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Relato Fantástico: El Oráculo De Mazonia
Eres como una daga
hundida en mi corazón
que ha probado sangre de mi filo
¿Cuando durmamos, me cubrirás
en tu tibia y oscura tumba?

Si cierro los ojos para siempre
¿Seguirá todo sin cambiar?
Si cierro mis ojos para siempre
¿Seguirá siendo lo mismo?

Close my eyes for ever de Lita Ford
Por MC Carper

Relato Fantástico - El Oráculo De Mazonia El olor a podredumbre se imponía a toda sensación en aquella parte del Infierno Verde, la jungla del Planeta Arena.
Sálvat caminaba al lado de su moto robot para descubrir un sendero seguro entre las arenas movedizas que bordeaban el hediondo pantano. Esperaba, que ese fuese el último obstáculo para trasponer aquella sucesión selvática.
El estómago le dolía de hambre, lo único que había podido llevar a la boca, desde hacia noches era una cola de yacaré. Sandy, la moto, la había descubierto, flotando en un irupé, producto del encuentro del reptil con un yaguartech. Las batallas entre esas bestias estremecían la selva.
Continuaron por el sendero sinuoso, mientras el brillo del sol creaba reflejos sobre la superficie líquida, hiriendo los ojos. Los mosquitos formaban súbitos torbellinos a su alrededor, pero Sálvat estaba cansado de sacudírselos. Llevaba la melena color paja sujetada por una vincha y lentes oscuros para evitar el castigo del sol. A veces, el suelo se desplazaba bajo sus pies en capas de musgo. Hasta donde mirase, el paisaje era el mismo, quebrado apenas por grupos de árboles, islotes plagados de serpientes. Ni una sola vez pensó en beber esa agua, sucia e infestada.
Era la venganza la que lo motivaba a internarse en esa inmunda parte del mundo. Sólo tenía un nombre, Dimán, el brujo maldito que lo había esclavizado en su adolescencia. Pero en ese momento sólo atendía las necesidades del estómago.
Sandy descubrió un sendero entre la maleza y lo anunció con su sensual voz femenina, el hombre la siguió con escasa alegría. La moto guardaba toda la información en su rutómetro, si alguna vez necesitaba regresar por ese camino, Sandy podría hacerlo a máxima velocidad sin ningún peligro de caer en el pantano.
Estaban a medio camino cuando un chapoteo detrás de las totoras les llamó la atención, entre los juncos saltó una silueta brillante.
Sálvat se agachó para verlo mejor. Sabía que no podía tratarse de un cardumen de palometas, esos malditos peces hubiesen dejado solo el esqueleto del yacaré.
— ¿Viste que era, Sandy? —preguntó el viajero con esperanza.
—Parecía un pez de tamaño considerable. —comentó la moto
El hombre cortó una caña para estimar la profundidad del pantano. El hambre estaba presente cada segundo en su mente y no podía pensar en otra cosa que en comer.
—Creo que puedes sumergirte y capturarlo con tu rayo láser. —susurró.
—Lo haré. —dijo la moto que en ningún momento consideró el riesgo de su propia seguridad. Avanzó hacia la superficie acuosa, en medio minuto el agua le llegó al asiento. Su motor era un mini-reactor nuclear y no corría riesgos al hundirse. El viajero aguardó expectante, observando. De repente la moto se deslizó hacía abajo.
—Sálvat! —Dijo Sandy— ¡Un pozo!
— ¡Da marcha atrás! —gritó el dueño, pero fue demasiado tarde. En apenas un suspiro, la moto desapareció por completo bajo las aguas pantanosas.
—¡No! —gruñó el viajero sintiéndose responsable de aquella imprudencia. Se incorporó para internarse entre los camalotes. Sumergido hasta la cintura intentó sondear el lecho con los pies, entonces resbaló, viéndose arrastrado hacia adelante. Dio manotazos para sostenerse de algo, perdiendo los lentes y la vincha. Mantuvo el cuerpo a flote brevemente cuando los líquenes le llegaron al cuello, era consciente que con otro movimiento le rozarían la barbilla y luego se hundiría por completo.
Maldijo su negligencia por haber enviado a quien consideraba su amiga, a una tarea tan arriesgada. Estiró los brazos, pero sus dedos apenas rozaron los tallos de las totoras. Sentía que su fin era irremediable.
¡Que estúpido idiota! , pensó.
El lodo empezaba a cubrir su boca, en el momento que algo voluminoso surgió del pantano. En un primer vistazo no consiguió identificarla, ennegrecida por el limo, era Sandy. Cuatro flotadores la sostenían, intentó aferrarse a uno de ellos. Cuando lo consiguió, la moto se impulsó a la orilla, apenas sus ruedas tocaron suelo firme, las boyas comenzaron a desinflarse. Sálvat, cubierto de fango de pies a cabeza, se incorporó a su lado.
—No te conocía esta habilidad, amiga.
—Nunca la había necesitado —explicó Sandy—, debo reponer mis tanques de aire comprimido.
—Nuevamente de debo la vida —exhaló Sálvat y algo interrumpió su alegría cuando su capacidad de leer la mente percibió la presencia de muchos seres humanos, la soledad que amaba desaparecería en segundos—. ¡Maldición!
Pensó en esconderse, pero era muy tarde, veinte figuras armadas con alabardas y alfanjes los rodeaban. El viajero no se arredró, miró la escopeta Moss colgada a un lado del asiento, estaba inservible por el barro, pero Sandy podía atacar si se desataba la violencia, el resplandor en el agua le impedía ver a los que avanzaban con las armas listas. Entonces descubrió que se trataba de mujeres. Todas vestían de cuero exhibiendo los muslos y las caderas sin embargo su musculatura estaba muy desarrollada, tenían los bíceps marcados, las nalgas firmes. De hombros rectos y mandíbulas cuadradas, carecían de grasa en los abdominales bien definidos.
Las prendas de cuero iban provistas de tachas. Una de ellas, con una máscara que solo dejaba verle los ojos y la boca se adelantó. Llevaba el cabello casi rapado en la nuca.
—Has traspasado la frontera del país de Mazonia —dijo—, tendrás que presentarte ante nuestra soberana.
—No transgredí la ley —arguyó Sálvat—, a menos que hundirse en esta podredumbre lo sea.
La humorada del Nómada no provocó ninguna sonrisa.
—Te escoltaremos hasta Mazonia, allí podrás higienizarte y lavar la moto. —dijo la mujer sin sonar amenazante.
El viajero percibió sinceridad en la oferta y dejó que lo guiasen. No le apuntaron con las lanzas, pero estaba claro que vigilaban sus movimientos. Mientras caminaban tuvo tiempo de estudiar a aquellas mujeres, le parecía contradictorio el hecho de que siendo guerreras exhibieran las nalgas o llevaran las uñas pintadas al igual que rostros maquillados. A pesar de su andar y estilo varonil no dejaban de ser sexys.
La mayoría eran altas de cabellos castaños, a veces rojizos, que usaban muy corto o recogido con cintas. Descubrió varias facciones con pecas y melancólicos ojos color miel. Anduvieron a paso firme durante una hora, los olores del pantano se disiparon con una brisa fresca. Un rumor de algo en movimiento, crecía a cada paso. Sálvat no consiguió identificarlo hasta que perfiló en el horizonte la línea del océano. Hacia años que no contemplaba aquella masa negra meciéndose en olas. Recordó a Ulnia, la ecóloga que siempre le hablaba del mar. Frente a ellos, a menos de doscientos metros se erguía una pequeña ciudad circundada por las aguas ponzoñosas del Océano Contaminado, una península de diez kilómetros de diámetro, unida al continente por un estrecho camino rocoso de doscientos metros de ancho y un kilometro de largo.
Había puestos de vigías en la entrada a ese puente natural, también un muelle con numerosas embarcaciones amarradas. Cuando se hallaba en la mitad del acceso a la ciudad, el viajero se volvió para contemplar la línea verde de la jungla.
¡Al fin! —pensó—. Logré cruzarte.
La extensión sin fin del mar, aún con pestilencias nocivas para los humanos, le confirió un vigor renovado.
La puerta de la ciudad se alzaba por un sistema de poleas. Del otro lado serpenteaba un sendero de mármol bordeado por coloridos jardines. Sálvat estudió el muro de diez metros que rodeaba toda la ciudad. Mientras caminaban dedicó su atención a las viviendas, todo era muy higiénico y ordenado. El viajero vio jardineros y barrenderos ocupados en mantener la máxima pulcritud, entonces percibió algo en esos hombres, sus ademanes eran muy delicados, tenían miradas perdidas, desanimados.
¡Son eunucos! —descubrió en silencio y al instante temió estar metiéndose de cabeza en una trampa.
Quince minutos después llegaban a las puertas de un edificio rectangular que ocupaba dos manzanas de superficie, un parque con fuentes lo rodeaba. Sálvat contempló las altas columnas de diez y quince metros que sostenían la construcción.
El grupo enfiló hacia la amplia entrada, pero la guerrera que le había hablado antes, se apartó indicándole que la acompañara. Sandy los siguió, casi pisándoles los talones. La mujer le señaló una galería que bordeaba el edificio y dijo:
—Sigue en línea recta y hallarás los lavados, higieniza tu moto. Vendremos en una hora para presentarte ante nuestra soberana.
La mujer se alejó con su paso varonil y quedó solo. Dejó su desconfianza a un lado dirigiéndose a la galería, el lugar era fresco, poblado de sombras. En la pared había una entrada que comunicaba a una gran sala embaldosada. A lo largo de las paredes había lluvias y grifos, llaves para agua caliente y fría. No faltaban toallas, ni jabones. Todo nuevo y planchado, tomó una lluvia conectada a una manguera flexible con la que se quitó toda la mugre. Arrojó la ropa a un lado y se anudó una toalla a la cintura para lavar a Sandy.
Estaba por terminar cuando escuchó que una persona se acercaba. Pero no venían a buscarlo, era una chica del lugar. Al verlo abrió mucho los ojos. Tenía un rostro muy bonito con un lunar junto a la nariz. Los ojos eran marrones, pero lo que más destacaba era su cabello ensortijado, castaño, cayéndole en ondas sobre los hombros. Vestía una camisa sin mangas y usaban unos shorts con volados que dejaban a la vista las caderas y unas hermosas piernas. La visión lo dejó boquiabierto, al incorporarse, la toalla se aflojó y si no hubiese sido veloz, habría dado un espectáculo, Se excusó con balbuceos mientras extraía ropa del porta equipajes de la moto. Ella lo observaba entre curiosa y divertida. Fue detrás de una pared, poniéndose fuera de la vista de la chica para calzarse unos vaqueros y una musculosa negra.
—Hola —sonrió ella, el tono de la voz era muy suave, apenas audible.
—Hola, soy Sálvat. —dijo él.
—Mi nombre es Alba de Estío. —sonrió ella.
—¡Y yo soy Sandy! —exclamó la moto, la chica frunció el ceño divertida.
—¡Tienes una moto con vida!
—Podría decirse —replicó Sálvat—. Estamos aguardando para ser presentados ¿Y tú?
Ella lo miró directo a los ojos cuando dijo: —Yo soy el Oráculo.
La muchacha no apartó la mirada, como si todo el mundo supiese que significaba ser el Oráculo, en esa postura emanaba una sensualidad que erizaba la piel. Entonces llegaron rumores de pasos firmes, el andar de las guerreras.

Relato Fantástico - El Oráculo De Mazonia Eran dos, llevaban los alfanjes colgados en la cintura, cuando vieron a Alba, la saludaron con una reverencia y escoltaron al viajero con su moto. Sálvat se volvió para mirar otra vez a la chica, pero ya se había ido.
Las vueltas de los pasajes lo desorientaron hasta que llegaron a una amplia sala, todos los presentes se ubicaban junto a las paredes, sobre almohadones y tapices, dejando el centro libre, ocupado por una mesa repleta de bandejas con comida y bebida.
Sálvat dirigió su atención hacia el otro extremo del salón, al lugar que ocupaba la Soberana. Allí estaba una mujer de rostro cortado con cincel. Tenía ojos enormes, del mismo color miel que viera antes. La melena, lacia y color de bronce, estaba peinada hacia arriba, enmarcando sus hombros fuertes. Usaba un vestido blanco, muy fino. Los grandes senos caían sensualmente, contenidos en la parte superior. La falda llegaba hasta los tobillos. Podían adivinarse sus robustos muslos y caderas. La mujer lo observó con los parpados entornados, la mirada fue desagradable para el viajero.
—¿Eres el nómada del sur? —dijo la mujer sin saludar ni presentarse. Sálvat se preguntó como sabría eso, pues no se lo había dicho a nadie en aquel sitio.
—Me llamo Sálvat —dijo—, soy un viajero, algunos me dicen Trotamundos y como dices vengo de los desiertos del Distrito Sur.
La mujer se envaró y caminó para ubicarse frente del viajero. Por unos centímetros no tenía su altura, casi dos metros.
—Sabía que llegarías algún día. También supe que cruzaste el Infierno Verde. —dijo ella con desprecio, evidentemente molesta con el nómada.
Sálvat se sintió igual y replicó.
—No soy tu enemigo, estoy de paso. Me he presentado y tú solo te muestras enojada. ¿Que diablos te ocurre, soberana?
No había terminado de hablar cuando veinte guerreras corrieron a rodearlo con las alabardas en ristre, los demás presentes murmuraban iracundos con el extranjero.
El Nómada hizo una seña a la moto y dijo:
—¡Sandy, activa tus armas! —el sonido de las ametralladoras y los lanza cohetes desplegándose y ajustando las miras paralizó a todos los presentes, en realidad se trataba de algo planeado ante una situación así. Sandy ya no tenía municiones, su única arma disponible era el láser frente al manillar, pero los demás no lo sabían.
—¿Que pasa aquí, Tony? —se oyó en la sala, quebrando la tensión. Era la chica que había visto Sálvat antes en los lavados. Ahora lucía una túnica que exhibía los hombros. Se había maquillado y llevaba el pelo recogido por cintas de piedras preciosas.
—Hola Sálvat. —agregó con una sonrisa.
La soberana, Tony, alejó con un ademán a las guerreras. Lanzando una mirada de desprecio al Nómada, volvió a tenderse en los almohadones, golpeando uno, invitando a Alba para ubicarse a su lado. La chica aceptó, pero le señaló un taburete a Sálvat, que no tardó en dejarse caer en el mismo.
—Ella es Antonia —hizo las presentaciones Alba—, Soberana de esta país llamado Mazonia.
—¡Salve, soberana! —dijo Sálvat—. Vengo en paz.
Los dorados ojos de Antonia se endulzaron con la presencia de la joven.
—Quizá, vengas en paz, Sálvat, pero conozco la naturaleza de los hombres y hubiese preferido que tus pies nunca llegaran a pisar mis baldosas. ¿Puedes ordenarle a tu moto que desactive su armamento?
—Claro —dijo el Nómada dando la orden a Sandy—. Ya me voy, estoy solo de paso.
—A mí me gustaría saber sobre los lugares que visitaste —sonrió Alba—. ¿Eso hacen los nómadas, no? —La muchacha ignoraba abiertamente la actitud agresiva de Antonia, no como desafío sino como alguien que no se sentía intimidada.
—En el Desierto Grande —explicó Sálvat—, la única forma de sobrevivir es estando en movimiento. Se transforma en un estilo de vida.
—Aquí es diferente, Nómada —interrumpió Antonia—. Somos una sociedad civilizada, tenemos nuestra ciudad y nuestro país...
Esta vez, Sálvat no aguardó otro comentario agresivo de la soberana, se puso de pie para decir:
—¡Listo! Me voy, no pedí conocerte para recibir tu desprecio.
Antonia se encogió de hombros sonriendo, mientras el Nómada se giraba hacia la salida.
—¡No! —Exclamó Alba—. Quédate Sálvat. —la soberana apretó los labios conteniendo la ira que pugnaba por desatarse.
Sálvat sonrió y se sentó otra vez, también estaba molesto y le regocijo incomodar a la mujer de cabello de bronce. Esta se dirigió a la chica en un dialecto desconocido para el viajero. Tiró de una cuerda y aparecieron un grupo de guerreras rodeando a cuatro hombres, estaban atados con cuerdas, podían notarse moretones en sus rostros, eran prisioneros.
—Ahora, verás como castigamos a los hombres aquí. –—dijo Antonia al Nómada.
—¿Cual fue su crimen? —bufó Sálvat para molestar—. ¿Ser hombres?
—En cierto modo, si. Persiguieron a una chica para violarla, pero mis guerreras los descubrieron.
Alba se puso de pie para retirarse.
—Sabes que no apruebo esto, Tony. Me prometiste que prohibirías estas cosas. —reclamó la muchacha, aún con un tono suave, demostraba firmeza.
Antonia la tomó de la muñeca, de un modo sensual, casi acariciando la piel de Alba.
—Puedo hacer muchas cosas por ti. —aseguró.
—Entonces deja en paz a Sálvat —pidió Alba—, por lo menos puedo oír sobre paisajes lejanos mientras me conservas en tu jaula de oro. —le dio la espalda y desapareció detrás de unos tapices.
La soberana volvió a fulminar con su mirada al Nómada, luego se dirigió a los cuatros prisioneros, mientras se acercaban a ellos diez de los hombres del salón con el cuerpo totalmente depilado. Lucían un bronceado perfecto y sus cabellos tenían un brillo que Sálvat solo había visto en princesas. Sin embargo tenían una musculatura cultivada.
—¡Prisioneros! —dijo con voz potente la soberana— ¿Cómo se declaran?
Uno de ellos, el más viejo, de cincuenta años se arrodilló con rostro suplicante.
—Ten misericordia, señora. Mis sobrinos son jóvenes e inocentes...
—¿Inocentes dices, perro? —escupió Antonia— conoces tu castigo, si insistes en ser perdonado, ordenaré la castración para todos.
Sálvat frunció el ceño. Vio a los cuatro maniatados, dos eran apenas adolescentes. Las cuerdas inmovilizaban sus brazos por completo. También les ataron los pies, pero dejándoles movilidad para separar las piernas un poco. Los diez tipos atléticos sonreían murmurando entre ellos y señalando de vez en cuando a los prisioneros
Antonia batió palmas y las guerreras cortaron los cordeles de los pantalones de los castigados, dejándolos desnudos de la cintura para abajo. Entonces entraron en acción los diez sonrientes musculosos. Los golpearon un rato y pronto se desnudaron, todos exhibían erecciones. Los prisioneros gemían, balbuceando de miedo cuando los levantaron y empezaron a violarlos. Todos los que miraban reían y aplaudían entre los gritos de sufrimiento de los castigados, los jóvenes lloraban de dolor y humillación. Uno se desmayó, pero igual continuaron vejándolo sobre los almohadones.
El castigo continuó hasta que el último prisionero cayó inconsciente. Luego los sacaron a la rastra y unos eunucos limpiaron las manchas de sangre.
Antonia levantó los brazos sonriente para anunciar:
—¡Que comiencen las danzas y el banquete!
Unas bailarinas comenzaron su espectáculo entre los presentes, mientras los eunucos traían manjares en bandejas de plata. Sálvat se acercó a Sandy, la demostración de la soberana no le había impresionado tanto, ya había estado en otros infiernos. Pensó que Antonia estaba loca o tal vez había padecido vejaciones, por ello ahora las causaba ella. Cuando la fiesta terminó, una de las guerreras, la de la máscara, se le acercó.
—Te guiaré a tus aposentos – dijo.
—Creo que prefiero continuar mi camino. —Dijo Sálvat
—Eso no es posible, ya es tarde y el portal de la ciudad no puede abrirse. —explicó la mujer enmascarada.
El Nómada se preguntó que amenaza obligaba a esas mazonianas a preocuparse así, pero prefirió disimular su curiosidad.
—No iré a ningún lado sin Sandy.
—Claro —asintió la guerrera— ¿Ella es mujer, no?
—Eso oí decir antes —afirmó Sálvat mientras caminaba detrás de la mujer vestida de cuero. Descubrió un látigo anudado en la cintura. Tuvo que esforzarse para no centrar la mirada en las nalgas firmes y desnudas moviéndose cadenciosas delante—. Quizá la programó una mujer.
—O un hombre libidinoso —acotó la guerrera al llegar a una sala cuya entrada solo tenía una cortina—. Ya puedes dejar de mirarme el culo —señaló la puerta de una habitación—. Nadie te molestara aquí.
—¿Como te llamas? —preguntó el Nómada
—Soy Tanya, pero no estoy autorizada a darte ningún tipo de información
—¿También me odias, como tu soberana?
Tanya se cuadró y le dio la espalda para detenerse después de dos pasos
—No es odio... —murmuró— es que apareciste muchas veces en las predicciones del Oráculo y eso causa nerviosismo.
—¿Alba ve el futuro?
—Ya hablé de más, adiós. —dijo Tanya y se retiró a paso vivo.

Después del baño, una cama de plumas y sábanas limpias eran una recompensa para el viajero. Ordenó a Sandy que estuviese en guardia y se relajó para dormir.
No pasaron dos horas cuando los faros de la moto le enfocaron el rostro.
¡Era la alarma, había un intruso en la alcoba!
Sálvat saltó como una pantera hacia los tapices, donde había percibido un movimiento. Se disponía a dar un golpe cuando identificó a Alba. La chica lo miró a los ojos sin miedo. Vestía una túnica escarlata, que se transparentaba con el movimiento y dejaba adivinar unos senos muy bellos.
Se sentaron en la cama.
—Creo que tu presencia aquí me traerá problemas —exhaló el Nómada
—Descuida, Sálvat —musitó la chica—. Tony no hará nada contra ti, mientras yo me interponga
—¿Y por qué lo haces? —Dijo él tratando de parecer imperturbable ante la visión del cuerpo casi desnudo de la chica—. ¿Realmente ves el futuro?
—Así es —afirmó ella—, por ello no me han iniciado en las artes del amor, temen que pierda mi talento.
—¡Eso es una idiotez! —En muchos de sus viajes, Sálvat había encontrado personas con mutaciones y talentos psíquicos, el sexo no tenía nada que ver, a veces era un activador, más que un supresor—. Nunca lo perderás, sé de lo que hablo.
—¿Entonces me harás el amor?
—¿Eh?
Cuando ella acercó su rostro, mirándolo con anhelo. Se besaron y ninguno pudo volver atrás. Siendo virgen conocía los modos para dar y obtener placer. Su sensualidad mantenía al viajero ansioso de amarla. Al mismo tiempo la sensación del contacto con la piel o solo contemplarla lo inflamaba de deseo. Se preguntó si no sería alguna especie de sortilegio psíquico, pero su mente no podía ocuparse en otro asunto que poseerla. Sin duda Alba había contemplado a otros amándose pues su manera de dar y recibir placer superaba a todas las mujeres que el nómada había conocido. La pasión los embargaba acompasando cada movimiento con gemidos profundos, ella vibraba de amor como si ese fuese el último día de su vida.
Luego de compartirse muchas veces, Sálvat se derrumbó a un lado y no consiguió mantenerse despierto.
Entonces, un golpe en las costillas lo espabiló.
Antonia estaba allí, con cuatro de sus guerreras, mientras Alba se interponía cubriendo su desnudez con la musculosa de guerrero llegándole a la mitad de los muslos.

Relato Fantástico - El Oráculo De Mazonia Sandy yacía en el suelo, volteada de costado. Sálvat se olvidó del peligro que corría su vida para gritar:
—¡¿Que le hicieron a mi moto?!
—Tenemos nuestros trucos, nómada. —dijo la soberana triunfante y señaló un aparato parecido a un motor con ruedas—, tu moto recibió la peor descarga eléctrica de su existencia. Neutralizamos su sistema, pero no te preocupes, ahora esta reiniciándose, dándonos tiempo a desmontar su armamento. Pero tú has escupido en nuestra hospitalidad y por ello, morirás.
—Si le tocas un pelo, te odiaré por siempre, Tony —aseguró Alba tajante.
Antonia la miró con el rostro afligido, el mentón le temblaba mientras abría y cerraba las manos.
—¿Por qué? —exhaló al fin.
—Porque vi todos los futuros, menos aquel que sucedía después de esto —explicó la chica vidente—, y aunque no fuera así, él me gusta, te lo dije muchas veces.
La soberana la tomó por los hombros.
—¡Pero ahora no puedes ver! ¿Cómo nos defenderemos de los mutantes del estero?
—¿Eso soy para ti? —Musitó la chica— ¿Una herramienta? ¿Crees que puedo darle valor a una vida así?
—¡Siempre tuviste mi amor, Alba! ¡Y el de todas las mazonianas!
—Deja vivir a Sálvat conmigo y los mutantes no causaran problemas.
—¡Te has vuelto loca!
—Tony, retírate ahora mismo o mátame, porque si continúas con esta postura la consecuencia segura será mi muerte. —anunció la chica señalando la salida con firmeza.
Antonia se retiró con sus guardias, las armas de Sandy quedaron amontonadas en un rincón de la enorme alcoba.
Sálvat tenía muchas preguntas en su cabeza y comenzó a sondear la mente de la joven, entonces ella se volvió al instante:
—Deja eso, amor. No es necesario. Responderé a todas las preguntas, no tengo secretos para ti.
—Cuéntame todo, entonces, aunque te advierto que a mí tampoco me gusta que me tomen como herramienta.
Ella se sentó a su lado con preocupación.
—Jamás, mi amor —expresó—. Estoy contigo porque te amo. Desde hace años, cuando comencé a ver nuestra vida juntos. Estaba tan alegre que no dudé en contarle a Tony, pero los celos la dominaron, ella esta enamorada de mí y desde entonces te odia. Siempre temió que llegaras.
—¿Y tú no la amas?
—Sí, pero no como ella desea. Tengo veintidós años, Sálvat. Desde que recuerdo fui el Oráculo de Mazonia. Todos mis días los consagré a predecir embarazos, victorias, romances, el clima, los asedios de los mutantes...
—¿Mutantes? —Aquello era nuevo para Sálvat, sabía de mutantes salvajes en el sur, pero nunca había oído de ellos en el norte—. ¿Quienes son?
—Llegaron del mar, hace dos años. Son hombres con formas horrendas, jorobados y torcidos pero muy fuertes. Algunos continúan con vida cuando los atraviesan decenas de flechas. Cada tanto se organizan y atacan nuestros muros.
—Y veías sus movimientos antes… —murmuró Sálvat, aunque había algo extraño en lo que decía, no podían venir del mar, no había nada en esa dirección.
—Sí, parece que viven en una isla al noreste, yo le indicaba a Tony donde acampaban y las guerreras les caían encima antes de que tomaran el puente de la península. Es la debilidad de la ciudad, sin el puerto y ese pasaje, no resistiríamos un sitio. La inanición nos obligaría a rendirnos.
—¿Por que no salen a cazarlos y terminan con el problema?
—Ya viste como trata Tony a los hombres en la ciudad ¿Cuánto crees que durará la paz aquí sin la mano de hierro que los mantiene aterrorizados?
—Ella es cruel, creo que piensa castrar a todos los hombres del mundo.
—Cuando Tony tenía diez años, unos bandidos asesinaron a su familia y a ella la dejaron viva para usarla como su ramera. Por cinco años la violaron, tratándola peor que a una rata. Le contagiaron muchas enfermedades y casi murió de hambre. Un día, en que todos dormían la borrachera, ella hurtó un sable y los mató a todos. Vagabundeó como mendiga hasta que una caravana de Mazonia la encontró. Aquí recuperó la dignidad como persona. La anterior soberana la nombró jefa de la guardia y cuando falleció, Tony tomo su lugar.
—¿Y tú? ¿Cuál es tu historia?
—Yo nací aquí, la hija de una esclava que se enamoró de un esclavo sexual de la soberana anterior. Toda la sociedad condenó ese amor y huyeron cuando mi mamá quedó embarazada, pero las guerreras los trajeron de regreso. Al poco tiempo nací y a los separaron, al no poder continuar con su amor, ambos se quitaron la vida. Poco después descubrieron que tengo el don de ver el futuro. El resto te lo imaginas.
Sálvat miró a su moto. Sandy recuperaba el control de su computadora en ese momento, la pantalla en el cockpit desplegó el menú de sus funciones como eran habituales. El Nómada la levantó mientras Alba se acercaba a paso lento.
—¡Hola, Sálvat! —Saludó la moto— Creo que me knockearon.
—¿Funcionas bien, Sandy? —se interesó la chica.
—No registro daños, pero me quitaron el armamento.
—Pronto la montaré otra vez —dijo Sálvat—, no nos quedaremos más tiempo en este lugar.
Al oír eso, el color huyó de las mejillas de la muchacha.
—¿Qué? —exclamó con ojos desorbitados— ¿No crees en lo que vi? ¿No te quedarás a vivir conmigo?
El viajero la contempló, de pronto comprendía que la chica nunca imaginó que él tenía otros asuntos que atender antes que adoptar una existencia como amante esposo de una muchacha que conocía hacia escasas horas, en una ciudad que no le gustaba ni un poco. Ambos pertenecían a mundos diferentes
—¿Tienes que irte? —musitó ella al borde del llanto...
Sálvat la tomó en sus brazos, la calidez de su entrega aún palpitaba en el cuerpo del Nómada.
—Eres hermosa, Alba, pero mi viaje continúa. Necesito saber de donde vengo y también busco ajustar cuentas con alguien que me hizo mucho daño.
—Tú me amarás, lo sé —auguró ella que parecía no atender a sus palabras—, haré lo necesario para que así sea.
—Debo irme, Alba —sentenció el viajero mientras separaba las herramientas que necesitaba para montar las ametralladoras y lanzacohetes de Sandy.
—¿Estás decidido, mi amor? —dijo la chica en tono conciliador. En su mente había sopesado esta variante del futuro, lo que Sálvat desconocía era que ella llevaba años conjeturando acerca de su propio futuro y del sentido que tenía su vida. Su espíritu vagaba en las noches en otras ciudades, con gente desconocida, otros cielos… Su alma contenía toda clase de deseos, que el fantasma de la frustración ensombrecía.
—Tengo que hacerlo. —continuó Sálvat concentrado en las tuercas y los tornillos para montar el armamento de la moto.
—Si esa es tu elección, acepta las consecuencias —expresó ella enigmática—. Convenceré a Tony para que te den municiones, las necesitarás porque todos los senderos te llevarán a la guarida de los mutantes, luego volverás y serás mío.
El viajero continuó su tarea sin hacer ningún comentario. Había oído sus palabras, pero sabía que una respuesta de su parte podía tornarse en una larga conversación.
Con Sandy armada, el Nómada se dirigió a la salida. Avanzó decidido con cara de pocos amigos, nadie entorpeció su camino. Cuando estaba a cien metros del portal, vio en la empalizada, contra el muro, un grupo de guerreras preparando sus alabardas y arcos que no se molestaron en mirarlo. Entre ellas identificó a Tanya, la mujer lo vio y le salió al encuentro.
—¿Que ocurre? —indagó Sálvat
——Acompáñame. —fue la única palabra de la guerrera antes de girar sobre sus talones y ascender por la escalera de piedra que accedía a la cornisa que daba a las almenas. Ya sobre el muro, la mujer indicó con un movimiento de cabeza adonde debía mirar.
El Nómada se asomó y descubrió los puestos de vigía en llamas, una veintena de figuras correteaban alrededor. Eran criaturas de cuerpos maltrechos, carentes de simetría, los brazos y las piernas diferían en tamaño.
—Los mutantes... —musitó el viajero.
—Los conocemos como los “Hombres Rotos”. Son un centenar, estimamos. —Explicó Tanya— hace una hora, mataron a los guardias y ahora están acampando en el otro extremo del puente, sólo nos queda combatir.
—Ustedes los superan en número por tres a uno y supongo que no deben tener mejores armas, tampoco...
—Ya peleé con esas bestias —interrumpió ella—, no sienten dolor. Les prendes fuego y no se detienen, no pierden fiereza con los brazos amputados.
—Pueden asentarse en otro lugar, tal vez en el Infierno Verde, donde conseguirían establecerse como otros monstruos que moran en esa jungla.
—No, Sálvat —dijo de manera rotunda mujer—. Han sido enviados para conquistarnos.
—¿Es una avanzada? —Exclamó el viajero incrédulo—. ¿Pero, quién...?
—El gobernante de una isla, un maldito llamado Dimán.
Al oír el nombre, un viejo miedo estremeció al Nómada. Se daba cuenta que el misterioso destino lo había llevado hasta ahí, para saber de su odiado enemigo. Aquellos seres eran los soldados del perverso brujo que lo esclavizo por una década. Tal vez podría extraer la ubicación del escondite de Dimán y así consumar su venganza.
—¿Has interrogado a uno de esos mutantes, Tanya?
—No saben hablar, bueno, —la mujer trago saliva— excepto el líder, del que solo oímos insultos. —le alcanzó unos binoculares, indicándole en que dirección observar.
Lo que vio fue inesperado para el Nómada, de pie, en el centro de un círculo de figuras retorcidas se hallaba un ser con una musculatura prodigiosa, sin una gota de grasa. El cráneo de un yaguartech adornaba su cráneo. La piel era de un azul oscuro, con gruesas venas tejiéndose en brazos y piernas. Vestía un taparrabos de piel y una gran cantidad de collares y pulseras, pero todo eso era apenas una curiosidad comparado con su estatura, tenía tres metros de alto.
—Una vez, lo atravesé con el venablo —recordó Tanya – entonces lanzó una carcajada sacándoselo de un tirón, mis piernas no dejaron de moverse hasta que llegue aquí —La mujer tuvo una mirada meditabunda al recordar—. Todas las muchachas que capturaron fueron violadas hasta la muerte, no dejaremos que nos atrapen vivas.
—¿Tiene nombre ese perro que los lidera?
—Croler, se llama Croler. —dijo Tanya con el odio vibrando en la voz.
—Pues, ahora yo también estoy dentro de la trampa —arguyó Sálvat—. Sandy no tiene municiones, necesitaré balas HEAT (antitanque) y proyectiles para TOW2
—Veré que te puede servir en nuestra guarnición. —aseguró ella.
Sálvat retornó junto a Sandy mientras la guerrera daba órdenes a las otras mazonianas. De pronto se sintió observado y cuando elevó la mirada hacia el edificio de la soberana, pudo adivinar la silueta de Alba escabulléndose tras las cortinas. Lo invadió la adrenalina, predisponiendo su cuerpo y mente para pelear, trató de distraer sus pensamientos, el sudor desapareció de sus manos. Sálvat no entendía sobre valor, a decir verdad no creía en eso de tener coraje, solo se encontraba en medio de las situaciones bañado en miedo, pero sin tener tiempo para ser dominado por el mismo. Muchas veces se asombraba cuando recordaba la forma en que sus reflejos lo salvaban, usando todos los recursos disponibles para eliminar a su adversario. En la batalla no había lugar para razonamientos, eso hacían los estrategas bien seguros y tranquilos sobre sus dioramas. Pero frente a un adversario armado y dispuesto a cortarte en pedacitos, no hay valientes, ni fuertes, ni machos. El arma más destructiva lo decide todo y esos mutantes eran armas poderosas.

Relato Fantástico - El Oráculo De Mazonia Espero a que Tanya organizase a su grupo. Sálvat contempló los rostros decididos, ninguno de los hombres de la corte estaba ahí, al parecer no participaban en la defensa de la ciudad. Las mazonianas conocían las maneras militares, pero el nómada necesitaba verlas en acción. En el desierto había mujeres guerreras, pero eran excepciones, la mayoría prefería vestir sedas y joyas manteniendo el lecho de los hombres tibio.
A medianoche, trescientas mujeres de mentones cuadrados, cabellos cortos y músculos acerados estaban formadas, con uniformes de cuero endurecido, cuchillos, venablos y arcos. Veinte de ellas llevaban colgadas del hombro, ametralladoras del pre holocausto, reliquias cuidadas con celo por los armeros.
Los reflectores de las almenas iluminaron el puente y parte del campamento mutante
Tanya se acercó al nómada.
—En una hora saldremos a combatir —le informó—. Sólo conseguimos cincuenta balas HEAT. ¿Contamos contigo?
—Desde luego, con esa munición algo haremos.
—Dile que apunte a la cabeza de los hombres rotos, sus hediondos cuerpos se curan de las heridas de bala, pero sin cerebro de nada les valdrá. —dijo la guerrera observando la moto.
—Gracias por el dato, señora. —replicó Sandy.
—Déjame ir a la vanguardia —solicitó el viajero—, puedo dispersarlos con Sandy para que ustedes les caigan encima.
—Veremos.

Antonia salió a bendecirlas. En ningún momento miró a Sálvat, Alba no apareció.
Cuando la puerta fue izada, Sálvat se adelantó montado en su moto robot, los sensores de Sandy ubicaron a los mutantes del otro extremo con facilidad. El nómada apoyó el mentón sobre el carenado, frente al asiento. El cockpit de la moto robot trasmitía los datos de sus detectores, mientras la cámara frontal le mostraba toda la escena. En esa posición, ninguna parte de su cuerpo quedaba descubierta, el parabrisas era antibalas. Tomó la escopeta Moss, limpia y en condiciones para decir:
—¡Ahora, Sandy! ¡Que no quede ninguno!
Las gruesas ruedas mordieron el empedrado, impulsándola como un proyectil. Los disparos explotaron uno seguido del otro, haciendo blanco con cibernética perfección en los cráneos mutantes. El rugido del motor y las balas encogía los corazones de amigos y adversarios estremeciendo el cielo y la tierra. Creando relámpagos falsos que lastimaban la noche cargada de muerte. Con su sistema de visión nocturna colocó en la mira a los seres deformados, fusilándolos hasta vaciar el cargador.
Sandy se detuvo y su bocina sonó tres veces, dando aviso a las mujeres soldado. Sálvat derribó a dos mutantes con la escopeta.
Con gritos salvajes las mazonianas irrumpieron en los muelles, recuperando la entrada a la península. Cantaban unas estrofas que Sálvat ya había oído, una vieja canción de Doro.

Me siento libre ¡Salvaje!
Sin miedo ¡Libre! ¡Intocable!
Sin miedo ¡Libre! ¡Intocable!


Los mutantes en cambio, gritaban con rugidos apagados, parecían los mugidos de las vacas, en la oscuridad no podía identificarse si huían o se disponían a contraatacar.
—¡Escapan hacia el norte! —gritó el Nómada a Tanya. Lo sorprendió la facilidad con que los pensamientos simples de aquellas criaturas eran capturados por su telepatía. Por lo general, la mente de otros mutantes le era difícil de leer, pero los pensamientos de estos parecían gritarle al oído.
—Siempre acampan en unas cavernas de la costa —replicó Tanya al alcanzarlo en la entrada al puente—, suponemos que ahí los dejaron cuando los trajeron del mar.
—Si les caemos encima ahora, podemos expulsarlos. —propuso Sálvat.
—¡Vamos! —gritó la mujer dejando apostadas a cincuenta guerreras para mantener vigilados los muelles.
El rastro de los monstruos fue fácil de seguir, porque usaban corazas y botas de hierro, además su andar era caótico, había signos de sus pisoteadas por doquier. El camino se bifurcaba entre malezas y médanos ondulantes de la costa a la derecha, la vegetación del Infierno Verde se estiraba hacia el norte como dedos raquíticos de cactus y arbustos espinosos. Algunos árboles añosos aparecían, aislados, pero en la noche su oscura presencia podía ocultar muchas amenazas. Sandy avanzaba sin hacer ruido y con los faros apagados.
Llevaban recorrido kilometro y medio cuando Tanya señaló un riscos donde las olas rompían sonoramente con brillo plateado. Allí la costa aparecía carcomida por el mar, en riscos altos de piedras afiladas. Era una bahía deformada, la curva dejaba ver que en la parte baja de la pared había huecos oscuros, cuevas fruto de la erosión. En aquella oscuridad era ideal para una emboscada
—Ahí acamparon todas las patrullas que enviaron antes. —comentó la guerrera sopesando su venablo.
Sálvat la miró serio, cuando pidió a Sandy que sondeara las cavernas.
—Los detectores no sirven aquí, amo. El oleaje y la curva de la bahía no permiten el sondeo desde aquí arriba—informó la moto.
—Ni locos, bajaremos. —sentenció el Nómada.
Entonces cayeron sobre el grupo andanadas de balas. Varias muchachas golpearon el suelo sin vida. Los acribillaban desde las copas de los torcidos árboles. Sálvat y Tanya se cubrieron detrás del blindaje de Sandy. Los diez cartuchos de la escopeta se agotaron contra siluetas borrosas entre el follaje. Pasaron veinte minutos bajo el fuego de las bestias hasta que las detonaciones se interrumpieron, solo el rumor ominoso del océano flotó en el aire lleno de pólvora.
Con rugidos irracionales, criaturas feroces con formas de pesadilla se descolgaron de las ramas, dando saltos hasta las mazonianas. La horda parecía un tornado de brazos empuñando martillos, cimitarras y lanzas. Ninguna de las mujeres pudo contener la fuerza rabiosa de los mutantes. Sandy los atropellaba pero eran tantos que no podía evitar que se encaramaran sobre ella. Mientras Sálvat apuñalaba docenas de extremidades que intentaban inmovilizarlo. El estruendo del combate espantó a todas las criaturas de la selva. Los gritos de los heridos se mezclaban con carcajadas demoníacas y rugidos de odio.
El Nómada golpeaba, mordía o hundía su puñal, al tiempo que sentía golpes desde todas las direcciones. Próximo a las cuevas había un acantilado muy pronunciado, una caída de treinta metros hasta unas rocas castigadas por las mareas. El grupo encaramado sobre la moto robot, la hizo rodar hasta el borde del precipicio. Sandy los atacó con su láser frontal, pero aún con los brazos perforados y quemados, los mutantes la empujaron. La moto cayó impactando con mucho ruido contra las lejanas piedras.
Sangriento y magullado, Sálvat logró zafarse de los desquiciados monstruos, le dolía todo el cuerpo. No entendía porque los mutantes se abrían en abanico. En la noche sin luna, todo eran manchas indefinidas moviéndose alrededor. De pronto una prensa se cerró en su cuello, un enemigo lo aferraba por la espalda, tal fue la presión que se vio obligado a soltar el puñal. Cuando fue elevado en el aire supo que Croler lo había hallado.
—Tu no ser mujer. —oyó la voz gutural del monstruo, antes de ser lanzado con violencia contra un árbol. El golpe casi lo deja inconsciente, se esforzó para incorporarse, pero Croler no le dio tiempo dándole patadas y aplastando los puños contra su rostro. Sálvat estaba acostumbrado a mirar a la gente desde arriba, pocos tenían dos metros de altura, pero aquel monstruo lo superaba por un metro, los bíceps azules abultaban como bolas de hierro. Resistirse era inútil. De muy niño, el nómada había aprendido que los golpes hieren menos si dejas los músculos fláccidos cuando el contrincante es más fuerte. Entonces se aflojó, dejando que Croler lo desmayase a puñetazos. No tomó en cuenta la propia resistencia de su cuerpo, los golpes arreciaron, mientras el polvo seco del suelo se sacudía asfixiándolo, el martirio duró una breve eternidad hasta que perdió el conocimiento.

Al recobrarse un olor nauseabundo invadió sus fosas nasales, las heridas le ardían y cayó en la cuenta de que dos mutantes orinaban sobre él. Al terminar se apartaron con sus risas desagradables. Alrededor se oían gemidos y lamentos de mujeres entre los asquerosos gemidos de los hombres rotos violándolas con brutalidad.
—¿Quién ser tú? —escuchó la voz bestial de Croler acuclillado a escasos metros. Roía un fémur casi sin carne—. ¡Hablar o te trataremos como mujer!
El Nómada se estremeció, incorporándose a medias.
—Sálvat, un viajero.
—Hueles como los míos, como un cloante.
Aquellas palabras no tenían significado comprensible, tenía que ganar tiempo para seguir vivo.
—¿Cloante? — exhaló.
—Clones y mutantes —explicó Croler—, el amo me lo dijo.
—¿Dimán?
—Si, tenemos que matar a todas las mujeres.
—¿Viste a Dimán? —el nombre llenaba de vigor vengativo al nómada.
—Si —dijo el monstruo arrastrando la sílaba—. Se metió en mi mente, me dijo que matara a todas las mujeres, pero... —acercó el horrible rostro para olfatear a Sálvat—, no hueles como humano. —Croler se rascó el cabeza molesto. Giró sobre sí mismo pateando el suelo—. No sé... necesito órdenes para obedecer, no enfurecer al amo. —escupió con odio y se alejó.

Los golpes habían entumecido el cuerpo del viajero. A pocos pasos, tres cloantes violaban a una desdichada mazoniana que no tardaría en morir. La mirada de la chica ya lucía extraviada por la locura. A donde posaba la vista había manchas de sangre y cadáveres, algunos despellejados. Entre las ramas, los monstruos dejaban colgadas pieles estiradas de las desafortunadas guerreras. Sálvat movió las extremidades y los dedos para descubrir si tenía algún hueso roto. Ninguno, suspiró. Pero sin embargo, sus músculos se quejaban con punzadas insoportables. Cayó de lado y volvió a sumirse en la inconciencia.

La tarde se teñía de rojo, dando a Mazonia la apariencia de estar pintada con sangre. Antonia contemplaba desde su torre, como los Hombres Rotos vagaban por las calles de la ciudad mientras violaban, acuchillaban y despellejaban a sus eunucos y esclavos de placer. El palacio tenía las puertas trancadas, pero las bestias no se preocupaban por el edificio aún, distraídos por los desdichados que no habían llegado a tiempo para refugiarse. Eran la ultima defensa de la ciudad, los mutantes pataleaban su alegría demente en el puente, mientras Croler hacia ademanes obscenos hacia las ventanas del palacio. El pecho de la soberana subía y bajaba con aflicción, las únicas guerreras que contenían la puerta eran las cincuenta guardianas reales. Ninguna muchacha del ejército liderado por Tanya había regresado, tampoco el nómada. Aunque la presencia de caranchos y gavilanes en la playa norte, indicaban que los carroñeros disponían de alimentos en gran cantidad.
—Esto no me lo dijiste… —musitó Antonia.
Alba se acercó sin hacer ruido desde las sombras.
—¿De qué habría servido? —dijo la chica con su voz casi inaudible. No hubo otra palabra durante un largo momento y agregó—. Ahora, me corresponde hacer mi acto.
—¡No! ¡Te lo suplico! —gimió Antonia.
—Me amas y lo entiendes —sonrió la joven—, pero no puedes aceptarlo. Antes de mujer, soy humana y lo que más deseamos los seres humanos es la libertad, una palabra con el más bello sonido a mis oídos. ¿Has sido libre alguna vez?
—Te amo... —gimoteo Antonia sin lograr contener el temblor de su mentón—. Eso es lo único que necesito en esta vida.
Ambas se abrazaron uniéndose en un beso sincero y anhelado.

Sálvat yacía boca abajo entre un matorral de cardos, unos jadeos obscenos lo despertaron. Con la vista neblinosa vislumbró un bulto moviéndose entre espasmos. Era un cloante jorobado, de brazos dos veces más largos que las arqueadas piernas rechonchas, no conseguía ver el rostro. Bajo él, estaba Tanya, con la mirada perdida, soportando la tremenda humillación como podía.

Relato Fantástico - El Oráculo De Mazonia El Nómada se incorporó, con menos dolores en el cuerpo, el odio dominándolo. Entonces ocurrió algo insólito. Durante toda su vida había oído los pensamientos de la gente como frases agolpadas, en ocasiones lograba poner ideas en otras mentes, pero al incrementarse su ira pudo entrar en las mentes los cloantes, conectándose como si fueran una sola mente. Descubrió que las cabezas de las bestias estaban condicionadas a reacciones básicas y respuestas automáticas, esas criaturas eran como robots rústicos. La rabia ardió en el corazón de Sálvat, contra los cloantes y su maldito amo. Deseo que murieran, que agonizaran al instante.
Y sucedió.
El cloante sobre Tanya interrumpió su macabra tortura y lo miró con pánico, perdiendo el color del rostro. Se dobló sobre el estómago, arañando el suelo con desesperación. En los alrededores, se escucharon aullidos y lamentos de otros Hombres Rotos. Cuerpos pesados se desplomaban más allá de la vista, ocultos tras los matorrales.
Supo que los había matado con el pensamiento. No entendía como, sólo podía conjeturar que lo había logrado porque eran criaturas inventadas en un laboratorio, con menos defensas psíquicas que los animales.
Poco a poco el rumor de los cloantes agonizando fue mermando, detrás de un árbol aparecieron tres bestias confundidas, pero al enfrentar los ojos del viajero se encogieron de miedo y huyeron.
Fue hasta Tanya. La mujer gimoteó, levantando los brazos con terror, la hemorragia entre las piernas asustaba.
—Tanya, Tanya —dijo el nómada con suavidad—. Soy Sálvat ¿Puedes confiar en mí?
Con los ojos saliéndose de las órbitas, ella lo reconoció y asintió.

El viajero vendó las heridas de la guerrera. Dejó que el sueño ayudase a su recuperación, hasta tres horas después de la medianoche. Cuando la mujer despertó, lo primero que encontró fue el cuerpo abatido del cloante jorobado que la había violado.
—¿Está muerto? —dijo.
—Sí —confirmó Sálvat—. No hay ninguno por la zona.
—¿Dónde están?
—Fueron a Mazonia. ¿Puedes caminar?
—Me duele horrores —se quejó ella—, pero lo intentaré.
—Te necesito —dijo el Nómada—. Arrojaron a Sandy por el acantilado y tengo que recuperarla, supongo que aún funciona, pero...
—Somos compañeros —dijo Tanya apretando la mandíbula —, no me abandonaste.
La ayudó a ponerse de pie, ella no pudo evitar un gemido de dolor sujetándose de Sálvat. Éste rodeó su cintura con el brazo, casi llevándola como si fuese una niña. Nunca antes la había tocado así, pero entre ellos no había nada sexual, se sentían amigos, o mejor que eso, compañeros leales.
Les tomó media hora descender hasta los riscos accidentados de la playa. La extensión negra del mar se mecía entre filamentos de espuma plateada.
“De ahí vinieron los cloantes”, pensó Sálvat cuando dos bocinazos lo sacaron de sus conjeturas.
—¡Es ella! —exclamó Tanya.
—Sí —sonrió el Nómada—, al menos sus detectores funcionan.
Fue muy difícil cruzar las dentadas rocas donde Sandy estaba encallada y retirar las piedras que la aprisionaban fue peor. Por fortuna, en la caja de herramientas no faltaban poleas y cuerdas. Tanya colaboró haciendo nudos, pero la fuerza corrió por cuenta de Sálvat. En una protuberancia del risco anudaron un cable que la moto enrolló izándose hasta una parte inclinada del barranco donde las ruedas consiguieron adherirse, el resto fue fácil. Con la moto libre, ambos se sintieron más confiados. Sandy hizo un reporte de daños. El carenado estaba rajado en varios lugares y la horquilla delantera estaba fuera de cuadro, pero les aseguró que la conducción era eficiente en un ochenta por ciento.
La montaron, Tanya se ubicó en el asiento del pasajero con las rodillas juntas, intentando no desfallecer.
—¿Quieres quedarte? —dijo el hombre—. Voy contra ellos, aquí estarás segura.
—No —negó la mujer—, seguimos juntos, lo prefiero.
Sálvat giró el puño del acelerador, avanzando hacia el sur.

En el camino se cruzaron con cadáveres ensombrecidos por aves rapaces dándose un festín. Poco después contemplaron el resplandor vibrante de los muelles envueltos en llamas y en varios lugares del muro, incendios aislados.
—¡Esos perros entraron a la ciudad! —rugió Tanya. Sálvat aminoró la velocidad y preguntó a la moto.
—¿Sandy, tu rutómetro está dañado?
—Tengo daños en mis cubiertas, no en mi disco duro.
—Bien, vamos hasta la entrada del puente, has mucho ruido.
La moto obedeció tronando su bocina y la alarma, haciendo juegos de luces con los faros, luego sonaron los mp7 de la colección musical del Nómada.

¡Mira a los Malditos! (Dios los bendiga)
¡Ellos rompen sus cadenas! (Hey)
No, no puedes detenerlos (Dios los bendiga)
Ellos van a tomarte
Y a ponerte
Bolas contra el Paredón, hombre.
Bolas contra el Paredón.


Todos los seres vivos en dos kilómetros a la redonda se centraron en ellos.
Los cloantes que saqueaban los patios internos de Mazonia giraron sus horrendas facciones hacia el puente. Croler les gritó y se lanzaron en tropel al encuentro de la moto. Sálvat los esperaba a doscientos metros de la entrada al puente. Dejó que se formasen con Croler a la cabeza.
—¡Ya basta, Sandy! —ordenó, el espectáculo sonoro y luminoso terminó— ¿Cuantos?
—Son sesenta y siete bestias, amo —anunció la moto—, no detecto otros alrededor.
Salvat arrancó, cruzando por un costado para ubicarse entre Mazonia y el ejército cloante.
—Tú —eructó Croler y dos monstruos le hablaron con mugidos y gestos.
—¿Tú... Matador de Cloantes? —balbuceó el ser de piel azul.
Tanya se asomó por detrás de los hombros del Nómada y sintió que algo sobrenatural invadía el lugar. Era como si una sombra surgiese de la nada y lo impregnara todo, pegajosa y nauseabunda, pero a la vez intangible. Se estremeció, ocultando el rostro bajo las anchas espaldas, imaginando que los ojos de su compañero despedían llamas.
Sálvat se metió en la mente de las criaturas, infundiéndoles terror.
—¡Tienes el poder del Amo! —tembló Croler.
—Si supieras cuantas cosas me dio tu amo sin saberlo —gruñó el viajero con su voz afónica—. ¡Mueran bestias!
Los cloantes se atropellaron para alejarse. Sandy los persiguió, bloqueándoles la huida hacia el norte, empujándolos hacia los pantanos del Infierno Verde.
Los hombres rotos se adentraron en los marjales. En la noche de luna negra, apenas podían ver más allá de sus narices. Las arenas movedizas fueron tangándolos uno a uno. La moto robot guardaba en su memoria todos los senderos seguros. En apenas diez minutos todos los cloantes encontraron la muerte, a excepción de uno.
Croler se hundió en un pozo, pero el lecho no era más profundo de dos metros y medio, sus hombros y cabeza asomaban entre la podredumbre cuando los faros de Sandy lo enfocaron.
—¡Sal de ahí, hijo de perra! —gritó Sálvat. El monstruo se arrastró hasta el terreno seco, y se irguió sin ofrecer resistencia.
—Los brazos, Sandy. —ordenó el Nómada y el rayo láser frontal de la moto amputó limpiamente ambas extremidades, el cloante cayó de rodillas con los muñones humeando. Tanya se apuró con una daga para rebanarle el cuello, pero el viajero se lo impidió, tomándola de la muñeca.
—¿Qué haces? —protestó ella, mientras él le pedía con la mirada que no lo hiciese, luego gruñó ante Croler.
—Bien, pedazo de inmundo de vida. Vuelve con tu amo y dile que Sálvat está llegando.
Croler salió corriendo, tropezando hacia el norte.
—Fue un error, amigo —dijo Tanya—, volverá con más monstruos.
—No, ahora su amo tiene otro problema que atender. Además necesitaba que me guiase a su país. Sandy no le perderá el rastro.
—¿Me alcanzas hasta Mazonia? —dijo la mujer con una sonrisa torcida
—Claro —dijo el viajero—, debo pasar por ahí antes de seguir camino.

Los sobrevivientes de la ciudad se escabullían hacia sus moradas. No hubo bienvenida ni nada parecido. Sálvat y Tanya entraron al palacio montados en Sandy.
Con el rostro deformado por la amargura, vieron a Antonia, una figura solitaria, parecía haber envejecido veinte años.
—¿Y Alba? — dijo el Sálvat cuando aparcó junto a ella. La soberana apenas se fijó en él, pero le alcanzó una hoja de papel. El viajero la leyó en silencio.

Hola mi amor. Nuestro encuentro fue una de las cosas más felices de mi vida, me hizo ignorar tantos años de soledad y desesperanza. Siempre supe cual es tu destino, pero me negaba a aceptarlo. Sé que es necesario que hagas lo que te verás obligado a hacer. Pero también estoy segura que renaceremos en otro tiempo para ser marido y mujer. Allí donde los círculos se cierran y los amantes tienen su oportunidad. Para ello debo lograr que nunca me olvides. Ahora serás mío, hasta el final.
Con amor, Alba.

Sálvat interrogó con los ojos a Antonia.
—Se quitó la vida —la soberana rompió con furia la carta—, me lo había anunciado cuando cumplió doce años, por eso te odié, sabía que el día que cruzaras esa puerta, la ciudad dejaría de estar amenazada, pero ella... —el llanto ahogó sus palabras—. Vete, Nómada, por favor.

Salvat retrocedió para alejarse en silencio en su moto. En los clanes nómadas solía decirse que todas las mujeres tienen una especie de magia que actúa sobre los hombres que ellas elijen. La sentencia de Alba fue cierta, el recuerdo de aquella, única, noche juntos acompañó al nómada hasta su muerte, sorprendiéndolo al despertar o en las noches solitarias, incluso cuando contemplaba la belleza de la naturaleza, sabedor de que nunca, en esa vida volvería a verla.
Se quedó un par de días en las barracas de las mujeres soldado, arreglando la moto robot, Se reaprovisionó dispuesto a continuar su viaje.
Próximo a la salida, oyó a Tanya llamándolo.
—Hay muchas cosas que reparar en esta ciudad —le dijo el nómada leyendo sus pensamientos—, los hombres de los marjales pueden ayudarlas a reconstruir.
—Si, pienso que la soberana puede haber cambiado su modo de ver a esa gente. —dijo Tanya adelantando el mentón.
—Hombres y mujeres son seres humanos —dijo Sálvat—, igual de hijos de puta u honestos.
Ella pateó el suelo, gruñendo.
—Igual siguen sin gustarme los hombres. —dijo sonriéndole con los ojos color miel.
—¡A mi tampoco! —rió Sálvat—. En eso coincidimos.
Ella abrió la mano ofreciéndole la palma y el Nómada chocó la suya con ruido.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de noviembre del 2009