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Acero y Magia: Pies de Pez
Los pies se le habían tornado azules, un estridente azul cobalto, y las plantas lucían un antiestético color plateado, similar al de un pintauñas, artificial, inhumano.
Por Jennifer Camacho Montes

Acero y Magia - Pies de Pez ¡Oh, Díos mío! Pero…
La primera vez que observó la mutación en sus pies, se asustó sobremanera. Se santiguó de cara al techo, esperaba y deseaba con toda su alma que aquella visión extraña sólo fuera un espejismo, un trueque pasajero; últimamente estaba muy cansada. Pero al volver la vista hacia abajo, se le escapó un triste sollozo: los dedos de los pies se le habían pegado entre sí, de hecho, ya no existía separación alguna. Podía decirse que ya no tenía dedos, y sólo los huesos (gracias a Dios, todavía presentes), que abultaban un poco, recordaban la existencia de unos pies normales.
En un primer momento, pensó que su dolencia, más bien moral, se trataba de un extraño hongo causado por las sandalias de plástico que solía llevar a diario y que le habían costado cuatro duros. Resolvió que a la mañana siguiente iría al médico sin falta. Pasó una auténtica noche de perros. Nadie le ganaba a hipocondríaca, pero el mero hecho de tener que solicitar una visita en el ambulatorio le ponía de los nervios. Temía las radiografías, porque creía que los rayos X dejarían en su cuerpo nocivos restos de radioactividad. Y ciertamente no podía soportar los análisis de sangre, las agujas le hacían desfallecer. Tuvo un sueño intranquilo durante toda la noche, se imaginaba que el doctor López le separaba lo dedos con un bisturí, sin aplicarle la correspondiente anestesia; sintió los ochos cortes en carne viva e imaginó que de vuelta a casa los puntos de sutura se desprendían y moría desangrada sin que nadie pudiera remediarlo. Cuando sonó el despertador, a pesar de que era una perezosa, se alegró más que nunca, porque no había muerto. Todo había sido una terrible pesadilla.
No obstante, cuando alzó las sábanas de franela y se quitó los calcetines, un escalofrío la paralizó, se quedó sin aliento. Los pies se le habían tornado azules, un estridente azul cobalto, y las plantas lucían un antiestético color plateado, similar al de un pintauñas, artificial, inhumano. Aquellos colores ni siquiera recordaban la horripilación de la descomposición, la gangrena o la fermentación. Eran colores sintéticos, antinaturales. Y le dio mucha vergüenza presentarse en la consulta del doctor López con semejantes pies, así que decidió no ir.
Además, al ponerse en pie para ir al baño, descubrió con horror que había perdido parte de la movilidad que se le supone a un adulto en la treintena. No podía hacer puente con los pies y apenas era capaz de flexionar las rodillas. Sentía las piernas como juncos rígidos; le costaba horrores despegar los talones del suelo. Tuvo que desplazarse a pequeños saltitos hasta la habitación contigua y se sintió ridícula, desamparada. Volvió a santiguarse de cara al techo, pero ni con ésas, la mutación seguía en su sitio.
Tras las dificultades que le supuso el aseo personal, y mientras desayunaba una lata de boquerones que con suerte había encontrado en el frigorífico (la simple idea de unas tostadas con mantequilla y el tradicional café con leche le hacían venir náuseas), comenzó a pensar en las posibles causas de aquel inaudito fenómeno. Se preguntó si habría comido algo en mal estado. Quizá el agua de su piso ya no era potable, o quizá era culpa del aire que respiraba. Podría tratarse de una enfermedad congénita. No obstante, no recordaba a nadie en su familia con pies de pez, ni siquiera a un escayolado. A los pies de su cama vio las sandalias baratas y decidió tirarlas por la ventana, por si eran la causa de tan aparatoso mal. Rezó porque fuera un virus temporal, como una gastroenteritis, que pudiera curarse con unos días de reposo y una dieta específica. Aquel día no fue a trabajar. Llamó a su jefa y se inventó una excusa decente. Luego, cayó en un profundo sueño. Pero esta vez fue un sueño bonito: se veía a sí misma convertida en una hermosa sirena de dulce voz, princesa de todos los mares. Confiaba en los beneficios de un sueño reparador.

Acero y Magia - Pies de Pez Sin embargo, por la tarde descubrió que lo peor todavía estaba por llegar. Se despertó con una sagaz idea en mente: intentaría quitar el horroroso color de sus pies a base de frotar con amoniaco. Cuando logró llegar al baño de nuevo y se puso manos a la obra, se percató de que una especie de zooplancton incoloro se le había quedado enganchada en los dedos y en el algodón que había empleado para frotar. Sin duda, se trataba de escamas, que le conferían a los pies una curiosa textura irisada. Empezó a respirar con dificultad, aquello no le podía estar pasando en serio. Se sujetó al borde del lavamanos, sentía que sus piernas desfallecían, que no tenía suficiente aire; se encontraba atrapada en el pequeño baño, fuera de hábitat. Estaba bloqueada, qué iba a hacer ahora, cómo lo iba a contar. No podía llamar a sus padres, ni a sus amigos, ni a su jefa, ni tan siquiera al cura de su parroquia. Seguramente la enviaría al infierno. No sabía a quién acudir. No creía conveniente llamar a una ambulancia porque dudaba que pudieran tratar semejante mutación en un hospital. Se estaba convirtiendo en un espécimen raro, así que optó por una solución a corto plazo. Se desplazó como pudo hasta el mueble bar y se sentó en el sofá a beber moscatel. Tras cinco vasos ya lloraba a moco tendido, una auténtica mártir del mundo moderno, una Juana de Arco sin misión pero con condena. Las lágrimas le sirvieron para desahogarse y quitarse la tensión acumulada del cuerpo. A la séptima copa, ya se había quedado dormida. En el limbo etílico no soñó, simplemente dejó que su cuerpo reposara en punto muerto.
Sería más romántico decir que la luz del día que entraba por la ventana la arrancó de los brazos de Morfeo, pero lo cierto es que despertó de forma brusca a causa del intenso hedor a pescado podrido procedente de sus pies. El tufo le provocó fuertes arcadas. Fue corriendo, si se permite la expresión en su situación, hasta el baño, donde vomitó la borrachera de moscatel. El instinto le indicó que debía meter aquellos amorfos pies en remojo. La estupidez humana, tan falta de sentido común y regida por tantos preceptos sociales innecesarios, hizo que acompañase el baño con un buen chorro de jabón con esencia de jazmín. Craso error. Tuvo el mismo efecto que un vertido industrial en un río virgen. Si no hubiera salido de la bañera en el mismo instante en que las burbujas empezaron a recalentar sus pies, habría muerto por intoxicación con toda seguridad. Mareada y agotada se arrastró hasta la cocina. Allí cogió un barreño y lo llenó de agua con sal. Se sentó como pudo en una silla y metió sus pies de pez en el agua cristalina. El alivio fue inmediato.
A los pocos minutos, comenzó a imaginarse a sí misma en una playa del Adriático, al sol del atardecer, chapoteando entre las olas. Lo más preocupante es que se imaginaba a sí misma convertida en una bella carpa dorada, pero no se percató de este detalle. Al fin y al cabo, en muchas ocasiones había soñado con ser Sissi Emperatriz y a ninguno de sus amigos le había parecido alarmante. Pudo notar cómo mediante unas potentes traqueas absorbía el oxígeno del agua, cómo su cuerpo de pez viraba con rapidez, al compás de las olas. Le gustaba el control que su sistema nervioso de pez ejercía sobre sus aletas, sentía que viajaba a través de un mundo marino, de tonos azules y verdosos, misterioso, a toda velocidad. Era casi como un viaje interplanetario. Era como la libertad. Se sentía tan bien… Hasta que sonó el dichoso teléfono.
Contestó, todavía un poco atontada. Era su jefa. Quería saber cuándo iba a volver a la oficina.
¿Y bien? Me gustaría tener una respuesta lo antes posible, y saber qué te pasa.
Tuvo que inventar una excusa rápidamente. Al mirar hacia sus pies se quedó boquiabierta: tenía traqueas, como en el sueño, justo donde debieran separarse el dedo gordo y el siguiente. No podía creérselo. Sus pies estaban respirando en el barreño. Hubiera querido gritar, pero no era educado berrearle a su jefa en la oreja, ni siquiera a través del teléfono. Además, respirar por los pies resultaba placentero. Sus pulmones respiraban y sus pies de pez respiraban. Se preguntó si el empacho de oxígeno no sería un tanto perjudicial para la salud.
¿Y bien? Estoy esperando.
Lo más fácil hubiera sido inventarse un catarro, la muerte de un familiar tal vez. No obstante, a veces hablamos sin pensar, a todos nos puede suceder. Le comunicó a su jefa que sufría una dolencia tradicional, la primera que se le pasó por la cabeza. No creía conveniente revelarle al mundo su mutación. Aquello era pecado, estaba segura.
¿Tienes varicela? ¿Cómo? ¿Cómo es posible, a tu edad?

Acero y Magia - Pies de Pez No sabía qué decir. Pero lo bueno es que su jefa era muy capaz de mantener una conversación a solas. No esperaba mucho de los demás y se le tenía que agradecer que fuera así de comprensiva. No exigía que los demás fueran coherentes, buenos oradores, con que se la escuchase y obedeciera le bastaba. Todas esas modernidades de la comunicación abierta y el consenso con los trabajadores le interesaban más bien poco.
¿Cómo es posible que tengas la varicela? ¿No la pasaste de pequeña? La gente normal la pasa de pequeña y luego ya está, se es inmune. Además, ¿ahora en primavera? ¿Me puedes decir quién te la ha pegado? Eso te pasa por querer ayudar a esa gente del centro cívico ese. Que es gente con muchas bacterias, ¿no lo sabías? Pues ahora mira, espabílate. Como mínimo, vas a tener que estar una semana en cama, ¿no? Una semana de baja… Pues qué bien, precisamente ahora. En fin…
La diatriba siguió durante unos minutos más y luego la jefa colgó. No se despidió con el típico ‹‹que te mejores››. Fue igualmente práctica, como siempre. Le ordenó que consultara el correo electrónico todos los días, que a través de Internet iría recibiendo instrucciones. Pero la verdad es que, aunque estaba al otro lado de la línea, no le había prestado mucha atención a la conversación. Empezaba a ser un poco pez en ese sentido. Es decir, se estaba abstrayendo del mundo humano, muy poco a poco, pero de forma irremediable. Notó una leve molestia en los talones. Se miró los pies de pez y comprendió. El agua del barreño estaba estancada. Tenía que idear un sistema para poder mantener los pies en un remojo constante.
Acabó por llenar con agua todas las palanganas de la casa, las ollas, algunos cajones y cualquier recipiente donde cupieran sus pies. Instaló en el comedor la piscina hinchable que se llevaba todos los veranos al pueblo. Su pena era haber nacido en un pueblo de interior y por consiguiente pasar los veranos allí, muerta de calor, sin más distracción que la cháchara de las abuelitas al fresco. También le gustaba meterse en la bañera. Pero a su vez le asustaba. Sentía la tentación de llenarla hasta arriba y sumergirse complemente; contener la respiración y dejar que el aparato respiratorio fuera exclusivamente los pies. Y eso era ser demasiado pez. Le preocupaba dejar de considerarse humana. Y en éstas pasaron dos días, casi sin que se diera cuenta. Al fin y al cabo, un pez no necesita demasiado para ser feliz.
Lo que peor llevaba era la dieta. No era consciente de que había arrasado con todas las latas de conservas que había por la casa, que vivía básicamente de unas algas cocinadas a la tailandesa que le hacían en el chino de abajo. El chino nunca preguntaba. Era un buen hombre, como pudo comprobar la primera tarde que hizo uso de su servicio a domicilio. Éste le dijo:
Señorita, he visto cosas peoles.
Tras tres días de encierro más, en los que la mutación prácticamente se había detenido, había logrado dejar de santiguarse a cada momento, de extrañarse y de horrorizarse. Se mudó definitivamente a la bañera. Y lo cierto es que se habría abandonado a la suerte de vivir como un pez solitario, sin ningún tipo de parentesco con otra criatura, a no ser por un suceso intolerablemente horroroso. Le salieron ojos de pez, justo donde antes había tenido las uñas del dedo gordo. Un par de ojos horribles, amarillos, vidriosos, acuosos y definitivamente muertos. La visión era espantosa, eran ojos de besugo. Sacando los pies de la bañera y contemplando en su magnitud aquellos dos ojos que la observaban como observan los ojos de un muñeco, empezó a gritar como una posesa. En el patio de luces aquella noche los vecinos oyeron auténticos alaridos. Con aquello sí que no podía convivir. Tener pies de pez puede ser un engorro, aunque es una mutación original. No lo vamos a negar. Pero aquellos ojos muertos, amenazantes, tétricos, cambiaban del todo la situación. Intentó arrancarlos, pero no hubo manera, estaban bien pegados, eran así, parte de sus pies de pez, de ella misma.
A partir de la aparición de los ojos, la mutación volvió a cobrar el ritmo de desarrollo que había presentando durante los primeros días. Al alba notó como en los talones le estaban creciendo unas aletas. Ahora, cuando metía los pies en remojo, observaba horrorizada cómo éstos nadaban a su antojo, a toda velocidad. Parecía que se fueran a ir sin ella. Para más inri, se sentía terriblemente sola, aunque algunos hubieran podido entender que su mutación le aportaba un par de mascotas. Pero ni siquiera contempló esta posibilidad. Su madre nunca le había permitido tener pececitos, porque decía que las peceras traían mala suerte. Y estaba claro que con aquellas monstruosidades no podría entablar una relación afectiva. No se le ocurrió ponerles un nombre. Comenzó a odiar la mutación y por extensión sus pies. Le parecían repugnantes. Tras maldecirlos en repetidas ocasiones, le aparecieron dos bocas justo en las puntas del dedo gordo. Ahora los pies burbujeaban. Y cada vez que lloraba, o despotricaba contra el par de adefesios que tenía justo debajo de los tobillos, sus pies de pez respondían con unas burbujitas del todo improcedentes. No los soportaba. Detestaba tener pies de pez. Se sentía desgraciada.

Acero y Magia - Pies de Pez De nuevo, lloró mucho, a moco tendido. Volvió a rezar a su Dios. Le pidió ayuda, le suplicó misericordia. Sus pies de pez tenían voluntad propia, no cabía duda, y todos los días terminaba muy cansada, de tanto nadar en la bañera. Estaba harta de comer algas y berberechos. Lo más triste es que sabía que quizá no podría ganar aquella batalla, porque en el fondo, cuando se olvidaba de todo, cuando se sumergía en la bañera durante horas, sin salir a la superficie, la mutación no importaba, ni siquiera ella importaba. No era feliz, ni lo contrario, no era nadie conocido, nada parecido a la realidad circundante. Era como estar fuera del mundo. Como un sueño. Como una eternidad en un planeta lejano. Y cuando salía volvía a nacer, y era una sensación placentera, volver a sentir cómo sus pulmones se llenaban de aire. Siempre volvía a caer en la trampa de sumergirse, aunque sabía que aquello era un pez que se muerde la cola, que no tenía ningún destino, que podría pasarse así toda la vida. La vida en el baño era claustrofóbica y por eso se sumergía, porque ya no podía más, porque aquellas cuatro paredes la consumían. Y en algún momento su subconsciente tenía la necesidad de volver a salir, de poder utilizar el cerebro para pensar, de querer llamar a los amigos, aunque nunca lo hacía, de querer horrorizarse y compadecerse de sí misma y gritar. Aquello no era vida de ninguna clase.
Tenía que tomar una decisión, antes de que fuera demasiado tarde.
En el fondo, sabía que era su culpa.
Ahora lo tenía muy claro: la vida sedentaria que siempre había llevado, tan solitaria, tan rutinaria, había sido la única responsable de aquella mutación tan extravagante. No se le ocurría ninguna otra razón, y ya se sabe que como buen ser humano siempre se tiene que tener una razón.
La decisión no era tan complicada: o ella, o sus pies de pez.
Ahora sólo veía en sus pies de pez a un par de enemigos, de infieles.
Aquellas monstruosidades amarillas, vacías, la observaban desafiándola. Eran imperecederas, amenazantes. Los secuaces de Satán. Siempre la mantendrían en el punto de mira, una auténtica desdichada que no podría relacionarse con el mundo de forma normal, aunque eso siempre es discutible. En un silencio vacuo, obligado, los pies de pez emitían un claro mensaje al unísono: somos más fuertes que tú. Somos un parásito del que no te podrás desprender, del que no puedes deshacerte. Empezó a sentir miedo, se vio a sí misma desamparada, en manos de un par de criminales. No era consciente de que la amenaza de los pies de pez, en realidad, era producto de un solo ente: su cerebro, es decir, ella misma. Se autosugestionaba. Era su mismo producto neuronal el que le provocaba verdadero temor. Intentó arrancarse el pie derecho con la mano en un intento desesperado, pero no lo logró.
¿Qué harías sin nosotros? ¿Quién te puede hacer compañía, si siempre estuviste más sola que la una? Empezó a gritar, a pedir silencio a aquella voz ultrasónica que hablaba en nombre de los pies de pez. Dijo ¡basta! en repetidas ocasiones, y ordenó ¡silencio! Pero el murmullo seguía ahí, constante. Algo tramaban, ahora lo veía claro. Ella no era la única que había querido deshacerse de la extraña mutación. Quizá, para ellos, ella misma era una mutación innecesaria e insoportable. No tenía la menor duda de que los pies de pez eran criaturas independientes. Al fin y al cabo, así lo habían demostrado en la bañera: respiraban por su cuenta propia y riesgo, y se desplazaban a placer. Es más, en ocasiones, cuando la inducían a sumergirse, la anulaban totalmente como persona. He ahí la prueba fehaciente de que los pies de pez eran entes malvados en su contra, eran el mismismo diablo, los enviados de Lucifer. ¿Quién si no Él podría haberle contagiado tan extraña mutación? Se avergonzó de haber pensado que aquello era un hongo causado por unas sandalias de plástico que le habían costado cuatro duros. No, los pies de pez eran las fuerzas del mal.
O ella, o los pies de pez.

Acero y Magia - Pies de Pez Se encerró en sus pensamientos y urdió un plan, el plan perfecto. A mí me parece que tomó una decisión drástica muy a la ligera. Pero ella estaba convencida de que no podía convivir con los pies de pez. Debía ceder demasiado, abandonarse, dejar de ser ella. Quizá si se le hubiera pasado por la cabeza el mudarse al mar en forma de neosirena, habría visto las cosas de otra manera. No hubiera necesitado de nada más que del ancho y extenso mar. Hubiera ido a cualquier otra parte, donde quisiera, hubiera sido feliz y libre. Como nunca sería libre en la forma humana. Cierto es que entonces no podría repudiar los pies de pez, tendría que llevarse bien con ellos. No obstante, éstos siempre habían existido para servirla. Era una desviación de la naturaleza. Un experimento. Ella decidió darle la espalda a todo lo positivo de su situación. Se centró en todo lo que aparentemente había perdido, echaba de menos cosas tan insulsas y humanas como abrocharse los cordones o pintarse las uñas de los pies. Prescindibles, claro está.
A espaldas de sus pies de pez, aunque estaban en todo momento de cuerpo presente, en la tranquilidad y soledad de sus pensamientos, maquinó la estrategia que la liberaría, o eso creía. Se había propuesto acabar con la mutación. Estaba harta del hedor a pescado podrido y de las conversaciones de besugo que mantenía consigo misma. Así que salió como pudo de la bañera y se arrastró hasta la antigua habitación de sus padres. Rebuscó en el armario, donde guardaba todos los recuerdos de la niñez y de sus progenitores, incluidas las esquelas y las cartas de condolencia de los parientes del pueblo. Las miró un poco por encima, encontró un par de fotos de tiempos más felices y se reconfortó. Se convenció de que no estaba loca por intentar cambiar. Por ir contra viento y marea y contra la Madre naturaleza. Por fin dio con lo que andaba buscando: la vieja caja de herramientas de su padre, que había permanecido durante años en el fondo del armario, inservible, un tanto oxidada, repleta de alicates, tornillos, destornilladores, medidores y llaves inglesas. La abrió y sacó la vieja sierra. La contempló durante unos instantes, como si se tratase del Santo Grial. Su gran descubrimiento. El arma que le permitiría vencer a Satanás.
Miró a los ojos amarillos por última vez. Se despidió mentalmente de los pies de pez, pero no mostró ningún indicio de empatía o compasión. Estaba absolutamente segura de que era una persona desgraciada y que debía acabar con la mutación. No pensó en ningún momento en lo que perdería. Se compadecía sólo de sí misma. Y estaba decidida. En nombre de Dios acabaría con los pies de pez. Se creía una mártir del mundo moderno. Pero es que ella no sabía que a su vecina le habían crecido un par de serpientes venenosas en las piernas hacía más de un mes. Sinceramente, las piernas de serpiente venenosa sí que eran una complicación, una verdadera desdicha. Pero ella no lo sabía.
¿Cómo iba a saberlo?

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de noviembre del 2009