminándose entre las nubes más bajas.
Salieron del agua acercándose a rastras sobre los guijarros de la orilla. Mientras se aproximaban empezaron a escuchar un murmullo, el inicio de un rumor cadencioso pero ligeramente disarmónico, que desentonaba con todo lo que habían escuchado hasta entonces en aquel lugar. Lisa se disponía a ponerse de pie y echar a andar hacia la fuente del ruido cuando Elbran la agarró fuertemente por la muñeca.
—¡Por lo que más quieras, no sabemos lo que pasa allí dentro! —Le advirtió con una mirada severa.
—Vamos a acercarnos con cuidado.
—¡Hazme caso por una vez! —La voz de Elbran era más un ruego que una orden.
Lisa, ligeramente sorprendida por su actitud protectora, aceptó de mala gana y desenvainó una de sus dagas, colocándosela entre los dientes para avanzar sin problemas.
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