AURORA BITZINE FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN ¡Publica con nosotros, envíanos tus relatos!
Relato Fantástico: Invocación al Enjambre
En este lugar mora el duende de la muerte
Tócalo, míralo
Este lugar conduce a tu fin
Tócalo, siéntelo
El Infierno Verde
Green Hell de Misfits
Por MC Carper

Relato Fantástico - Invocación al Enjambre Las cortas piernas de la muchacha se movían frenéticas, impulsadas por el terror. Ella conocía la jungla y eso era una gran ventaja, los nudos de lianas retorciéndose desde las alturas y los profusos helechos eran indicaciones que la orientaban hacia un sitio seguro. Se detuvo un momento, para sostenerse en un árbol, el dolor en un costado, por el cansancio, le hacía difícil respirar. Con dedos temblorosos limpió el sudor de la frente para lanzarse a la carrera sobre el húmedo sendero de hojas y bejucos.
Tropezó quedando enredada en una lujuriosa red de hebras colgantes, al sentir esa cortina pegajosa adhiriéndose a su cuerpo, apenas cubierto por una falda de cuero, sólo atinó a gritar; cuanto más se movía en la babosa niebla, más la envolvía esta. Sus esfuerzos por liberarse eran inútiles y dejó de resistir, entonces las vio: Arañas pollitos; las comunes vivían en cuevas, pero muchas cosas habían cambiado con el holocausto ecológico y climático en el planeta Arena. Cinco arácnidos con patas peludas de franjas pardas avanzaron hacia ella. La chica estaba segura de que había más, podía oírlas corriendo por la tela con un ruido apagado. Algunas se aproximaron tanto a su cara que vio en detalle los ojos y las pinzas de los bichos; se sintió perdida con el corazón saliéndose por la boca.
En ese momento, descubrió sus brazos libres y que las arañas se contraían sobre sus patas para caerse humeando. Ella también cayó al lecho de hojas, fue cuando sus ojos hallaron al salvador.
Un atlético viajero de melena color paja, montado en una motocicleta enorme y artillada de color azul. El vehículo disparaba un rayo láser a las arañas, ubicado en la base del parabrisas. El piloto se apeó para ayudarla, medía dos metros y ella apenas le llegaba a la base de los pectorales. La rodeó con un brazo apartándola del cubil arácnido y dijo:
—Ahora, Sandy.
—Con mucho gusto, Sálvat —respondió la moto con voz felina, la chica al oírla se comprimió contra el hombre.
Sandy, la moto-robot, lanzó dos llamaradas de fuego que incendiaron la telaraña abriendo un pasaje en la selva.
La chica se vio alzada por su salvador y ser ubicada sobre el asiento de la moto.
—¿Estás bien? —indagó el viajero—. Me llamo Sálvat ¿En que dirección está tu aldea?
La muchacha negó con la cabeza y comenzó a hablar en una lengua extraña, totalmente desconocida fuera de esa profundidad selvática. Sálvat, hacía dos meses que intentaba trasponer aquella jungla llamada Infierno Verde y sólo los duros, los salvajes o los primitivos podían sobrevivir en ella. La chica continuó su discurso incomprensible por varios minutos, ni siquiera en los archivos de Sandy había registros de ese idioma. Entonces Sálvat probó otra estrategia, entre sus habilidades especiales tenía la capacidad de oír los pensamientos. Claro que era muy sencillo percibirlos en forma de oraciones repetidas entre razonamientos. La gente en general no daba importancia al torrente anárquico de pensamientos que generaba a cada minuto. Era como sintonizar varios radios en FM a medio volumen, pero entre éstas había meditaciones abruptas, recuerdos manifestados como imágenes, olores, sensaciones o colores.
Concentrándose, Sálvat, intentó separar el flujo mental de la chica para interpretar lo que decía por medio de las imágenes en su cabeza.
Y vio insectos.
Abejas asesinas, negras y amarillas exterminando un ejército de hombres bajos de piel morena. Altas torres de hormigueros cercando una aldea, sitiándola hasta eliminar a sus habitantes por inanición, una manga de robustas langostas negras con veteados carmesíes devorando sembradíos y mosquitos del tamaño de una mano infestando de dengue el agua de la zona. Entre todo, aparecía una figura vestida con juncos, sólo se le veían los brazos, de su extraña vestidura colgaban frascos atados por cintas de cuero. La joven sentía terror hacia ese individuo.
Aunque las palabras se le enredaban en la desesperación, la chica no derramó ni una lágrima y pronto cayó en la cuenta de que el peligro había pasado y no tenía de que temer.
Sálvat adivinó un brillo de picardía en los ojos negros de la muchacha, la estudió un momento, jamás había visto a alguien como ella. Era baja, de muslos y caderas anchas, no tenía la cintura estrecha de las mujeres del desierto, pero a pesar de la corta edad, Sálvat no podía decidirse si tendría diecisiete o trece, demostraba sensualidad, la sonrisa cómplice estaba cargada de erotismo. Como sólo iba vestida con una falda, desnudarse le tomó menos de un minuto.
El Nómada se vio conducido hasta unas nudosas raíces y la muchacha le demostró que no era ninguna niña. Lo atrajo sobre ella para besarlo con desesperación, en verdad conocía más trucos que las rameras de Fosa Fallac. Sálvat no comprendía sus razones para entregarse así. Tal vez agradecimiento, la bienvenida a esa zona, simple lujuria o una costumbre para aumentar la población de su tribu. No importaba, llevaba mucho tiempo solo, entre vegetación y alimañas, estar con la chica le vino muy bien.

Después de una breve siesta, la muchacha guió a Sálvat hasta su aldea. Iba delante, dando brincos y volviéndose cada tres pasos con una sonrisa amplia y pícara. El cabello lacio de un negro absoluto, brillaba entre las enredaderas y amplias hojas de una planta que llamaban árbol de leche. Con un hábil tajo de su cuchillo, el Nómada cercenó un tallo para mostrárselo a su compañera, pero antes de hacerle un ademán, ella se lo llevó a la boca para beber el líquido blanco, abundante en proteínas. Sandy los seguía, a dos pasos, cubriendo la retaguardia.
Hacia el mediodía ocurrió algo insólito, Sálvat lo percibió enseguida y notó una línea de preocupación en la frente de la muchacha.
El silencio era absoluto, ningún trinar, ningún llamado nupcial de ave, reptil o insecto.
La chica continuó la marcha agazapada, pidiendo, mediante señas, que la imitaran. El terreno comenzó a inclinarse, casi convirtiéndose en un barranco. Sálvat se afirmó en las raíces expuestas de los árboles y temió por la adherencia de Sandy. Sin embargo, la moto-robot rodaba cómodamente en ese ángulo de sesenta grados. Delante, la chica se detuvo para señalar algo.
Los ojos café del nómada descubrieron un cercado de tres metros de altura con letreros advirtiendo sobre alto voltaje, detrás se abría un campo con césped prolijamente cortado. Sálvat tomó sus prismáticos, había un edificio de paredes blancas y altas con techo de chapa, no tenía ventanas y sólo una pequeña puerta era visible desde ese lado. Varias casitas de apicultura se erigían a la izquierda del mismo.
—¡Chituka! —advirtió la muchacha— Chituka.
Teniendo en cuenta que el lugar parecía abandonado, el silencio y la actitud de la joven, daba una impresión decididamente hostil. Sálvat entendió que una amenaza misteriosa dominaba a ese edificio, imitó a la chica sabiendo que después se enteraría de todo lo relacionado con ese lugar.
Prosiguieron, cubiertos entre los matorrales que rodeaban la cerca. Tardaron treinta minutos en dejarla atrás. Entonces apareció frente a ellos un paisaje desolador; hasta el horizonte se extendía un campo de tallos y hojas amarillentas, manchados cada tanto por montículos móviles de color negro.
—Tucura pongo— escupió la chica.
Las manchas oscuras eran colonias de miles de langostas, devorando lo que quedaba del sembradío. Más allá, hasta la línea del horizonte se extendía una sabana de tonos apagados, entre ocres y amarillos. Pero la chica se desvió por unos matorrales cruzando el descampado.

Relato Fantástico - Invocación al Enjambre Al poco tiempo, Sálvat vislumbró un grupo de eucaliptos. De donde provenían aromas típicos de los poblados, entre la maleza se dibujó un sendero definido por el paso de carros, bueyes y humanos, bajando hasta varias casas con techos de paja y luego una cerca de cañas. Una decena de niños se acercaron dando gritos en su peculiar lengua, maravillados con la altura de Sálvat y con la moto-robot.
—No intenten subirse —advirtió el Nómada sin hacerse entender—, Sandy produce descargas eléctricas a los extraños.
Un hombre encorvado de cincuenta años los amonestó y le sonrió, mientras intercambiaba unas palabras con la chica. De poder erguirse mediría un metro ochenta, tenía ojos claros y el cabello blanco en un rostro curtido por el tiempo.
—Bienvenido, amigo —dijo en el idioma común—, veo que Anam fue por abacate, pero trajo visitas.

Así que su nombre es Anam, razonó Sálvat alegrándose de que hubiera alguien con quién hacerse entender. Ella dio un discurso a todos los presentes, muchos se giraron admirados contemplando a Sandy. La algarabía de los chicos atrajo la atención de un grupo de hombres robustos, poco más altos que Anam, con piernas arqueadas y cuellos cortos, tanto que parecían tener la cabeza pegada a los hombros.
El más voluminoso de ellos, abrazó a Anam izándola como una niña para luego acariciarla y besarla. Miró detenidamente al Nómada para dirigirle una serie de palabras. El encorvado dijo:
—Él es Chepoc, marido de Anam —explicó—. Te agradece por haberla salvado, estará siempre en deuda contigo.
—Gracias. —musitó Sálvat, sintiéndose perforado por la mirada taimada de Anam, que no dejaba de sonreírle mientras se arrebujaba en los brazos de su marido.
—Vamos a mi casa —invitó el viejo— tengo jugo de abacaxi helado, te gustará.
Caminó detrás del anciano, con Sandy rodando a un par de pasos y una veintena de curiosos acompañándolos. No entraron en la vivienda, se ubicaron en una delicada galería de mimbre, bajo cuya sombra había dos troncos de fresno que oficiaban de asientos. Una niña desnuda de siete años les trajo la bebida prometida en un coco, todo un manjar en ese tórrido día.
—Conozco las ciudades —dijo el viejo—, me vendieron como esclavo a los quince años. Mataron a toda mi gente, cuando diez años después conseguí escapar, traje algo de civilización a este lugar —rumió el hombre— me llamo Toripa y este es el pueblo de la sabana.
—Algo pasa con los insectos aquí —dijo Sálvat sin rodeos, su experiencia le decía que en todo desequilibrio ecológico había responsabilidad humana. El anciano apuró su trago al oírlo.
—Nadie sabe como fue —contó el hombre encorvado, arrugando su apergaminado rostro—, yo no estaba cuando llegó un grupo de investigadores y construyó la fábrica, seguro la viste de camino.
—No es una fábrica —negó Sálvat que prefería la sinceridad en esos sitios salvajes—, ese cerco electrificado no está ahí para evitar que los empleados se tomen un tiempo extra en el almuerzo. ¿Está abandonada?
—No —dijo Toripa torciendo la boca—. Chituka duerme ahí, tiene control sobre todo tipo de insectos. Ya ha exterminado a dos poblados que osaron repudiarlo, a nosotros nos permite vivir mientras aceptemos sus demandas.
—¿Qué clase de demandas? —curioseó Sálvat mientras apuraba las ultimas gotas de abacaxi.
—Se lleva a una o dos mujeres cada tres meses, las usa como esposas y sirvientas. No sabemos que les ocurre, pero jamás las volvemos a ver.
—Deberían cortarle el cogote al Chituka ese —gruñó Sálvat dejando el coco en el piso—, un día va a dejarlos sin muchachas.
—Las abejas, las chinches y las cucarachas llegan como pestes cuando monta en cólera —se excusó Toripa—, ya te dije lo que ocurrió con los poblados vecinos.
—Agradezco tu hospitalidad —dijo el Nómada—, pero debo continuar mi viaje.
—Quédate esta noche, habrá una fiesta —sugirió el viejo después de recibir un torrente de palabras de la muchedumbre—. Hoy regresaron los muchachos de su prueba de valor en la selva —explicó—. Habrá carne de buey y de pollo.
Sálvat miró las gallinas desnutridas que picoteaban en la calle y se encogió de hombros. En otras ocasiones había recibido la mejor parte de la comida de pueblos pobres, la gente que no está acostumbrada a tener, lo comparte todo.

Con la llegada de la oscuridad, se encendieron antorchas en postes a todo lo largo de la única calle. Unos diez nativos se acomodaron con diferentes instrumentos musicales, en su mayoría de percusión. El disco duro de Sandy tenía una dotada colección de música en archivos MP7. A Sálvat se le ocurrió la idea de reproducir algunas canciones de su repertorio de heavy metal, pero no tuvieron buena acogida hasta que dejó un solo de batería casi interminable de Cozy Powell que los dejó hipnotizados.
Aunque las porciones de pollo asado eran minúsculas, el Nómada las saboreó con satisfacción. Después de una dieta rigurosa en raíces, papas y lagartijas, eran una delicia. Todas las chicas del lugar bailaban agitando los cabellos en un frenesí inacabable, las plantas de los pies golpeaban con pasión, acompañando los compases musicales.
Sálvat contempló la fisonomía de aquellas personas tan diferentes a las que conocía, observando sus rasgos característicos. Entendió que se trataba de genética. Muchas veces, encontró gente que mostraba aversión por congéneres de distinto color de piel, tamaño o nacionalidad. Para él, que leía las mentes, no había ninguna diferencia, los humanos compartían su natural incertidumbre sobre el futuro, su preocupación por comer, dormir y procrear.
¿Que tendrá que ver la raza? , se repetía.
Respecto a sí mismo, no tenía claro a que grupo pertenecía. Era alto y con un físico desarrollado natural. Su cabello era lacio de un rubio opaco, coronando un rostro oval de boca mediana. Los ojos eran color café, el resultado de una mezcla variada de tipos humanos. Después del holocausto, doscientos años atrás, los sobrevivientes no dieron mucha importancia a esos aspectos para continuar la especie, la discriminación volvió cuando comenzaron a agruparse en las ciudades-estado.
Percibió que lo miraban fijamente y descubrió los ojos de Anam, en medio de otras chicas, contorneándose con su sonrisa atrevida, la muchacha era menuda, con piernas cortas, pero no sentía ninguna vergüenza acerca de su aspecto. El Nómada había visto otras mujeres así entre las comunidades negras de la selva, pero siempre eran altas, de músculos firmes con la piel azulada, tensa y gruesa, muy diferente de las mujeres de las ciudades, cuidadas por cremas y la herencia de miles de generaciones cubiertas por ropa.
Sus pensamientos se interrumpieron cuando se hizo el silencio y el miedo dominó a la aldea. Por el cerco de mimbre que rodeaba el lugar, avanzaba una fosforescencia verdosa, era como una nube de luz vibrante. Los viejos se llevaron a los niños y los hombres adultos tomaron a sus mujeres del brazo en un impulso protector. Sálvat vio como el fornido Chepoc cubría con sus fornidos bíceps a Anam.

Relato Fantástico - Invocación al Enjambre La nube de luz se ubicó en el centro del pueblo, el viajero pudo ver con claridad a un viejo vestido con una especia de canasta de mimbre. Un pequeñajo todo piel y huesos de cráneo afeitado. Se valía para caminar de un cayado de pino, su figura era visible en detalle porque estaba rodeado de luciérnagas enormes. Decenas de frascos colgaban del extraño traje. El nómada indagó en la mente del viejo, sólo descubrió caos, en una combinación de miedo y odio, el brillo de la demencia se perfilaba en la mirada.
—¡Gambara tucas! — exclamo Chituka. Sálvat sabía que tuca era el nombre que daban a las luciérnagas y al oír la orden, todas se posaron sobre el sombrero puntiagudo del viejo, brillando tenuemente, con los residuos de luciferina y luciferaza en sus cuerpos.
Chituka paseó su extraviada mirada hasta encontrarse con Sálvat y la moto-robot, su rostro se arrugó todavía más. Se dirigió a gritos a Toripa que tradujo para el Nómada trotamundos.
—Dice que no deberías ser parte de esta fiesta —murmuró Toripa—. Le expliqué que estabas de paso y se tranquilizó un poco —entonces su rostro se ensombreció para agregar—. Ha venido a llevarse una muchacha.
—El Nómada se acercó a Sandy para preguntarle.
—¿Puedes identificar que lleva en esos frascos?
—Tengo detectores de movimiento y temperatura, carezco de medios para ayudarte —replicó la moto.
Sálvat resopló, a veces olvidaba que Sandy tenía sus límites.
El viejo Chituka caminó despacio, estudiando a las chicas. Su andar era encorvado y maquinal, como si se hubiese convertido en una especie de escarabajo humano.
El grito de Anam aturdió a todos cuando el viejo la tomó de la muñeca, arrastrándola hacia la salida del pueblo. Chepoc se adelantó con intenciones de aplastar al pequeñajo, pero Chituka se volvió para soplar un polvo azul al rostro del marido furioso que sufrió un incontrolable ataque de tos y enseguida una nube de avispas negras, conocidas como tábanos, lo rodeó.
Todos salieron corriendo para apartarse de los bichos. Sálvat montó en Sandy dirigiéndola hacia Chepoc y lo colocó de un empujón en el asiento trasero y después apartarse de los tábanos. Mientras giraba, buscó con la mirada al malvado que atemorizaba a la tribu, pero las tucas no brillaban, nada más, oía en su mente la desesperación de todos los habitantes del pueblo. Pero los insectos no se apartaron de ellos, continuaron clavando sus aguijones ponzoñosos. Sandy se catapulto hacia la negrura selvática y los furiosos tábanos los persiguieron sin perderles el rastro. El Nómada vio el rostro de Chepoc, aun tiznado del polvo azul, tendió hacia él un paño que usaba para limpiar el parabrisas, indicándole que se quitará toda la suciedad de la cara. Enseguida el rostro quedó libre del tizne azul y poco después los insectos desparecieron.
La moto frenó y Chepoc descendió para caer de rodillas y sollozar arañando el suelo. Sálvat nada pudo hacer para contenerlo. Le dio la espalda, mirando hacia la oscuridad de la jungla, permitiendo que liberase la frustración ante el rapto de su mujer.
Así esperaron una larga hora hasta que llegó Toripa, armado con arco y flechas. Vio al marido de Anam temblando de rabia en el suelo, balbuceando una serie de palabras, una y otra vez, luego miró a Sálvat, explicándole.
—Sufre porque la pureza de su esposa no sea mancillada —dijo y Sálvat abrió los ojos—, dice que no se cansara de deshacer con su machete a Chituka si llega a tocarla.
El Nómada eludió cualquier comentario sobre la pureza de Anam.
—¿Qué piensas hacer con ese arco? —indagó al viejo para cambiar de tema.
—Pensé que iríamos a rescatar a la muchacha.
Sálvat se hubiese marchado en otra circunstancia, pero Anam se le había entregado con la sinceridad y jovialidad que pocas veces se encuentran en una chica y aunque no podía revelarlo, sintió una deuda de honor con ella.
—¿Y que plan tienes? —dijo al fin.
—Supongo que Chituka preparará todo para hacer sus brujerías en la fábrica abandonada esta noche y luego de… —hizo un ademán con los dedos tomando cuidado de que no lo viese Chepoc—, estará agotado y podemos sorprenderlo mientras duerme en su guarida.
—El humo y el fuego son las únicas armas que tenemos contra los insectos. —dijo el Nómada ignorando el ademán. En ese momento Chepoc se incorporó e interrogó a Toripa, al enterarse de que Sálvat los ayudaría, lo estrechó entre sus brazos sonriendo como un niño.
—Está bien, colega. Ya me agradecerás luego. —aseguró el viajero, soportando el apretón.

Esperaron hasta las dos de la mañana, ninguna otra persona de la aldea se atrevió a unírseles. Sálvat montó en Sandy y guiado por Chepoc y Toripa iniciaron la marcha hacia la construcción abandonada, la moto apagó sus luces para no advertir al viejo brujo de los insectos. Así llegaron hasta la cerca, Sálvat vio que el alambre del tejido era más grueso de lo que pareciera en el primer vistazo, pero el láser frontal de Sandy lo cortó con facilidad. También descubrieron que no estaba electrificado, de hecho parecía que la electricidad no existía allí desde hacia mucho tiempo.
—¿No habrá insectos centinelas? — comentó el viajero en tono burlón, pero su expresión se tornó torva cuando Chepoc señaló a unos metros más adelante, sobre el césped que rodeaba el edificio. Allí, unos morrocotudos escarabajos aguardaban con sus enormes pinzas abiertas. Algunas semejaban un cuerno retráctil de cuya base articulada partían mechones de pelo. Los cascarudos eran tan robustos que ellos necesitarían ambas manos para atraparlos.
—Esas pinzas pueden causarnos heridas mortales —murmuró Toripa estirando la cuerda de su arco. Sálvat lo detuvo con un ademán.
—Matarás a uno, pero los otros se nos echarán encima —dijo el Nómada—. Deja que mi moto se encargue, —Se inclinó sobre el tablero de Sandy y miró lo que registraba la cámara frontal de la moto, equipada para visión nocturna.
—¿Cuántos escarabajos hay, Sandy?
—Doscientos o más, cincuenta están al alcance de mi láser. Puedo eliminarlos con el rayo en tres minutos —indicó la moto-robot—, sugiero que Toripa y Chepoc suban al asiento de acompañante para avanzar a gran velocidad hasta el muro de la construcción y hallar una entrada antes de que nos alcancen los otros escarabajos.
—Ya la oyeron —dijo Sálvat, dando por sentado que Toripa traduciría el plan a Chepoc.
Sandy barrió la zona con su rayo láser, tres minutos después, cincuenta caparazones calcinados humeaban frente a ellos. Montaron sujetándose del asiento para no salir despedidos con la aceleración, el césped onduló alrededor cuando otros bichos aparecieron. EL ruido que producían las patas con sus movimientos mecánicos colmó la noche de un crujido estremecedor. Sandy alcanzó la pared en segundos, pero no había ninguna entrada visible. El muro se curvaba hacia adentro, en cavidades angulosas que se sumergían en la oscuridad de la noche sin luna.
—¡Enciende los faros, Sandy! —Gritó Sálvat—, ya saben que estamos aquí.
Tres luces anularon las tinieblas. La moto continuó circundando el edificio en busca de una abertura, mientras más escarabajos aparecían en el trayecto, algunos se animaban a volar hasta ellos. De pronto encontraron una puerta metálica, oxidada en la base. El Nómada oprimió el freno de la rueda trasera para indicar a su montura que se detuviese.
—¡Abajo! — ordenó a los otros, desenfundando la escopeta Moss colgada a un lado del asiento. Con un brazo apartó a los nativos mientras con el otro apuntó el arma a la puerta. Bastó un solo disparo para arrancarla de sus bisagras. Sin perder tiempo, entraron a la construcción. Sandy disparó el lanza llamas contra el hueco hacia el exterior para impedir la entrada a los insectos.

Relato Fantástico - Invocación al Enjambre Ante ellos se abría un pasaje polvoriento sin insectos a la vista. Las luces de la moto descubrían un pasillo de techo bajo con puertas a ambos lados, tendría unos ochenta metros de largo hasta la primera bifurcación
—Te lo dije Toripa —masculló Sálvat—, esto no es ninguna fábrica.
—Huele extraño aquí —comentó el viejo—, me recuerda a un hospital.
—Son químicos, —descubrió el Nómada—, es un laboratorio o un centro de investigación. —razonó mientras buscaba algún signo en las puertas y las paredes.
Se asomaron en varias entradas, pero descubrieron que eran oficinas, avanzaron hacia el primer cruce y allí, el pasillo se abrió a un salón circular con las paredes cubiertas de cuadros que cubrían la pared, al acercarse, descubrieron que se trataba en realidad de vitrinas con una inmensa variedad de mariposas. Había de todos los tamaños. La única iluminación provenía de los faros de Sandy, por eso la habitación se revelaba cuando los focos se centraban en un ángulo del cuarto, entonces el vello de los brazos de Sálvat se erizó cuando Sandy enfocó una pared cubierta al completo por una polilla gigante.
Toripa y Chepoc se apartaron con un grito ahogado, el Nómada se mantuvo en su lugar, no por valentía, tenía a Sandy a su lado y con ella al lanza llamas. Se adelantó despacio para comprobar con un suspiro que el voluminoso insecto tenía cercenadas las patas y estaba sostenido por unos cables. De inmediato pensó que se trataba de un mutante, era imposible que pudiese sostenerse en sus patas con ese tamaño.
Cruzaron una puerta lateral para ingresar a otro recinto de techo bajo, por fortuna, la mayoría de las aberturas eran de dos hojas y permitían el acceso a la moto-robot.
En ese lugar abundaban mesones de cubierta oscura, algunos con piletones y grifos. Había refrigeradores apagados y estanterías llenas de frascos como los que llevaba Chituka colgados. Había una pared cubierta de gabinetes donde cada puerta tenía pintado el símbolo de contaminación bacteriológica. Como había sospechado Sálvat, se trataba de un Centro de Investigación, unos locos que experimentaban con los insectos habían levantado el edificio, pero ahora los especimenes vagaban libres por la zona. Descubrieron, en otro mesón, grandes cubos de vidrio con terrarios, llenos de hormigas o arañas.
Toripa halló una pila de apuntes anillados, leyó los títulos en voz alta.
—Comportamiento ritual en las colonias de avispas —dijo a los otros—, toxinas de apareamiento en las chinches, estímulos para controlar un enjambre... —miró a Sálvat enseñándole los manuales.
—¡Tenías razón! —dijo el viejo—. Estaban haciendo experimentos con los bichos. Quizás intentaban controlar las plagas.
Sálvat sonrió con escepticismo.
—Están muy lejos de cualquier ciudad, estos perros trataban de convertir a los insectos en armas biológicas —Al examinarlos, Sálvat se dio cuenta que los manuales estaban numerados y faltaban muchos—. ¿Chituka sabe leer? —preguntó aunque estaba seguro de la respuesta.
—Según sé —replicó Toripa—, lo emplearon para limpiar este lugar porque podía leer los letreros.
—Los libros que faltan son catálogos con las fórmulas químicas necesarias para estimular comportamientos en los insectos, ahí tienes el secreto de la magia de ese viejo loco.
—¿Como podremos evitar que nos lance encima a todos los enjambres? —inquirió Toripa con el brillo del miedo en los ojos.
El viajero observó los frascos y comenzó a ponerse en los bolsillos todos los que podía. Toripa lo imitó, pero Chepoc sólo se ató un par al collar de piedras que usaba, pues vestía un taparrabo y nada más. El resto lo pusieron en un porta equipaje de Sandy.
—Chituka debe tener un cubil, un lugar donde pasa el tiempo estudiando los usos de estos venenos. —gruñó el viajero, sintiendo verdadera aversión por ese anciano malvado que había exterminado un pueblo entero con su demencia—. Debe catalogarlos para luego llevar los químicos a las zonas que quiere atacar y dejando las cantidades necesarias en los árboles o los campos, entonces sólo le restaba esperar la reacción de los insectos, ese maldito....
—No puede tener una cantidad ilimitada de frascos. —opinó Toripa.
—¿Como saberlo? —gruñó el Nómada—, para crear ese tipo de cosas los humanos jamás se limitan.
Chepoc los interrumpió hablando atropelladamente, Sálvat indagó a Toripa con la mirada.
—Pide que nos apresuremos, no soporta la idea de que otras manos que no sean las suyas toquen a la casta Anam.
El Nómada miró hacia otro lado y traspuso una puerta que daba a un pasillo parecido al que encontraron al entrar, pero por la dirección atravesaba el edificio de norte a sur. Sálvat indicó a los otros que no se movieran y dijo a Sandy.
—Necesitamos de tus sensores amiga. Detecta calor o movimiento, tenemos que ubicar a ese viejo demente.
Sandy rodó delante, su motor producía un rumor callado. Unos metros después habló.
—Hay una fuente de calor a seis metros, hacia la izquierda, también percibo movimiento, golpes contra el suelo, en un mismo lugar.
Sálvat amartilló su escopeta de corredera. Dieron un par de pasos y pudieron oír la voz de Anam, insultando en su típica lengua. El sonido provenía del otro lado de una puerta atrancada.
—¡Derrumbala, Sandy! —rugió Sálvat. La moto obedeció al instante embistiendo las hojas.
Lo que vieron del otro lado fue un espectáculo de pesadilla. El lugar era una especie de cancha cuyo techo abovedado aparecía destrozado en el centro, bajo el mismo, ardía una gran fogata, una pila de troncos y ramas quemándose con llamas anaranjadas. A la izquierda, tratando de liberar las muñecas atadas con cintas de cuero a una columna, se debatía Anam mientras Chituka sonreía, sentado a su lado, rodeado por toda clase de frascos. Pero lo espeluznante era que el resto del lugar estaba en movimiento, miles de insectos de todas las clases corrían y saltaban sin parar, unos encima de otros. Desde chinches a mantis, cucarachas o escarabajos.
Un manto de diez metros de bichos los separaba del viejo desquiciado. Cuando el nómada apunto su escopeta, un tornado de insectos se interpuso para lanzarse sobre los intrusos. Toripa, Chepoc, Sálvat y Sandy desaparecieron bajo una piel de criaturas que mordían, aguijoneaban o expelían químicos. El nómada caminaba sin poder abrir los ojos ni la boca, maldijo su cabellera, en la que se enredaban cientos de patas articuladas. El zumbido era ensordecedor. Los insectos chillaban histéricos, dándoles pinchazos que entumecían el cuerpo, mientras distintos olores nocivos les causaban náuseas y mareos.

Relato Fantástico - Invocación al Enjambre Sálvat no podía comunicarse con sus compañeros, ni impartir ordenes a su moto. Se dio cuenta que de continuar así, su organismo cedería y una vez caído, los insectos comenzarían a devorarlo. Entre el estruendo, intentó identificar la risa de Chituka para guiarse, pero fue inútil. Buscó con la mente, entonces halló a Anam gritando su nombre, llamándolo. El nómada movió las piernas, parecía una nube de bichos con forma humana. Se sacudió con rabia, pero los insectos no lo abandonaban. Una mosca zumbaba en su oído como si estuviese atrapada en el orificio y no tuviese mejor idea que penetrar. El viajero grito de frustración y los coleópteros colmaron su boca. Los escupió tragándose muchos también. Dio un par de pasos más hasta que sintió el calor de la hoguera. Recordó que la fogata tenía una base de maderos, de un diámetro de dos metros. Se agachó tomando impulso para saltar. Su idea era atravesar el fuego y así deshacerse de las alimañas. Pero sus cálculos fueron erróneos, teniendo los ojos cerrados y cientos de pinchazos en el cuerpo, cayó justo en el centro de la hoguera. Pateó los leños en todas las direcciones, antes de arrojarse al otro lado. Los insectos ya no lo cubrían, pero las puntas de sus cabellos ardían. En ese momento descubrió que la mano que sostenía la escopeta se estaba hinchando por la ponzoña. Arrojó el arma porque ya no podía cerrar la mano y luego golpeó su melena para ahogar las llamas. Entre pestañeos vislumbró al viejo Chituka a un lado de la hoguera, mirándolo con rabia. Tenía una daga en la mano y la esgrimía en dirección a Anam. Sálvat dedujo que no llegaría hasta el brujo a tiempo. Con la mano izquierda palpó los frascos en su bolsillo. En un acto reflejo sólo atinó a lanzárselos. Chituka dio un grito de espanto intentando alejarse. Cuando los frascos impactaron en la espalda del viejo, se partieron mojándolo con los químicos. La reacción del anciano fue de pánico, pero el nómada continuó arrojándole frascos, muchos estallaban en el piso. De pronto, el comportamiento de los bichos fue distinto, dejaron a los intrusos y dedicaron toda la atención a Chituka. El enjambre se precipitó sobre el viejo, bajo la amorfa capa de alimañas se oían alaridos de terror.
Sálvat corrió y liberó a la chica, en un vistazo descubrió que sus amigos estaban libres de insectos, aunque presentaban perturbadoras inflamaciones, Chituka ya no se oía, aunque continuaba moviéndose, los otros no podían confiar en que los bichos no se volvieran contra ellos de un momento a otro, por eso el viajero gritó:
—¡Sandy!
La moto rodó hasta él, de inmediato.
—¡Sácanos de aquí, ya mismo!
Ubicó a la menuda Anam delante suyo, en el asiento, los otros se treparon sobre el porta equipajes de la moto, el tamaño del rodado intercontinental lo permitía. Sandy aceleró. Detrás, Chituka se arrojaba a la hoguera con demencia suicida.
Mientras avanzaban, Sálvat ordenó a la moto robot que lanzara llamas a todo lo que sirviera de alimento para el fuego. Minutos después, cuando abandonaron el edificio, este despedía columnas de humo oscuro en varios lugares.
Sandy no se detuvo hasta poner un kilómetro entre ellos y el horrendo cubil de insectos.
El viento dándoles en la cara les confirió seguridad, Anam acopló su espalda contra el pecho del viajero, Sálvat pudo oír la risita callada de la chica. Fue un alivio ver la línea de casas de la aldea aparecer iluminada por los faros de Sandy. La moto se detuvo en el centro del poblado y las velas se encendieron en las viviendas
Todos se apearon. Chepoc abrazó a Anam con fuerza, la chica no dejaba de sonreír con los ojos al nómada. Sálvat tragó saliva intentando mantenerse impasible.

Una semana después, las inflamaciones desaparecieron en los castigados cuerpos de los salvadores. El trotamundos aceptó a regañadientes ser atendido en la choza de Chepoc, allí la madre y la hermana del guerrero lo untaron con crema medicinales. Ningún día faltaron desayunos, almuerzos, meriendas y cenas, tanto la anciana como su hija estaban fascinadas con el rubio nómada.
Toripa ordenó a unos guerreros ir al cubil de Chituka para saber como había quedado, en la noche, los bastidores trajeron noticias sobre el laboratorio. Aunque no se atrevieron a ingresar, el tizne negro del incendio los convenció de que nada vivo había ahora en ese lugar.
Para el resto del pueblo de la sabana, Sandy también era considera una salvadora, los niños la lavaban y tejían collares de protección que ataban en las agarraderas del porta equipaje. Cuando Sálvat se sintió recuperado, dispuso todo para la partida. En los últimos días, Chepoc se había mostrado nervioso, parecía tener intenciones de abordarlo, pero siempre terminaba escabulléndose con una excusa nada convincente, el viajero temía que sospechase algo sobre Anam y él. Antes de verse en una situación embarazosa con el guerrero, el nómada cargó víveres en la moto, dispuesto a abandonar la aldea.
Ya tenía todo listo, cuando Toripa lo abordó, acompañado por Chepoc, la madre, la hermana de éste y también su esposa, Anam.
—Hola, Sálvat —comenzó Toripa—. Es difícil decirte esto, pero aquí en el pueblo de la sabana las costumbres son estrictas.
El Nómada miró a Chepoc que se veía muy serio, en el desierto, acostarse con la mujer de otro era castigado con la muerte. Sin embargo, Anam parecía divertirse con la situación, como siempre Sálvat trató de inventar una explicación razonable por haber tenido relaciones con la muchacha cuando Toripa continúo:
—Chepoc, se siente en deuda contigo por rescatar a Anam y ha decidido obsequiártela por una semana. Te advierto que negarse es una terrible ofensa.
Sálvat quedó boquiabierto un buen rato sin estar seguro de su respuesta, Anam se adelantó y dijo algo a Toripa, que no tardó en traducir.
—Podrás disponer de Anam en la choza de su suegra y… ejem. Tanto esta como su cuñada desean agradecerte compartiendo también su lecho contigo.
El nómada estudió a las tres mujeres de cuerpo pequeño, abundantes caderas y tez oscura.
—¿Las tres a la vez? —dijo, ya esperando cualquier respuesta.
—Eso lo dispones tú. —dijo Toripa encogiéndose de hombros para alejarse a paso apresurado.
Sálvat se apoyó en la moto, tomándose el mentón mientras las mujeres aguardaban su decisión.
—Sandy, amiga —dijo muy bajo—, no cuentes nada de esto en las ciudades, por favor.

subir
Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de octubre del 2009